Capítulo 12 #3
—No. —Malik negó con la cabeza—. De adolescentes, claro está, se intercambiaron algunos besos, y desde luego ella no lo habría rechazado si él hubiera querido más.
Porque entonces él se habría casado con ella sin lugar a dudas.
Cad es un hombre en extremo honorable. —Malik resopló—.
Supongo que fue justo eso lo que le impidió ir demasiado lejos.
Aun así, Jenna nunca abandonó su plan de convertirse en la próxima princesa.
—Miró a Chiara con aire de disculpa—. Si no se le hubiera metido en la cabeza desposaros a vos, entre todas, tarde o temprano habría sucedido de manera inevitable.
—¿La ama? —Chiara se esforzó por que su voz sonara indiferente.
—No. De chicos, todos estábamos locos por ella, pero eso quedó atrás hace mucho. —Vaciló—. Nunca lo he visto con nadie como con vos.
Chiara no permitió que aquellas palabras le llegaran al corazón. Fuera lo que fuese lo que Cadrim sintiera por ella, no era suficiente como para que sus decisiones se vieran influidas por ello.
—Si eso es cierto, ¿por qué pasa más tiempo con ella que conmigo?
—Su familia es muy influyente.
Él la esquivaba.
—Eso no es todo, ¿verdad? —Chiara lo miró escrutadora—. Os he oído hablar de ello con Willem. ¿Qué le lleva a mantenerse alejado de mí? Y si hay un obstáculo tan grave, ¿por qué quiere desposarme siquiera?
Una expresión de haber sido pillado en falta cruzó el rostro de Malik. Por un instante pareció querer negar sus propias palabras; luego sus hombros se inclinaron hacia delante con resignación.
—La razón del matrimonio es evidente: quiere lo mejor para Laran. Ese sería también su único incentivo para casarse con Jenna, si no os hubiera conseguido a vos. En esta cuestión, Cad se guía solo por consideraciones políticas.
— Pero me ha conseguido —insistió Chiara—.
Y vos mismo decís que le agrado. Y aun así está resuelto a no tocarme jamás.
—Un rubor le subió a las mejillas al pronunciar esas palabras.
Sonaba como si se hubiera arrojado a los brazos de Cadrim.
Por otro lado, no eran precisamente unos extraños el uno para el otro y se casarían en apenas tres meses.
Malik parecía desear estar muy lejos en ese instante. Carraspeó, incómodo.
—De eso deberíais hablar con Cad. Yo solo quería preveniros respecto a Jenna.
—Entiendo. —Si era sincera, esa víbora ocupaba un lugar más bien bajo en su lista de prioridades. Cadrim, Lexor y su posición mortalmente peligrosa entre ambos le causaban más que suficientes quebraderos de cabeza.
—¿Puedo hacer algo más por vos? —preguntó Malik cuando llegaron a sus aposentos.
—No.
—¿Os encontráis bien? —La miró con atención.
—La verdad es que no —reconoció ella en voz baja—. Pero eso nunca ha contado, ¿no es así?
Cuando Malik guardó un silencio compungido, ella abrió la puerta y se deslizó dentro.
Chiara se recogió el cabello en un moño sencillo y se examinó con atención en el espejo.
Aunque no poseía la destreza de Yorrie con el maquillaje, su aspecto resistiría de sobra una mirada superficial.
Sus cejas parecían más pobladas, un rubor saludable le adornaba las mejillas y un sinfín de pecas le cubría el rostro.
Además, había pasado la última hora retocando con un costurero uno de sus vestidos más discretos, de modo que pareciera que una señora se lo había dado a su doncella después de haberlo usado.
Así debería poder moverse por los pasillos sin llamar la atención, sin necesidad de forzar su magia.
Chiara había reflexionado largo y tendido sobre cómo proceder, sin dar con una solución verdadera.
Así que decidió ganar tiempo. Antes de la primavera, Cadrim no haría nada.
Su preocupación más acuciante era, por tanto, Lexor.
Tenía que contentarlo, mantenerlo a raya, para que no emprendiera nada contra ella o su familia —dondequiera que esta se encontrara.
Así que Chiara decidió darle lo que él reclamaba una y otra vez: una prueba de que Cadrim no planeaba una guerra de agresión. Y para ello tenía que colarse en su estudio.
Era una hazaña temeraria y de un peligro extremo, pero convencería a Lexor de que estaba dando lo mejor de sí.
Además, confiaba en que su magia la protegería.
Jugueteó con el anillo en su dedo. Lexor se había enfadado mucho la última vez que lo había usado.
La había advertido de que no lo volviera a hacer.
Aun así, preferiría que sustrajera un poco de energía del éter a que la descubrieran.
Por supuesto, quedaba un riesgo residual de que él le hubiera dicho la verdad y usarlo la matara de veras.
Pero ella lo dudaba. Si Isida, sin la menor chispa de magia natural, algún día llegaba a ser capaz de emplear ese poder, con mayor razón podría hacerlo Chiara.
La corona real no tenía origen divino, no era más que un botín robado.
Por último, Chiara se quitó los zapatos. Con medias avanzaría mucho más silenciosa y, sin tacones, la falda era lo bastante larga como para ocultarle los pies y que nadie reparara en ello.
Se detuvo junto a la puerta, se concentró y comenzó a tejer la ilusión murmurando.
Aunque el guardia no oyera su voz, las palabras pronunciadas daban más sustancia a la magia.
Se había decidido por la imagen sencilla de una puerta cerrada, mientras ella misma se escabullía envuelta en invisibilidad.
Un cosquilleo de nerviosismo le subió por la columna mientras abría la puerta con el mayor sigilo posible e intentaba amortiguar cualquier ruido. La magia del valle fronterizo había sido capaz de ello, así que también debía estar a su alcance.
La cabeza del guardia se movió un poco, como si hubiera oído algo.
Chiara contuvo la respiración mientras él miraba más allá de ella, hacia el fondo del pasillo.
Se le relajaron de nuevo los hombros y se recostó contra la pared.
La tentación de emplear el poder del éter para reforzar la ilusión era tan grande que los dedos empezaron a cosquillearle.
Chiara se llamó al orden. Si se acostumbraba a eso, no sería mejor que Lexor.
Salió al pasillo y cerró la puerta tras de sí, manteniendo bajada la manilla para que el pestillo no chasqueara.
Con el corazón retumbando, se detuvo junto al guardia.
Estaba tan cerca de él que podía ver la pelusa corta de barba en sus mejillas.
Con cautela retrocedió. Cada vez más atrás, hasta alcanzar el pasillo siguiente.
Echó un vistazo apresurado a su alrededor.
Debido a lo avanzado de la hora, el corredor estaba vacío.
Aliviada, Chiara dejó caer el velo de la invisibilidad y se puso en marcha —con determinación, pero no demasiado deprisa.
Como caminaría una doncella que tuviera que ir a buscar a su señora un brebaje para dormir a altas horas.
Mantenía la cabeza gacha y se limitaba a murmurar un rápido saludo cada vez que se cruzaba con alguien.
Como esperaba, nadie le prestó atención.
La mayoría de la gente quería despachar las últimas tareas cuanto antes para irse por fin a la cama.
Incluso los guardias, junto a los que pasaba de vez en cuando, apenas le dedicaban una mirada hastiada.
Cuando solo dos pasillos la separaban del estudio de Cadrim, Chiara aminoró el paso para dejar pasar a una criada que venía hacia ella con un cubo de fregar y un plumero.
Tenía que estar sola para envolverse en el velo de la invisibilidad.
Con él pensaba acercarse a hurtadillas a la puerta de Cadrim y hacerse primero una composición de lugar.
Si se aseguraba de que él no se encontraba allí en persona, adoptaría su figura y fingiría haber olvidado algo.
Esa era la parte más arriesgada de su plan.
Si no lograba engañar a los guardias, todo estaría perdido.
Por otro lado, había pasado semanas en estrecha cercanía con Cadrim.
Sabía cómo hablaba, cómo se movía, hasta sabía a qué olía.
Era poco probable que ninguno de sus hombres lo conociera mejor que ella.