La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Lexor nunca la dejaría regresar a Arnawal. Ya sabía demasiado para eso. Lo veía con una claridad espantosa. Tal vez incluso diera la orden de eliminarla en cuanto dejara de serle útil. Y aunque no fuera así…

Su mirada recorrió a Cadrim. ¿Cuánto tiempo más podría seguir haciéndose pasar por la princesa ante él?

A más tardar cuando Isida saliera de su escondite, él comprendería que lo habían engañado.

Él, Willem, Malik, incluso Yorrie: todos lo sabrían, y el cariño en sus miradas se trocaría en odio.

Chiara se mordió los labios temblorosos. No había ningún lugar para ella, ni en Arnawal ni en Laran. No existía sitio alguno donde estuviera a salvo.

Las lágrimas le nublaron la vista mientras alcanzaba los pantalones de Cadrim, que colgaban de una silla. No tenía elección. Tenía que ganar tiempo y confiar en que ocurriera un milagro.

Con dedos temblorosos, sacó la llave del bolsillo y presionó con todas sus fuerzas, por ambas caras, el paletón contra la pastilla de jabón que había traído consigo, antes de guardarla en su faltriquera.

Limpió con cuidado la llave con la falda para quitarle cualquier resto de jabón, la devolvió a su sitio y volvió a colocar los pantalones sobre la silla.

Cadrim se movió en la cama. Sorprendida in fraganti, Chiara se giró y tanteó en busca de su magia.

Pero su preocupación era infundada: él dormía a pierna suelta.

Solo había cambiado de postura. Sonrió al contemplar su rostro, ahora iluminado por la luz de la luna.

Durante el día, cuando el peso de la responsabilidad recaía sobre él, era fácil olvidar que no era mucho mayor que ella.

Ahora sus rasgos, que el resplandor plateado hacía parecer cincelados, se mostraban suaves, apacibles, distendidos.

A Chiara le hormigueaban los dedos, tan grandes eran las ganas que tenía de recorrer con ellos sus contornos.

Su mirada descendió por la nariz recta de Cadrim, el mentón anguloso, la garganta, hasta el torso desnudo que asomaba bajo la manta desplazada. Sus músculos formaban un fascinante relieve de luces y sombras. A Chiara se le secó la boca de golpe.

¿Acaso Cadrim dormía desnudo?

Sin poder evitarlo, miró de reojo hacia el lugar entre sus muslos, que por suerte quedaba del todo cubierto, antes de llamarse al orden.

No importaba qué llevara puesto ni qué aspecto tuviera. No tenía derecho a contemplarlo así. Había conseguido lo que había venido a buscar.

Aun así, no se movió del sitio. Su mirada regresó a aquel rostro de belleza desgarradora.

Los párpados de Cadrim se abrieron de golpe. Por un instante, ambos se miraron conmocionados.

Chiara echó mano de su magia, pero ya era demasiado tarde. La había reconocido.

—¿Isida? —Parpadeó adormilado.

Chiara reaccionó sin pensar.

—Te he echado tantísimo de menos… —Se dejó caer sobre su pecho, hundió los dedos en su cabello y aspiró hondo su aroma. Si tenía que morir, al menos quería llevarse aquel último recuerdo.

Sus brazos se cerraron en torno a ella, no con brusquedad ni a la defensiva, sino con pasión y fuerza.

—Isida —le susurró al oído antes de apretarla contra sí y empezar a besarla con pasión.

Chiara no tenía la menor idea de cómo acabaría aquello, pero en el momento en que los labios de Cadrim tocaron los suyos, le dio del todo igual.

Le devolvió el beso con todo el anhelo que la consumía por dentro, como si ella fuera una sedienta y él el agua que la salvaba.

Su lengua se le adentró en la boca, sus manos le recorrieron el cuerpo y el calor que él irradiaba la encendió por dentro y por fuera a partes iguales.

—Cuánto deseaba volver a soñar contigo —murmuró Cadrim con voz ronca contra su boca. Desplazó su peso para hacerle sitio en la cama y la atrajo consigo.

Chiara no deseaba otra cosa.

Pero él creía que aquello era un sueño. Y el despertar del día siguiente sería cruel para ambos. Aún tenía, sin embargo, una oportunidad.

Las lágrimas le brotaron de los ojos mientras se zafaba con suavidad de su abrazo y se iba envolviendo cada vez más en invisibilidad, hasta desaparecer por completo. Sin hacer ruido, retrocedió aún más, de modo que sus manos, que intentaban retenerla, solo encontraron aire.

Con el pulso desbocado y la respiración contenida, Chiara no le quitaba ojo. ¿Se creería que ella no había sido real?

La confusión cruzó el rostro de Cadrim, seguida del dolor. Decepcionado, dejó caer la cabeza sobre la almohada y se pasó las manos varias veces por la cara.

—Madre mía —murmuró resignado.

Chiara se ocultó en las sombras y no se atrevió a moverse. Estaba tan turbada que le costaba conservar la concentración. A plena luz del día su velo no habría aguantado; así que la oscuridad era su aliada. Los sonidos, sin embargo, no los ocultaría.

Chiara tenía que esperar a que Cadrim se durmiera de nuevo para poder escabullirse de su habitación sin riesgo.

Por desgracia, él no le hizo ese favor. Suspirando, cambió varias veces de postura, como si ya no encontrara una posición cómoda. Maldijo en voz baja. Después, su mano se deslizó hacia la manta y la apartó.

Chiara abrió los ojos como platos. En efecto, dormía desnudo.

Los músculos a derecha e izquierda de su vientre plano y bien torneado estaban tensos, y resultaba imposible no ver qué le robaba el sueño en aquel momento.

Los dedos de Cadrim se cerraron en torno a su enorme erección y Chiara se tapó la boca con la mano para no jadear al mismo tiempo que él. ¿No iría a…?

Sí, iba a hacerlo.

El calor le encendió a la vez las mejillas y la entrepierna. No debía mirarlo mientras lo hacía… Movía la mano arriba y abajo por su miembro y su respiración se hizo más pesada.

Chiara se mordió el labio, temblando, y cerró los párpados.

Pero los sonidos que emitía Cadrim, junto con esa imagen suya que parecía habérsele grabado a fuego en las pupilas, bastaron para avivar su imaginación.

No necesitaba mirar para recordar la suavidad sedosa de su piel en aquel lugar tan particular.

Cómo se sentía cuando ella le acariciaba con los dedos el glande hinchado y cómo el cuerpo se le estremecía de placer.

A Chiara le flaquearon las rodillas.

El ruido de su mano subiendo y bajando por él se aceleró; el aliento le salía a sacudidas de la garganta.

Chiara no pudo resistirse y volvió a mirar.

Justo a tiempo para ver cómo la cabeza le caía hacia atrás sin freno, todo su cuerpo se tensaba como la cuerda de un arco, una última sacudida le recorría el bajo vientre y su simiente brotaba de su miembro erguido.

Cadrim se desplomó sobre la cama, con los labios apretados y el ceño fruncido. No parecía ni satisfecho ni aliviado. Su cuerpo quizá hubiera hallado un alivio fugaz, pero su corazón seguía vacío.

El propio deseo de Chiara se desvaneció. Él estaba tan solo e infeliz como ella.

Sombrío, Cadrim se incorporó y abandonó la habitación con paso decidido. Chiara lo oyó entrar en el baño.

Esa era su oportunidad. Se aseguró de que su ilusión se mantenía y se deslizó al salón.

Solo se detuvo justo antes de la puerta de salida.

No estaba segura de si le quedaría energía suficiente para engañar al guardia apostado al otro lado.

Necesitaba un respiro para ordenar sus sentimientos y despejar la mente.

Chiara se retiró más hacia las sombras y se dejó deslizar por la pared hasta el suelo.

Cadrim salió del baño con una vela en la mano.

Verlo desnudo le cortó el aliento. La luz titilante daba a su piel un brillo dorado y hacía aún más vivo el juego de los músculos con cada movimiento.

Nunca, en toda su vida, había visto Chiara nada más hermoso que aquel hombre fuerte, compasivo y valiente, que incluso en completa desnudez irradiaba una presencia y una autoridad inconcebibles.

Lo siguió con la mirada, embelesada, hasta que desapareció en su dormitorio, y una sonrisa resignada asomó a sus labios. Ya no podía seguir mintiéndose a sí misma. Lo amaba.

Con todos sus defectos y debilidades. Y con plena consciencia de que no había ningún futuro para los dos.

Al día siguiente, Chiara estaba impaciente por llegar al templo.

No solo porque le ofrecía una distracción bienvenida de su carrusel incesante de pensamientos.

Esperaba encontrar allí consuelo y consejo.

Antes, la oración siempre la había ayudado a aclarar la mente.

Le había dado la confianza de que todo se enderezaría.

Pero su fe se había tambaleado mucho en las últimas semanas.

Casi todo lo que le habían enseñado había resultado ser mentira.

Ya no era capaz de rezarle al Dios de Welzelin.

Sin un apoyo superior se sentía ahora débil y perdida, como una luchadora solitaria en campo abierto. Tenía que haber algo más que su limitada existencia humana. De algún sitio había llegado, al fin y al cabo, su magia.

Quizá la Madre Tierra de las montañas pudiera llenar ese vacío en su interior.

En cuanto Chiara llegó al templo, Soana corrió hacia ella y le puso un delantal en las manos.

—Qué bien que estéis aquí, Alteza. Necesitamos todas las manos que podamos conseguir. En una plaza cercana se han desbocado unos caballos con un carro pesado.

Estremecida, Chiara la siguió hasta la abarrotada sala de enfermos. Todas las camillas estaban ocupadas y, aun así, no dejaban de llegar más heridos.

—Tomad. —Soana le tendió un cuenco con agua caliente y un rollo de vendas limpias—. Podéis empezar con esa muchacha de allí. —La sacerdotisa seguía sin tener consideración alguna con el título de Chiara y la mandaba como a las demás ayudantes.

Chiara no se daba cuenta del paso del tiempo mientras vendaba heridas, daba ánimos o repartía comida. Cuando Malik quiso llevarla de vuelta hacia el mediodía, ella se negó.

—Aún nos queda mucho por hacer.

—Por desgracia, yo no puedo quedarme. —Echó un vistazo al gran reloj de péndulo de la pared de la sala de enfermos—. Cad me espera.