La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Chiara sonrió. Se imaginaba muy bien lo incómodo que aquello debía de resultarle. Su sonrisa se desvaneció al recordar que, en el fondo, no lo conocía en absoluto.

El sonido de una campana captó su atención. Miró a su alrededor buscando y descubrió un edificio estrecho cuya forma le recordó a un templo. Algunas personas se dirigían hacia la entrada.

Sorprendida, Chiara miró al cielo. Era, en efecto, la hora de la oración del mediodía.

Resultaba pasmoso con qué rapidez había empezado a descuidar la oración sin el cuenco sonoro y sin el recordatorio continuo de las campanas.

Además, las palabras de Cadrim, según las cuales todo no era más que una mentira, danzaban con insistencia en el fondo de su mente.

Pero si él consideraba las oraciones y la fe una farsa perjudicial, ¿por qué permitía su práctica en su propio reino?

—¿Es ese un templo del Dios Verdadero?

—Sí. Hay varios en la ciudad.

Chiara entrecerró los ojos.

—Pensaba que Cadrim no tenía la fe en mucha estima.

—Yo no iría tan lejos. Su padre estableció esta fe en Laran y Cadrim deja a cada cual la elección. Hoy esta fe es de buen tono, al menos en las clases altas. En cambio, muchos entre los más humildes rinden culto a sus antiguas divinidades.

Chiara sacudió la cabeza, sin comprender.

—Uno no puede elegir a un dios. O existe o no existe.

—A menos que se entienda cada fe como una perspectiva distinta sobre una misma fuerza.

—¿Y en qué creéis vos? —Chiara no estaba segura de qué pensar de ese enfoque.

—Creo que hay algo más grande que nosotros. Eso me basta. No tengo por qué encajarlo en una forma.

El repique de las campanas se apagó. La puerta del templo seguía abierta. Chiara dudó.

—¿Puedo?

—Si así lo deseáis. —Willem no parecía muy entusiasmado, la verdad, pero aun así se puso en marcha.

—No tenéis por qué venir si no queréis.

—Sí, debo. —Resopló en voz baja—. Cadrim me arrancará la cabeza si os pierdo de vista.

—¿Tan poco confía en mí?

—No. Solo que no quiere arriesgarse a que os pase algo.

—¿Tan peligrosa es su ciudad para mí?

—Tanto, no. —Willem sonrió—. Pero imaginaos que el templo se viene abajo de repente.

Chiara puso los ojos en blanco.

—Eso no podríais evitarlo.

—Al menos podría arrojarme sobre vos.

—No sabría para qué serviría eso, pero gracias. —Chiara cruzó la alta puerta—. Espero de todo corazón que vuestra intervención no sea necesaria.

El aroma del incienso y una fresca penumbra los envolvieron en cuanto cruzaron el umbral.

Chiara inspiró con deleite el aroma familiar.

El templo era más grande que la capilla del palacio de Welzedon, a la que había acudido de vez en cuando.

Por lo demás, no se diferenciaba mucho de ella.

La gente estaba sentada con la cabeza inclinada en señal de recogimiento en las hileras de asientos, colocadas en círculos concéntricos.

Desde arriba resonaba música solemne y un sacerdote acababa de subir al estrado en el centro del templo.

Su báculo estaba adornado con un círculo dorado, símbolo de la omnipotencia y la infinitud de Dios.

La única diferencia era que la gente no sostenía cuencos sonoros sobre las rodillas, y faltaba el atril de piedra donde de ordinario descansaba el gran cuenco del templo.

Cuando se golpeaba, el gong vibraba hasta lo más hondo del pecho, de modo que incluso los latidos del corazón se acompasaban a aquel ritmo sagrado.

Chiara se deslizó hasta un banco libre en la parte trasera y se hizo a un lado para que Willem también tuviera sitio.

El sacerdote comenzó a hablar en voz alta.

Chiara escuchó con atención las palabras que le resultaban familiares desde la infancia.

Sin embargo, comprobó con extrañeza que algo la incomodaba.

No era solo la ausencia de los cuencos sonoros; había algo más que no la dejaba tranquila, como la sensación de estar pasando por alto algo importante.

Pronto, sin embargo, sus pensamientos dieron paso a un abrumador sentimiento de culpa cuando el sacerdote llevó el discurso al tema de la oración diaria y su importancia.

—El Dios Verdadero nos concede gustoso Su gracia —resonó la voz, admonitoria, por la sala silenciosa—.

Lo único que nos pide a cambio es la oración.

Es tan sencillo y, sin embargo, muchos de nosotros la descuidamos con tanta frecuencia.

—Su mirada parecía dirigirse derecho a Chiara y ella se encogió en su asiento, sabiendo muy bien que no podía esconderse ante los ojos de Dios.

Se sintió verdaderamente aliviada cuando terminó el oficio y salió apresurada del templo. La sensación edificante que tanto había esperado no había llegado. Se sentía más abrumada que inspirada. Quizás porque, sin cuencos sonoros, no era más que un eco barato de la auténtica experiencia.

—¿Ocurre algo? —Willem tuvo que apretar el paso para seguirla.

—No. Bueno… No lo sé. —Se detuvo y sacudió la cabeza—. ¿El padre de Cadrim trajo la fe a la ciudad? —Por fin había conseguido aferrar ese pensamiento inquietante.

—Sí —respondió Willem con lentitud.

—Pensaba que provenía de las tierras llanas. ¿De dónde conocía los rituales y los textos exactos?

—Mmm. —Willem emitió un sonido vago—. Yo no lo conocí hasta que llegué a la corte del príncipe. Y nunca hablamos de teología. ¿Tenéis hambre? —cambió de tema al momento—. Allí al fondo hay un restaurante muy agradable.

Chiara se dio cuenta de que él la estaba esquivando, pero de momento lo dejó pasar. De todos modos, no podía obligarlo a darle una respuesta sincera. Observó con escepticismo el local que le había sugerido.

—¿No hay por aquí… alguna zona más animada? —Cadrim le había hablado de mercados bulliciosos con aromas embriagadores. De pequeños puestos en los que uno podía comprar carne chisporroteante en un pincho o pescado recién frito. Era con eso con lo que había soñado.

Willem sacudió la cabeza, divertido.

—Sois una princesa muy peculiar. Uno quiere impresionaros con esplendor y elegancia, y vos…

—Esplendor y elegancia ya he visto suficientes en mi vida. Esto no es muy distinto de Arnawal. —Asustada, advirtió el tono condescendiente con el que hablaba de su tierra natal y carraspeó—. Quiero decir que me gustaría conocer el Laran auténtico .

—De acuerdo. —Willem la condujo hacia una calle lateral.

Durante un cuarto de hora, más o menos, la guio por un entramado de callejones cada vez más estrechos.

Las casas se volvían más bajas y más viejas, las fachadas suntuosas desaparecían.

Contraventanas de colores, con la pintura desconchada, sustituían los cristales relucientes.

Los niños correteaban por todas partes armando alboroto.

Delante de las casas, las mujeres lavaban la ropa entre charlas.

El aire estaba lleno de olores, risas, vida y energía.

Una sonrisa se dibujó involuntariamente en el rostro de Chiara.

Aquello era mucho más hermoso que la fría cortesía con la que se había encontrado en el barrio de la Piedra.

Una mujer regañaba a gritos a su hijo. En algún lugar, tras puertas cerradas, se libraba una pelea conyugal que escapaba sin trabas al exterior por las ventanas abiertas.

Chiara reparó en la mirada curiosa de Willem.

—¿Contenta?

Sonrió.

—Si pudiera conseguir algo de comer…

—Eso lo tendremos enseguida.