La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Chiara no sabía cómo había regresado a sus estancias. Una parte de ella debía de haber estado lo bastante lúcida como para conjurar una ilusión que la dejara pasar por delante del centinela.

Las palabras de Cadrim le retumbaban en los oídos. No se le iba de la cabeza la ternura con la que había mirado a Jenna. No sabía qué creer.

¿Le estaba fingiendo a Jenna lo mismo que a ella? ¿O se equivocaba Malik y Cadrim elegiría de verdad a Jenna si no se viera obligado a anteponer las consideraciones políticas a su propia felicidad? ¿Y consideraba él la guerra tan inevitable como Jenna?

Chiara se lavó a toda prisa, se metió en la cama y se subió la manta hasta la barbilla. Mañana por la noche volvería a intentar entrar en su despacho. Con un poco de suerte, allí encontraría por fin algunas respuestas.

Por desgracia, llevar a cabo ese plan no resultó tan fácil. Varias noches seguidas, Chiara se acercó a hurtadillas a la puerta de Cadrim, solo para descubrir que cada vez se filtraba la luz por el ojo de la cerradura. Parecía casi como si viviera en aquel maldito despacho.

De vez en cuando, salía gente de su despacho ya bien entrada la noche, cuando una reunión se alargaba demasiado. No era raro que Jenna fuera la última en irse.

Chiara intentó no dejarse afectar por ello, sin demasiado éxito.

Al menos Lexor reconoció que ella hacía cuanto podía y, por el momento, renunció a más amenazas o demostraciones de su poder. Pero no podría mantenerlo a raya así para siempre.

A Cadrim casi no lo veía. Solo se había pasado un momento por sus estancias de vez en cuando para asegurarse de que estaba bien. Por Willem o Malik, que la acompañaban al templo cada dos días, supo que él estaba muy ocupado.

Negociaba con los señores regionales, que aún tenían gran influencia, el suministro de víveres.

Con toda probabilidad, también el de hombres y armas, aunque Willem y Malik no se pronunciaban al respecto.

Además, se estaban seleccionando voluntarios para la colonización prevista de la provincia del sur y se hacían los preparativos para zarpar en cuanto amainaran las tormentas de primavera.

Que los colonos fueran a ser sobre todo hombres jóvenes le daba mala espina a Chiara.

Daba la impresión de que Cadrim quería camuflar a soldados como campesinos.

Eso avivó la determinación de Chiara de descubrir por fin sus verdaderos planes. Así que, noche tras noche, se colaba con obstinación hasta el despacho de Cadrim y aguantaba allí hasta que el cansancio la vencía.

Al cabo de unos diez días, oculta bajo el velo de la invisibilidad, acababa de instalarse en su puesto de observación en una hornacina cuando, de repente, se abrió la puerta de Cadrim y él mismo apareció en el umbral.

El corazón le dio un brinco de alegría. Esa era su oportunidad; solo tenía que dejar pasar unos minutos hasta poder hacerse visible y fingir que era Cadrim, que había olvidado algo.

Intercambió unas palabras en voz baja con sus guardias y a Chiara le llamó la atención lo exhausto que parecía. Tenía profundas ojeras y un rictus severo en la boca. Por lo visto, Jenna no lograba disipar sus preocupaciones, por muchas veces que lo honrara con su presencia.

Parecía triste. Desgarrado. Y solo.

Antes de que Chiara pudiera ordenar las emociones que aquella imagen le provocaba, Cadrim cerró la puerta tras de sí, introdujo una llave en la cerradura y la giró.

—Buenas noches —les deseó a los guardias, que permanecían en sus puestos. Guardó la llave en el bolsillo y se marchó.

Chiara lo siguió con la mirada, atónita. ¿Tenía guardias en la puerta y una llave? ¿Acaso no confiaba en nadie?

Al instante siguiente se dio cuenta de la suerte que había tenido.

Si, sin sospechar nada, hubiera intentado atravesar una puerta cerrada, la habrían descubierto en el acto.

Su mirada siguió a Cadrim, a quien apenas se distinguía ya en la tenue luz de las lámparas de aceite.

La llave iba a buen recaudo en el bolsillo de sus pantalones.

Por su cabeza se arremolinaron fantasías descabelladas sobre cómo arrebatársela sin que Cadrim se diera cuenta, y le encendieron las mejillas.

No, eso jamás le saldría bien. Aun así, no quería dejar pasar la ocasión. Hasta el momento ni siquiera sabía dónde estaban sus estancias.

Tan en silencio como pudo, se apresuró tras él.

Por un instante la asaltó la inquietud de que no se dirigiera a su propio lecho. Pero, incluso en ese caso, prefería tener la certeza.

Su preocupación resultó infundada. Cadrim saludó con un gesto cansado al guardia apostado ante su puerta y entró en las estancias. Chiara aguzó el oído por si echaba el cerrojo desde dentro. No lo hizo. Así que en sus aposentos privados no guardaba secreto alguno.

Chiara se apoyó contra la pared y esperó, contando los minutos para sus adentros. Cadrim había parecido agotado hasta el límite. Seguro que se retiraba al dormitorio cuanto antes.

Bostezó, se frotó la cara y movió los dedos helados de los pies. Sus medias no la protegían lo suficiente del frío del suelo.

Tras lo que le pareció una eternidad, Chiara decidió que ya había esperado bastante. Solo quería echar un vistazo rápido. Si Cadrim aún estaba despierto, desaparecería sin ser vista.

Conjuró la ilusión de una puerta cerrada y se puso en movimiento sin hacer ruido.

El guardia se apoyaba con desgana contra la pared.

Ni siquiera se movió cuando Chiara abrió la puerta poco a poco.

Con el tiempo se había vuelto bastante hábil en amortiguar los ruidos molestos.

La habitación en la que entró estaba a oscuras; solo un tenue resplandor se filtraba desde el cuarto contiguo.

Con las manos sudorosas, Chiara cerró la puerta.

Lo había conseguido. Se encontraba en las estancias de Cadrim.

Aguzó el oído, pero no se oía movimiento alguno.

Chiara se masajeó la frente. Sentía un cosquilleo desagradable en el cuero cabelludo.

Debía reservar fuerzas para el camino de vuelta.

Mantener la ilusión de invisibilidad total durante un rato largo le exigía mucha energía.

Chiara se aseguró una vez más de que Cadrim no se movía y dejó caer el velo. Al instante se sintió mucho mejor.

Curiosa, miró a su alrededor, en la medida en que la escasa luz se lo permitía.

De las paredes colgaban cuadros con escenas de caza.

La espada de Cadrim, en su vaina, descansaba al alcance de la mano sobre un arcón herrado junto a la puerta.

Un escritorio macizo, vacío para su desgracia, se alzaba frente a un gran ventanal por el que entraba la plateada luz de la luna.

Unos sillones cómodos, algo desgastados, invitaban a quedarse; entre ellos había una mesa baja y robusta que también mostraba huellas de uso.

Sobre todo aquello flotaba una nota del aroma familiar de Cadrim.

Chiara se imaginaba con toda nitidez cómo, en tiempos mejores, él pasaba allí las noches con Willem, Malik y algunos otros amigos jugando a las cartas y contando historias de héroes. Pasó los dedos por el cuero oscuro del sillón. Sin duda, eso ya no había vuelto a ocurrir en las últimas semanas.

La cama de la habitación contigua crujió. Chiara se detuvo, sobresaltada, y volvió a relajarse cuando la luz se apagó de pronto. Crujió de nuevo, seguramente porque Cadrim se había dado la vuelta para dormir más cómodo.

Chiara se quedó indecisa. Una parte de ella quería hacerse con la llave y desaparecer cuanto antes.

Otra deseaba con todas sus fuerzas echar un vistazo a Cadrim de cerca.

Hacía mucho que no lo veía relajado y sin todas sus defensas.

Solo de pensarlo, el corazón se le encogió de añoranza.

Se llevó una mano al pecho. Cuánto más fácil sería todo para ella si no albergara esos sentimientos prohibidos.

Por suerte, su razón tomó las riendas. Tenía que esperar a que Cadrim se hundiera en un sueño profundo antes de acercarse a él. No debía despertarse bajo ningún concepto. No había justificación alguna para que ella se encontrara fuera de sus estancias y, mucho menos, dentro de las de Cadrim.

Chiara se coló en el baño. La vaga esperanza de que él hubiera dejado allí su ropa no se cumplió.

Así que aprovechó el tiempo para echar un vistazo.

Si de verdad lograba encontrar la llave, no sería prudente llevársela.

Cadrim notaría su ausencia a primera hora de la mañana y no solo pondría en alerta a todo el palacio, sino que mandaría cambiar la cerradura.

Tenía que hacerse una copia. Y, para ello, necesitaba ante todo una impresión de la llave.

Tan en silencio como pudo, registró los armarios hasta encontrar una pastilla de jabón blando sin estrenar. Le resultaba extraño invadir así la intimidad de Cadrim. Al menos no descubrió nada que indicara la presencia habitual de una mujer.

Por fin, Chiara consideró que había esperado lo suficiente. Con cada paso que daba hacia su dormitorio, el pulso se le aceleraba. No solo porque irrumpir en las estancias del príncipe de Laran era una locura peligrosa, sino, sobre todo, porque se trataba de Cadrim.

Se detuvo en el umbral e intentó distinguir su silueta. El rostro de Cadrim quedaba en la sombra, pero su cuerpo se perfilaba con claridad bajo la manta. Su respiración profunda llenaba la noche.

Amaba ese sonido, que le prometía amparo y seguridad. Cada vez que se había sobresaltado de noche durante su viaje, lo primero que había hecho era escuchar la respiración de Cadrim. Así sabía que no corría ningún peligro.

A Chiara se le hizo un nudo en la garganta. ¿Qué hacía allí, en realidad?

Lo único que ansiaba era acurrucarse en sus brazos y quedarse allí hasta que el sol la obligara a levantarse. En lugar de eso, había entrado a hurtadillas en sus estancias para robarle sus secretos.

Hasta entonces había apartado cualquier pensamiento sobre el futuro. De repente se preguntó cómo iba a seguir su vida en realidad.