La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Asistirás a la ejecución , prosiguió Lexor sin piedad. Y lo harás con la certeza de que serás la siguiente si no me proporcionas por fin la información que necesito. ¿Lo has entendido?

Sí. Chiara se hundió en un mar de desesperación y miedo.

Muy bien.

El rey se retiró, pero ella siguió incapaz de moverse.

—¿Isida? —Cadrim le tomó el brazo con vacilación. La inquietud y el pesar se reflejaban en su atractivo rostro—. Olvídalo. Fue desconsiderado por mi parte pedirte algo así. Si tanto te cuesta, ya encontraré una excusa para ti…

—No. —Chiara forzó una débil sonrisa en los labios—. Tienes razón. —Le apretó la mano con dedos helados—. Estaré allí. —Sin añadir nada más, se dio la vuelta y se encaminó despacio hacia la puerta, como una marioneta sin voluntad.

Por el camino, distraída, jugueteaba con el anillo en su dedo. ¿Se atrevería a quitárselo para que Lexor no pudiera escuchar sus pensamientos? ¿O eso solo serviría para volverlo aún más desconfiado?

Ya no se engañaba a sí misma. Su propia vida estaba perdida.

La promesa de Lexor de devolverla a casa cuando concluyera su misión era tan vacía como la que le había hecho al pobre hombre que moriría en pocas horas.

Nunca había tenido intención de salvarla una vez que ella hubiera cumplido su propósito.

Tampoco su vida justificaba el esfuerzo.

Era por su familia por quien Chiara se preocupaba. Si se sustraía a Lexor, si huía de él, incluso si moría por su propia mano, él haría que su madre y su hermana pagaran por ello. Aunque con ello no consiguiera nada más, lo haría.

Como en trance, Chiara regresó a sus estancias. Lexor la había arrinconado en un sitio del que ya no había salida. Tendría que traicionar a Cadrim, al pueblo de Laran y a sí misma para salvar a su familia. A menos que…

Chiara se paró tan en seco que tropezó.

A menos que Lexor también le estuviera mintiendo en esto. Si nunca había tenido intención de devolverla a Arnawal, no tenía motivo para llevar a su familia a Welzedon. ¿Para qué tomarse esa molestia si Chiara nunca iba a enterarse?

Era muy posible… Pero ¿estaba de veras dispuesta a apostar por ello la vida de su madre y su hermana? ¿Y valían esas dos personas a las que amaba más que los miles de muertos que su complicidad causaría si seguía sirviendo a Lexor?

Por primera vez, Chiara comprendió el peso de las decisiones que tomaba Cadrim.

Llegó a sus estancias y acalló con un ademán las agitadas preguntas de Yorrie.

—Tráeme un vestido adecuado para una ejecución, ayúdame a vestirme y después déjame sola, por favor.

Con el rostro pétreo, Chiara se sentó algo detrás y a un lado de Cadrim, en la tribuna.

La madre del príncipe ocupaba el mismo puesto al otro costado.

El color que Yorrie había aplicado con cuidado sobre el rostro de Chiara disimulaba su palidez.

Pero nada podía ocultar su postura rígida ni la repulsión en su semblante.

Estaba allí para rendir el último homenaje a un hombre que había caído en la misma trampa que ella.

Que quizá, como ella, nunca había tenido una verdadera elección.

Percibió la presencia de Lexor al fondo de su mente, pero no le prestó atención.

La compasión, el miedo y el asco le oprimían la garganta y no tenía intención de ocultárselo ni a Lexor ni a nadie más.

De todos modos, el rey sabía cómo se sentía.

Se regodeaba en su desesperación, que la convertía en una marioneta sumisa.

Y en cuanto a los laranos, si deseaban una princesa sanguinaria e insensible, los decepcionaría sin más.

Sonaron redobles de tambor y fanfarrias, y la multitud, que ocupaba toda la explanada en torno al cadalso, enmudeció.

Unos soldados de gesto adusto condujeron al prisionero arriba.

Se leyeron los cargos y la sentencia. Chiara mantuvo la mirada clavada en el hombre y vio cómo este giraba la cabeza con creciente nerviosismo, buscando el rescate prometido.

Reconoció con precisión el momento en que la amarga verdad le cayó encima.

Desesperado, comenzó a tirar de sus ataduras.

Gritaba y proclamaba su inocencia. Su mirada se aferró a ella, como si esperara ayuda de su princesa, de la mujer a cuyo padre servía.

Chiara se clavó las uñas en las palmas de las manos para no hacer nada irreflexivo, mientras las lágrimas de compasión y culpa le nublaban la vista.

¿Podría haberlo salvado si hubiera confesado el allanamiento de la biblioteca?

¿O solo le habría hecho compañía en el cadalso?

Su magia se removió, le hormigueó bajo la piel. La imagen de un dragón escupiendo fuego apareció en su mente.

Ni se te ocurra , siseó Lexor.

No te preocupes , respondió ella con amargura. Sabía que una ilusión no cambiaría nada esta vez, porque Cadrim no se dejaría engañar por ella.

—¡Por favor! ¡Por favor, Alteza! —bramó el condenado con todas sus fuerzas.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

Chiara enderezó aún más la espalda y, en silencio, dejó caer un fino velo sobre sus mejillas para ocultar las lágrimas que le corrían por el rostro y emborronaban el maquillaje aplicado con tanto esmero.

Lo siento , le suplicó en silencio al pobre hombre. Lo siento.

Cadrim hizo una señal al verdugo. Su gesto fue antinaturalmente rígido.

Obligaron al prisionero a arrodillarse hasta que su cabeza quedó apoyada sobre el tajo.

—No mires —susurró Cadrim, casi inaudible.

Ella miró de todas formas. Se lo debía al hombre.

Se mordió el labio cuando el hacha cayó, y no apartó los ojos hasta el final.

—Se acabó. —La mano de Cadrim sobre su hombro la hizo volver en sí—. Se acabó —repitió él con voz ronca cuando ella no reaccionó.

Chiara parpadeó y se levantó de su asiento.

Tenía la cabeza y el corazón vacíos, solo el estómago se le rebelaba con vehemencia.

Tragó saliva con dificultad para combatir las náuseas mientras Cadrim la acompañaba hasta el carruaje.

De refilón advirtió cómo su madre le apretaba un instante el brazo.

Un sombrío reconocimiento asomaba al rostro de la princesa, que también había palidecido a ojos vistas.

El trayecto de regreso al palacio transcurrió en silencio. Chiara, aturdida, tenía la vista fija en la ventana, incapaz de mirar a la cara a Cadrim o a su madre.

—Te acompaño a tus aposentos —dijo él en voz baja en cuanto se bajaron.

—¿Temes que, de lo contrario, urda una conspiración? —Estaba tan harta de vivir bajo vigilancia constante, de no poder dar un paso sin escolta.

—No. —Sonaba sinceramente desconcertado—. Solo quería darte las gracias por haber estado a mi lado. —Tragó saliva—. Te has mantenido admirablemente entera.

Con una sonrisa amarga, Chiara hizo desaparecer el velo de su rostro.

—Las apariencias son lo único que cuenta, ¿no es así? —Un parpadeo más tarde, la ilusión volvió a estar ahí—. No importa lo que haya debajo.

—Para mí sí —la contradijo Cadrim con seriedad y le tomó la mano. Respiró hondo—. Ahora mismo te envidio esa facultad. —Su pulgar le recorrió la piel con suavidad y ella reconoció el dolor oculto en su rostro, controlado con esmero.

—Tenías que hacerlo —murmuró Chiara—. No me gusta, pero lo entiendo.

Algo destelló en su mirada cuando le alzó sin prisa la mano hasta sus labios.

—Gracias.

El deseo de acurrucarse entre sus brazos, de ofrecerle consuelo y recibirlo a cambio, era tan intenso que Chiara se inclinó hacia él sin pretenderlo.

Cadrim seguía sujetando sus dedos; su mirada le bajó hasta los labios. El pulso de Chiara se aceleró.

—Deberíamos entrar —dijo Chiara con voz ronca. Besarlo ahora delante de toda la gente no conducía a nada.

Él no hizo ademán de soltarla. Así que ella dio un paso atrás. Él había tomado su decisión una y otra vez. Haría bien en no olvidarlo.

—¿Quieres acompañarme a la comida del mediodía? —Había anhelo en su voz.

—No. —Sentía el estómago como si alguien se lo hubiera anudado en un ovillo helado—. Creo que durante un buen rato no podré probar bocado. —Además, le urgía aclararse sobre unas cuantas cosas.

—¿Vienes, Cad? —Jenna se acercó a ellos con impaciencia. Su carruaje debía de haber llegado también en ese momento.

Chiara no había reparado en la mujer durante la ejecución, pese a que lucía un llamativo vestido rojo fuego. Probablemente había estado demasiado concentrada en el condenado, pues no podía imaginarse a Jenna perdiéndose una buena ejecución.

Jenna dirigió a Chiara una mirada despectiva antes de tomar a Cadrim del brazo.

—Tenemos mucho de qué hablar, querido. He sondeado un poco desde mi sitio entre los espectadores; el ánimo del pueblo sigue caldeado.

—La forma en que recalcó mi sitio dejaba claro que no estaba en absoluto satisfecha con ello.

Sin duda había esperado sentarse junto a Cadrim y su madre—.

No todo el mundo se traga tu historia del dragón como señal del cielo.

—Soltó una risa afectada e inclinó la cabeza hacia él con aire conspirador—.

Aunque, si me preguntas, es mucho más creíble que si tú mismo lo hubieras invocado.

—Esta vez clavó en Chiara una mirada que la atravesaba de parte a parte.

¿Sospechaba que Chiara era la responsable?

—Adelántate. —Cadrim liberó su brazo del de Jenna—. Llevo a la princesa a sus aposentos y voy enseguida.

—No hace falta. —Chiara enderezó los hombros—. Cualquier guardia puede asegurarse de que voy derecha a mi habitación.

El rostro de Cadrim se endureció, pero no la contradijo.

—Yo me ocupo. —Como si respondiera a una señal, Malik se acercó con paso tranquilo y le ofreció el brazo a Chiara.

Agradecida, ella se enganchó del suyo.

—Vamos, Cad. —Jenna se llevó a Cadrim consigo.

Con una última mirada resignada a Chiara, él la dejó hacer.

Malik esperó a que los dos estuvieran fuera del alcance del oído antes de ponerse también en marcha.

—Deberíais tener cuidado con Jenna —advirtió—. No es de las que comparten.

Sus palabras le produjeron a Chiara un pinchazo inesperado.

—¿Así que de verdad es su amante? —Cadrim lo había negado.