La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Debería acostumbrarme a no hablar contigo con tanta franqueza. Escuchas demasiado bien.

—¿Crees que me cuentas demasiado? —Chiara se echó a reír.

Si había una cosa por la que él no tenía que preocuparse, era justo esa—.

¿De dónde viene el barco? —Nunca había visto el escudo que ondeaba en el mástil.

Apenas había acabado de hablar cuando ella misma cayó en la cuenta—.

¡Viene de ultramar, de Perses! Es así, ¿verdad?

Cadrim la miró con sorpresa.

—¿Cómo sabes de Perses?

—Meritep lo mencionó delante de mí, cuando fui a la biblioteca con Willem.

—¿Eso hizo? —Cadrim frunció los labios—. Para mi gusto, habla más de la cuenta.

Chiara señaló el barco y a toda la gente que se arremolinaba en torno a él.

—Si se supone que es un secreto, no lo guardas muy bien.

Él sonrió, pillado.

—No es un secreto auténtico, solo quería…

—¿Que yo no supiera nada?

Sonrió a modo de disculpa.

—Vieja costumbre.

—¿Podemos acercarnos más? Nunca había visto un barco así. —Fascinada, Chiara recorrió con la mirada los altos mástiles y las velas recogidas, las sogas que se tensaban a una altura vertiginosa y el casco del barco, que se alzaba sobre el agua casi tan alto como una casa.

—Por qué no.

Cadrim la condujo más cerca del muelle y ató los caballos a un poste que sobresalía del agua justo en la orilla. Le lanzó una moneda a uno de los muchachos que holgazaneaban por allí para que vigilara a los animales.

—Cuando volvamos, recibirás otra —le prometió, y le ofreció el brazo a Chiara.

Vacilante, ella se enganchó a su brazo y sintió bajo los dedos el calor que él irradiaba.

Aquello, sin duda, no era normal. Como tampoco lo era que ella percibiera con tanta nitidez cada mínimo movimiento de sus músculos.

Que sintiera el deseo de acurrucarse contra él, pese a que él le había dejado claro, una vez tras otra, que nunca serían más que amigos.

Debía de ser porque a él le costaba esa contención tanto como a ella. El beso podía haber sido un error, pero ambos lo habían deseado. Y el recuerdo de ese momento jamás la abandonaría.

A pocos metros del casco se detuvieron, para no estorbar a los hombres que, cargados hasta los topes, bajaban del barco a toda prisa.

A Chiara le llamó la atención que algunos de los trabajadores vistieran túnicas hasta la rodilla sobre pantalones ceñidos, fajas negras a la cintura y finas cadenas de plata en el pabellón de la oreja izquierda.

—¿Estos hombres son de Perses? —preguntó ella, asombrada.

—Sí. —Cadrim sonrió ante la evidente fascinación de Chiara.

—¿Cuánto dura la travesía? —Chiara no podía imaginar nada más emocionante que cruzar el mar en barco hacia un mundo del todo distinto.

—Según el viento, entre seis y ocho semanas.

Chiara sonrió.

—Cuánto me gustaría verlo.

—¿Por qué?

Bajó la mirada, avergonzada.

—Hasta hace poco creía que no existía nada más allá de Arnawal.

Que la vida tal como la conocía era la única posible.

En Laran he visto que también puede ser de otra forma, aunque nuestros países se parezcan en muchas cosas.

Ni siquiera consigo imaginarme cómo es un reino que se halla tan lejos.

¿Qué clase de criaturas habrá allí, qué plantas?

¿Qué sucesos habrán marcado a sus gentes?

¿Qué normas regirán allí, cómo será la vida cotidiana?

—Enmudeció al percibir la diversión en el semblante de Cadrim—. A ti seguro que te parece una niñería.

—No. —Negó con la cabeza—. Me parecen preciosos tu entusiasmo y tu apertura de miras. —Buscó su mirada. Levantó la mano y le acarició la mejilla con el pulgar—. Tú eres preciosa.

Los labios de Chiara se entreabrieron. Con eso, él traspasaba a las claras la línea de amistad que acababan de trazar.

Cadrim tragó saliva. Su rostro descendió despacio hacia el de Chiara, sin soltarle la mirada.

Ella sabía que no era prudente y, aun así, no encontró la fuerza para resistirse.

Un fuerte griterío, brotado al unísono de varias docenas de gargantas, hizo que Cadrim girara en redondo. Con un movimiento experto, desenvainó la espada mientras se colocaba protector delante de Chiara y sondeaba los alrededores.

Hombres armados con garrotes, cuchillos y piedras se abalanzaron hacia el barco desde ambos lados del muelle y desde la calle que se alejaba de allí entre altos almacenes. Gritaban algo sobre injusticia, pan para todos y gordos sacos de harina que lo acaparaban todo.

Con angustia, Chiara comprendió que los apenas veinte soldados que debían custodiar la carga no aguantarían mucho tiempo frente a la turba enfurecida.

Se gritaban órdenes, las hojas relampagueaban.

Algunos de los atacantes caían abatidos al suelo y se volvían a incorporar.

Los soldados procuraban no herir de gravedad a aquellos hombres.

En pocos minutos serían arrollados por la pura masa.

Cadrim maldijo, agarró a Chiara con fuerza de la mano y se volvió en dirección a los caballos. Pero el camino estaba bloqueado. La turba había coordinado bien su ataque. Asaltaban el embarcadero por todos los flancos a la vez.

Un puñado de soldados intentaba mantener el estrecho acceso al muelle y cedía terreno paso a paso.

Por encima de sus cabezas, Chiara alcanzó a ver de refilón cómo el semental de Cadrim se encabritaba asustado, mientras el muchacho intentaba aferrar las riendas.

Se alejó a toda prisa con los dos caballos, que a todas luces valían bastante más que la moneda que Cadrim le había prometido.

—Tenemos que salir de aquí. —Cadrim arrastró a Chiara consigo.

El círculo de los defensores se estrechaba cada vez más.

Los soldados todavía lograban bloquear los tres accesos al barco y a su valiosa carga, pero ya no faltaba mucho.

En cuanto los atacantes los echaran de la estrecha calle, todo habría terminado.

—¿Adónde? —gritó Chiara, presa del pánico. Estaban rodeados. A su alrededor resonaban el fragor de la lucha, los gritos de dolor y los rugidos de ira.

—¡Sube al barco! —Cadrim la empujó hacia la pasarela.

Chiara se dio la vuelta.

—¡Están izando las velas! —Atónita, se quedó mirando a los marineros, que trepaban por la arboladura y desataban nudos. Una enorme vela cayó ondeando.

—¡No! —rugió Cadrim, desesperado—. Todavía no han descargado la mercancía.

No pueden llevársela. Por favor, detenlos.

—Giró sobre sí mismo y echó a correr con la espada en la mano—.

¡Reforzad la posición! —les gritó a los estibadores, que se hallaban indecisos, agrupados en varios corros—.

Si conseguimos asegurar el grano, cada uno recibirá una moneda de plata más.

—¿Quién lo dice? —resonó una voz escéptica.

—Mi vida vale más que eso para mí —gritó otra.

Cadrim no les hizo caso. Saltó sobre una caja y levantó la espada por encima de la cabeza.

—Deteneos y os prometo que no os pasará nada.

Una piedra voló hacia Cadrim y él se apartó a un lado.

—¡Volved a casa, gente! El grano se repartirá entre todos. Nadie tiene por qué pasar hambre en Laran.

—¡Y menos vosotros, sacos de harina ricos!

Otra vela cayó detrás de Chiara. Ella se dio la vuelta sobresaltada y se subió a la pasarela. Tenía que llegar arriba y detener el barco.

—¡Bájate de ahí o acabarás en el agua! —gritó una voz con un acento desconocido.

Chiara levantó la vista. Un hombre había agarrado el extremo superior de la pasarela y estaba a punto de subirla a bordo.

—¡No lo hagáis! —gritó Chiara—. Laran necesita el grano, no podéis volver a llevároslo.

—Lo siento, esto se nos está poniendo demasiado peligroso. —Sacudió la tabla. Chiara perdió el equilibrio y, tambaleándose, saltó de vuelta al muelle para evitar la caída.

Se aferró a la tabla con todas sus fuerzas.

—¡Por favor! —le suplicó.

—Ay. —El hombre torció el gesto con compasión. Su mirada se dirigió por encima de la cabeza de ella.

Alarmada, Chiara miró hacia atrás. Cadrim caía de rodillas sobre su caja.

La espada se le escurría de la mano. Algún proyectil debía de haberlo alcanzado.

Con valentía, volvió a enderezarse. Chiara percibió la ira que emanaba de él en oleadas casi visibles.

Hacía todo lo posible por aquel pueblo, y así se lo agradecían.

—¡Deteneos! —La voz de Cadrim denotaba esfuerzo, y Chiara se dio cuenta de que estaba invocando su magia mental.

Era un acto de desesperación. Él sabía de sobra que su poder no bastaba para una batalla. Como mucho, acabaría matándose en el intento.

Por supuesto, lo hizo de todos modos. Cadrim alzó un brazo. El aire en la palma de su mano vibró y salió disparado como una bala. Un hombre trastabilló cuando la energía le golpeó el hombro. Por desgracia, eso solo pareció enfurecerlo aún más.

—Eso solo ha sido un aviso. —Cadrim lanzó otra esfera de calor. En circunstancias normales, eso quizá habría bastado para meterles miedo a los hombres y hacerlos retroceder. Por desgracia, estaban tan exaltados que ya no eran capaces de pensar con claridad.

El hombre del barco aprovechó la distracción de Chiara para arrancarle la pasarela de las manos. Indignada, fulminó con la mirada al marinero, que, impasible, subió la tabla a bordo.

—Ese de ahí es el príncipe de Laran, que defiende vuestro barco y esta carga con su propia vida —siseó ella—. Al menos podríais tener la decencia de no apuñalarlo por la espalda.

—¿El príncipe? —El hombre frunció el ceño—. No tiene un aspecto imponente, la verdad.

Chiara apretó los puños.

—Pues ya veréis. —Se volvió de nuevo hacia Cadrim, que se enfrentaba erguido y orgulloso a la multitud enfurecida. El aire a su alrededor titilaba.

Por algún motivo, el recuerdo de los dos dragones de la puerta de Cadrim chispeó de pronto en la mente de Chiara.

La idea era tan buena como cualquier otra.

Cerró los párpados y, con todas sus fuerzas, conjuró la imagen en su mente: un enorme dragón de tornasoles verdes que daba una vuelta sobre el puerto con sus gigantescas alas, antes de lanzar su fuego por encima de las cabezas de la turba.