La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Chiara habría deseado poder hacer algo por los tres.

¿Hasta qué punto debía de ser precaria su situación si la mujer prefería seguir en aquella sala de enfermos antes que volver a su casa?

Por desgracia, no tenía nada que pudiera darles.

Y aunque lo tuviera, no eran los únicos necesitados en aquella sala, y mucho menos en toda la ciudad.

Hiciera lo que hiciera, nunca sería suficiente.

En silencio, siguió empujando el carrito y miró el siguiente rostro hambriento.

Aunque el reparto de comida no podía haber durado más de una hora, Chiara se sentía años más vieja. Tenía el corazón encogido, y peor aún que el sufrimiento con el que se topaba allí era el hecho de no poder cambiarlo. Por muchas personas a las que ayudara, otras ocuparían su lugar.

Dejó el carrito junto a la puerta y miró a su alrededor buscando a Soana. La sacerdotisa hablaba con semblante grave a una mujer, que acto seguido rompió a llorar. Soana le apretó el brazo para consolarla antes de apartarse, apesadumbrada.

—¿Qué ha sucedido? —Chiara se acercó a ella.

Soana se enjugó los ojos con disimulo.

—Su marido tenía graves hemorragias internas; no pudimos hacer nada por él.

—Lo siento mucho.

Soana suspiró.

—No podemos salvarlos a todos. Para sus hijos es lo peor.

—¿Por qué?

—Hasta ahora el hombre ganaba lo suficiente para sacar adelante a la familia. Los niños son demasiado pequeños para dejarlos solos. Pero si la madre no encuentra trabajo pronto, perderán la vivienda. Así que pronto habrá otros dos pequeños vagabundos en las calles de Laran.

—¿No hay nadie que pueda ayudarlos?

—No. Los padres de la mujer murieron hace años. —Hizo un visible esfuerzo por sobreponerse antes de cambiar de tema—. Os habéis mantenido entera, Alteza. —Un respeto a regañadientes teñía su voz—. La última dama de la corte que tuvimos aquí se desmayó a los cinco minutos.

—Eso es porque no soy una dama de la corte, sino la futura princesa.

Soana inclinó la cabeza en señal de reconocimiento.

—¿Seguiréis ayudándonos?

—Sí. Y me gustaría ver todo lo que hacéis aquí.

—Seguidme.

Soana le mostró a Chiara el almacén y la cocina, así como el comedor, en el que reinaba un constante ir y venir.

El ambiente allí era por completo distinto al de la sala de enfermos, y Chiara no lograba quitarse la impresión de que era más bien aquello lo que Cadrim había imaginado para ella.

Probablemente era el modo que tenía Soana de oponerse a una orden de arriba.

Su disgusto con los guardias, de los cuales había tres apostados en cada sala, era evidente.

La sacerdotisa lanzaba miradas venenosas a los hombres, que permanecían poco menos que inmóviles junto a las paredes.

—¿Por qué no les dejáis echar una mano? —preguntó Chiara cuando dos mujeres entraron arrastrando con esfuerzo una pesada olla de sopa.

—Dicen que no tenemos autoridad para darles órdenes.

—¿Y si lo intento yo?

Ni la mitad de segura de lo que aparentaba, Chiara se acercó al guardia que tenía más cerca.

—Seguro que al príncipe no le importaría que ayudaseis un poco a las mujeres mientras estáis aquí.

—Tenemos la orden de no perderos de vista, Alteza.

—Entonces voy a salir de esta sala y os ahorraré la necesidad de mirarme. —Esbozó una leve sonrisa.

El hombre carraspeó.

—Con todo respeto, esa no es nuestra función.

—Tampoco era la mía servir sopa a la gente y, sin embargo, lo he hecho. Consideradlo un favor personal que os pido.

El hombre inclinó la cabeza a regañadientes.

—Sí, Alteza.

—Vuestro acompañante debe de estar a punto de regresar —observó Soana al salir del comedor.

—Si es posible, me gustaría ver aún la sala del templo.

—¿Por qué?

—Tengo curiosidad; no conozco el culto a la Madre Tierra.

—¿El culto? —Soana frunció los labios.

—Creo en el Dios Verdadero —explicó Chiara. Aunque muchas de las cosas que había considerado ciertas habían resultado ser mentira, eso no cambiaba en nada su fe.

—El Dios Verdadero. —Soana soltó una risa por lo bajo—. La esencia de la arrogancia masculina.

—¿Qué queréis decir? —Chiara la miró sorprendida.

—Nuestra veneración por la Madre Tierra no es solo una religión. Es una forma de vida, una contemplación del mundo en su totalidad y diversidad. Jamás pretenderíamos poseer la única verdad válida. Algo así no existe.

—Por supuesto que existe la verdad —replicó Chiara con energía—. Es lo contrario de la mentira.

Soana sonrió con indulgencia.

—Ambas se dan en tantas formas como personas hay. —Abrió una puerta y condujo a Chiara a una sala alta y redonda—. ¿Sabéis cómo surgió vuestra Fe Verdadera ?

—Por supuesto. —Esa historia la aprendía cualquier niño pequeño—.

La mañana de su coronación como rey de Arnawal, Welzelin tuvo una visión.

El propio Dios Verdadero se le apareció en sueños para darle Su bendición y revelarle el gran futuro que Él tenía reservado para Welzelin y sus descendientes.

Anunció que, bajo el liderazgo de Welzelin, la humanidad renunciaría a sus engañosos ídolos y encontraría por fin la luz de la verdad.

Como señal de Su gracia, Dios entregó a Welzelin la sagrada corona real y elevó a su estirpe a la condición de representantes de Dios en la Tierra.

Cuando Welzelin despertó de aquella ensoñación de un realismo abrumador, vio la corona ante sí, sobre un cojín de terciopelo.

Entonces supo que solo existía el único Dios Verdadero, que reunía en Sí todo el poder.