La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Riendo, Chiara dejó que su pequeña yegua trotara hacia la rompiente. La espuma salpicaba las esbeltas patas de Bena. Algunas gotas cayeron sobre el vestido de Chiara. No había imaginado cuánto había echado de menos montar a caballo, lo libre que se sentía de repente sobre el lomo de Bena.

—¡Cuidado! —Cadrim se mantenía a su lado, preocupado, con el cuerpo tan tenso como si estuviera dispuesto a agarrar las riendas al menor pretexto.

Chiara frenó el paso de Bena y acarició el cuello de su yegua.

—Parece que no me crees capaz de nada.

Por mucho que Cadrim hubiera aceptado con entusiasmo su idea de salir a cabalgar, había reaccionado con rechazo cuando ella insistió en montar su propio caballo.

Como si alguna vez fuera a volver a sentarse en una silla de montar entre sus piernas.

Solo de pensarlo, le afloraban recuerdos prohibidos. Su voz ronca, que le revelaba lo que él sentía al tenerla literalmente sobre el regazo. Y el tacto de su cuerpo bajo sus manos.

En cualquier caso, desde entonces se comportaba como una gallina sobreprotectora. Durante todo el recorrido por la ciudad había llevado las riendas de su yegua. Ahora que habían dejado atrás el bullicio, sin embargo, Chiara disfrutaba de dirigir a Bena ella misma.

—No sabía que de repente se te diera tan bien montar. —Su mirada ardiente se le posó en el cuerpo, como si a él también le rondaran la cabeza otras cosas bien distintas.

—Willem me enseñó.

—Sí, claro. —Aquellas palabras los devolvieron a ambos a la realidad. Les recordaron que Cadrim la había dejado atrás en las montañas—. ¿Tienes hambre? —cambió él de tema. Señaló a unos pescadores que, un poco apartados, sacaban su pesca de las redes.

—Sí. —La magia de Chiara exigía alimento, ya que se le negaba el sueño.

—Entonces ven. —Sonriendo, Cadrim saltó de la silla de montar y le tendió la mano.

—¿Qué pretendes? —Sin hacer caso a su invitación, ella se dejó deslizar hasta el suelo.

Cadrim bajó el brazo, decepcionado.

—Les compraremos unos pescados y los asaremos al fuego.

—¿Es tan sencillo?

Él se rio.

—¿Por qué no? Hemos comido muchas veces alrededor de una hoguera.

Ella lo recordaba.

—No sabía que estuviera permitido aquí.

Cadrim le guiñó un ojo con descaro.

—¿Quién va a prohibírnoslo? —Se inclinó hacia delante y le tomó la mano para arrastrar a Chiara consigo. La presión de sus dedos fue lo bastante firme como para vencer su tímida resistencia. Él se volvió hacia ella y le sonrió, con calidez y un toque de desafío.

Una punzada dolorosa atravesó el pecho de Chiara mientras se preguntaba qué pretendía él con aquello. ¿Qué pasaría en cuanto regresaran al palacio? ¿Volvería a darle la espalda? ¿Volvería a tratarla con desprecio y desconfianza?

—No puedo —musitó ella con voz ahogada y le retiró la mano. No era como él. No conseguía guardar sus sentimientos en un cajón y sacarlos solo cuando le apetecía.

La sonrisa de Cadrim se derrumbó.

—¿Qué es lo que no puedes? —Buscó su mirada con tiento y suavidad.

—Esto. —Se señaló a sí misma y luego a él.

Se le hizo un nudo en la garganta—. Entiendo que me consideres la hija de tu enemigo, que no confíes en mí y que, por eso, evites mi cercanía, aunque de vez en cuando me desees.

Ese conflicto siempre estará entre nosotros.

Me he resignado, puedo vivir con ello. Pero no soporto este vaivén.

Verte de una manera en un momento y de otra por entero distinta al siguiente.

No saber qué Cadrim me aguarda. —Dio un paso atrás—.

Deberías decidirte de una vez por lo que quieres, Cadrim. Y mantenerte firme en ello.

Mientras ella hablaba, a él se le fue apagando el rostro poco a poco. Levantó la mano, como si quisiera rozarle la mejilla, y la dejó caer.

—No es tan sencillo.

Esa parecía ser su frase favorita.

—Sí, en este caso lo es —le replicó con seriedad—. Aquí no se trata de pueblos ni de coronas, sino única y exclusivamente de ti y de mí. Es una decisión bien definida. ¿Qué quieres de mí, Cadrim?

El silencio entre ellos se prolongó mientras él libraba alguna lucha interior. Las aletas de la nariz se le dilataban con cada respiración. Sus iris semejaban un bosque azotado por la tormenta. Las emociones se sucedían en sus rasgos agitados con tal rapidez que Chiara no acertaba a interpretarlas.

Un sonido grave se le escapó de la garganta.

De un salto, Cadrim se plantó junto a ella, la atrajo hacia sí y aplastó los labios contra los suyos.

Aquel beso no tenía nada de suave ni de comedido.

Era salvaje, hambriento y duro. Su lengua se le abrió paso en la boca, sus brazos la rodearon como una jaula de acero candente.

Unos relámpagos recorrieron el cuerpo de Chiara, el calor la envolvió mientras se fundía en su abrazo y le devolvía el beso con la misma pasión. Él hundió una mano en su cabello y su musculoso cuerpo se le apretó hasta que apenas quedaba un centímetro en que no se tocaran.

Todo lo que se interponía entre ellos perdió importancia, estalló como una pompa de jabón sin sustancia alguna. En ese momento solo existían Cadrim y ella.

Sin embargo, con la misma brusquedad con que se había precipitado sobre ella, se separó de nuevo. Jadeando, retrocedió tambaleándose y se llevó la mano a la boca, sobresaltado. Su mirada parecía presa del pánico.

A Chiara le costó recuperar el aliento. Tiritaba, privada de pronto de su calor, mientras leía la amarga verdad en sus ojos.

Aquel beso, que le había hecho sentir como si todo su mundo saltara por los aires, no cambiaba nada.

Para él era tan insignificante como lo que se había desarrollado entre ellos en la cabaña.

—No lo digas —le exigió Chiara con frialdad.

No quería oír cómo se disculpaba, cómo le contaba que había sido un error.

Ni cómo le servía una excusa tras otra. Cruzó los brazos—.

Lo entiendo de todas formas. —Le había dejado escoger.

Él había tomado su decisión. Fuera lo que fuera lo que lo mantenía alejado de ella, era más importante para él que ella misma.

—No, no lo entiendes. —Su voz se asemejó a un gruñido. Los ojos de Cadrim brillaban literalmente con un verde intenso. Una ola de calor la golpeó, tan ardiente que casi le chamuscó la piel.

Asustada, Chiara dio un paso atrás.

Él sacudió la cabeza, como si intentara dominarse. Ella lo observó con atención mientras él respiraba hondo un par de veces.

—No tienes por qué tenerme miedo. —Su voz había vuelto a sonar casi normal.

Chiara permaneció inmóvil, insegura.

—¿Qué ha sido eso?

—No lo sé. —Volvió a parecer abrumado y vulnerable—. De un tiempo a esta parte, mi magia se vuelve loca cuando estoy cerca de ti. Y antes de que preguntes: sí, solo me ocurre contigo.

—¿Es esa la razón por la que te mantienes alejado de mí?

Un destello de alivio cruzó su rostro, como si hubiera encontrado una excusa bienvenida.

—No —confesó al fin con pesar—. Esto ha empezado hace poco, pero se está intensificando. —Contempló asombrado sus propias manos.

—Deberíamos volver. —De todos modos, aquello no llevaba a ninguna parte.

Cerró los párpados un instante.

—¿No podemos quedarnos aquí un rato más?

—¿Para qué? —El ánimo entre ellos se había esfumado por completo, la situación estaba tan enmarañada como siempre. Y, al parecer, él no tenía intención de compartir con ella los motivos de su comportamiento.

Se pasó la mano por la cara.

—Es que necesito alejarme urgentemente de mi escritorio.

—¿Por qué?

Suspiró.

—Laran se encamina hacia una catástrofe.

Los alimentos escasean. Un envío en el que yo había puesto muchas esperanzas ha resultado un tercio menor de lo previsto.

Jenna me ha asegurado que su familia puede aportar parte del grano necesario, pero no estoy seguro de que baste para evitar una hambruna en invierno.

—Oh. —Chiara no se lo esperaba en absoluto. Comparado con eso, la cuestión de su relación no parecía tan grave—. ¿Puedo hacer algo?

Él sonrió, sorprendido.

—No. Dudo que tu padre quisiera ayudarnos. Y aunque quisiera, esa cantidad de alimentos no se puede transportar a través de las montañas.

—Lo siento. —Siguiendo un impulso, le tocó la mano.

—Gracias. —Él correspondió a la presión de sus dedos—. Y en cuanto a lo que piensas de mí… —Se interrumpió y empezó de nuevo—. No es que solo te desee de vez en cuando. —Resopló en voz baja—. Aunque, sin duda, lo hago. Pero, sobre todo, te aprecio y te respeto.

Chiara negó con la cabeza, incrédula.

—Sé que no me he comportado así —prosiguió él, presuroso—. Pensé que sería más fácil mantenerme apartado de ti si me odiabas. Pero no lo es. Siento haber sido tan idiota. —Sonrió con timidez—. De verdad deseo que consigamos ser amigos.

—¿Besas así a todos tus amigos? —Chiara se esforzó por no tomarse demasiado a pecho el rechazo que se escondía tras su disculpa.

—No. —Su rostro se mantuvo serio—. Solo a una.

Chiara, por más que se esforzara, no entendía cuál era su problema. Abrió la boca, pero él no la dejó terminar.

—Por favor, no preguntes. Ya es bastante difícil así. Te prometo que algún día te lo explicaré. Pero ahora no.

Ella asintió con incertidumbre. Esa respuesta críptica no respondía a ninguna de sus preguntas. Al menos se daba cuenta de que él no la mantenía a distancia por puro capricho ni por maldad.

—¿Todavía quieres regresar al castillo? —preguntó él.

Ella sonrió en son de paz.

—No, si me invitas a uno de esos pescados asados.

Tras la comida, más rica de lo esperado, que asaron sobre piedras calientes, pasearon por la playa en dirección al puerto.

Un barco, más grande que cuantos Chiara hubiera visto jamás, se mecía sobre las olas, y la gente iba y venía con sacos y carretillas por las pasarelas tendidas entre el muelle y la embarcación.

—¿Qué están haciendo? —Curiosa, ella observaba el ajetreo.

Cadrim le lanzó una mirada rápida.

—Están descargando la mercancía. —Sonaba como si no quisiera entrar en detalles.

Chiara se estiró para ver mejor.

—¿Es ese el grano del que me has hablado?