La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

La mano de Chiara temblaba al posarla sobre el pomo de la puerta. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.

En los últimos días no había hecho otra cosa que practicar y descansar. Estaba preparada. La magia le hormigueaba en la piel y se arremolinaba a su alrededor.

Con determinación, Chiara abrió la puerta y salió.

—¿Puedo hacer algo por vos, Alteza? —se ofreció con cortesía el guardia de servicio.

—No quiero que me molesten el resto de la noche.

Por favor, no dejéis entrar a nadie. —No es que hubiera mucha gente esperando.

A Yorrie la había despachado ella misma hacía un rato.

Cadrim no había vuelto a aparecer por allí y Willem seguramente estaba ya con su familia.

Pero más valía ser precavida. Además, necesitaba una excusa.

—Por supuesto.

—Gracias. —Chiara invocó su magia. En su mente evocó la imagen de cómo regresaba a su habitación y el pasillo permanecía vacío, salvo por el guardia—.

Me voy a la cama. —Las palabras pronunciadas reforzaron la ilusión tejida mientras ella cerraba la puerta desde fuera y se envolvía en invisibilidad.

Contenía el aliento por la emoción y proyectaba a su alrededor la imagen deseada con todas sus fuerzas.

El guardia se apoyaba aburrido contra la pared. Parecía que, en efecto, no se percataba de ella.

A Chiara le habría encantado dar un grito de alegría. En lugar de eso, dio un paso cauteloso hacia un lado.

Él no se movió. No tenía motivos para no fiarse de lo que veían sus ojos.

Reforzó la ilusión y se escabulló a su lado sin hacer el menor ruido. El corazón le latía con fuerza en la garganta y, sin embargo, la ilusión funcionaba.

En cuanto estuvo fuera de su campo de visión, Chiara se apoyó contra la pared y esperó a que se le calmara la respiración. Después siguió avanzando con prisa. No dejaba de buscar en las paredes los cuadros y las estatuas que había memorizado como puntos de referencia.

Una criada apareció al otro extremo del pasillo.

Chiara se pegó a la pared, asustada, y se ajustó el velo de la ilusión.

La muchacha pasó junto a ella sin advertir nada.

Chiara se secó las manos sudorosas en la falda mientras observaba con atención la espalda de la mujer.

Si la próxima vez se vestía con ropas más sencillas, ni siquiera tendría que esconderse en los pasillos.

Casi nadie sabía cómo era. Y, en realidad, no era nada nuevo para ella deambular por un palacio sin que nadie la viera.

Chiara se separó de la pared y siguió avanzando deprisa.

Solo dos bifurcaciones la separaban ya de la biblioteca.

Había elegido a propósito ese momento, justo antes de que las puertas volvieran a cerrarse al público.

Esperaba poder colarse sin ser vista y esconderse allí.

Así tendría tiempo suficiente para examinarlo todo con tranquilidad.

Dos mujeres se le acercaron riéndose y Chiara se apartó a toda prisa; aun así, una de ellas le rozó el dobladillo del vestido con la falda al pasar. La mujer se detuvo sorprendida y giró la cabeza hacia Chiara. Angustiada, Chiara se aferró a la ilusión mientras el sudor le brotaba en la frente.

—¿Qué pasa? —preguntó impaciente la acompañante de la mujer.

—Nada. —Negó con la cabeza y se puso a su altura.

Chiara se mordió el labio para contener un suspiro de alivio.

Se tomó un momento para recomponerse. La magia le estaba consumiendo las fuerzas, sobre todo porque tenía que mantener la ilusión sin palabras. Quizás había sido un error elegir un momento tan concurrido para su primera salida.

Murmuró para reforzar su magia antes de girar por el siguiente pasillo. Unos cuantos hombres estaban juntos despotricando y bloqueaban casi todo el corredor. Chiara se apretó la falda contra las piernas y se abrió paso con cuidado entre ellos. Se le enredó el pie en el dobladillo y tropezó.

Presa del pánico, se detuvo al oír el ruido sordo. Por suerte, los hombres estaban tan absortos en su discusión sobre los precios de los alimentos y la escasez de cereales que no se dieron cuenta de nada.

Temblando, Chiara soltó el aire que había contenido antes de continuar su camino con cautela.

Cuando por fin la biblioteca apareció a la vista, tenía los nervios al borde del colapso. El vestido se le pegaba al cuerpo, húmedo y molesto, y el pulso le iba acelerado. Al menos las puertas estaban abiertas, así que no tenía que preocuparse por cómo entrar sin que la vieran.

Chiara esperó a que un hombre con una niña pequeña pasara junto a ella y se coló por la puerta. Media docena de personas esperaban frente al mostrador de préstamos. Un niño pequeño giró la cabeza con curiosidad hacia ella y tiró emocionado de la manga de su madre.

Al parecer, su ilusión estaba perdiendo intensidad.

Chiara se refugió en el laberinto de estanterías, giró varias veces al azar y no se detuvo hasta que ya no percibió nada más que el martilleo de su pulso.

Jadeando, se dejó caer al suelo y apoyó la cabeza sobre las rodillas.

No estaba segura de si alguna vez volvería a reunir el valor para una incursión como aquella.

Con todos los sentidos en máxima tensión, disipó la ilusión y permaneció a la espera hasta que las grandes puertas de la biblioteca se cerraron con un chirrido.

En el repentino silencio oyó el murmullo grave de Meritep y sus pasos sobre el suelo de piedra.

Con cautela, Chiara se incorporó, volvió a conjurar el velo mágico a su alrededor y se acercó en silencio al pasillo central.

Meritep recorría una a una las grandes lámparas de aceite que iluminaban la sala y las apagaba presionando contra sus aberturas un disco plano y angulado sujeto a una larga vara. De vuelta en la sombra protectora entre las estanterías, Chiara dejó caer la ilusión, agotada.

Con cada luz que se apagaba, la biblioteca se sumía cada vez más en la oscuridad. Por fin, Meritep regresó a su sitio con un gemido. Chiara esperó un rato más antes de dirigirse en silencio hacia el rincón que guardaba los secretos de Cadrim.

Para entonces estaba tan oscuro que apenas podía distinguir nada.

No le quedó más remedio que seguir el pasillo central hacia el fondo, ya que al menos este recibía la luz de la luna que entraba por los ventanales.

Al hacerlo, procuraba mantenerse entre las sombras.

Una y otra vez miraba a su alrededor con nerviosismo.

El fulgor dorado de una lámpara parpadeaba en la oscuridad.

Meritep debía de haberse acomodado en su mesa para leer.

Oía el susurro del papel cada vez que pasaba una página.

Con el mayor sigilo posible, Chiara siguió avanzando, mientras contaba mentalmente las filas.

Cuando llegó más o menos al lugar correcto, giró hacia la oscuridad, apoyando la mano en la estantería para orientarse.

Avanzó a tientas con cautela y rezó para que la lámpara del escritorio de Cadrim estuviera bien llena.

De lo contrario, su plan estaría condenado al fracaso.

Su pie chocó con un golpe sordo contra un libro que sobresalía y que no había visto en la oscuridad. Chiara tropezó y solo con dificultad logró mantener el equilibrio.

—¿Quién anda ahí? —resonó la voz ronca de Meritep.

¿Cómo se podía ser tan viejo y aun así oír tan bien?

La mente de Chiara se disparó. La silla del bibliotecario rozó apenas el suelo cuando este se levantó.

—Un gato —susurró ella febrilmente—. Un gato perdido e inofensivo. —No importaba que Meritep no oyera sus palabras: la ayudaban a mantener la concentración a pesar de su estado de agotamiento. Un gato gris con rayas negras saltó maullando al pasillo principal y se escabulló veloz como una sombra.

—Maldito animal —renegó Meritep—. Como te pille mañana… —Regresó arrastrando los pies a su sitio.

Chiara se apoyó exhausta en la estantería.

La próxima vez no saldría tan bien parada.

Había sido un error venir aquí. Si Meritep la pillaba, se lo contaría a Cadrim.

Y por más que lo intentara, no se le ocurría ninguna explicación plausible para haber entrado a escondidas en la biblioteca.

Podía sacar oficialmente cualquier libro, excepto aquellos que le estaban prohibidos.

Nada habría deseado más que abandonar su plan y correr de vuelta a la cama. Pero la puerta hacía demasiado ruido. Era poco probable que el crujido pasara desapercibido para Meritep. Al fin y al cabo, su sitio estaba a apenas unos metros de la salida.

Chiara se devanaba los sesos pensando qué hacer. Había llegado demasiado lejos para rendirse ahora. Pero apenas se veía la mano delante de los ojos. Si volvía a engancharse en cualquier parte, haría un ruido de mil demonios.

De repente, un ruido extraño llegó a sus oídos. Nerviosa, Chiara aguzó el oído en la oscuridad. Volvió a sonar, chirriante y fuerte.

Chiara se mordió el labio para no soltar una carcajada de alivio. Conocía ese sonido. Los ronquidos de Meritep retumbaban por toda la sala. Sonrió mientras la tensión abandonaba su cuerpo. Con cautela, volvió a ponerse en marcha. Meritep ahogaba cualquier otro ruido.

Varias veces tomó una bifurcación equivocada y temió haber perdido el rumbo. Por fin, sus dedos rozaron el cristal frío de las puertas del estante especial de Meritep; justo al lado se encontraba la cámara de trabajo secreta de Cadrim.

Con los brazos extendidos, Chiara se aventuró con cautela hasta que sus dedos tocaron la mesa.

Buscó a tientas la lámpara de aceite y las cerillas, que estaban a mano junto a ella.

En su nerviosismo necesitó varios intentos para encenderla.

Por fin, una luz cálida y reconfortante iluminó el acogedor rincón.

La mirada de Chiara se deslizó por las notas desplegadas.

Con cuidado, las apartó para examinar el mapa que había debajo.

No sabía mucho de movimientos de tropas ni de estrategias de ataque, pero aquello no parecía indicar que Cadrim estuviera planeando una guerra. Más bien parecía estar buscando algo.