Capítulo 5
Willem cumplió su palabra. Al día siguiente llevó a Chiara a la playa.
Ella corrió descalza por la arena suave y dejó que el viento del mar le acariciara el rostro.
Escuchó el graznido de las gaviotas e inhaló el aroma de la sal y las algas.
Sorbió entre risitas ostras recién pescadas e incluso pudo subir un rato a un barco que se balanceaba.
Comieron pescado frito y patatas asadas al fuego en un pequeño local que pertenecía a una vieja pareja de pescadores.
Chiara observó a las mujeres mientras remendaban las redes y a los hombres mientras zarpaban con los barcos.
Por la noche se acostó cansada y abrumada, y al día siguiente vino a buscarla Malik.
A partir de entonces, los dos competían por superarse en todas las actividades que emprendían con ella.
Chiara fue con Malik a una fiesta popular y al teatro con Willem y Teera.
Conoció los diferentes barrios de Laran y probó la cocina local.
Estaba tan ocupada con sus salidas que no le quedaba tiempo para pensar.
Por las noches solía estar tan cansada que se quedaba dormida nada más cenar.
¿Por fin has averiguado algo útil? , quiso saber Lexor con impaciencia al cabo de una semana.
Chiara acababa de describirle la estructura de la ciudad y el tamaño aproximado de la población, lo cual no parecía interesarle ni la mitad de lo que ella esperaba.
¿Dónde están sus tropas? ¿Cuán numerosas son? ¿Qué planea ese maldito príncipe?
Pillada por sorpresa, Chiara se detuvo. Eso no lo sé. Willem no habla conmigo de esas cosas.
Por supuesto que no , espetó Lexor. Por eso deberías buscar la cercanía y la confianza del príncipe, en lugar de dejar que sus ayudantes te den largas y te distraigan. No esperaba que te dejaras deslumbrar con tanta facilidad.
La reprimenda hizo mella en Chiara. Por primera vez en su vida, se le prestaba atención.
Willem y Malik se esforzaban de verdad por complacerla.
Estaba tan agradecida por ello que no había cuestionado sus motivos.
No se le había ocurrido que los dos lo hicieran solo para tenerla tranquila, para que no le estorbara a Cadrim.
A él mismo no lo había visto desde el desastroso baile de compromiso. Ni siquiera había tenido la decencia de disculparse en persona con ella. El ramo de flores que Willem le había entregado había sido su última señal de vida. Si es que en verdad venía de Cadrim.
¿Tengo que recordarte lo que está en juego? , prosiguió Lexor con severidad. ¿Crees que el príncipe se conformará con un pedazo de la provincia del sur? No me imagino que vaya a haber colonos en los barcos que pretende enviar en primavera. Será un ejército de conquista.
Chiara tomó aire de golpe, asustada.
Sé que eras pequeña cuando te llevamos al palacio. Aun así, la vida de la gente de allí no puede serte indiferente. ¿Acaso no tienes parientes en la zona?
Chiara carraspeó. No creo que el príncipe vaya a empezar realmente una guerra…
Tampoco creíamos que devastaría la región fronteriza, hasta que lo hizo , la interrumpió Lexor con brusquedad. Aquí creer no nos sirve de nada. Necesito hechos. Y tú eres la única que puede conseguírmelos.
Sí, Majestad. Por desgracia, no tenía ni idea de por dónde ni cómo empezar.
Piensa en algo , gruñó el rey, antes de cortar la comunicación.
Pensativa, Chiara se recostó en el sofá.
¿De verdad creía a Cadrim capaz de provocar una guerra?
La triste verdad era que no lo sabía. El hombre que había plantado cara a la tormenta de nieve junto a ella y le había contado lo difícil que le resultaba matar nunca había sido real.
Todo lo que él le había dicho había resultado ser mentira; ¿por qué no también esto?
Y si de verdad planeaba una guerra, ¿lo sabía Willem?
¿Podía mirarla a los ojos sonriendo mientras se preparaba para masacrar a su pueblo?
En ese sentido, la verdad también era demoledora.
Willem había dejado claro desde el principio que solo la aceptaba porque, para él, ella pertenecía a Laran, y que no tenía ningún problema en matar a sus enemigos.
Conmocionada, Chiara se pasó la mano por el rostro. ¿Qué debía hacer?
Llamaron a la puerta y Willem entró.
—¿Habéis terminado, Alteza?
Quería llevarla a dar un breve paseo en velero y a ella le hacía mucha ilusión esa experiencia. Ahora, sin embargo, se le habían quitado las ganas.
—Lo siento, no me encuentro bien. —Se llevó la mano al vientre con gesto de pesar, para no dar pie a ninguna discusión sobre su estado de salud.
—Oh. Comprendo. —Reflexionó un instante—. Podríamos dar una vuelta en carruaje. Aún no habéis visto el casco histórico de la ciudad.
Chiara negó con la cabeza.
—Hoy no me apetece nada una salida. Además, debo hablar con el príncipe. —No se atrevió a pronunciar el nombre de Cadrim.
—No se encuentra aquí. —La frase salió de los labios de Willem con tal soltura y sin titubear que ella tuvo la certeza de que mentía.
—¿Ah, sí? ¿Dónde está?
—De viaje —respondió Willem lacónicamente.
—¿Podríais transmitirle, por favor, a su regreso, que deseo hablar con él?
—¿Sobre qué?
—Sobre cosas. —Lo que él podía hacer, ella también.
Willem esbozó una sonrisa.
—¿Y qué deseáis hacer hasta entonces?
—Me gustaría ver la biblioteca. La hay aquí, ¿verdad?
—Por supuesto. —Willem inclinó la cabeza—. Hasta ahora no sabía que os gustara leer.
—Adoro los libros. —Era cierto, pero no era la razón por la cual había preguntado por la biblioteca.
El rey Lexor tenía razón, hasta entonces no había aprovechado bien su tiempo.
Tenía que averiguar más sobre el padre de Cadrim y sus orígenes.
Además, quería saber de una vez cómo había llegado Cadrim a su afirmación sobre los cuencos sonoros y por qué toleraba en su reino una religión que consideraba tan errónea.
Quizás encontraría algo al respecto en la biblioteca.
—Muy bien. —Willem le mantuvo la puerta abierta con un gesto de invitación—. ¿Nos vamos?
Chiara se grabó el camino con cuidado; quería poder ir sola a la biblioteca. Después aún quedaría el problema de cómo deshacerse del guardia ante la puerta, pero si lograba orientarse en el palacio, al menos habría dado un paso más.
—Hemos llegado. —Willem abrió la puerta, que crujió.
Chiara torció el gesto con disgusto al oír el ruido.
—Deberíamos volver a engrasar las bisagras. —Willem le cedió el paso.
Chiara paseó la mirada por aquella sala de impresionantes dimensiones.
Unas altas ventanas en la pared larga dejaban entrar luz a raudales y dos acogedores rincones de lectura invitaban a sumergirse en un libro.
Estanterías de más de tres metros de altura se alineaban a lo largo de las demás paredes y se distribuían en filas por toda la sala.
—¿No puede entrar nadie aquí? —La biblioteca parecía desierta.
—Al caer la tarde se abre durante dos horas a todos los habitantes del palacio. El resto del tiempo está reservada a la familia del príncipe.
—¿Y quién controla…? —Un fuerte gruñido hizo que Chiara se girara, asustada.
—Es solo Meritep —la tranquilizó Willem.
Incómoda, Chiara miró a su alrededor mientras intentaba entender quién o qué era un Meritep. El ruido volvió a oírse.
—¿Es un ronquido? —Frunció el ceño con extrañeza.
Willem sonrió.
—Es Meritep. —Señaló una hornacina. Allí se apilaban libros y más libros sobre una mesa.
A simple vista, Chiara había creído que el lugar estaba vacío. Ahora veía que alguien había apoyado la cabeza en la mesa, entre todos esos libros.
—¿Es un niño? —La figura era de una pequeñez sorprendente; tenía los pies sobre un taburete, porque no le llegaban al suelo.
—No. —Willem le hizo una seña en silencio para que lo siguiera mientras él se acercaba—. Nadie sabe la edad que tiene, en cierto modo, siempre ha estado ahí.
Chiara distinguió un cabello hirsuto, casi blanco, una mejilla arrugada y unas cejas pobladas.
—Poco a poco se le nota que está entrando en años.
—Resonó otro ronquido profundo—. Cad ya ha intentado varias veces jubilarlo, pero Meritep no quiere ni oír hablar de ello.
Ni siquiera permite un ayudante. Lo más seguro es que un día se desplome aquí muerto; de otro modo no conseguiremos sacarlo de aquí.
—¿Es el bibliotecario?
—Conoce cada libro de esta sala.
Pensativa, Chiara observó al extraño hombre. Sin duda él podría conseguirle toda la información que necesitaba. Por otro lado, no dudaba de que se lo contaría a Cadrim, y no podía arriesgarse a eso.
—¿Lo despertamos?
—Si necesitáis su ayuda. ¿Qué os apetece?
Tampoco a él podía contárselo.
—Solo voy a echar un vistazo. Hace una eternidad que no leo un buen libro.
—Que yo sepa, las novelas están en esta sección. —Willem señaló varias filas.
—Gracias. —Sonrió—. Creo que me las arreglaré. No hace falta que me esperéis aquí. Basta con que vengáis a buscarme dentro de unas horas.
—Si os interesa algún libro, podéis tomarlo prestado para leerlo en vuestras estancias.
—¿Y dejar sin usar esta maravillosa sala?
—Si deseáis quedaros, por supuesto que os haré compañía.
—¿Teméis que la biblioteca se derrumbe, o es que sin más no os permiten perderme de vista?
La mirada turbada de Willem habló por sí sola.
—Por favor, transmitidle a vuestro príncipe que su confianza en mí me halaga profundamente.
—Chiara se dio la vuelta y se dirigió a paso firme en la dirección que Willem le había señalado.
Al azar sacó un libro de la estantería, echó una ojeada a la contraportada y lo devolvió a su sitio sin ganas.
No estaba de humor para historias de amor.
—Espero allí atrás. —Willem señaló uno de los rincones de lectura y se retiró.
Durante un rato, Chiara deambuló entre las estanterías sin llegar a encontrar nada en realidad. Sobre todo porque a Willem no se le escaparía ningún libro que ella tomara para leer.
—¿Necesitáis ayuda? —La voz de Willem resonó de pronto detrás de ella.
Chiara dejó escapar un grito de sobresalto, se dio la vuelta y se llevó la mano al corazón, que le latía con fuerza.