La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Cuando comenzó a amanecer, Chiara se apostó junto a la puerta.

Su plan era de lo más sencillo. En cuanto oyera los pasos de Meritep, se envolvería en invisibilidad y se colaría por la puerta en el instante en que él la abriera.

Aunque la noche había sido todo menos reparadora y tenía todo el cuerpo entumecido por la incómoda postura, su magia se había regenerado lo suficiente como para que el plan funcionara.

No tenía otra oportunidad.

Chiara giró los hombros tensos y miró con preocupación hacia fuera, donde el cielo se iba aclarando poco a poco.

¿Cuánto tiempo respetaría el guardia apostado ante su puerta el deseo de no ser molestada?

Si Yorrie llegaba con el desayuno, seguro que no le impediría entrar.

¿Qué harían si advertían su ausencia? ¿Acaso ya había llegado ese momento?

Tensa, Chiara escuchó pegada a la pared. ¿Estaban ya las patrullas de búsqueda recorriendo el castillo?

Su mente se aceleró buscando una excusa, una explicación plausible, pero no se le ocurrió ninguna. No había justificación para que hubiera abandonado sus aposentos a escondidas.

Estaba tan absorta en sus fantasías de pánico que se sobresaltó cuando, en efecto, unos pasos se acercaron a la puerta de la biblioteca.

A toda prisa, Chiara invocó su magia, que en su estado de agitación solo le obedecía con lentitud; sus pensamientos giraban en torno a demasiados y terribles «y si… ».

Chiara apretó los ojos con fuerza y se obligó a concentrarse en el aquí y ahora. Murmurando, se envolvió por fin en invisibilidad justo en el momento en que la llave giró en la cerradura y la puerta se abrió de golpe.

Meritep empujó la puerta chirriante y entró sin prisa. Chiara aprovechó la ocasión. Se deslizó junto a él y corrió hacia el pasillo.

—¡Eh! —La voz sorprendida del bibliotecario resonó tras ella, pero no se detuvo. El velo de camuflaje aguantaba, así que el hombre no había percibido más que una corriente de aire o el ruido de sus pasos. Era imposible que supiera qué —o quién— era aquello.

Chiara dobló la esquina, esquivó a dos criadas que reían entre dientes y se metió en la primera hornacina libre que encontró para recobrar el aliento.

Escuchó con nerviosismo por si Meritep daba la alarma, mientras su pulso desbocado se calmaba un poco.

Un hombre pasó a su lado a toda prisa con una jarra de agua y ella se cubrió la boca con una mano para amortiguar su respiración jadeante.

Tras asegurarse de que nadie había reparado en ella, prosiguió su camino con prisa. Tuvo que contenerse para no echar a correr, por miedo a que su ilusión se volviera traslúcida. Por fin llegó a la última bifurcación y se asomó al corredor que conducía a sus aposentos.

Por suerte, todo parecía estar en calma. Su puerta estaba cerrada y Samir, apoyado en la pared junto a ella. Nadie había advertido su ausencia. Sonrió aliviada.

Al instante siguiente, el pánico volvió a recorrerle el cuerpo. ¿Cómo iba a entrar sin ser vista? No había pensado en eso al salir de la habitación. ¿Podría hacer creer a Samir que el corredor seguía vacío y que la puerta permanecía inmóvil mientras ella pasaba a su lado y entraba en sus aposentos?

¿Notaría la corriente de aire? ¿Oiría el chasquido de la cerradura?

No lo sabía. Y, por desgracia, no tenía una segunda oportunidad por si fallaba.

Mientras intentaba decidirse, oyó pasos que se aproximaban por detrás. Chiara giró la cabeza. Yorrie se acercaba tan contenta con una bandeja llena en las manos. En cuanto entrara en el campo de visión de Samir, todo estaría perdido.

Chiara retrocedió y se apartó un poco hacia un lado. Le pidió perdón a Yorrie para sus adentros, se recogió la falda y le puso la zancadilla a su doncella, que se acercaba sin sospechar nada.

Yorrie soltó un grito, la bandeja se estrelló con estrépito contra el suelo y Chiara, amparada por aquel estruendo, echó a correr. Alarmado por el grito de Yorrie, Samir pasó a toda prisa por su lado y Chiara dio gracias al cielo porque él fuese tan solícito.

Abrió la puerta de un tirón, se dio la vuelta y dejó caer la ilusión.

—¿Qué ha pasado? —Le faltaba algo de aliento en la voz.

Samir miró atrás desde la boca del corredor.

—Nada grave, Alteza. Yorrie se ha caído.

—Oh, no. —Chiara dio unos pasos cautelosos hacia él—. ¿Está bien?

—Es difícil decirlo. —Se volvió hacia la doncella—. Deja la vajilla ahí. ¿Puedes levantarte?

Chiara torció el gesto con aire culpable cuando se acercó y contempló el desastre que había provocado. Fragmentos de porcelana yacían en un charco de té entre los dulces, el queso y la mermelada.

Yorrie estaba sentada en el suelo junto a la bandeja, con el rostro contraído por el dolor, masajeándose la rodilla. Los ojos se le anegaban en lágrimas.

—No sé cómo ha podido pasar. Me he… tropezado. —Miró a Chiara con desconcierto—. Soy tan torpe. Lo siento…

Una oleada de culpa recorrió a Chiara.

—No pasa nada. —Se retorció bajo la mirada suplicante de Yorrie. La doncella parecía temer que Chiara le achacara el percance—. ¿Te has hecho mucho daño?

—Estoy bien. —Yorrie intentó incorporarse y gimió—. He caído sobre la rodilla.

Chiara contuvo el impulso de, al menos, recoger los fragmentos y colocarlos sobre la bandeja. Una princesa nunca haría eso.

—Por favor, llevad a Yorrie a mis aposentos —le dijo a Samir.

—Sí, Alteza. —Se enderezó y alzó en brazos a Yorrie, que gritó sorprendida. Con paso enérgico, la llevó al salón de Chiara y la dejó sobre el sofá.

—¿Podríais llamar a un sanador, por favor? —Chiara, que los había seguido, se sentó junto a la doncella.

El guardia la miró indeciso.

—No voy a salir corriendo —declaró Chiara, ofendida.

—Por supuesto que no. —Asintió una vez y se alejó a toda prisa.

—¿Puedo? —Chiara tomó el dobladillo del vestido de Yorrie y, ante un gesto de asentimiento, le subió la falda por encima de la rodilla. La piel estaba un poco raspada y la articulación ya se hinchaba. Yorrie debía de haber caído de muy mala manera—. Lo siento —murmuró Chiara.

—Pero ¿por qué, Alteza? Ha sido culpa mía. Debo de haberme enredado en la falda. —No sonaba muy convencida, pero era la única explicación posible—. Ahora tendréis que esperar para desayunar. —Cayó en la cuenta, alarmada.

—No es para tanto —se apresuró a asegurar Chiara, llevándose la mano a la nuca tensa.

Yorrie entornó los ojos mientras su mirada escrutadora se deslizaba sobre Chiara.

—¿Habéis vuelto a dormir mal?

—Sí.

—¿Echáis de menos vuestra patria?

Ella asintió.

—Lo entiendo perfectamente. Cuando llegué al palacio, lloraba casi todas las noches porque echaba de menos a mi familia. Aunque, en realidad, aquí era feliz.

—¿Crees en el Dios Verdadero? —Chiara cambió de tema de golpe. No quería hablar de sí misma. Además, le interesaba sobremanera saber si Cadrim de veras pensaba reforzar su magia mental a costa de su propia gente, o solo a costa del pueblo de Arnawal.

—Sí. —Yorrie sonrió—. Me gusta la idea de un Dios que vela por mí y siempre me protege.

—Tienes razón, es hermoso de verdad. —Chiara tragó saliva. Ella misma ya no sabía si aún podía creer en eso.

La puerta se abrió y un hombre de más o menos la edad de Willem entró en la habitación.

Tenía el cabello entrecano y corto, el rostro rasurado, y un cerco de arruguitas profundas le rodeaba los ojos, como si los entrecerrara a menudo.

Llevaba un maletín en la mano y una sonrisa amable en los labios.

—Alteza. —Se inclinó ante Chiara—. Mi nombre es Zedol Gorak, soy el segundo sanador aquí en el palacio.

Bajo su mirada inquisitiva, Chiara tomó plena conciencia de su aspecto desaliñado.

—Encantada. —Se levantó del sofá para hacerle sitio junto a Yorrie—. Me retiro. —Necesitaba con urgencia al menos lavarse la cara y arreglarse el cabello.

Cuando, un rato después, volvió junto a Yorrie algo más despejada y cambiada, el sanador le estaba dando las últimas indicaciones a la joven.

—Vendré mañana a cambiarte la compresa. No debes apoyar la pierna durante al menos tres días.

—Eso no es posible. —Yorrie se volvió hacia Chiara en busca de ayuda.

—Estoy seguro de que la princesa podrá encontrar a alguien que te sustituya durante unos días.

—No. —Yorrie negó con la cabeza, asustada. Seguramente temía que Chiara se quedara con la nueva doncella.

—Encontraremos una solución —prometió Chiara—. Lo importante es que tu rodilla se cure pronto.

—Del todo de acuerdo. —Zedol se inclinó para despedirse—. Alteza.

—¿Te duele mucho? —se interesó Chiara cuando él se hubo marchado.

—Casi nada, siempre que no la mueva. —Yorrie suspiró—. ¿De verdad vais a buscar a otra persona?

—No. Unos días podré arreglármelas sola. Y, si realmente necesitara tu ayuda, seguro que Samir te traerá hasta aquí encantado.

Un ligero rubor se extendió por las mejillas de Yorrie. Así que Chiara no se lo había imaginado: su doncella empezaba a sentir cierta debilidad por el guardia.

—Puedes aprovechar el tiempo libre para diseñarme unos cuantos vestidos especiales. —Aunque no tenía intención de volver jamás a un baile, esperaba que esa tarea compensara un poco a Yorrie por el dolor sufrido.

—Con mucho gusto. —Yorrie se iluminó—. Será mejor que empiece ahora mismo. —Se impulsó para levantarse del sofá.

Chiara la retuvo.

—¡Samir, necesitamos vuestra ayuda! Por favor, llevad a Yorrie a su habitación.

El guardia entró sin rechistar y se apresuró hacia Yorrie. Una sirvienta de mayor edad, a la que Chiara no conocía hasta entonces, lo siguió con una bandeja en la mano.

—Puedo caminar sola —protestó Yorrie cuando Samir se echó el brazo de la doncella sobre los hombros y se incorporó con ella.

—¿Dónde deseáis desayunar, Alteza? —preguntó la sirvienta.

—Déjalo sin más sobre la mesa. —De pronto, todo aquel alboroto se le hizo insoportable a Chiara. Había dormido poco y había empleado su magia de un modo muy intenso y poco habitual. La idea de retirarse a la cama después de comer se le antojó de repente de lo más tentadora.

—¿Puedo hacer algo más por vos? —La mujer permaneció a la espera, respetuosa.

—No. Puedes irte.