Capítulo 11
Chiara dejó a un lado la pluma y repasó el contenido de la carta antes de entregársela a Willem. Cadrim había cumplido su promesa sin demora y le había pedido a Chiara que escribiera un mensaje a su padre. Willem había llegado unos minutos antes para recogerla.
Aunque ese escrito era del todo innecesario, le ofrecía la oportunidad de ordenar sus ideas y argumentos para el informe que debía entregar al rey Lexor.
Le daba un poco de pavor tener que rendirle cuentas esa noche.
Bajo ningún concepto debía el rey darse cuenta de que, en lo más hondo de su corazón, ya no le era leal.
Su convicción personal no tenía ninguna importancia.
La vida de su familia estaba en manos de Lexor.
Por eso jamás se opondría activamente a él.
Willem guardó la carta en su bolsa.
—Si lo deseáis, podéis acompañarme. De camino podemos hacer una parada en el templo de la Madre Tierra. Cad me dijo que tenéis pensado colaborar allí en la ayuda a los pobres.
—Claro, ¿por qué no? —Chiara se levantó. Hacía demasiado tiempo que no salía al aire libre.
—Estupendo. —Willem sonrió—. Será mejor que llevéis un abrigo, hoy hace bastante fresco.
—A mí me parece más bien templado, teniendo en cuenta que en realidad estamos en invierno. —En Laran aún no había caído un solo copo de nieve, a pesar de que el año se acercaba a su fin.
—No diréis lo mismo en cuanto llevéis unos minutos fuera.
Sonriendo, Chiara fue a buscar su abrigo.
—¿Está lejos? —preguntó cuando Willem, en el patio, le hizo señas a un cochero y le ordenó que preparara un carruaje.
—No mucho. En carruaje, a menos de cinco minutos de aquí.
—Me encantaría estirar las piernas, si es posible. —Le gustaba la resistencia y la fuerza que había desarrollado durante su largo viaje. Ahora pasaba de nuevo la mayor parte del tiempo encerrada en el castillo, de modo que el cuerpo iba perdiendo poco a poco la fortaleza recién adquirida.
—Como ordenéis, Alteza. —Willem despidió al cochero y le ofreció el brazo con galantería.
No había exagerado. Aunque no se apresuraron precisamente, no tardaron ni veinte minutos en llegar al templo.
Era un edificio rectangular, de unos tres pisos de altura, construido, como la mayoría de los edificios de Laran, en piedra arenisca clara.
En las esquinas se alzaban columnas ornamentadas y una cúpula se extendía sobre el tejado.
En su centro se erguía un gran círculo brillante.
Chiara se detuvo, sorprendida.
—¿Por qué lleva el templo el símbolo del Dios Verdadero?
Willem levantó la vista.
—Por lo que sé, el círculo siempre ha sido el signo de la Madre Primigenia, o Madre Tierra, como se la llama en este templo.
—Se encogió de hombros—. Tal vez las sacerdotisas puedan deciros más al respecto.
—La condujo con suavidad, dejando atrás a la gente que se agolpaba ante la entrada.
Eran sobre todo mujeres que llevaban de la mano a niños pequeños, o personas mayores, desaliñadas y sin dientes.
—¿No se entra por aquí? —preguntó Chiara, desconcertada.
—Entraremos por la puerta trasera. Primero deberíais haceros una idea general, ver si de verdad es lo adecuado para vos. —Vaciló—. A Cad no le hizo mucha gracia vuestra elección. Esta gente no es precisamente lo mejor de Laran.
—Entonces, ¿por qué lo incluyó en su lista?
—Creo que fue idea de su madre.
Mientras Chiara se preguntaba qué podía significar aquello, Willem la condujo rodeando el edificio y se detuvo ante una estrecha puerta de madera.
Una mujer de unos cincuenta años, de rasgos severos y el cabello peinado liso hacia atrás, abrió cuando llamaron.
Llevaba un vestido marrón hasta los pies, fruncido bajo el pecho.
Dos sencillos broches circulares en los hombros sujetaban una especie de sobreveste clara que por detrás semejaba una capa y por delante consistía en dos tiras de tela del ancho de una mano que caían a los lados sobre su pecho hasta el suelo.
—Nos esperan. —Willem la saludó con un gesto de la cabeza—. Esta es la princesa Isida, la futura esposa de nuestro príncipe.
—Bienvenidos. —La mujer se hizo a un lado. El rechazo en su voz no pasaba inadvertido.
—Vendré a recogeros aquí dentro de dos horas. —Willem le sonrió a Chiara para animarla.
Sin poder evitarlo, ella le aferró la mano.
—¿No os quedáis? —La mirada de la mujer la hacía estremecerse.
—Tengo algunos asuntos que atender. Aquí no corréis el menor peligro. —Le dio una palmadita en los dedos—. Cadrim ha apostado más que suficientes guardias en el templo.
—Sí. Llevan horas estorbando —comentó la mujer. Eso explicaba su expresión avinagrada—. Si al menos echaran una mano… —La mirada que le dedicó a Chiara dejaba claro que la consideraba igual de inútil.
Willem carraspeó.
—Su Alteza ha venido por deseo personal de la princesa Enora.
A la mujer se le tensaron los músculos de la mandíbula.
—Esa es la única razón por la que hemos accedido.
—Bien. —Willem le apretó el brazo a Chiara con ánimo—. ¿Os arreglaréis?
—¿O habéis cambiado de opinión? —La sacerdotisa logró sonar a la vez esperanzada y desdeñosa.
Aquel trato por completo inmerecido picó el orgullo de Chiara.
—No. —Enderezó los hombros y miró desafiante a la mujer mayor—. No se me ocurre otro lugar en el que prefiriera estar ahora.
Willem ocultó la sonrisa tras una tos fingida.
—Vuelvo lo antes posible.
—No hay prisa. —Chiara le dedicó a la sacerdotisa su sonrisa más amable—. Me las arreglo de maravilla. —Sin añadir nada más, pasó junto a la mujer y entró en el templo.
Necesitó unos segundos para acostumbrarse a la penumbra. El cuarto en el que se encontraba era una mezcla de antesala y trastero. A lo largo de las paredes se alineaban armarios oscuros y cerrados, y en las estanterías había copas, cuencos y otros utensilios.
—Seguidme. —La sacerdotisa pasó junto a ella en dirección a otra puerta.
—¿Cuál es vuestro nombre? —la retuvo Chiara.
—Soana. —Sin volverse, posó la mano en el picaporte.
—¿Qué cargo ocupáis aquí?
—Soy la directora en funciones y estoy muy ocupada. —Salió por la puerta con paso altivo.
A Chiara no le quedó más remedio que seguirla.
—¿Tratáis con tanta descortesía a todos los que quieren ayudar, o ese privilegio está reservado solo para mí?
—No estaba segura de dónde sacaba el aplomo para decir aquello.
Quizá fuera porque el rechazo de Soana carecía de todo fundamento.
Fuera cual fuera el problema de aquella mujer, no tenía nada que ver con Chiara.
La sacerdotisa se detuvo y se volvió hacia ella.
—¿Creéis que sois la primera noble que viene aquí a jugar a las damas caritativas?
Creedme, la enfermedad y la miseria no tienen nada de glorioso.
Y de eso aquí tenemos más que de sobra. —Su mirada desdeñosa se posó en las manos de Chiara—.
Apuesto a que nunca en vuestra vida habéis tenido que trabajar.
—En lugar de apostar, no tenéis más que preguntármelo.
Soana arqueó las cejas, sorprendida.
—¿ Habéis trabajado alguna vez, Alteza?
—No como seguramente imagináis. Aun así, sé lo que son el dolor y el agotamiento.
O cómo se siente la impotencia y la desesperación.
Por eso estoy aquí, para ayudar. —Al menos, esa sería su motivación de ahora en adelante.
Hasta entonces no se lo había planteado, solo había buscado un modo de escapar del palacio.
Soana frunció los labios.
—Como gustéis. —Señaló un corredor que desembocaba en una puerta entornada.
Antes incluso de llegar a la sala, Chiara supo que allí no la esperaba nada agradable. Había personas que gemían y se quejaban, niños que lloraban. Chiara se armó de valor; aun así, la escena la pilló desprevenida.
Una treintena de camas se alineaba en filas rectas en una gran sala. Tres mujeres vestidas de forma parecida a Soana, pero con delantales largos en lugar del sobreveste, atendían a los pacientes.
Una de ellas le hablaba con tono tranquilizador a un anciano que se había orinado encima, mientras le retiraba a toda prisa la sábana.
Otra le entregaba un peluche raído a una niña asustada y sucia.
La tercera le cambiaba el vendaje empapado de sangre a un muchacho.
El olor a sangre, vómito y excrementos flotaba en el aire.
A Chiara se le revolvió el estómago. Más bien había contado con repartir comida a los necesitados.
Soana sonrió con aire satisfecho.
—No hay casos contagiosos, así que podéis moveros entre ellos sin temor.
Chiara volvió despacio la cabeza y la miró.
—Nunca he afirmado ser enfermera titulada. Tendréis que mostrarme qué hay que hacer.
Un destello de sorpresa cruzó el rostro de la sacerdotisa antes de que su expresión volviera a cerrarse.
—Podéis empezar repartiendo el guiso. —Señaló un carrito cargado de pequeños cuencos de sopa.
Sin decir palabra, Chiara se acercó y lo empujó hasta el primer pasillo. Una mujer joven con un recién nacido en brazos aceptó agradecida el cuenco que Chiara le tendía.
—¿Cómo se llama tu criatura? —le preguntó con amabilidad.
—Mali. —La mujer depositó un tierno beso en la diminuta cabecita.
Un hombre se deslizó a su lado. El rostro le resplandecía.
—Buenas noticias. Dicen que estás fuera de peligro. —Estrechó a la mujer contra sí con cariño.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Chiara. La mujer estaba visiblemente pálida, pero por lo demás no parecía faltarle nada.
—El parto de Mali no salió como esperábamos. La comadrona no pudo hacer nada por nosotros —contó la mujer en voz baja.
—Pedí prestado un carro para traerla al templo. —Al hombre le temblaba la voz—. Por el camino casi se desangra. —Las lágrimas le brillaban en los ojos cuando volvió a estrechar a su mujer contra sí.
—¿De verdad tenemos que irnos ya de aquí? —le preguntó ella con timidez.
—Sí. —Enderezó los hombros—. No te preocupes. —Le acarició la mejilla con ánimo—. He estado antes en el puerto. En unos días llega un barco mercante. El capitán de puerto me ha apuntado en la lista. El puesto es casi mío, solo tengo que llegar lo bastante temprano.