La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—No sé a qué te refieres. —Apretó los labios y suplicó a sus mejillas que no ardieran todavía más.

Él se agachó a recoger la manta arrebujada.

—¿Ha habido alguien contigo? —En unos pocos pasos cruzó el cuarto y echó un vistazo al dormitorio contiguo.

—¡Por supuesto que no! —le espetó Chiara—. He estado durmiendo.

—Oh. —Se volvió—. Oooh —repitió, fascinado, y dejó que la mirada le recorriera la figura despeinada. Tragó saliva—. ¿Has soñado?

Chiara levantó el mentón.

—¿A qué debo el honor de tu visita?

—Yo… —Cadrim negó con la cabeza, como si intentara deshacerse de un pensamiento tenaz. Se aclaró la garganta—. Quería ver cómo estabas. Y darte las gracias con calma por lo que hiciste.

Chiara se dejó caer en el sofá, mientras procuraba no pensar en lo que acababa de vivir allí mismo. La voz apasionada y tierna de Cadrim aún le resonaba en el oído.

Se sirvió té en una taza, por hacer algo, y cogió un trozo de pan al que untó queso fresco especiado.

—¿Quieres tú también?

—¿Por qué no? —Tomó asiento frente a ella. No le quitaba la vista de encima—. Hace ya horas que desayuné.

—¿Qué hora es? —Chiara dio un mordisco al pan.

Él sonrió con discreción.

—Se acerca el mediodía.

Chiara torció el gesto, abochornada.

—No sé por qué me he vuelto tan marmota.

La mirada de Cadrim se suavizó.

—No es de extrañar. Ayer obraste un verdadero milagro.

Ella deseaba poder hacer más.

—¿Está controlada la situación en la ciudad?

—Sí. He reforzado la presencia militar en el puerto y en torno a los almacenes, para que algo así no vuelva a ocurrir.

—¿Bastará el grano? —Recogió una migaja que había caído sobre su vestido y, distraída, se la llevó a la boca con el dedo.

Cadrim siguió su movimiento como hipnotizado. El descarado deseo en su mirada hambrienta la hizo estremecerse.

—Tiene que bastar. He prometido a los ciudadanos que no habrá hambruna en Laran.

Chiara se esforzó por no dejar traslucir nada. La camisa clara de Cadrim estaba desabrochada en el cuello y dejaba ver una piel bronceada y uniforme, de la que ella sabía muy bien lo sedosa, lisa y suave que era al tacto.

—¿Cómo piensas asegurarte de ello? —Su desvelo por su pueblo, por desgracia, no hacía sino volverlo más atractivo.

—Tendremos que racionar los víveres. Si cada uno prescinde de un poco, pasaremos el invierno sin contratiempos.

Chiara miró su bandeja del desayuno, que día tras día devolvía a medias.

—Deberías empezar por mí. Yo no como ni la mitad.

Él sacudió la cabeza, indignado.

—Antes pasaría hambre yo mismo. Quiero decir —se apresuró a añadir—, eres una invitada de honor. Debes sentirte a tus anchas entre nosotros. —Sonriendo, le tendió el cuenquito con el postre cremoso.

A Chiara se le congeló la expresión. El anhelo que su presencia despertaba en ella se desvaneció.

—No lo quiero, gracias. —El postre le recordaba demasiado a la mañana de su despedida. Y a que era un error dejarse llevar por Cadrim. Eso no aportaba más que dolor.

Él frunció el ceño.

—Por supuesto, no es la receta que conoces de casa, pero aun así quiero darte una alegría. ¿Por qué lo devuelves cada vez?

Ella lo miró sin pestañear.

—Me trae recuerdos que preferiría olvidar.

Cadrim bajó la cabeza, avergonzado.

—Lo siento.

Chiara resopló en voz baja. En ese asunto no hacían más que dar vueltas.

—¿Has hablado ya con tus consejeros? —cambió de tema.

Por un momento pareció confundido, luego asintió despacio.

—Sí. Les dije que había conjurado la ilusión del dragón. Que esa capacidad había salido a la luz en mí por la situación de emergencia.

—¿Crees que te creen?

—No tienen motivos para no hacerlo. Muy pocos de ellos se han ocupado alguna vez de la magia mental. Salvo Willem y Jenna, nadie sabe siquiera que poseo un don.

—¿Jenna forma parte de tu consejo? —La voz de Chiara sonó más aguda de lo debido.

—Sí. —Cadrim hizo como si no lo notara—. Representa a su hermano, que rara vez se encuentra en la ciudad. Sin su apoyo, la situación en Laran sería bastante más tensa. —Se pasó la mano por la frente.

—Aun así, tampoco pinta muy bien —comentó Chiara.

Él sonrió sin alegría.

—Esperaba disponer de más tiempo. No contaba con que la situación se agravara tan rápido. Estuve fuera demasiado tiempo y la cosecha de este año no fue tan abundante como de costumbre. Empezaría ya mismo con la colonización de la provincia del sur, si por mí fuera.

Chiara tomó aire de golpe, alarmada.

—¿No querrás esperar hasta la primavera?

—Por desgracia, me veo obligado a ello. Las tormentas en esta época del año son implacables. No puedo exponer a mi gente a ese peligro. —Apretó el puño—. Pero me ocuparé de que estemos listos para partir en cuanto sea posible.

—¿Los acompañarás?

—Por supuesto.

Chiara no sabía qué pensar de aquello. El miedo por Cadrim, que se metería en una trampa, era casi tan grande como el que sentía por su hermano, a quien los hombres de Cadrim llevaban a la perdición.

—¿Qué pasará con la gente que habita esa región?

La mirada de Cadrim se endureció.

—Esas tierras nos fueron prometidas.

—Los campesinos que viven allí, desde luego, no han tenido voz en esa decisión.

—Redistribuiremos la tierra. Quien quiera quedarse y someterse a nuestras reglas, podrá hacerlo. Quien se niegue, deberá marcharse.

—¿Quieres decir que la gente, o bien se conforma con una mínima parte de lo que ahora le pertenece, o bien es expulsada de su tierra?

—Por más que quiera, no puedo hacer más. —Levantó la voz—. Mi pueblo pasa hambre.

—Lo sé. —Chiara se mordió el labio. De todos modos, aquella discusión era estéril—. Él nunca lo permitirá.

—¿Quién?

—Mi padre. Antes de que yo partiera, juró que no toleraría a ninguno de vosotros en la provincia del sur.

Ya está concentrando allí sus tropas. —Cerró los párpados un instante.

Era una traición decirle eso a Cadrim. Pero no podía hacer otra cosa.

Tanto por el bien de su hermano como por el de Cadrim.

Tenía que haber otro camino que no fuera la conquista de esa región.

—¿Estás segura? Mis espías informan de que está reforzando la presencia militar cerca de Vlecha.

—Por supuesto que lo hace, tiene que proteger la región fronteriza. —Miró a Cadrim con intensidad—. Aun así, jamás te cederá el sur. Arnawal es grande, no podéis vigilar todos los caminos.

—Tienes razón, pero eso no importa. —No parecía preocupado en absoluto—. Que Lexor intente impedir nuestra colonización. Estaremos preparados.

Chiara jadeó, atónita.

—¿Quieres una guerra?

A Cadrim se le dilataron las aletas de la nariz.

—¡No la quiero , pero la libraré, si es preciso!

Chiara asintió con amargura.

—Mi error. Por un breve momento se me había olvidado de verdad que, por tus objetivos, eres capaz de pasar por encima de cadáveres.

Cadrim se levantó indignado.

—¿Qué esperas de mí? ¿Que deje morir a mi pueblo?

—¡No! —le gritó ella a su vez, poniéndose también de pie—.

¡Quiero que seas un hombre mejor que el rey Lexor!

—Sus palabras vibraron, estridentes, en el súbito silencio.

Chiara no podía creer que en verdad lo hubiera dicho.

Pero era cierto. Ya no se hacía ilusiones sobre Lexor.

Gobernaba a su pueblo despojándolo de su energía, y no veía nada reprochable en ello.

Amenazaba a su familia para forzarla a obedecer.

Deseaba con todas sus fuerzas que Cadrim fuera mejor.

No soportaba la idea de que él pudiera ser igual de despiadado.

—¿El rey Lexor?

Chiara lo miró desconcertada, sin entender su pregunta, hasta que cayó en la cuenta de que no había dicho «padre». Enderezó los hombros.

—Podré ser su hija, pero ante todo es mi rey. De lo contrario, no estaría aquí ahora. —Respiró hondo—. Jamás he visto que mostrara verdadero afecto por nadie, ni siquiera por mí. Siempre ha visto solo mi valor para su linaje.

—Lo siento. —Cadrim parecía no saber qué responder.

Ella no reaccionó a eso.

—Te vi llorar por Willem cuando lo creías muerto.

Sé que tienes corazón y conciencia, aunque no siempre les hagas caso.

—Levantó los brazos en un gesto de impotencia y los dejó caer de nuevo—.

De verdad había esperado que fueras diferente, mejor.

Aunque yo misma he visto de lo que eres capaz.

—Los cadáveres del camino a Vlecha seguían frente a sus ojos.

En un impulso, los hizo visibles. Quería enfrentar a Cadrim a lo que había hecho, obligarlo a tomar postura de una vez, a ver lo que provocaban las guerras.

Y si aquella visión lo dejaba indiferente, al menos sabría a qué atenerse. Que él —por muy compasivo que se mostrara— no era ni un ápice mejor que Lexor.

Cadrim retrocedió, espantado, cuando el cuarto se llenó de pronto de cuerpos empalados.

Aunque la ilusión no desprendía olor alguno, Chiara tuvo que contener las náuseas.

—Sé que no me vas a creer, pero no fui yo —dijo Cadrim con vehemencia. El rostro se le tiñó de un tono verdoso.

—Entonces fue uno de tus hombres.

—No. —Atravesó la imagen con el brazo, en un gesto enérgico, como si quisiera dispersarla—. No puedo creer que siquiera me consideres capaz de algo así.

—Lo vi con mis propios ojos, a cosa de una jornada de Vlecha.

—La voz de Chiara se quebró. Hizo desaparecer la espantosa ilusión, porque ella misma no la soportaba más.

No se trataba solo de los muertos, sino de la prueba visible de la culpa de Cadrim.

Era aterrador lo deprisa que lo había olvidado.

¿Cómo podía suspirar por alguien capaz de hacer algo así?

—Lo repito con gusto. —Cadrim volvió a enfadarse—.

Ni yo ni mis hombres tenemos nada que ver con eso.

Ni siquiera estuvimos por esa zona. Ninguno de nosotros sería capaz nunca de cometer algo tan abominable.

—Negó con la cabeza —. Aunque diera yo una orden semejante, nadie la cumpliría.

¿Crees que Willem la habría aprobado? ¿O Malik?

En efecto, eso no podía imaginárselo.

—Sin embargo, ocurrió.