La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Ya lo habéis oído? —Yorrie entró cojeando en la habitación, muy agitada.

Chiara acababa de terminar el desayuno y había hecho llamar a su doncella para arreglarse antes de empezar el día.

—¿El qué? —respondió distraída. La conversación con el rey Lexor le daba vueltas en la cabeza.

¿Cómo iba a convencerlo de las intenciones pacíficas de Cadrim si él se negaba a creerlo?

¿Acaso no quería la paz en absoluto y solo buscaba un pretexto para actuar contra Laran?

Por desgracia, no podía compartir nada de esto con Cadrim sin revelarle que mantenía un intercambio continuo con Lexor.

—Esta noche han detenido a un espía. —Había un dejo de sensacionalismo en la voz de Yorrie—. Intentó forzar la entrada en el estudio del príncipe. —Contuvo el aliento, expectante—. Al parecer, se había hecho pasar por un sirviente. Por supuesto, los guardias lo descubrieron enseguida.

Chiara acercó un taburete para Yorrie junto a su tocador y ella misma se sentó en la silla que había delante. Tenía un mal presentimiento.

—¿Se sabe quién lo envió?

Yorrie se dejó caer con un gemido y cogió el cepillo.

—El rey Lexor. Vuestro… padre. —Abrió los ojos como platos, como si solo entonces cayera en la cuenta de ese vínculo.

Chiara se quedó paralizada, alarmada.

—¿Estás segura? —El rey no le había mencionado que tuviera más informantes en el palacio.

—Sí. —Yorrie bajó la voz con aire conspirador—. El príncipe lo ha interrogado él mismo. El espía ha confesado.

Un escalofrío helado le recorrió el cuerpo a Chiara. ¿Qué más le habría contado a Cadrim?

—¿Qué van a hacer con ese hombre?

—Lo ejecutarán. —Yorrie se sacudió con un delicioso repelús.

—¿Ejecutarlo? —repitió Chiara sin voz—. ¿Es eso lo habitual aquí?

Por supuesto, en Arnawal también había ejecuciones, pero afectaban a personas que de verdad se lo merecían.

Asesinos o sediciosos, por ejemplo. ¿Se podía ejecutar a alguien por algo tan inofensivo como entrar por la fuerza en una habitación?

La idea de que Cadrim mandara matar a sangre fría a un hombre por ello era sumamente perturbadora.

Sobre todo después de que él le hubiera asegurado repetidas veces que no era un monstruo sanguinario.

—No ocurre con frecuencia, y por lo general no es público —explicó Yorrie parloteando—. Antes era distinto, se ahorcaba a personas todos los viernes en la plaza del tribunal, al menos eso me contaron. El príncipe abolió esa práctica hace algunos años.

—¿Entonces ejecutarán al hombre en secreto? —A Chiara no le parecía que eso fuera mucho mejor.

—No. —A Yorrie se le escapó una risita nerviosa—. Esta vez el príncipe hace una excepción. La ejecución tendrá lugar hoy al mediodía en público.

—¿Qué? —Chiara se incorporó horrorizada. Sus pensamientos se atropellaban. Se ciñó más la bata sobre el fino camisón y corrió hacia la puerta.

—¿Qué pensáis hacer? —le gritó Yorrie, desconcertada.

—Tú espera aquí, vuelvo enseguida. —Abrió la puerta de un tirón y salió corriendo al pasillo.

—¿Qué ha pasado? ¿Adónde vais? —El guardia de servicio la alcanzó e intentó cerrarle el paso.

Chiara lo esquivó sin aminorar el paso.

—¡Quiero ver al príncipe ahora mismo! —Por suerte se había memorizado el camino hasta sus aposentos y ya no dependía de nadie.

—Eso no es posible… —El guardia se puso a correr a su lado—. Lo siento.

—¿Pretendéis retenerme por la fuerza? —Dobló una esquina.

—Por supuesto que no… —Sonaba abrumado.

—Entonces no os crucéis en mi camino.

Sin prestarle más atención, Chiara recorrió a toda prisa los pasillos hasta llegar a la puerta de Cadrim, decorada con dragones. Sus guardias le cerraron el paso.

—Apartaos —ordenó, alterada.

Los hombres la examinaron de arriba abajo y a ella le incomodó darse cuenta de que ni siquiera iba vestida como era debido. Chiara alzó la barbilla. Su vestimenta no cambiaba el hecho de que era la futura princesa.

—Decid al príncipe que deseo hablar con él ahora mismo.

La puerta se abrió. Cadrim apareció en persona en el umbral. Tenía aspecto de no haber dormido. Profundas ojeras le marcaban los ojos, estaba sin afeitar y el cabello se le levantaba revuelto en todas direcciones.

—Isida. —Suspiró resignado y se hizo a un lado para dejarla pasar.

Chiara aceptó la invitación silenciosa. Con un golpe sordo, la puerta se cerró tras ella.

Cadrim fue hasta su escritorio y se apoyó en él.

—Supongo que ya te has enterado.

—Sí. —De pronto insegura, cruzó los brazos. La pregunta de si era cierto sobraba ya—. ¿De verdad vas a hacer ejecutar a ese hombre?

Él resopló.

—¿Eso es todo lo que te preocupa? ¿No has venido corriendo a averiguar si me ha contado algo sobre ti?

—No. —Si Cadrim conociera la verdad, hacía tiempo que la habría detenido—. Porque no hay nada que contar. Hasta hace un momento ni siquiera sospechaba que mi padre tuviese un espía en Laran.

Él negó con la cabeza, incrédulo.

—¿De verdad pretendes hacerme creer que no sabías nada de esto?

—¿Cómo iba a saberlo? —Alzó la barbilla, desafiante—.

Me haces vigilar a cada paso. Ni siquiera puedo salir por la puerta sin que uno de tus hombres me acompañe.

Ya puedo considerarme afortunada de que no hayas puesto a nadie en mi dormitorio.

—La vehemencia de sus propias palabras la sorprendió.

No se había dado cuenta de hasta qué punto le molestaba tener tan limitada la libertad.

—¿Puedes culparme? ¿Sobre todo a la vista de lo que acaba de ocurrir?

Dio un paso hacia él.

—No soy tu enemiga, Cadrim. Y tú lo sabes. —¿Era eso lo que Soana había querido decir con buscar la verdad en el propio corazón?

Él se pasó la mano por la frente.

—Probablemente sí. —La miró con cansancio—. Pero si no tienes nada que ver con eso, ¿qué haces aquí?

—Pedirte que le perdones la vida.

—¿Cómo? —La miró atónito—. Creía que no lo conocías.

—Así es. No importa quién sea. Es un ser humano.

Cadrim soltó una risa seca.

—Es un traidor. Tengo que dar un castigo ejemplar. Más que nunca, mi pueblo necesita una señal de que somos fuertes. De que vencemos cualquier adversidad.

—¿Así que les ofreces un chivo expiatorio, alguien a quien echarle la culpa de todo? —No logró ocultar su decepción—. ¿Ese hombre ha cometido alguna falta, o no has hecho más que elegirlo para tus fines?

Los ojos de Cadrim relampaguearon, amenazadores.

—Ha confesado.

—¿Lo habéis torturado? —Chiara se estremeció.

—No fue necesario. Nos lo contó todo por voluntad propia. Probablemente esperaba conseguir así una pena más leve. También es responsable del allanamiento de la biblioteca. Buscaba información sobre Perses. Tu padre tiene un gran interés en ese continente.

—¿Eso ha dicho? —¿Por qué iba a confesar un allanamiento que ni siquiera había cometido?

—Sí. —Cadrim entrecerró los ojos—. ¿Eso te sorprende?

Chiara se rehizo.

—Mi padre nunca me ha hablado de Perses.

—Sea como fuere. —Cadrim hizo un gesto cansado con la mano—.

El prisionero dijo que actuaba solo. Recibía sus órdenes en un sobre cerrado en un escondite secreto y dejaba allí sus informes.

Parece ser un principio básico del rey Lexor, para que sus espías no puedan traicionarse unos a otros.

Por desgracia, la noticia de la detención se ha difundido antes de que pudiera impedirlo.

Así que vigilar el escondite ya no servirá de mucho.

Chiara no entendía por qué el intruso había asumido toda la culpa. ¿Se lo había ordenado Lexor? ¿Lo había sacrificado a propósito? ¿Sabía el hombre en lo que se metía o había confiado en que su rey lo salvaría?

—Quiero que estés a mi lado durante la ejecución —la voz seria de Cadrim interrumpió sus cavilaciones.

—¿Qué? —Negó con la cabeza, horrorizada—. No. De ninguna manera.

Lo harás . La mente de Lexor irrumpió en sus pensamientos, como si hubiera estado acechándola en segundo plano todo ese tiempo.

Chiara dio un grito ahogado, asustada. ¿Por qué?

Cadrim la miró extrañado antes de continuar con tono apremiante.

—No a todos les agrada el matrimonio que hemos planeado, ni en el Consejo ni entre el pueblo en general. Si hoy te mantienes a mi lado, si mostramos unidad, eso afianzará tu posición en Laran.

—¿Tengo que mirar cómo matan a un hombre indefenso? ¿Acaso también debo aplaudir?

—¿Crees que esto me divierte? —Cadrim alzó la cara, atribulado, hacia el techo—. ¡No tengo otra opción!

—Sí que la tienes… —Chiara dio un paso hacia él—. Por favor, no lo hagas… por tu propio bien.

Negó con la cabeza, sombrío.

—La decisión está tomada. La única pregunta es: ¿me apoyarás?

Chiara lo miró en silencio. No quería tener nada que ver con aquello, no quería estar presente cuando muriera otro hombre. Sobre todo porque no podía librarse de la sensación opresiva de que ocurría únicamente por su causa.

Niña lista . La voz de Lexor rezumaba sorna y una amenaza sin tapujos. Considéralo un favor y una última advertencia .

¿Un favor? Chiara cerró los ojos para que Cadrim no notara la agitación que sentía por dentro.

Con esto quedas libre de toda sospecha. Se ha encontrado a un culpable para el allanamiento de la biblioteca.

¿Cómo conseguisteis que el hombre confesara?

Con una generosa recompensa al volver a casa.

Una chispa de esperanza prendió en Chiara. ¿Lo vais a salvar?

No seas tonta , la interrumpió Lexor. El esfuerzo no se justificaría jamás.

Aunque ya lo había intuido, la perfidia de Lexor la llenó de espanto. ¿No vais a cumplir vuestra palabra con él?

Lo habría hecho si no me hubiera decepcionado una y otra vez.

Así mato dos pájaros de un tiro. Saco al menos algún provecho de ese tipo y te dejo claro lo que te aguarda si tú también me decepcionas.

Si el vínculo con tu familia no es lo bastante fuerte para asegurarme tu obediencia, quizá lo consiga tu propio instinto de supervivencia.

Por muy lejos que estés, no te encuentras fuera de mi alcance.

No lo olvides nunca, pequeña tejedora de palabras.

Chiara vaciló.