La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

En cuanto se quedó sola, Chiara respiró aliviada. Lo había conseguido. A pesar de todas las adversidades, todo había salido bien. Había entrado en la biblioteca y regresado sin que nadie lo notara. Y eso que muchas cosas podrían haber salido mal.

Su escapada le parecía ya un sueño desquiciado.

Hundió los dedos en el cabello y se masajeó la piel para frenar el dolor de cabeza que empezaba a subir, antes de servirse un té. Quizás la incipiente sensación de mareo se debía a la falta de líquidos. Chiara encogió las piernas, tomó la taza y un dulce, y empezó a masticar despacio.

Acababa de terminar de comer cuando llamaron a la puerta.

Chiara suspiró de mala gana. Solo quería irse a la cama.

Por desgracia, el visitante no le hizo el favor de marcharse sin más.

—¿Alteza?

—Sí. —Se dejó caer contra el respaldo del sofá.

Samir hizo pasar a un hombre de aspecto severo, vestido con el uniforme de los guardias del palacio.

Alarmada, Chiara se enderezó.

—Lamento molestaros, Alteza. —El hombre hizo una breve reverencia. Sus movimientos parecían marciales—. El príncipe desea veros.

Sin pretenderlo, Chiara cruzó los brazos sobre el pecho mientras el miedo se encendía en su interior.

—¿De qué se trata?

—No lo sé. Solo se me ha ordenado conduciros ante él.

—¿Ahora mismo? —Una vez más fue consciente de que su aspecto distaba mucho de ser majestuoso o atractivo.

El rostro del hombre no mostró emoción alguna.

—Si no os importa.

Ella tragó saliva. No se le ocurría motivo alguno para rechazar la petición de Cadrim. Salvo que le daba miedo. No era casualidad que la mandara llamar justo ahora, después de que ella hubiera husmeado en la biblioteca.

¿Acaso Meritep la había reconocido? ¿Era posible que el bibliotecario poseyera alguna forma de magia mental que le permitiera ver más allá? ¿Por qué no había pensado antes en esa posibilidad?

—¿Vamos? —El hombre extendió el brazo hacia ella para cederle el paso. No le dejaba opción.

Chiara asintió con rigidez mientras sus pensamientos se aceleraban. ¿De verdad habría enviado Cadrim a un solo guardia si hubiera sospechado algo? Seguro que había otra explicación inofensiva para aquella llamada.

Con las rodillas temblorosas, Chiara se puso en marcha. Sus reservas de magia estaban bastante agotadas, pero aun así bastarían para escapar de su acompañante. Sin embargo, un intento de fuga la delataría sin remedio.

Si tan solo supiera de qué se trataba.

El guardia la escoltó con gesto serio fuera de sus aposentos. La mirada interrogante de Chiara se posó en Samir. Seguro que él no parecería tan despreocupado si la creyeran sospechosa de espionaje. Por otro lado, tal vez aún no supiera nada al respecto.

El hombre la condujo con paso enérgico a través del laberinto de pasillos hasta una zona del castillo en la que ella no había estado antes.

Atenta, intentó memorizar el camino. Varios soldados armados se cruzaron con ellos.

Hicieron una breve inclinación de cabeza al acompañante de Chiara, sin dedicarle a ella más que una mirada fugaz.

La mala sensación de Chiara se intensificó.

Reparó en más guardias que patrullaban por los corredores.

—¿Qué ha pasado? —No pudo retener esa pregunta.

—Nada que deba preocuparos, Alteza. —Se detuvo ante una puerta doble labrada con primor. A cada lado, un dragón dorado escupía un chorro de llamas hacia el cielo. Cuatro hombres armados hasta los dientes montaban guardia delante.

Chiara tanteó su magia. Sucediera lo que sucediera, estaría preparada para lo peor. Conjuró en su mente la vía de huida más rápida. Tenía que envolverse en invisibilidad sin falta hasta alcanzar el ala de la servidumbre. Allí podría desaparecer. Sabía cómo comportarse entre el servicio.

—El príncipe nos espera —explicó el acompañante de Chiara a los cuatro hombres.

Uno de ellos torció el gesto con lástima cuando su mirada rozó a Chiara.

Chiara enderezó los hombros y alzó el mentón para aparentar, al menos, cierta seguridad en sí misma.

La puerta se abrió. Cadrim, vestido con un elegante traje negro, estaba sentado tras un escritorio macizo.

A sus espaldas, unos ventanales que llegaban hasta el suelo dejaban a la vista el jardín.

Lo más llamativo de la habitación, sin embargo, era Jenna, que se había sentado a medias en el borde de la mesa con un vestido provocador y ceñido a la figura.

Se inclinaba hacia Cadrim y leía con él el escrito que este estaba redactando.

Estaba sencillamente arrebatadora. Solo su instinto de supervivencia impidió que Chiara arrojara un velo sobre sí misma para no parecer tan cansada y deslucida junto a Jenna. No debía malgastar sus fuerzas.

Cadrim levantó la vista. Sus miradas se cruzaron y frunció el ceño.

Jenna le posó una mano sobre los dedos, como si aún no se hubiera percatado de que ya no estaban solos.

—Gracias. —Cadrim le dedicó una sonrisa fugaz—. Aprecio mucho el apoyo de tu hermano.

—Se lo transmitiré —arrulló ella.

Chiara luchó por mantener una expresión impasible. De buena gana habría arrancado a esa arpía del escritorio de Cadrim y la habría echado de la habitación. Por desgracia, Jenna tenía aquí mucho más peso que ella. Eso no significaba, sin embargo, que tuviera que asistir muda a aquel cortejo.

—¿Me habéis llamado, mi príncipe?

—Sí. —Cadrim ordenó los documentos—. Déjanos a solas, por favor —se dirigió a Jenna con cortesía pero con firmeza—. Eso va para todos.

El hombre que estaba junto a Chiara se retiró en silencio.

Jenna recorrió a Chiara de arriba abajo al pasar y torció los labios con desdén. Chiara lo dejó pasar y centró su atención en Cadrim.

En cuanto la puerta se cerró tras Jenna, Cadrim se levantó y rodeó su mesa. La expresión severa de su rostro dio paso a la preocupación.

—Tienes muy mal aspecto.

Eso ya lo sabía ella. Chiara cruzó los brazos.

—¿Llamo a Jenna para que vuelva?

—No. —Él pareció no captar la pulla. Cadrim se apoyó de espaldas contra el tablero de la mesa y miró a Chiara con aire reflexivo—. Vuelves a estar al borde del agotamiento mágico. —En su voz se percibía un dejo de reproche.

Ella no esperaba que él sacara a colación ese tema. Chiara se encogió de hombros e intentó no dejar traslucir nada.

—Mi situación no ha cambiado en los últimos días.

Él apretó los labios formando una línea fina.

—¿Y la lista que te di? ¿No has encontrado nada que te guste?

Si era sincera, solo le había echado un vistazo somero.

—La ayuda a los pobres. —Era lo único que recordaba.

—No suenas entusiasmada.

—¿Debería estarlo?

Él cerró los párpados un instante, suspirando.

—No quiero que te sientas mal. Esa… esa nunca fue mi intención.

—¿De verdad? —preguntó ella con sorna—. Pues has hecho todo lo posible para que me sienta aquí indeseada y secundaria.

Él la miró sobresaltado.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? —Resopló con amargura mientras las lágrimas le subían a los ojos. Esta vez no luchó contra ellas—. ¿No me explicaste tú mismo que en la cabaña junto al río solo te movió la curiosidad? ¿O que mi único valor reside en la tierra que te aporto?

Cadrim se pasó la mano por la cara.

—No era eso lo que quería decir.

—¿Entonces qué?

—Quiero que… seamos amigos.

Chiara soltó una risa seca.

—¿No has dicho tú mismo que eso no es posible? Para ello tendríamos que confiar el uno en el otro. —Por eso jamás podrían ser amigos. Jamás.

—¿Entonces no confías en mí? —Sonrió de medio lado en un intento de distender el ambiente.

—No suelo cometer dos veces el mismo error.

Él se pasó la mano por la espesa cabellera oscura antes de dejar caer los brazos y mirarla con una expresión desarmante.

—¿No podemos ser amigos al menos hoy? —La pregunta tenía algo de honda vulnerabilidad. De repente parecía cansado, sobrepasado y joven.

La postura de Chiara se relajó un poco.

—¿Ha ocurrido algo?

Él se arrancó una sonrisa.

—He tenido unos días de perros. No te imaginas las ganas que tengo de ser solo Cadrim, el que te enseña el mar tal como prometió.

Algo dentro de Chiara se derritió. Sus palabras no deshacían lo ocurrido, no lo disculpaban ni cambiaban nada.

Pero le mostraban con claridad que él también era solo un hombre, que conocía momentos de debilidad y de fortaleza.

Que tenía sentimientos y cometía errores mientras buscaba el camino correcto para sí mismo.

—Estaría bien. —Las palabras le salieron de la boca casi sin querer, y comprobó con asombro que eran ciertas. Nada la haría más feliz que olvidar la realidad durante unas horas y limitarse a fingir.

Además, eso era, ni más ni menos, lo que el rey Lexor esperaría de ella.

Cadrim abrió mucho los ojos, sorprendido.

—¿De verdad?

Chiara se arrancó una sonrisa.

—No tengo otra cosa que hacer.

Él vaciló un instante antes de apartarse del escritorio.

—Vamos. —Su determinación sonaba casi feroz.

Sus cambios de humor la desconcertaban.

—¿Para eso me has hecho llamar?

—No. —Se detuvo a mitad del movimiento—. Yo… —Sacudió la cabeza—. No es tan importante.

—¿Qué ocurre?

—Ha habido un allanamiento en la biblioteca.

—Oh. —Chiara deseó no haber preguntado. Esperaba que él interpretara su consternación como la respuesta natural ante un delito—. ¿Han robado algo?

—No. Pero una ventana estaba abierta y… algunas cosas no estaban como debían.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Quienquiera que fuese, iba tras información confidencial.

—Y has pensado de inmediato que se trataba de mí. —Cruzó los brazos. Le pareció que lo más seguro era mostrarse ofendida.

—No. —Él negó con la cabeza—. El intruso debió de escapar por la ventana. Tú no eres tan acrobática.

Muy halagador. Chiara frunció los labios.

—¿Qué querías de mí entonces?

Cadrim rehuyó su mirada.

—Quería saber si estás en contacto con los espías de tu padre. Pero… —Calló.

—¿Pero?

—Apenas eres capaz de mantenerte en pie. No tienes la energía para tramar conspiraciones.

La culpa la invadió al ver con qué facilidad lo había engañado.