La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Con la mirada vacía, Chiara clavó los ojos en la oscuridad. Sus pensamientos revoloteaban con frenesí y la desesperanza rugía en su corazón. El miedo por su familia le oprimía la garganta; el desengaño por la traición de Cadrim hacía que el suelo se le hundiera bajo los pies.

Había sido tan estúpida, tan ingenua. Había querido creer con tanta fuerza en algún noble ideal de Cadrim o de Lexor, cuando a todos ellos, empezando por Welzelin, solo les importaba el poder. A ninguno le importaba lo que les sucediera a las personas sencillas.

De repente, un fuerte crujido resonó en el silencio de la biblioteca. Chiara se sobresaltó y se preparó para huir. Tensa, aguzó el oído en la oscuridad. Una puerta se cerró con un golpe sordo, algo arañó con suavidad y luego ya no se movió nada.

El pulso le latía en la garganta; respiró con dificultad antes de levantarse temblando.

Por favor, que no. Por favor, que no , le martilleaba en la cabeza mientras cogía la lámpara de aceite y se deslizaba con cautela hacia el pasillo central. ¿Por qué no se había dado cuenta de que los ronquidos de Meritep habían cesado?

Con la lámpara oculta detrás de la alta estantería, se asomó por la esquina. La biblioteca estaba desierta; la luz del escritorio de Meritep se había apagado.

Echando por la borda toda cautela, Chiara corrió hacia la salida. Por favor, Dios mío, no permitas que me quede encerrada aquí. Puso la mano en el picaporte y lo sacudió. La puerta no se movió.

Despacio, Chiara se dejó caer de rodillas. ¿Podía empeorar todavía más aquella noche?

Si la encontraban allí, no solo estaría en juego su propia vida, sino también la de su familia.

La desesperación la abrumó y, por un instante, se rindió a ella sin más. Tenía miedo, no sabía qué hacer y, además, el corazón le dolía de un modo atroz por tantas razones distintas.

Pero no servía de nada revolcarse en la autocompasión. La situación era la que era, y ni los deseos ni toda la tristeza del mundo cambiarían nada. Para eso debía actuar ella misma.

Aún no había fracasado. Cadrim no había lanzado ningún ataque hasta el momento; su familia no estaba amenazada. Decidida, Chiara se irguió. Se ocuparía de que nunca se llegara a eso.

Corrió hacia la gran fachada acristalada, que ofrecía la única salida lógica. Sin duda las ventanas se podían abrir; con un poco de suerte, podría escapar por ahí.

Abrió una de ellas de un tirón y se inclinó sobre el alféizar. Su esperanza se desvaneció.

Se encontraba a tres pisos de altura. Jamás sobreviviría ilesa a un salto semejante. Además, después tendría que regresar al palacio, y seguramente todas las puertas estaban vigiladas.

Buscando, Chiara dejó vagar la mirada. Por desgracia, nunca había aprendido a forzar cerraduras, y en su sencilla trenza no llevaba ni una sola horquilla. En busca de una salida, recorrió toda la enorme sala. Pero las dos puertas estrechas que encontró también estaban cerradas a cal y canto.

Agotada, Chiara se apoyó contra la pared y luchó contra las lágrimas que afloraban.

La luz de la lámpara parpadeaba. Se le estaba acabando el aceite.

Por supuesto. Contuvo una risa histérica.

¿Cómo podría haber sido de otro modo? Una parte de ella solo quería dejarse caer al suelo y quedarse allí sentada hasta que Meritep la encontrara a la mañana siguiente.

Otra parte recordó, alarmada, el desorden que había dejado sobre la mesa de Cadrim.

Chiara volvió corriendo. El diario de Welzelin estaba abierto sobre la mesa. Lo miró como si fuera una serpiente venenosa. Furiosa, lo cerró de golpe y lo metió bajo el libro donde antes había estado. Se dijo que solo lo hacía porque la luz ya no bastaba para leer.

En el fondo, sin embargo, se sentía más bien aliviada.

Su cupo de revelaciones impactantes para esa noche estaba más que cubierto; no soportaría ninguna más.

La llama de la lámpara se iba haciendo cada vez más pequeña.

Chiara repartió rápidamente las hojas de notas sobre el mapa.

Ya no recordaba cómo habían estado dispuestas, pero con un poco de suerte, Cadrim tampoco lo había memorizado.

La luz se apagó y dejó a Chiara en completa oscuridad. Las altas estanterías no dejaban llegar hasta ella ni siquiera el tenue resplandor de la luna.

Resignada, se dejó caer en la silla. La oscuridad era tan impenetrable y sólida como una pared maciza que la encerraba por todos lados.

Estremeciéndose, Chiara buscó a tientas su magia.

Anhelaba una acogedora chimenea encendida, un rostro amable.

O, mejor aún, una fantasía que le perteneciera solo a ella, algo que surgiera de sus propios sueños.

Una orilla de río apareció ante su ojo interior.

Detrás, una bonita casa de cuya chimenea salía humo.

Un hombre que guardaba un asombroso parecido con Cadrim se le acercó sonriendo.

No era Cadrim, el príncipe. Ni siquiera Cadrim, el general.

Sino sin más un hombre sencillo que la amaba.

Que la atrajo con ternura hacia sí y posó sus labios sobre los suyos.

La ilusión se hizo añicos y Chiara se rodeó los hombros con los brazos. No debía emprender ese camino, no debía separar a Cadrim de su título. No debía considerarlo mejor de lo que era.

No era su cargo lo que le obligaba a tomar sus decisiones. Podía elegir qué clase de hombre, qué clase de príncipe quería ser.

Cerró los párpados y se hundió más en la silla.

Sin poder evitarlo, sus pensamientos volaron al diario de Welzelin y al mapa que había sobre el escritorio de Cadrim.

Sin lugar a dudas, Cadrim estaba buscando algo.

No podía, por tanto, tratarse únicamente de la corona de Lexor.

Esa no tenía que buscarla, sino solo hacerse con ella.

Recordó que él le había preguntado algo a la anciana Ora en el pueblo de las montañas. Era muy importante para él, pero ella no había querido revelarle lo que ansiaba saber.

¿Qué podía ser?

El mapa volvió a surgir en la mente de Chiara, las cruces que lo salpicaban, los signos de interrogación.

El primer pasaje que él había marcado en el diario de Welzelin describía el valle. El segundo mencionaba la distancia del valle al pueblo de Valessa. La tercera entrada que Cadrim había resaltado decía que el preciado mineral solo se encontraba en aquel valle.

Una pieza tras otra del rompecabezas fue encajando en su sitio en la mente de Chiara, hasta que ella soltó un jadeo de horror.

Cadrim no quería esperar a que la corona de Lexor pasara a sus manos. Quería forjarse la suya propia.