Capítulo 10 #2
—Shh. —Se agachó a su lado y le puso un dedo en los labios.
El contacto le recorrió el cuerpo con un cosquilleo—.
No quería despertarte. —Le acarició la mejilla—.
Solo quería ver cómo estabas. —Le deslizó la mano tras la oreja y la hundió en su cabello.
Su voz sonaba ronca—. No podía dormir, te echaba de menos.
—Apoyó la frente contra la suya—. Te he echado muchísimo de menos. —Su aliento le acariciaba el rostro.
Chiara se obligó a apartarse de él. Mantenía su decisión de no querer un tira y afloja. No importaba lo que su cercanía le provocara, por mucho que en ese momento deseara que él continuara donde lo había dejado en la playa.
—Ya tomaste tu decisión.
—Fue la equivocada.
Con ímpetu, Cadrim la atrajo hacia sí, como si hubiera percibido su deseo, su anhelo.
Sus labios se encontraron y un rayo recorrió a Chiara de arriba abajo. Notó que Cadrim también se estremecía, y la vibración prosiguió en su propio cuerpo, como si ambos fueran incapaces de luchar contra la fuerza que los unía.
Sus dientes le rozaron el labio inferior. A Chiara se le escapó un suspiro gutural cuando él comenzó a succionarlo. Una de sus manos le recorrió con suavidad y exigencia la cintura y la cadera, mientras la otra le sujetaba la nuca.
La manta se deslizó al suelo. Sus labios le bajaron por la barbilla y el cuello. El pecho se le arqueó hacia él, expectante.
—No. —Temblando, Chiara lo apartó. No volvería a cometer el mismo error.
Él se detuvo, sorprendido.
—¿Por qué? —Estaba demasiado oscuro para distinguir su expresión, pero la voz le sonaba herida.
Ella se incorporó, agitada, hasta quedar sentada.
—Cambias de opinión con una rapidez asombrosa. ¿Cómo puedo estar segura de que mañana no volverás a cambiar de idea?
—No lo haré. —Su pulgar le acarició la mejilla—. Te amo. Te amo tanto que me desgarra por dentro. No puedo seguir fingiendo que es de otra manera. —Tragó saliva con fuerza.
Sus palabras le palpitaban en el pecho a Chiara. Esperanza, desconfianza, miedo y alegría se alternaban en su interior al ritmo de su corazón desbocado. Ansiaba tanto creerle. Hasta ese momento ni ella misma había sabido cuánto lo ansiaba.
—¿No respondes nada? —Su pulgar se le detuvo sobre el rostro.
—¿Y esa cosa que se interpone entre nosotros? —Ni siquiera sabía qué era. Pero no creía que se hubiera desvanecido en el aire en las últimas horas—. ¿Esa regla que tanto te importa?
Cadrim exhaló con un temblor.
—Nada es más importante que tú.
Sus palabras resonaron en el silencio entre ambos. Atónita, Chiara se le quedó mirando. Toda su vida había anhelado ocupar el primer lugar, aunque solo fuera una vez.
Él se sentó a su lado en el sofá y le tomó la mano con cuidado.
—¿Y bien, qué dices? —De pronto parecía nervioso—. ¿Qué significo para ti?
A Chiara la situación le parecía extrañamente irreal. ¿Estaba Cadrim de verdad con ella y confesándole en ese instante su amor?
—¿Lo dices realmente en serio?
—Sí. —Apretó las manos de ambos contra su corazón, que latía desbocado—. Nunca he hablado más en serio.
El sentimiento que le nació en el pecho con aquellas palabras era tan abrumador que Chiara se quedó sin habla. Las lágrimas le rodaron por las mejillas.
—Yo… yo también te amo. —Era la única expresión que describía, al menos en parte, la embriagadora tormenta de emociones.
Con un sonido que era a la vez risa y gemido, Cadrim la atrajo hacia sí, hundió el rostro en su cabello y la sostuvo con tanta fuerza que ella ya ni siquiera podía respirar.
No le importaba. Abrumada, se aferró a él y apartó de sí todos los pensamientos molestos. Encontrarían una solución. Para todo.
Los labios de Cadrim se deslizaron por su sien hasta hallar su boca. La besó con vehemencia y, a la vez, con una ternura infinita.
—Te amo —murmuró una y otra vez. Sus manos se desplazaron hacia los cordones de la parte delantera del vestido y los desataron.
La excitación y un deseo expectante inundaron el cuerpo de Chiara cuando Cadrim la sujetó con algo más de firmeza y la empujó hasta dejarla recostada.
Sus nudillos le rozaron la piel bajo las clavículas.
Los pezones se le erguían y presionaban contra la tela que los ocultaba.
El calor se extendió por la entrepierna de Chiara y sus caderas se contrajeron por sí solas.
Oyó la risa suave y satisfecha de Cadrim mientras su mano le bajaba por el arco de las costillas para regresar luego por el vientre. El contacto dejaba un rastro ardiente en su cuerpo. Chiara arqueó la espalda con placer.
Los dedos de Cadrim se acercaron a la abertura de su escote.
—¿Puedo? —Bajó un poco la tela, se inclinó y posó los labios en el hueco entre sus pechos.
A Chiara se le escapó un suspiro de embeleso y percibió la sonrisa de Cadrim contra su piel—.
Lo tomaré como un sí. —Su aliento cálido la rozó.
Le deslizó el vestido abierto por los hombros y le posó la mano sobre el pecho.
La sensación era tan buena como ella la recordaba. Quizá aún mejor, porque ahora sabía lo que vendría después. Y porque esta vez sería un comienzo y no un final.
La certeza de que Cadrim la amaba de verdad se afianzaba con cada beso que depositaba sobre su piel.
Hacía que la caricia obrara en un nivel mucho más profundo, que le prendiera fuego no solo al cuerpo, sino también al alma.
Cuando por fin sus labios se cerraron sobre el duro capullo de su pecho, un rayo abrasador atravesó a Chiara, uniendo cabeza, corazón y vientre en una línea ardiente.
El latido en su centro se hizo casi insoportable.
Como si supiera lo que pasaba dentro de ella, Cadrim apartó aún más el molesto vestido. Chiara levantó las caderas y se quitó la tela a sacudidas frenéticas.
—Ahora tú —exigió sin aliento. No quería lo más mínimo entre él y ella. Le agarró el cuello de la camisa.
Cadrim se libró de la camisa con tanta prisa que los botones salieron volando en todas direcciones.
Con deleite, Chiara recorrió aquella piel maravillosamente cálida y lisa, bajo la cual se tensaban músculos de acero, antes de atraerlo con fuerza hacia sí.
Suspiró embelesada mientras absorbía cada sensación que aquello despertaba en ella.
Sus suaves pechos presionados contra su cuerpo duro, el cosquilleo que en ese momento le recorría los pezones.
Su fino vello contra su vientre. La erección dura como la piedra.
Chiara no pudo evitarlo. Deslizó la mano entre ambos y la rozó con los dedos. Cadrim inspiró con un jadeo, su vientre se tensó hacia delante mientras ella le acariciaba la longitud a través de la tela del pantalón. No estaba segura de poder acostumbrarse jamás a esa sensación incomparable.
Su boca se cerró de nuevo sobre su pecho, la lengua jugaba con el capullo, mientras una mano se deslizaba hacia las nalgas y comenzaba a amasarlas.
La cabeza de Chiara cayó hacia atrás y ella se perdió en el placer que él prendía en su interior.
Un golpe en la puerta puso fin bruscamente a su dulce delirio. Chiara abrió los ojos de par en par. De pronto era pleno día. Asustada, clavó los ojos en Cadrim, que la observaba no menos alarmado.
Volvieron a llamar.
Durante un latido, Cadrim permaneció inmóvil, medio encima de ella; luego, sin más, se disolvió.
—¿Alteza? ¿Va todo bien?
—Sí… —Desconcertada, Chiara se apartó el pelo de la cara mientras intentaba comprender lo que estaba pasando. Cadrim ya no estaba; ni siquiera su camisa yacía en el suelo. Bajó la mirada por su cuerpo. Todavía llevaba puesto el vestido. Estaba arrugado, pero a todas luces en su sitio.
—¿Puedo pasar?
—¡Un momento! —Chiara se levantó de un salto. Le ardía el rostro y la manta estaba tirada en el suelo.
La revelación la golpeó como un puñetazo en el estómago. Atónita, se llevó la mano a la boca mientras la decepción y la vergüenza le subían ardientes por el cuerpo.
Cadrim jamás había estado allí. Ni había cambiado de opinión para decidirse por ella, ni le había confesado nunca su amor.
Todo aquello había sido solo un sueño, pura ilusión de sus deseos, a la que su magia había dado además sustancia. Los labios le hormigueaban por sus besos, la piel le ardía por las caricias y el eco del placer le recorría el cuerpo. Pero su encuentro no había sido real.
Chiara corrió al baño y se echó agua en la cara acalorada. Tenía el labio inferior hinchado; seguramente se lo había mordido ella misma. Las mejillas le ardían de bochorno. Las imágenes de su sueño se le presentaban tan vívidas ante los ojos como si todo aquello hubiera sucedido de verdad.
¡Oh, Dios!
—¿Alteza? ¿Puedo pasar?
Chiara se echó un último vistazo al espejo. Tenía que recomponerse cuanto antes. Solo había sido un sueño. Algo del todo insignificante. Nadie lo sabía.
—Sí. —Regresó al salón.
Samir entró con una bandeja en las manos y la miró con atención.
—¿Os encontráis bien?
—Sí. —Ella sonrió, distraída—. He estado durmiendo.
—No quería molestaros. —Se aclaró la garganta, consternado—. Yorrie me ha pedido que os trajera el desayuno, porque no puede andar bien con las muletas. —Dejó la bandeja sobre la mesa—. Me he cruzado por el camino con el príncipe; estará aquí en cualquier momento.
Chiara se ciñó el talle con los brazos por instinto. Cadrim era la última persona a la que quería ver en ese momento. Y mucho menos con esa facha.
—Llamad a Yorrie, por favor; que me ayude a peinarme.
—Por supuesto. —Samir salió del cuarto.
Agitada, Chiara respiró hondo.
Cómo no, en ese preciso instante apareció Cadrim en persona en el umbral.
Chiara, avergonzada, bajó la mirada al suelo y notó cómo le volvían a arder las mejillas.
—¿Te encuentras bien? —Se acercó, preocupado.
Por el rabillo del ojo vio cómo Samir y Yorrie, que estaban a punto de entrar, se retiraban con disimulo.
—De maravilla. —Chiara dejó vagar la mirada por el salón—. Lo único que no entiendo es tanto alboroto a primera hora de la mañana.
Cadrim la observó con detenimiento.
—¿Qué pasa? —Ladeó la cabeza y una expresión de desconfianza asomó a su rostro—. Conozco ese brillo en tus ojos.