La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—No lo decía con mala intención —se apresuró a asegurar él. Debía de haber malinterpretado su reacción—. Solo que pareces tan desesperada y perdida. No como alguien que persigue un plan secreto…

—Está bien. —Chiara alzó la mano imponiendo silencio. No quería oír lo lamentable que se la veía—. Dejémoslo así. —Lo miró a los ojos sin pestañear—. No estoy implicada en ninguna conspiración y no tengo el menor contacto con espía alguno. —Era la pura verdad.

Él le sostuvo la mirada durante unos latidos antes de asentir.

—¿Te sientes con fuerzas para una salida?

—Sí. —El aire fresco y la inmensidad del mar le sentarían bien.

—Entonces ven. —Cadrim señaló la salida y ella se puso en marcha a su lado, un poco rígida.

Antes, su cercanía le había parecido algo natural y reconfortante. Había cabalgado delante de él en la silla, había dormido en sus brazos. Él le había sostenido la mano mientras caminaban. Ya no quedaba nada de eso.

Cadrim abrió la puerta y rechazó con un gesto a los guardias que querían acompañarlos.

—Nos las arreglaremos solos.

Chiara se mordió el labio para reprimir una sonrisa. De verdad quería ser Cadrim a secas.

Tomaron un desvío. El brazo de Cadrim rozó el suyo y ella sintió su calor a través de la tela. Eso ya le había llamado la atención antes. Sorprendida, alzó la vista hacia él. Tiempo atrás ese calor no era tan acusado.

—¿Están creciendo tus facultades?

Cadrim torció el gesto, como si lo hubieran pillado.

—Disculpa. —Pegó el brazo más a su cuerpo.

—¿Entonces es cierto? —Chiara no comprendía por qué él no parecía contento con ello.

Él había deseado un poder mayor. Al instante siguiente, una sospecha la atravesó y la hizo estremecerse.

¿Acaso Cadrim ya había encontrado un fragmento de aquel metal especial? ¿Lo utilizaba para acrecentar su poder?

Su mirada saltó al anillo que ella misma llevaba en la mano. ¿Sería el metal la razón por la cual ella misma podía hacer mucho más que antes?

—Va y viene —eludió Cadrim la respuesta.

Chiara sabía que debía dejarlo así, que debía aprovechar la ocasión para acercarse a él. Pero no pudo. La pregunta sobre sus intenciones se erigía como un enorme peñasco entre ellos. No conseguía pasar por encima y fingir que todo iba bien.

—Cuando estemos casados y mi padre muera algún día —comenzó en voz baja—, cuando el poder de la corona pase a ti, ¿seguirás haciendo uso de los cuencos sonoros?

—¿De pronto me crees? —Él aguzó el oído—. ¿A qué se debe el cambio?

A Chiara la recorrió una oleada ardiente. El hecho de cambiar de opinión justo después del allanamiento tenía que dirigir las sospechas hacia ella.

—No soy tonta, he reflexionado —intentó salvar lo salvable—. Ora, la anciana del pueblo de las montañas, habló de cosas similares a las que tú dices. Además, tienes razón en que yo soy la mejor prueba de tus palabras. Mi magia es más fuerte que nunca.

—Aun así, te las arreglas para agotarla por completo.

Ella sonrió con tristeza.

—Una ilusión no puede sustituir la realidad de forma duradera. —Se armó de valor—. Me gustaría de verdad tener una respuesta.

Un músculo se contrajo en su rostro, pero guardó silencio.

—¿Cadrim? —Ella no iba a aflojar.

Él respiró hondo, ruidosamente.

—No lo sé —admitió en voz baja—. Para mi padre eso nunca estuvo en duda. Yo también persistí en ese plan durante mucho tiempo. Pero ahora veo algunas cosas un poco de otra manera.

El corazón de Chiara dio un brinco inesperado.

—¿Suprimirías los cuencos sonoros?

Él volvió a vacilar.

—No es tan sencillo. Sin la magia mental adicional, Arnawal no se puede conquistar ni mantener.

Algo parecido había sostenido Lexor.

—Así que ¿vas a sacrificar tu conciencia a tu afán de poder?

—¡Yo no he dicho eso! —Debía de haber tocado un punto sensible—. Solo que no es tan sencillo. Necesito el poder de esta corona.

—¿Y qué hay de Laran? ¿También vas a robarles la energía vital a las gentes de aquí?

—Jamás.

—Así que solo se trata de esclavizar a mi pueblo. —Chiara se detuvo. El peñasco que había entre ellos se hinchó hasta alcanzar el tamaño de una montaña.

Cadrim se pasó la mano por la cara con aire cansado.

—¿De verdad tenemos que aclararlo hoy? —La miró casi suplicante—. ¿No queríamos fingir, al menos durante unas horas, que solo existíamos tú y yo?

—No puedo hacerlo. —Sacudió la cabeza con pesar—. Porque esta decisión constituye una parte muy importante de ti.

—Entiendo. ¿Qué harías tú en mi lugar?

—Les diría a todos la verdad.

—¿En serio? —Resopló en voz baja—. ¿Te acuerdas de cómo te tomaste tú la verdad?

Estabas tan furiosa que ni siquiera querías hablar conmigo.

Y piensa más allá, en lo que sucedería si te creyeran.

¿Qué haría el pueblo? Habría una revolución, muerte, caos y una lucha por el poder.

Los dos moriríamos con toda seguridad y, con nosotros, todos cuantos nos son cercanos.

¿Es eso de verdad lo que quieres? —Ladeó la cabeza—.

Cualquiera que esté en mejor situación que el resto explotado forma parte del sistema, princesa.

Ya sea de manera inconsciente o consciente.

Chiara lo miró con desasosiego. Hasta entonces no lo había visto así.

—¿Entonces no podemos hacer nada?

—No he dicho eso. Solo que es más complicado de lo que parece.

Tal vez se pueda ir reduciendo el uso poco a poco con los años.

Sin embargo, no me parece bien planificar el décimo paso antes que el primero.

Aún ocurrirán muchas cosas antes de que tenga que afrontar de lleno esa cuestión.

—Su rostro se endureció—. Pero una cosa sí puedo asegurarte: no pondré en peligro a las personas que amo solo por tener la conciencia limpia.

—Lo entiendo. Yo tampoco lo haría.

—Bien. —Le escrutó el rostro—. ¿Te llevo de vuelta a tus aposentos? —Parecía que se le habían pasado las ganas de su compañía.

Aun así, Chiara se atrevió a hacer un tímido intento.

—No, si tu oferta sigue en pie.

Él esbozó una sonrisa tenue.

—¿Te refieres a ir contigo al mar?

—Y a fingir que sí.