La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

—¿Y por qué lleváis casi cinco minutos solo moviéndola de un lado a otro?

Chiara no se había percatado de que lo hacía. Cadrim volvía a estar enfrascado en una conversación en voz baja con Jenna y ya no le prestaba atención. Dejó el tenedor.

—No tengo hambre.

—¿Os acompaño a vuestras estancias?

Para entonces, las filas de los presentes se habían aclarado un poco. Al parecer no era necesario esperar a que Cadrim diera por terminada la comida; quien hubiera terminado podía retirarse.

Chiara asintió con un gesto lento. Con Cadrim no iba a llegar a ningún sitio aquí. No sabía cómo acercarse a él sin echársele al cuello sin pudor, como Jenna. Y, de todos modos, él no se lo creería, ni siquiera si ella se atreviera a intentarlo.

¿Por qué tenía que ser todo tan complicado?

—Si me disculpáis, mi príncipe. —Se volvió un instante hacia él antes de levantarse.

—¿Va todo bien? —La miró con aire inquisitivo.

—Por supuesto.

Willem agarró el respaldo de su silla para ayudarla a levantarse, pero Cadrim se le adelantó.

—Yo lo hago.

Chiara se sobresaltó, sorprendida.

—Aún no has terminado de comer. —Cadrim señaló, a modo de explicación, el plato medio lleno de Willem.

Jenna también se levantó.

—¿Nos vemos luego? —Lo miró con aire prometedor a través de sus largas pestañas.

—Yo… —Parecía distraído—. Hoy no. He quedado luego con tu hermano.

—Podría acompañarte.

—Si quieres, por qué no. Nos vemos en tres horas en las cuadras.

Jenna apretó los dientes, irritada, ante su falta de entusiasmo.

Una vez más, Chiara atrajo las miradas de todos los presentes mientras Cadrim la acompañaba fuera de la sala. Después de que él la hubiera evitado durante días, no sabía qué pensar de su repentina atención. ¿Quería pedirle cuentas, reprenderla? ¿O explicarle su relación con Jenna?

Nerviosa, le echó una mirada de reojo al rostro. Era tan impenetrable como el día de su primer encuentro. Seguía siendo un extraño para ella. Un enemigo.

Cadrim guardó silencio durante tanto tiempo que ella dejó de creer que tuviera nada que decirle. Seguramente solo había querido darle a Willem la oportunidad de terminar su comida.

Suspiró, abatida. Las palabras de Willem, según las cuales debía dar el primer paso, le resonaban en los oídos. A la par con la orden del rey Lexor.

—Lo siento —dijo Cadrim de repente.

Ella lo miró, sorprendida.

—Sé que Willem te entregó las flores, pero quería disculparme contigo en persona de todos modos. Mi comportamiento después del baile fue inaceptable.

Así que era eso. Casi había olvidado ya su intento ebrio de besarla. Eso no significaba nada. A diferencia de las palabras que le había dirigido plenamente consciente y con la mente lúcida.

—Yo también lo siento. Espero que Jenna no haya tenido que prescindir del placer de tu compañía por ello durante demasiado tiempo.

—¿Qué quieres decir?

Desafiante, sostuvo su mirada.

—¿De verdad tengo que entrar en detalles?

Él resopló, indignado.

—Resulta ciertamente esclarecedor saber lo que piensas de mí.

—Desde el principio dejaste claro que esto, para ti, es una relación de puros negocios. — Tu único valor para mí reside en un pedazo de tierra —. Desde luego no espero nada de ti. Y mucho menos fidelidad.

Cadrim parpadeó, como si la idea fuera por completo nueva para él.

—¿Reclamas para ti el mismo derecho? —Le centellearon los ojos de irritación, y una oleada de aire cálido rozó el rostro de Chiara. Él pareció no advertirlo.

—No lo he pensado todavía. Supongo que sería justo.

Él soltó una risa áspera y se pasó la mano por el espeso cabello negro.

—Y bien, ¿ya tienes algún candidato en mente?

—Aquí no se trata de eso en absoluto —replicó Chiara, conteniéndose—.

Eres tú quien ha decidido que no quieres tener nada que ver conmigo.

Que no tienes el menor interés en mí, ahora que tu curiosidad ha quedado suficientemente satisfecha.

Y eres tú quien no deja de exhibirse en público con otra mujer, mientras a mí se me confina en mis estancias o se me empuja a salir por ahí.

—Lo estás malinterpretando… —Tomó aire con fuerza.

—Entonces explícamelo. —No pudo evitar que, a pesar de todo, la voz le empezara a temblar.

Tenerlo tan cerca, oír su voz, sentir sobre su piel el calor que él irradiaba, despertaba en ella recuerdos prohibidos.

Sobre todo porque leía en sus ojos que para él tampoco era fácil.

Chiara lo miró con esperanza—. Por favor.

—No hay nada entre Jenna y yo. Crecimos juntos. De niños nos revolcábamos juntos en la arena.

No podía tomarla por tan ciega e ingenua.

—Seguro que a ella no le importaría revolcarse contigo a fondo… y ya no precisamente en la arena.

A Cadrim se le subieron los colores a las mejillas y la mirada se le ensombreció.

—Interesante lo que se te pasa por la cabeza.

—Aquí no se trata de mí —respondió ella con frialdad. Aun así, no pudo evitar que esa imagen se le fijara en la mente: Cadrim y ella en una playa desierta; sobre ellos, el cielo azul y el graznido de las gaviotas; de fondo, el rumor de las olas.

—La familia de Jenna es muy influyente —irrumpió la voz suave de Cadrim en su fantasía—.

Su padre era el más poderoso de los antiguos señores de la guerra.

Casi un tercio del reino sigue bajo el mando de su familia.

Jenna y su hermano saben cuánto los aprecio.

Igual que ella sabe que jamás tuve intención de casarme con ella.

—Por supuesto que no. Su tierra ya te pertenece. Buscabas una mujer que te reportara más.

El rostro de Cadrim tembló, pero no la contradijo. Llegaron a la puerta de las estancias de Chiara y, con un gesto, Cadrim hizo que Samir, apostado allí, se alejara hasta quedar fuera del alcance del oído. El pesar se reflejaba en sus rasgos.

—Ojalá todo fuera distinto.

Chiara contuvo el aliento.

—¿Para tener así la libertad de casarte con Jenna?

—¿Qué? —Sonrió, incrédulo—. No. —Buscó su mirada—. Para poder ser sin más Cadrim, el general. Y tú, solo Isida.

—¿La prometida de tu príncipe? —Chiara intentó esquivar ese extraño cosquilleo que volvía a tenderse entre ellos. No debía ceder a él, no debía fiarse del repentino cambio de humor de Cadrim.

Él resopló con autoironía mientras le acercaba el rostro. Como si no pudiera resistirse a esa atracción.

—Tienes razón, eso tampoco sería una solución. De cualquier forma, nunca tendríamos ninguna oportunidad. —Pese a todo, no se apartó. El calor de su cuerpo la traspasaba a través del vestido, como una caricia, aunque ni siquiera la tocase.

—No entiendo cuál es el problema. —Él era el príncipe; ella, la mujer que iba a desposar. Chiara se humedeció los labios resecos mientras intentaba leer en sus ojos.

—Ojalá pudiera explicártelo. —Sacudió la cabeza con tristeza. Su aliento le rozó el rostro—. Pero no puedo.

—¿Porque soy la hija de tu enemigo?

—No. —Cerró por un instante los párpados—. Porque no cambiaría nada.

Antes de que ella pudiera preguntarle qué quería decir con eso, él se inclinó, le rozó la mejilla con los labios y se alejó a grandes zancadas.

Su beso le ardía en la piel y el corazón le latía con fuerza en el pecho. Asombrada, Chiara se pasó las yemas de los dedos por la mejilla y lo siguió con la mirada hasta que él desapareció tras un recodo del pasillo. No se volvió ni una sola vez, ni siquiera se detuvo un instante.

Confundida, Chiara entró en sus estancias y se apoyó por dentro contra la puerta.

Aquel beso fugaz y suave tenía algo de definitivo. Como si no significara nada. Y, al mismo tiempo, lo significara todo.