La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

Doblaron una esquina y Chiara creyó encontrarse dentro de una de sus ilusiones.

Una plaza de mercado se abrió ante su vista.

Alimentos, telas, joyas y especias se ofrecían a gritos.

Por la abertura de un callejón al otro extremo de la plaza, Chiara vio un trozo de horizonte, y la franja azul del mar.

Habría echado a correr hacia allí sin pensarlo, pero la mano de Willem se cerró con firmeza en torno a su brazo.

—¿Lleváis objetos de valor con vos?

—No. —El anillo de Lexor era lo único que poseía.

—Bien. Quedaos siempre cerca de mí. —Le tendió el brazo para que ella se enganchara a él—. No os alejéis de mí, ¿me oís?

—Sí. —Chiara notó que el valor la abandonaba un poco y se alegró de no estar sola allí. Un puesto de joyas de plata le llamó la atención y Willem se dirigió hacia él sin demora.

Fascinada, Chiara contempló los brazaletes y anillos de elaborada factura.

—Podéis probároslos si gustáis —sugirió la vendedora, solícita. Por sus ropas y por la presencia de Willem, debía de tomarlos por clientes acaudalados.

—No, gracias. —Chiara se apartó a toda prisa. No quería darle falsas esperanzas a la mujer y prefería ahorrarles a Willem y a sí misma el bochorno de tener que pedirle dinero que nunca podría devolverle.

—¿No os ha gustado el género? —preguntó Willem, mientras ella tiraba de él para seguir.

—Solo sentía curiosidad. —Enderezó los hombros.

—Es curioso lo pocas joyas que lleváis. —Su mirada se posó en sus manos—. Al partir lo dejasteis todo, salvo este anillo. ¿Tiene algún significado especial para vos? —La pregunta sonó de lo más cauta.

Chiara resistió la tentación de ocultar la mano.

—Es el regalo de despedida de una amiga. —No quería relacionarlo con Lexor. El riesgo de que Cadrim le quitara el anillo era demasiado grande.

—¿Entonces no es… una prenda de amor?

—¿Qué? —Chiara soltó una risa involuntaria—. No. No —repitió con mucha más seriedad—. No tengo ningún anillo de compromiso ni nada parecido.

—Seguro que Cadrim se ocupará de ello a su debido tiempo.

—¿Para qué? —Chiara desvió la mirada—. Nuestro enlace se ha pactado por contrato. Un anillo sobra. —Su buen humor se esfumó. Solo quería volver a su habitación.

—Allí veo algo que seguro que os gustará.

—Willem tiró de ella con energía hasta que se detuvieron ante un puesto que desprendía un aroma de lo más tentador.

Trocitos de carne se asaban en una parrilla metálica colocada sobre las brasas; al lado se apilaban panecillos del tamaño de una mano.

Willem pidió dos y el vendedor rellenó con destreza los panes cortados con carne, especias y salsas.

Chiara observó con asombro la cantidad de monedas que cambiaban de manos. Los precios en Laran parecían más altos que en Arnawal.

Willem mordió de inmediato su pan, mientras Chiara sostenía el suyo, insegura, con ambas manos. El jugo de la carne ya le chorreaba por la palma de la mano y ella no tenía ni idea de cómo comérselo sin mancharse de arriba abajo.

—Se come así. —El vendedor se lo indicó con un gesto elocuente, como si creyera que ella no lo sabía. Vacilante, mordisqueó el pan, mientras el aroma le hacía rugir el estómago de hambre.

—Vos lo habéis querido así. —Willem se rio de buena gana y, con una seña, llamó a Chiara aparte—. Tenéis que apretar los bordes; así sale bien.

Chiara siguió su consejo con resignación, sobre todo porque no quería seguir allí plantada como una boba, y fue recompensada con una verdadera explosión de sabor en el paladar. Se le escapó de la garganta un gemido de placer.

—Y bien, ¿prometí demasiado? —Willem parecía muy satisfecho de sí mismo.

—Está delicioso. —Chiara se inclinó un poco hacia delante para que la salsa no le cayera sobre el vestido y decidió no pensar en cómo le quedarían las manos o la cara después.

Devoró el panecillo sin dejar nada y, siguiendo el ejemplo de Willem, hasta se chupó las yemas de los dedos.

Cómplice, Willem se inclinó hacia ella.

—Pero, por favor, no le contéis a Teera que he hecho esto. Lleva veinte años intentando mejorar mis modales en la mesa.

Chiara se frotó las manos pegajosas una contra otra, indecisa.

—Allí atrás hay una pequeña fuente donde podemos lavarnos —dijo Willem.

Al parecer, allí estaba todo resuelto.

Una vez que Chiara se hubo limpiado las manos y la boca, Willem les compró a cada uno un vaso de leche fermentada, ácida y sorprendentemente refrescante.

Después pasearon un rato por el mercado, y Chiara se cuidó de no acercarse demasiado a ninguno de los puestos.

Seguro que Willem se dio cuenta, pero no dijo nada.

Les compró además, a cada uno, una bolsa de nueces confitadas, que tenían un sabor dulce y especiado a la par, una verdadera delicia.

Chiara apenas notó cómo pasaba el tiempo, hasta que Willem emprendió con ella el camino de vuelta.

El carruaje esperaba donde lo habían dejado y los condujo traqueteando hasta el palacio.

—Nos vemos mañana —se despidió Willem en la puerta de Chiara.

—¿Lo decís en serio?

—Por supuesto. He prometido enseñaros el mar.

—Gracias. —De pronto entristecida, Chiara se arrancó una sonrisa.

Durante los días del viaje a menudo se había imaginado cómo recorrería al lado de Cadrim la ciudad que él tanto amaba. Eso ya nunca llegaría a suceder.