Capítulo 10 #4
—Sí. —La miró con intención—. Y la exhibición fue todo un éxito, ¿verdad? Con ella se frustró cualquier posibilidad de que tú vieras jamás en nosotros algo más que monstruos.
Un frío glacial se extendió por la boca del estómago de Chiara.
—¿Qué insinúas con eso?
—¿Quién podría haber tenido interés en aquel alarde de crueldad? Nosotros ya habíamos conseguido lo que queríamos. Tú venías hacia nosotros. ¿Por qué íbamos a arriesgarlo provocándoos de ese modo? No, no fuimos nosotros. —Le tomó la mano, como si quisiera atenuar el golpe que se disponía a darle.
Chiara se tambaleó, no quería oírlo. La verdad ya se cernía sobre ella de todos modos. Todo el mundo se había extrañado de que los soldados que habían cabalgado por delante no hubieran enterrado a aquellas personas. Y el comandante de Vlecha no había sabido nada del asalto.
—Sucedió por orden de Lexor —prosiguió Cadrim en voz baja, pero implacable—. Tenía que asegurarse de que nos odiaras por encima de todo. De que nos temieras y nos despreciaras.
—No. —Desesperada, Chiara sacudió la cabeza—. ¿Toda esa gente murió solo por mí? —Una pena estremecedora le oprimió la garganta.
—No debes verlo así. —Cadrim salvó la última distancia y la atrajo hacia sí para consolarla—. Toda la culpa es solo de Lexor.
Chiara hundió el rostro en su hombro. El abismo que se abría ante ella era mucho mayor que todo cuanto había considerado posible. ¿Cómo podía alguien hacerle algo así a su propio pueblo? ¿A personas que le habían sido confiadas para su protección y guía?
De repente, una oleada de ira brotó en ella.
—¡¿Por qué no me lo dijiste antes?! —Necesitaba una válvula de escape para su decepción y su pena. Apenas pudo contener el impulso de golpearle el pecho con los puños.
Su mano le recorrió la espalda con un gesto apaciguador. Ella notó que estaba dejando fluir su magia, la cual —por la razón que fuera— surtía en ella un efecto consolador.
—Porque no me habrías creído —explicó él—. Ese intento solo habría abierto otra brecha entre nosotros.
Chiara se separó de él y, con los ojos llorosos, lo miró escrutadora.
—Júrame que no tuviste nada que ver con eso. —Mantuvo la mirada fija en él para que no se le escapara ni el más mínimo gesto.
Los ojos verde oscuro de Cadrim le devolvieron una mirada cálida e inquebrantable.
—Lo juro por todo cuanto me es sagrado —declaró con solemnidad—. Por mi vida y por la de mi madre. Ni yo ni mi gente tuvimos nada que ver en ello.
Chiara se vino abajo. Sus palabras le disiparon la última duda de que Lexor era despiadado hasta la médula y de que su familia pagaría caro el más mínimo error que ella cometiera. Desesperada, se cubrió el rostro con las manos mientras unos sollozos histéricos le sacudían el cuerpo.
Sin decir palabra, Cadrim la atrajo de nuevo entre sus brazos y la sostuvo con fuerza mientras ella lloraba.
Cuando, por fin, la cabeza le empezó a zumbar hueca y le ardían los ojos, Chiara se separó de él a regañadientes. No tenía la menor idea de qué hacer. Solo una cosa estaba clara: bajo ningún concepto debía Cadrim emprender un ataque a la provincia del sur.
—Te aplastará.
—¿Qué quieres decir?
—Mi padre no permitirá que te afiances en la provincia del sur, porque con eso se te abriría el camino a toda Arnawal.
Algo cruzó fugazmente las facciones de Cadrim y una nueva oleada de espanto sacudió a Chiara.
—¿Ese era tu plan desde el principio? ¿Solo quieres esas tierras para lanzar desde allí una campaña de conquista?
Él la miró en silencio. Ni lo negó ni lo explicó más.
Chiara sacudió la cabeza, resignada.
—Es una locura. Vais a convertir el mundo en un baño de sangre.
—No creo que se llegue a eso si te tengo a mi lado. Él no pondrá tu vida en juego.
Chiara soltó una risa áspera.
—¿No me has escuchado? —Lexor jamás renunciaría por ella ni a una mínima parte de su poder.
Probablemente no lo haría ni siquiera por Isida—.
Para él solo tengo valor mientras sirva a sus planes.
Nunca se pondría en una situación que le hiciera chantajeable por mi bien.
—En el momento en que lo dijo, Chiara reconoció el peligro al que se exponía con ello.
A la postre, su único valor para Laran consistía en poder ejercer presión sobre Lexor.
Por suerte, Cadrim no parecía advertirlo.
—No contaría con la cooperación de mi padre —prosiguió deprisa— si vienes por la fuerza de las armas. ¿De verdad el poder sobre Arnawal vale para ti tantísimo más que vidas humanas?
—No —admitió Cadrim despacio. Sonaba asombrado—.
Mis prioridades y mis convicciones parecen cambiar sin cesar en los últimos tiempos.
—Hizo una breve pausa—. Pero no tengo alternativa.
Sabes en qué situación se encuentra Laran.
Aunque logremos pasar este invierno más o menos indemnes, no lo conseguiremos a la larga. Necesito una solución duradera.
—¿No podrías ampliar el comercio con Perses? —Chiara estaba dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo.
—La ruta marítima es larga y todo menos inofensiva; los recursos de Perses no son ilimitados. No puedo edificar el futuro de mi pueblo sobre una base tan incierta.
—¿Prometes al menos no empezar una guerra? —Lo miró suplicante—. Si mi padre te cede la provincia del sur, ¿te conformarás con eso?
—¿Crees que eso es posible?
—Haré todo lo que pueda por convencerlo. Pero solo si no utilizas esa región como punto de partida para una campaña bélica.
Cadrim se quedó pensativo. Por fin asintió a regañadientes.
—Estaremos preparados para defendernos. Pero mientras Lexor no emprenda nada contra nosotros, no daremos el primer paso.
—Gracias. —Le sonrió con timidez.
Era consciente de lo pequeña que era esa posibilidad de una solución pacífica. Pero al menos era una posibilidad.