Capítulo 5 #3
—Es probable. —A Willem se le contrajo un músculo del rostro, pero siguió con la vista clavada al frente.
—¿Os ha ordenado que me llevéis?
—No. Él no sabe nada.
Chiara negó con la cabeza.
—No es buena idea. —A él no le haría ninguna gracia y ella no tenía el menor interés en que volviera a humillarla delante de todos.
—¿Acaso no queríais hablar con él? —Willem la miró con aire inquisitivo.
—Es verdad. —La orden de Lexor le pesaba como una losa—. Sin embargo, preferiría un encuentro más privado.
—Eso, por desgracia, no se va a dar tan pronto.
Al menos era sincero.
—Está bien. —Chiara se armó de valor—. Dadme media hora para cambiarme.
—¿Por qué? Estáis encantadora.
—Porque seguro que no seré la única dama presente.
En el poco tiempo del que disponía, Yorrie hizo un trabajo magnífico. Chiara llevaba el cabello recién peinado, el rostro maquillado con discreción y un vestido de día de una elegancia deslumbrante.
Willem arqueó las cejas con admiración cuando fue a recogerla.
—No solo estáis encantadora, sino sencillamente impresionante.
—Me halagáis. —Chiara respiró hondo. Se sentía como si fuera a entrar en una batalla. No tenía ni idea de qué faceta de sí mismo le mostraría Cadrim hoy.
—¿Por qué es así, en realidad? —se le escapó en voz baja en cuanto se cerró la puerta tras ella.
—¿Cómo? —Willem no preguntó a quién se refería.
—Tan impredecible. —Chiara hizo un gesto de impotencia con la mano—. Como si tuviera un gemelo que no se le parece. Como si él mismo no supiera lo que quiere.
Willem echó a andar sin prisa junto a ella, mientras parecía buscar las palabras adecuadas.
—Supongo que, de hecho, no lo sabe.
Chiara resopló, incrédula.
—Vos le gustáis. Más de lo que quiere admitir, y más de lo que le conviene.
—Tiene una forma interesante de demostrarlo. —Se esforzó por mantener una expresión serena—. Me reclamó a… mi padre, me enviaron a él. Si de veras tuviera interés en mí, hace tiempo que habría buscado mi cercanía. A fin de cuentas, le pertenezco . —No logró disimular la amargura en su voz.
—Tal vez sea precisamente eso lo que lo frena. No quiere que os sintáis obligada, no quiere imponerse a vos.
—¿Eso excluye la amabilidad o incluso la cortesía?
—No —concedió Willem, abochornado—. Quizá deberíais dar vos el primer paso hacia él…
Como si no lo hubiera intentado, nada más llegar. Él se la había quitado de encima con unas pocas palabras frías.
—No, gracias. —Chiara negó con la cabeza—. Mi cupo de humillaciones está más que cubierto.
Willem aminoró el paso.
—¿Preferís entonces volver a vuestras estancias?
—No. —Enderezó los hombros. No se trataba solo de Cadrim, sino de su posición en la corte—. No puedo esconderme para siempre.
—Ya casi hemos llegado. —Señaló una puerta doble abierta al final del pasillo—. Nos quedaremos solo el tiempo que vos queráis.
—Gracias. —Siguiendo un impulso, le apretó la mano—. Significa mucho para mí teneros como amigo.
Willem asintió, alentador, y la condujo al interior de la sala.
Unas treinta personas charlaban y comían sentadas a unas mesas dispuestas en forma de U en un salón luminoso.
En la cabecera de la mesa, Chiara reconoció enseguida la figura familiar de Cadrim.
Verlo le provocó, como siempre, una punzada en el corazón.
No podía creer que, a pesar de todo, siguiera reaccionando así ante su presencia.
A la izquierda de Cadrim se sentaba Jenna, con un vestido tan escotado que Chiara se preguntó qué era lo que mantenía sus pechos —o el vestido— en su sitio.
Debía de habérselo pegado a la piel. Sus oscuros rizos le caían sobre el brazo, de lo pegada que estaba a él.
Solo le faltaba sentarse en su regazo. El asiento a la derecha de Cadrim estaba vacío.
—¡Ahí estás, Willem! —Cadrim levantó la mano como si quisiera hacerle señas para que se acercara y se detuvo a mitad del movimiento—. Isida. —Se le descompuso el rostro. Por un momento pareció tomado del todo por sorpresa—. Qué honor inesperado.
Una parte de ella quería dar media vuelta en el sitio y salir huyendo. En lugar de eso, hizo una reverencia digna.
—Mi príncipe. —Estaba orgullosa de que su voz no sonara ni sumisa ni quebrada. No se dejaría intimidar por él. Y, desde luego, no le cedería a Jenna, sin luchar, el puesto por el que había abandonado su hogar y desafiado innumerables peligros.
Sus pies echaron a andar casi por sí solos antes de que Cadrim pudiera asignarle un asiento más abajo de la mesa. Junto a él había sitio más que suficiente para Willem y ella.
Cadrim se levantó y todos los demás lo imitaron obedientes. Jenna, que se puso en pie a regañadientes y la última de todos, clavó una mirada severa en Chiara.
A Chiara se le subió la sangre a las mejillas. No había contado con una atención tan exclusiva. Deprisa, tendió una pequeña ilusión sobre su piel. Era una buena ocasión para entrenar esa habilidad. Y la mera certeza de que su tumulto interior no se le notaba a las claras la fue serenando.
Quería cederle el paso a Willem; el asiento junto a Cadrim sin duda estaba reservado para él.
Pero la mano de Willem en su espalda la empujó en silencio hacia delante.
Cadrim carraspeó, incómodo, y le apartó la silla.
A Chiara no le quedó más remedio que sentarse, mientras Willem pedía a un sirviente que trajera otra silla y un cubierto.
—Estáis hermosa —comentó Cadrim, una vez que todos volvieron a tomar asiento.
—Creo que aún no nos han presentado —intervino Jenna antes de que Chiara pudiera responder.
—En efecto —respondió Chiara con una dulzura empalagosa—. Por lo que recuerdo, en mi baile de compromiso estabais demasiado ocupada con el príncipe.
Willem tosió en voz baja, como si se hubiera atragantado. Cadrim sonrió, abochornado.
—Isida, ¿permitís que os presente a lady Jenna Hitar? Su familia es una de las más antiguas e influyentes de Laran. Lady Jenna: la princesa heredera Isida de Arnawal.
—Encantada —masculló Jenna con esfuerzo, como si esa no fuera la reacción que había esperado.
Chiara inclinó apenas la cabeza, como si estuviera por debajo de su dignidad replicar algo a aquello. Había observado a Isida lo bastante en ocasiones oficiales.
Todas las miradas seguían fijas en ella. Cogió una fuente de verduras al vapor y se sirvió un poco. No estaba segura de poder comer algo de verdad, pero al menos quería aparentarlo. La tensión entre Jenna, Cadrim y ella era apenas soportable.
—Tomad también de esto. —Willem le puso un trozo de asado en el plato—. La carne está excelente.
—Gracias. —Le sonrió.
—¿Qué os parece Laran, Alteza? —Cadrim atrajo su atención.
Chiara pinchó un trozo de zanahoria.
—Es muy hermoso. Tal como lo describisteis. —No pudo evitar recordarle el viaje que habían compartido. La cercanía que había reinado entre ellos.
—Eso… me alegra. —Bajó la mirada—. He oído que habéis estado en el templo del Dios Verdadero. —No era una pregunta, pero sonaba como tal. Y, además, como un reproche.
¿En serio se lo tomaba a mal porque ella no se había creído a pies juntillas sus afirmaciones? ¿Sobre todo después de que todo lo demás hubiera resultado ser mentira?
—Tenía entendido que en Laran cada uno era libre de elegir su fe.
—No me digáis que profesáis esa religión absurda. —Jenna soltó una risa afectada—. No podéis estar hablando en serio. —Se inclinó tanto que sus pechos rozaron el codo de Cadrim.
—¿Acaso no fue el padre del príncipe Cadrim quien introdujo esa fe en Laran? —Chiara fingió escandalizarse—. ¿Pretendéis ofender a la familia del príncipe?
Si los ojos de Jenna pudieran disparar rayos, Chiara probablemente ya estaría muerta.
—¿Qué es lo que más os ha gustado de Laran hasta ahora? —Cadrim se esforzó a ojos vistas por calmar los ánimos.
—El mar. —Chiara no tuvo que pensarlo mucho—. Es aún más hermoso de lo que me había imaginado.
Una expresión melancólica cruzó el rostro de Cadrim.
—Me hubiera gustado estar allí cuando lo visteis por primera vez.
Una punzada de dolor atravesó el pecho de Chiara. La calidez de sus ojos, el sonido de su voz le recordaban tanto al compañero de su viaje. Apartó el rostro y removió la comida en su plato. No debía dejarse embaucar por aquello.
—Quizá algún día podamos ir juntos —se oyó decir, sin embargo, en voz baja.
—Ahora que lo recuerdo, querido, aún no nos has dado respuesta a nuestra invitación. —Jenna volvió a intervenir, con un tono un punto demasiado alto. Inquieta, Chiara reparó en la familiaridad con que se dirigía a él.
Cadrim miró a Jenna con gesto interrogante.
—Ya sabes, nuestro baile de invierno. Mi hermano me ha dado carta blanca para organizarlo y significaría mucho para mí que vinieras. —Su mano, de uñas impecables, se posó sobre la de Cadrim.
Chiara entornó los ojos. Independientemente de cómo estuvieran las cosas entre Cadrim y ella, esa víbora no tenía derecho a clavarle las garras.
Cadrim sonrió, contenido, antes de apartar con suavidad los dedos y volverse hacia Chiara.
—¿Queréis acompañarme a esa fiesta, querida?
Chiara no pudo decidir a quién había sorprendido más esa pregunta: si a Jenna o a sí misma.
La mujer al otro lado de Cadrim parecía de verdad conmocionada.
—No creo que lo que tienes que tratar con mi hermano sea apropiado para los delicados oídos de la princesa —siseó.
Cadrim le lanzó una mirada de advertencia y a Chiara se le hizo un nudo en la garganta.
Aunque volviera a mostrarse amable con ella, tenía planes de los que no debía enterarse. A diferencia de Jenna.
¿Tenía razón Lexor? ¿Estaba Cadrim planeando en serio una guerra?
Bajó el tenedor.
—Un baile suena maravilloso.
Cadrim la observó con atención.
Ella adoptó una expresión lo más inocente posible.
—Veré si me encaja en la agenda —prometió él, inexpresivo, y ella se dio cuenta de que no la llevaría.
Tu único valor reside en un pedazo de tierra.
Nunca le confiaría sus secretos. Nunca la tomaría en serio. ¿Para qué? Hacía tiempo que había obtenido lo que quería.
—¿Le ocurre algo a vuestra comida? —Willem se inclinó hacia ella, preocupado.
—No, todo está bien.