Capítulo 6 #3
—¿Qué? No. —Rio entre toses. Ese rumor era lo único que le faltaba—. No —repitió con más aplomo—. Sin duda te habrás dado cuenta de que el príncipe rehúye mi compañía.
—Os encontráis mal, de pronto dormís más y ese apetito…
— No estoy encinta —recalcó Chiara con seriedad—. Y si ni siquiera puedo comer cuanto me apetece sin que me hagas preguntas, tendré que buscarme otra doncella.
—No quería decir eso —aseguró Yorrie, asustada.
—Pues entonces, bien. —Chiara mojó un trozo de asado en la salsa especiada—. Para mí es importante que nos tengamos confianza.
—Por supuesto, Alteza. —Yorrie hizo una reverencia.
—Me alegra. Ahora déjame sola otra vez, por favor. —Saciada, Chiara apartó la bandeja casi vacía. Un agradable calor se extendió por su estómago y la somnolencia tiró de ella—. Quiero volver a acostarme.
—Como ordenéis. —Yorrie le lanzó una mirada de inquietud antes de obedecer.
Lo cierto era que Chiara se sentía tan cansada que se retiró a su cama. Había subestimado los efectos del agotamiento mágico. Si de verdad pensaba utilizar la ilusión de la invisibilidad fuera de sus aposentos, debía administrar bien sus fuerzas.
Atardecía ya cuando Chiara abrió los párpados.
Cadrim estaba sentado en el borde de la cama y la observaba absorto.
Ella sonrió, todavía atrapada en los restos del sueño.
Su magia debía de haberlo invocado sin querer.
Así la miraba él a veces en sus sueños. Con pesar, respiró hondo y puso fin a la ilusión.
No servía de nada perderse en imágenes de fantasía.
En lugar de desvanecerse, Cadrim carraspeó nervioso.
Chiara lo miró asustada.
—¿Eres real? —Buscó a tientas su mano y retiró los dedos de un tirón, como si se hubiera quemado, en cuanto lo tocaron—. ¿Qué haces aquí?
—Quería ver cómo estabas… ¿Qué quieres decir con que soy real? —Una cálida curiosidad le bailaba en los ojos.
Chiara se subió la manta hasta el pecho y se incorporó, molesta.
—Acababa de tener una pesadilla. Pensé que mi magia te había invocado desde ella.
Cadrim reprimió una sonrisa.
—Pues entonces, bien. Ya pensaba que se trataba de algo grave.
—¿Cómo se te ocurre?
—Willem dijo que no te encontrabas bien. Y el guardia de la puerta me contó que habías mandado retirarse a tu doncella.
—¿No tienes nada más importante que hacer que vigilar a los criados?
—Estaba preocupado.
—Eso no te da derecho a irrumpir en mi dormitorio.
Cadrim endureció el gesto y la observó con atención.
—De repente comes más de lo habitual y duermes en pleno día.
Chiara sacudió la cabeza, indignada.
—¿Acaso me estás espiando?
—No. Pero reconozco los signos del agotamiento mágico cuando los veo. Ya te lo dije.
—¿Ahora también quieres prohibirme eso?
—No. —Se levantó de la cama—. Solo quiero saber qué pretendes con ello.
—¿Tanto te cuesta imaginarlo? —En un impulso, Chiara evocó la imagen del dormitorio de Isida e hizo un amplio gesto con la mano—.
Echo de menos mi hogar. —Situó a Winja en medio de aquella estancia de un realismo engañoso que de pronto los rodeaba—.
A las personas que significan algo para mí, a quienes me quieren de verdad.
—No necesitaba fingir el temblor de su voz.
En efecto, se sentía terriblemente sola.
Levantó la cabeza hasta encontrarse con la mirada de Cadrim—.
¿De verdad te sorprende tanto que anhele cobijo y cercanía humana?
—No. —Sacudió la cabeza, contrito—. Lo siento. —En su expresión había pesar y algo más que Chiara no estaba segura de saber interpretar. ¿Admiración? ¿Sorpresa? ¿Estupor?
Dio un paso atrás y ella intentó ver la habitación a través de sus ojos.
El mobiliario parecía tan real que ella misma estuvo a punto de extender la mano para tocar el escritorio de Isida.
Chiara tragó saliva. Sin pensarlo, a partir de una simple reacción emocional, había creado una ilusión tan poderosa.
—Tus dotes son notables. —Cadrim enderezó los hombros—. Aun así, intenta cuidarlas, por favor. No quiero que te exijas en exceso.
—No te preocupes. Sé lo que hago. —Le sostuvo la mirada con aire desafiante hasta que él bajó la cabeza.
—He pensado en tu petición —dijo de pronto—.
He hecho una lista con posibles ocupaciones para ti.
—Sacó una hoja de papel del bolsillo y se la tendió—.
Quiero que te sientas a gusto en Laran, Isida.
Te guste o no, pasarás con nosotros el resto de tu vida.
Deberías empezar a hacerte a la idea. —Con estas palabras, se dio la vuelta y salió de la habitación a grandes zancadas.
Chiara se quedó mirando la nota sin desplegarla.
La ilusión de los aposentos de Isida se desvaneció.
Despacio, Chiara se recostó en la cama. Dejó el papel sobre la mesilla, se acurrucó bajo la manta y cerró los ojos.
No quería pensar en por qué Cadrim se había sentado en silencio junto a su cama esperando a que despertara.
Por qué la había mirado exactamente igual que la miraba a veces en sus tontos sueños.
¿Se podía querer sinceramente a alguien y, aun así, no confiar en él?
¿Y qué ocurriría si alguna vez él descubría la verdad sobre ella?