La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Curiosa, Chiara se inclinó más mientras intentaba descifrar sus anotaciones.

Varios lugares de las montañas de Rhaydam estaban marcados con cruces.

Algunos llevaban signos de interrogación, otros estaban tachados y otros, rodeados con un círculo.

Junto a ellos había cifras que podían representar años o altitudes en metros.

Un nombre llamó la atención de Chiara y le hizo dar un vuelco al corazón.

Welzelin.

Habría esperado encontrar muchas cosas, pero no el nombre del antepasado del rey Lexor. Del hombre que había unificado Arnawal y que, según Cadrim, era el responsable de que Valessa hubiera lanzado su maldición sobre el valle fronterizo.

Una espantosa sospecha brotó en Chiara. ¿Acaso Cadrim intentaba levantar la maldición para lanzar un gran ataque contra Arnawal? Pero ¿qué significaban las otras cruces? ¿Había otros caminos a través de la cordillera?

Ojeó a toda prisa las hojas que había dejado a un lado al principio. Parecían fragmentos de leyendas, relatos sobre personas con un don especial para la magia mental. Algunas contenían textos religiosos en los que se hablaba de la Madre Primigenia.

Chiara frunció el ceño. Todo aquello solo planteaba más preguntas.

Confundida, cogió uno de los libros que había en la esquina del escritorio y leyó el título.

Costumbres y tradiciones de las montañas.

Una crónica de viajes . No tenía sentido.

¿Por qué iba a interesarle a Cadrim precisamente eso?

Además, él ya conocía bastante bien las montañas.

Dejó el volumen a un lado y cogió el siguiente.

La cubierta de cuero marrón estaba desgastada y vieja.

No llevaba título alguno. Tenía varios marcapáginas.

Lo abrió por una de las páginas señaladas y suspiró.

Estaba escrito a mano. La letra era recargada, la tinta descolorida.

Desde luego, no era algo que ella leyera por gusto.

Estaba a punto de cerrarlo cuando un nombre le llamó la atención: Ewea.

Chiara recorrió con los ojos las líneas correspondientes.

Las sacerdotisas de Ewea son fuertes. Nunca antes había visto en acción una magia mental tan poderosa.

Hoy mismo he sido testigo de cómo traían ante ellas a un muchacho moribundo que, pocas horas después, abandonaba la casa por su propio pie.

Pero, haga lo que haga, se niegan a revelarme su secreto.

Intrigada, Chiara se dejó caer en la silla. ¿Qué clase de registro era aquel?

Con curiosidad, abrió la primera página. Parecía una especie de diario. Y, a juzgar por la fecha, muy antiguo. Su mirada se fijó en el encabezamiento.

Welzelin de Arnawal: Segunda expedición.

El cuerpo comenzó a temblarle de emoción. Si no hubiera estado ya sentada en la silla, las piernas le habrían fallado. Se quedó contemplando el nombre, hipnotizada. Welzelin de Arnawal.

Su mirada voló de nuevo a la fecha de la primera entrada.

En aquel momento debía de tener veintiocho años.

Eso fue tres años antes de su ascenso al trono.

En aquel entonces, Arnawal, bajo el dominio de su padre, era incluso más pequeño que el actual Laran.

Welzelin acababa de empezar a forjar el reino que un día gobernaría.

Si aquel diario era auténtico, representaba el mayor tesoro que Chiara pudiera imaginar.

Con timidez, pasó los dedos por las líneas. Imaginar que Welzelin había escrito aquello de verdad, que había tenido este libro en las manos y confiado sus pensamientos más íntimos a este papel, era sobrecogedor.

Welzelin era el héroe resplandeciente de su infancia. Cuántas veces, en momentos de soledad y miedo, se había imaginado que él estaba en camino para salvarla. Que la liberaría y la protegería como a una de las doncellas de los cuentos.

Aun así, dudaba en leer sus anotaciones. Una inquietud sin nombre se apoderó de ella y la empujaba a cerrar el libro de un golpe, devolverlo a su sitio y olvidar que lo había visto. Porque ¿y si corroboraba las afirmaciones de Cadrim? ¿Y si todo lo que ella creía era una mentira?

Indecisa, Chiara se quedó mirando el libro. Quizás tenía en las manos el cáliz del conocimiento. Si bebía de él, no habría vuelta atrás.

Pensó en su madre, que la estaría esperando en Welzedon a su regreso.

En el rey Lexor, que le exigía resultados.

En la gente de Arnawal que había muerto a causa de los ataques de Cadrim, y en aquellos que podrían caer víctimas suyas en el futuro.

Sería mucho más sensato devolver ese libro a su sitio, olvidar sus dudas y hacer lo que se esperaba de ella.

Laran merece una princesa lo bastante sabia para reconocer la verdad. Y lo bastante valiente para enfrentarse a ella.

Las palabras de Cadrim resonaban en su cabeza. Y aunque jamás llegaría a ser esa princesa, no quería ser alguien que, por miedo a una verdad incómoda, cerrara los ojos ante ella.

Chiara respiró hondo y abrió el libro por el primer marcapáginas.

Hoy por fin llegué al lugar del que me habló Tergon.

Es un valle precioso y circular en medio de altas montañas.

Desde arriba parece casi el cráter enfriado y florecido de un volcán, aunque aquí nunca hubo nada parecido ni por asomo.

No sé a qué capricho de la naturaleza se debe esta joya; no es obra de mano humana.

Tal como me lo describió Tergon, a primera vista parecía deshabitado, pero en cuanto entré sentí el cosquilleo de la magia y supe que había llegado a mi destino.

Me habían descrito a las sanadoras que viven aquí como extremadamente poderosas, y me alegro de comprobar que no era una exageración.

A medida que me adentraba, desentrañé la ilusión que se cernía sobre este lugar para proteger las viviendas de los ojos de los no iniciados. Las mujeres del valle me recibieron con cautela, incluso cuando les mencioné el nombre de Tergon y me identifiqué como un buscador de sabiduría.

La mayoría parecen desconfiar de los hombres por principio.

No me lo esperaba. Aun así, me permiten quedarme para que podamos aprender unos de otros.

He de contarles mis viajes y las maravillas y los pueblos de este mundo.

A cambio, me enseñan su arte de la curación para que, con ese conocimiento, pueda ayudar a la gente de mi tierra natal.

Sorprendida y un poco aliviada, Chiara siguió hojeando. No tenía claro qué habría despertado el interés de Cadrim por esa entrada. Welzelin no revelaba allí ningún secreto ni se comportaba de un modo que fuera censurable. La siguiente entrada marcada era de tres días después.

Las sanadoras profesan el mismo culto arcaico que la mayor parte de los pueblos de las montañas.

Adoran a la Madre Primigenia Ewea, lo que les hace creer que, por ser mujeres, ocupan una posición destacada en la jerarquía de la creación.

Por eso se niegan a compartir sus secretos conmigo.

Como si ese poder les estuviera reservado solo a ellas.

A mí únicamente me enseñan a preparar ungüentos y a conocer el efecto de las hierbas.

Solo Valessa, la más joven de las novicias, me presta oídos.

Por desgracia, ella misma no sabe gran cosa de los misterios que guarda este valle.

Es originaria de un pequeño pueblo situado a unos diez días de viaje al noroeste de aquí.

No deja de parlotear sobre el honor que supone para ella haber sido acogida entre las sacerdotisas.

Es también ella quien ha tendido la ilusión sobre el valle.

Aunque su don es fuerte, no puedo imaginar que su magia mental baste por sí sola para un hechizo tan poderoso.

Chiara tragó saliva. ¿Había intentado Welzelin utilizar a Valessa para descubrir los secretos del valle?

¿Era eso lo que había provocado la enemistad entre ambos?

Parecía cierta la parte de la historia de Cadrim según la cual Welzelin había acudido a Valessa como amigo.

Lo cual no significaba que después la hubiera traicionado de verdad.

Sin embargo, la mención de Ewea preocupaba a Chiara mucho más que Valessa.

En todas las historias que conocía sobre Welzelin, a Ewea se la describía como una mujer, como una bruja.

¿Se trataba solo de una coincidencia de nombres o había una conexión más profunda que se le había escapado hasta entonces?

El inicio de la siguiente entrada Chiara ya lo había ojeado antes. Hablaba de la curación del muchacho moribundo.

El milagro que he presenciado no deja de ocupar mis pensamientos.

El poder de decidir sobre la vida y la muerte es verdaderamente divino.

Pero estas mujeres son, sin duda, personas comunes y corrientes.

Y si algunos de nosotros somos capaces de obrar tales milagros, ¿no debería ser posible que todos lo lográramos?

Por la noche volví a reunirme con Valessa.

Como la pregunta del cómo no me daba tregua, al menos me reveló su secreto.

Sus poderes aún no están plenamente desarrollados y, por lo tanto, no son lo bastante fuertes para ocultar este valle sin ayuda.

Sin embargo, las sacerdotisas conocen una forma de reunir su propia energía y canalizarla hacia Valessa para fortalecer así su don.

De modo que no es tan ignorante como fingía ser al principio.

Valessa sospecha que el proceso es similar durante la curación, aunque a ella no se le permite participar.

Cree que los amigos y familiares que acompañan a los pacientes ceden una minúscula parte de su fuerza y que las sacerdotisas utilizan esa energía vital para ayudar a los enfermos.

Por eso, cuanto más grave es una enfermedad o lesión, más personas acompañan al paciente.

Mientras escribo estas líneas, sigo abrumado por esta revelación. Si es cierto, los efectos y las posibilidades son prácticamente ilimitados.