La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

A la mañana siguiente, la ira de Chiara no se había disipado y, sin embargo, ella sabía que había cometido un error.

Quizás había desperdiciado la única oportunidad de ganarse el favor y la confianza de Cadrim.

Pero por mucho que se repitiera lo sucedido, no se arrepentía.

El mero recuerdo le provocaba repugnancia y desprecio; no habría soportado dejar que siguiera adelante.

Dejó que Yorrie la vistiera y la peinara, y miró indecisa a su alrededor en el salón.

En los últimos días le habían cosido el vestido casi sin descanso; ahora ya no quedaba nada que hacer.

Y tras el encuentro de la noche anterior con Cadrim, no se atrevía a salir de sus aposentos. Si es que se lo permitían.

Con un sofoco abrasador, cayó en la cuenta de que no solo había echado a perder su relación con Cadrim y, con ello, el éxito de su misión: había atacado al príncipe de Laran. No era probable que lo dejara pasar sin castigo, por mucha razón que ella pudiera tener.

—¿Qué se cuenta por ahí sobre lo de anoche? —preguntó preocupada.

Yorrie sonrió.

—La mitad de las mujeres reventaban de envidia. Las eclipsasteis a todas.

—¿Algo más? —Chiara bajó la mirada. La verdad es que no se había sentido lo que se dice radiante.

—Bueno… —Yorrie vaciló—. Se rumorea que el príncipe y vos no os lleváis demasiado bien.

Aquello era el eufemismo del siglo. Sería un milagro que nadie se hubiera dado cuenta de la tensión.

—Es una alianza política —repitió Chiara sin convicción, recurriendo a su frase habitual—.

No hace falta que nos caigamos bien por eso.

Aunque, por supuesto, me alegraría mucho tener una buena relación con él —se apresuró a añadir al darse cuenta de que Yorrie seguramente transmitiría sus palabras de inmediato—.

Muchas parejas necesitan acostumbrarse primero la una a la otra.

—Seguro que vos también. —Yorrie asintió para animarla.

Antes de que Chiara pudiera añadir nada, llamaron a la puerta y Willem entró cuando ella le dio permiso. Al menos, Chiara creía que era Willem, pues la mayor parte de su rostro quedaba oculto tras un enorme ramo de flores metido en un jarrón de cristal rojo de panza abombada.

—Buenos días. —Con un gruñido, dejó el jarrón sobre la mesita del salón—. ¿Cómo estáis? —Su mirada recorrió atenta el rostro de Chiara.

—De maravilla —respondió ella—. ¿Os habéis equivocado de puerta? —Señaló las flores—. A Teera seguro que le encantarán.

En lugar de responder, Willem se dirigió a Yorrie.

—¿Podrías traernos el desayuno a Su Alteza y a mí, por favor?

La doncella le lanzó a Chiara una mirada interrogativa, a la que ella respondió con un gesto de asentimiento desconcertado.

—Por favor, sentaos. —Señaló con cortesía una silla libre y también tomó asiento.

—Las flores no son para Teera, sino para vos —explicó Willem una vez que Yorrie se hubo marchado—. De parte de Cadrim —subrayó—. Quiere pediros disculpas en toda regla. —Sonrió de medio lado—. Por lo que he oído, la velada de ayer se le fue un poco de las manos.

Chiara entrelazó las manos con inseguridad.

—¿Qué os ha contado?

—Que se comportó de manera imperdonable y que vos lo pusisteis en su sitio de forma muy contundente. —La diversión bailó en los ojos de Willem antes de que carraspeara—. Espera que, a pesar de todo, podáis perdonarlo.

Alterada, Chiara apartó la mirada. El atrevimiento de Cadrim era mucho más fácil de sobrellevar que lo que le había dicho antes.

—Él es el príncipe. No debería haberme opuesto a él.

Willem reaccionó con auténtico espanto.

—No podéis decirlo en serio. Si su resaca y su remordimiento de esta mañana no fueran ya de por sí un suplicio, yo mismo le habría echado una buena bronca.

Chiara bajó la mirada.

—No ha pasado nada. Yo también me comporté de forma inapropiada. Por favor, transmitidle al príncipe mis disculpas.

Willem entrecerró los ojos.

—¿Qué ocurre?

—Nada. —Chiara esbozó una sonrisa forzada—. Me alegro de que todo se haya aclarado y de que el príncipe no me guarde rencor por mi comportamiento.

—Cadrim. Se llama Cadrim.

Ella negó con la cabeza.

—Para mí no.

—¿Qué demonios ha hecho ahora?

Las lágrimas, que era incapaz de contener, le nublaron la mirada a Chiara. Sonrió con amargura.

—Solo me ha recordado el valor que tengo para él. —Y el que no tengo.

—No lo entiendo…

—No importa. —Respiró hondo—. ¿Al menos ha fijado por fin una fecha para la boda? —Había esperado que anunciara el día en la fiesta de compromiso, pero allí había estado demasiado ocupado con otras mujeres.

Willem guardó silencio mientras la observaba pensativo. Al cabo asintió, resignado.

—La fecha está fijada, aunque aún no se ha hecho pública. La boda tendrá lugar el día del equinoccio.

—¿A qué se debe el retraso? —Faltaban casi cuatro meses para entonces.

—El comienzo de la primavera es un bello símbolo de la nueva era que inaugura vuestra alianza. Además, marca el final de las tormentas primaverales.

—¿Pensáis empezar la colonización justo después de la boda?

—Ese es el plan.

Chiara asintió. Así que le quedaban apenas cuatro meses. Cuatro meses interminables en los que Cadrim solo se acordaría de que ella existía para ofenderla o acosarla.

—Gracias por habérmelo comunicado.

La compasión y el enfado cruzaron el rostro de Willem, pero él no llegó a responder. La puerta se abrió de golpe y Yorrie entró con una bandeja repleta.

Un bonito cuenco, en el que se amontonaba una crema de color marrón claro bajo un copete de nata montada, atrajo de inmediato la mirada de Chiara.

—¿Qué es eso? —¿Y por qué le servían algo así para desayunar?

Yorrie ladeó la cabeza.

—Supongo que es un postre. La cocinera me lo dio y me insistió en que os lo trajera sin falta.

Willem le quitó la bandeja.

—Lo sirvieron ayer en el baile. Por desgracia, no salió hasta después de que os hubierais marchado.

—¿Y qué más?

Willem la observó con atención.

—Cadrim dijo que os haría ilusión.

Despacio, Chiara cogió el cuenco. Él sí se había acordado de que a ella le gustaban los dulces. Le había encargado expresamente a la cocinera que se lo llevara, porque la noche anterior ella ya se había marchado. ¿Cómo podía ser tan amable y, al mismo tiempo, tan cruel y duro con ella?

Chiara apenas se percató de cómo Willem echaba a Yorrie de la habitación, mientras ella miraba como hipnotizada el cuenco con el postre.

—¿Tiene eso algún significado en particular? —preguntó Willem con cautela.

—No. —Chiara se recompuso y volvió a dejar el cuenco en su sitio.

—La velada de ayer no salió como estaba previsto. En realidad, Cad quería celebrar vuestro compromiso en un ambiente del todo cordial.

Le costaba creerlo.

—¿Aceptáis al menos sus disculpas?

—Por supuesto. —Cogió un cruasán de canela y le arrancó un trozo.

—¿Y el postre?

—Os lo podéis quedar. No le doy importancia. —No era tan fácil borrar lo que Cadrim le había dicho.

Willem suspiró.

—¿Tenéis algo planeado para hoy?

—¿Os referís a algo más que quedarme sentada en mis aposentos?

—Me gustaría enseñaros la ciudad, si queréis.

La oferta levantó el velo gris de su abatimiento.

—Me encantaría.

Willem sonrió.

—Antes deberíais reponer fuerzas en condiciones. —Señaló su plato vacío.

Chiara mordió el cruasán con energía.

—¿Contento? —preguntó masticando.

Dejaron el carruaje en una calle lateral para recorrer el centro de la ciudad a pie.

Chiara incluso logró convencer a Willem de dejar atrás a los dos guardias que los habían acompañado.

Quería llamar la atención lo menos posible, quería ser sin más una joven que paseaba por una ciudad desconocida, no una princesa que inspeccionaba su reino.

—¿Es todo Laran así? —La calle empedrada por la que paseaban contaba incluso con una acera donde los peatones podían transitar sin peligro, mientras los carros y carruajes pasaban traqueteando junto a ellos.

Casas claras de varios pisos se alineaban unas junto a otras; la mayoría albergaba en la planta baja una tienda con bellos escaparates o un bar, y, encima, con toda probabilidad, viviendas.

—Este es el barrio de la Piedra, la zona comercial de los ricos y los nobles. Aquí se encuentra todo lo que el corazón desee. —Willem esbozó una sonrisa fina—. No quería mostraros los barrios pobres ya el primer día.

—¿Así que aquí también los hay?

—Por supuesto. Como en todas partes, los pobres y los ricos están a solo unas pocas manzanas de distancia.

Chiara asintió. Cadrim había omitido eso en su descripción.

—¿Puedo ver el puerto? —La opulencia que ofrecían los numerosos escaparates era bonita de mirar, pero las joyas preciosas y los vestidos magníficos le decían poco. Le parecía demasiado frío, impersonal y caro. Ese no era su mundo y nunca lo sería.

—Está lejos, no sé si llegaremos hoy hasta allí. Podemos dejarlo para mañana.

—¿Lo decís en serio? —Chiara lo miró con entusiasmo.

—Claro. —Él le devolvió la sonrisa con sinceridad—. Debéis sentiros en Laran como en casa. Os enseñaré todo lo que queráis ver.

—¿No tenéis tareas más importantes?

Él le dio una palmadita en la mano.

—Ninguna que sea tan agradable.

Caminaron un rato más mientras Chiara lo absorbía todo con avidez.

Las calles anchas, las casas altas. Los adornos de las fachadas, que unas veces le recordaban a las estatuas de Ewea en el jardín del palacio y otras a monstruos marinos.

De vez en cuando, hombres y mujeres elegantemente vestidos los saludaban con una inclinación cortés, aunque indiferente.

Al cabo de un rato, Chiara empezó a preguntarse cuánto tiempo más tendrían que quedarse en aquel barrio. Le apetecía conocer el Laran auténtico y lleno de vida.

La estatua de un hombre en un cruce le llamó la atención.

—¿Quién es ese? —Su rostro le sonaba de algo.

—El padre de Cadrim. —Willem la apartó a toda prisa al otro lado de la calle para esquivar un carro que se acercaba.

Chiara estiró el cuello para poder ver la figura.

—¿Hay también estatuas de Cadrim?

—Una, con motivo de su toma de posesión. Esa no logró evitarla.