La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Le empezó a hormiguear el cuero cabelludo, y unos puntos oscuros le bailaron ante los ojos. Asustada, comprendió que su poder no bastaría. No para someter a tantos hombres a la vez sin que oyeran su voz. Aún le faltaba mucho para recuperarse y la ilusión tenía que surtir efecto a la primera.

El anillo en su dedo le pareció de pronto pesado como una tonelada. ¿Se atrevería? ¿Lo conseguiría? ¿Y quería siquiera hacerlo?

—¡Adelante! —resonó en tono triunfal. Chiara abrió los ojos de par en par y vio cómo dos soldados caían al suelo. Sin importarles lo más mínimo, los hombres los pisotearon. Cadrim saltó de su caja y empuñó la espada. La hoja silbó en el aire y alcanzó su blanco.

Chiara había vacilado demasiado tiempo.

—¡Soltad amarras! —El barco a sus espaldas crujía y chirriaba.

A Chiara no le quedaba otra opción. Abrió su mente e imaginó que aquel anillo era un embudo que captaba toda la energía sobrante que aquellos hombres, en su ira y su miedo, arrojaban sin freno de sí, y la canalizaba hacia ella.

Tomó aire jadeando cuando, en efecto, la golpeó una oleada de energía en bruto.

Le hormigueaba la piel, le ardían las venas.

La magia mental se acumulaba dentro de ella como si fuera un globo que se llenase hasta reventar.

Se le desorbitaron los ojos, se le abrió la boca, el corazón le galopaba.

Estaba segura de que tenía los cabellos erizados.

Con un grito, Chiara liberó la magia en la imagen de su dragón.

Echó la cabeza hacia atrás mientras la energía fluía a través de ella, como si no fuera más que un conducto que daba dirección a esa fuerza indomable.

Un dragón gigantesco se precipitó desde las nubes; su chillido resonó en sus oídos.

Con las alas extendidas, pasó zumbando por encima de las cabezas de la multitud, de pronto petrificada; su figura era tan hermosa, tan precisa, que ella distinguía cada vena de la membrana de sus alas.

Los hombres se arrojaron al suelo unos junto a otros, aterrados, olvidando todas sus disputas ante aquel nuevo e inesperado peligro.

La ilusión giró, lanzó de nuevo su chillido y dejó que una enorme columna de llamas arrasara por encima de las cabezas de los hombres.

Chiara temblaba de pies a cabeza. La magia le palpitaba por todo el cuerpo, alimentada cada vez más por el pavor de muerte de los presentes. El anillo le ardía en el dedo y no conseguía cortar el flujo de la energía.

Jadeando, cayó de rodillas mientras dejaba que el dragón trazara otro círculo.

—¡Fuera de aquí! —rugió Cadrim, el único que había permanecido en pie. Le propinó una patada al hombre que tenía al lado—. ¡Fuera de aquí, si os es cara la vida!

Como si hubieran estado esperando esa orden, los hombres —tanto los atacantes como los trabajadores y los soldados— se levantaron a duras penas y huyeron presa del pánico, mientras el dragón escupía fuego una vez más.

La plaza se vació en un abrir y cerrar de ojos. Agotada, Chiara dejó que la imagen remontara de nuevo hacia el cielo y desapareciera tras las nubes. Aunque ya no podía ver al dragón, sabía que seguía allí, porque la magia le bombeaba por el cuerpo y no tenía ni idea de cómo detenerla.

El anillo quemaba tanto que seguramente ya le habían salido ampollas en la piel de debajo. Con prisa nerviosa, Chiara se lo sacó del dedo. Y, en efecto, funcionó.

El flujo de la energía se cortó en seco, como si alguien hubiera cerrado un grifo. Con sus últimas fuerzas, se puso el anillo en la otra mano —no podía arriesgarse a perderlo— y se desplomó, exhausta.

Una sombra le cayó sobre el rostro. Cadrim se hincó de rodillas ante ella y, sin decir palabra, la atrajo hacia su pecho.

Se sentía del todo consumida, demasiado cansada incluso para mantener los ojos abiertos, y al mismo tiempo tan a gusto y resguardada en su abrazo que nada más importaba.

Solo de pasada percibió cómo, al cabo de un rato, la alzaban y la acostaban sobre los cojines de un carruaje. Cadrim le sostuvo la mano todo el tiempo.

Cuando Chiara despertó, por un instante no supo dónde se hallaba. Poco a poco fue reconociendo los contornos familiares de su dormitorio y a Cadrim, que estaba sentado con aire grave en una silla.

—¿Qué ha ocurrido? —Se frotó la frente fría y húmeda. El brazo le temblaba.

Cadrim se levantó de su asiento y se arrodilló junto a la cama, de modo que su rostro quedó justo al lado del de Chiara.

—Lo que has hecho… —Se interrumpió y sacudió la cabeza, atónito—. Ha sido increíble. ¿Cómo podré compensártelo algún día?

—El barco… ¿Sigue ahí?

—Sí. —Sonrió—. Gracias a ti. Solo se habían alejado para esperar a una distancia segura el desenlace de la lucha. Al parecer, en Perses se considera a los dragones criaturas sagradas, y el hecho de que uno hubiera acudido en mi rescate lo toman como un buen augurio.

—¿De verdad hay dragones allí?

—No más que en Laran. Pero eso no impide que la gente crea en ellos. —La contempló con asombro—. ¿Cómo lo sabías?

—No lo sabía. Fue pura casualidad.

—¿Has invocado a un dragón por pura casualidad?

—Fue lo primero que se me ocurrió. Quería ayudarte como fuera.

—Gracias. —Apoyó la frente contra la suya—. Lo has conseguido de verdad. —Su aliento le rozó el rostro.

A regañadientes, Chiara se apartó de él. Fueran cuales fueran sus motivos, él se había pronunciado en contra de esa clase de relación.

Cadrim carraspeó y también se retiró un poco.

—Ahora me celebran por toda la ciudad como invocador de dragones.

—Lo siento. —Chiara se mordió el labio inferior. No había pensado en las consecuencias que tendría su ilusión. Por supuesto, la aparición de un dragón en la ciudad no podía pasar sin repercusiones.

—Soy yo quien lo siente, por haberte puesto en esta situación. Por no haber sido capaz de protegerte. —Sobre todo este último punto parecía atormentarle—. Sin ti, todo habría terminado mucho peor. Sin embargo, ahora tenemos que decidir cómo manejarlo.

—¿A qué te refieres?

—No puedo dejarlo pasar sin decir nada. Puede que la gente del pueblo crea en una señal de los dioses o en algún milagro semejante, pero a mi consejo de asesores tengo que presentarle una explicación más plausible.

Antes de hacerlo, quiero saber qué postura tomas tú al respecto. Te concierne tanto como a mí.

—¿Cuáles son las alternativas? —Chiara aún no estaba en condiciones de hilar razonamientos tan complejos.

—Podríamos revelar que has sido tú quien ha invocado esa ilusión.

—¿O?

Se rascó la barbilla.

—Pensamos en otra cosa.

—¿Tienes alguna idea?

—No. ¿Y tú?

Chiara estaba tan extenuada que su mente apenas le obedecía. No quería airear su magia a los cuatro vientos; por otro lado, no podían hacer creer a la gente que un dragón de verdad andaba causando estragos en Laran.

—¿No puedes hacer que parezca obra tuya?

—Quieres decir… —Se detuvo—. ¿Que afirme que yo he conjurado la ilusión? ¿Que me adorne con tus plumas?

—A mí no me importaría.

—¿Por qué?

—Porque no me importa.

—No, me refiero a por qué no quieres reconocer que fuiste tú .

—Porque aquí soy una extraña y no quiero que la gente me trate con miedo y desconfianza.

Él abrió los ojos, sorprendido.

—Te admirarían y te tendrían en gran estima.

Ella sacudió la cabeza con tristeza.

—Solo se interesarían por mi magia, pero no por… mí.

La compasión asomó a sus rasgos.

—¿Es por eso por lo que hasta ahora has mantenido tu don oculto al mundo?

Ella odiaba mentirle.

—Sí.

—Está bien. —Sonrió para animarla—. A la larga no podremos ocultarlo, pero, por ahora, lo dejaremos así.

—¿De verdad? —Chiara lo miró con gratitud.

—Sí. —Se inclinó hacia delante y posó los labios sobre su frente—. Descansa bien, yo me ocupo del resto.

¿Qué has hecho?

La voz de Lexor retumbó en la cabeza de Chiara y la arrancó con brusquedad del sueño.

¿Majestad? Sobresaltada, Chiara se frotó la cara. ¿Qué ha pasado? Miró a su alrededor, desconcertada. Fuera estaba oscuro y no tenía ni idea de qué hora era.

Has extraído del éter una gran cantidad de energía. Sonaba irritadísimo. Y ni siquiera consideras necesario responder a mis llamadas.

Yo… estaba durmiendo. Chiara se incorporó temblando hasta quedar sentada. No os he oído, Majestad. Lo siento…

¿Qué ha pasado?

Chiara intentó ordenar a toda prisa sus pensamientos. Habían sucedido tantas cosas en las últimas horas que no había tenido tiempo de asimilarlas. El príncipe se ha dado cuenta de que alguien ha registrado sus documentos. Me ha hecho llamar.

¿Sospecha de ti?