La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 4
17%

Capítulo 4

Chiara echó el cerrojo, se dejó caer en el sofá y se cubrió el rostro con las manos. Se sentía tan dolorida y sucia por dentro que ni siquiera podía expresarlo con palabras. Estaba vacía, acabada, exhausta. El dolor era tan profundo que ni siquiera la ira lograba aliviarlo.

Con la mirada perdida, contempló la oscuridad, extrañamente distanciada, como si ya no formara parte del mundo.

Un tirón en la puerta la sobresaltó.

—¿Alteza? ¿Estáis ahí? Por favor, abrid.

Por supuesto, era Willem.

Chiara levantó las piernas y se tumbó en silencio en el sofá. Ojalá tuviera una manta. De repente, sentía mucho frío.

—Alteza, por favor. Dejadme entrar.

—Isida. Por favor, hablad con nosotros. —Teera también había venido.

Chiara cerró los párpados y se giró hacia un lado.

Una oleada de náuseas la invadió. No quería tener nada que ver con ellos.

Eran amigos de Cadrim, leales a él. Encogió las rodillas y se las rodeó con los brazos.

¿Cuántas veces más tendría que aprender esta lección antes de comprenderla de una vez por todas?

No era más que una herramienta. Sus sentimientos y sus sueños nunca habían importado. La única persona que lo veía de otra manera era su madre. Y ella se encontraba en Arnawal. Protegerla debía ser la máxima prioridad para Chiara. No tenía ninguna obligación con nadie más.

No estaba segura de cuánto tiempo había estado tumbada en el sofá. Quizá incluso se había quedado dormida un rato. En cualquier caso, los golpes en la puerta habían cesado cuando por fin volvió en sí.

Chiara se incorporó con cuidado. La cabeza le daba vueltas, así que se apoyó en el respaldo mientras el mareo remitía.

Ese día había comido demasiado poco. Buscó a tientas por la mesa hasta que encontró unas cerillas y una vela.

A la luz vacilante de la pequeña llama, su mirada se posó en el espejo.

Tenía el pelo revuelto y el maquillaje que Yorrie le había aplicado con tanto cuidado estaba corrido.

Suspirando, Chiara se dirigió al baño. Ojalá pudiera borrar el recuerdo tan fácilmente como la pintura de su rostro.

Se cepilló el pelo con cuidado y sacó del armario unos cómodos pantalones bombachos y una blusa a juego.

No lo habría creído posible, pero durante el viaje se había acostumbrado a llevar pantalones.

Y Yorrie le había contado que muchas mujeres de Laran recurrían a esa prenda en el ámbito doméstico, aunque jamás la llevarían en ocasiones oficiales.

Envuelta en un cálido chaleco de lana, Chiara salió al balcón. Aunque era tarde y estaba muy cansada, no sentía sueño. Tenía la mente en blanco, la cabeza le latía con una extraña sensación de vacío y nada parecía tener significado.

Su único valor residía en un pedazo de tierra.

Aspiró hondo el aire especiado de la noche y alzó la vista hacia la brillante media luna.

Las hojas de los árboles susurraban con el viento y, de repente, la invadió el deseo abrumador de escapar de la prisión del palacio.

Deseaba poder ver el mar, oler la sal y escuchar los chillidos de las gaviotas, de los que tantas veces había leído.

Deseaba poder ser Chiara a secas, corriendo por Laran.

Resopló por lo bajo y se ciñó el chaleco.

Eso nunca sucedería. Probablemente ni siquiera lograría llegar a la puerta de entrada.

Y aunque por algún milagro lograra escapar al exterior, estaría sola y en plena noche en una ciudad enorme y desconocida.

Eso nunca era una buena idea, y menos aún siendo mujer.

Suspirando, Chiara conjuró la ilusión de una gaviota que, chillando, describió un círculo sobre su cabeza antes de desaparecer en el oscuro cielo nocturno. En silencio, la siguió con la mirada mientras todo el peso de su soledad caía de repente sobre ella.

Sollozando, jadeó en busca de aire y se rodeó los hombros temblorosos con los brazos. Echaba de menos a su madre, la echaba tanto de menos.

—Hola, florecita.

La voz le caló hasta los huesos. Chiara abrió los párpados de golpe y se quedó mirando a la figura translúcida. La había invocado sin darse cuenta. Aunque solo era una ilusión, un gemido le subió por la garganta y se llevó la mano a la boca.

Su madre le sonrió con cariño.

Chiara se mordió el labio para no romper a llorar del todo. Pocas veces una ilusión le había resultado tan reconfortante y, a la vez, tan cruel.

Porque no era real.

Por eso se había prohibido hacía mucho tiempo hacer algo así.

Por eso y porque Isida había tenido un terrible ataque de ira cuando Chiara, poco después de su llegada al palacio, había empleado todas sus fuerzas en invocar una y otra vez a su familia.

La habían golpeado tanto entonces que no había podido sentarse durante días.

Con nostalgia, Chiara contempló a su madre. Anhelaba que la consolara. Nada le había dado jamás esa seguridad, ese calor que brotaba desde lo más profundo del ser, como los abrazos de su infancia.

Las lágrimas le resbalaban por las mejillas; respiró temblorosa y se concentró con todas sus fuerzas en el recuerdo de cómo se sentía al ser abrazada por su madre. La figura cobró contorno, dio un paso adelante y extendió los brazos.

Chiara cerró los ojos e imaginó con toda intensidad que de veras la tocaba. Sollozando, se acurrucó contra ella y escondió el rostro en su pecho. Parecía casi real.

Aunque solo fuera un recuerdo, sentaba de maravilla ser abrazada sin condiciones.

—¿Qué voy a hacer? —se le escapó con tono lastimero.

La mano de su madre le acarició la frente.

—No lo sé, cariño. Pero creo en ti. —Chiara percibió la sonrisa en su voz—. Encontrarás tu felicidad.

A Chiara se le hizo un nudo en la garganta.

Esas habían sido sus palabras de despedida, aquel día en que la separaron de su familia.

Nunca habían parecido estar más lejos de la verdad que en ese momento.

Chiara levantó la cabeza. Su madre la miraba con cariño.

En sus rasgos se reflejaba una confianza ilimitada.

—Creo en ti —repitió con firmeza.

—Lo sé. —Chiara dio un paso atrás con resignación. Aquello no era más que una mentira consoladora.

Estaba a punto de hacerla desaparecer cuando, de repente, una rama crujió en algún lugar bajo el balcón. Sobresaltada, Chiara se giró y se esforzó por distinguir algo en la oscuridad.

—Soy yo, Willem —resonó una voz familiar—. Solo quería asegurarme de que estáis bien, Alteza.

A toda prisa, Chiara repasó mentalmente los últimos minutos.

¿Había hecho o dicho algo que pudiera delatarla?

Los latidos del corazón se le calmaron. Willem no parecía muy sorprendido por la demostración de su magia, así que Cadrim debía de haberle revelado en qué consistía su don.

E incluso si se había dado cuenta de que no era la reina de Arnawal a quien había invocado, Chiara no se había dirigido a ella por su nombre.

Bien podría tratarse de una niñera o de una amiga.

Aliviada, Chiara le hizo un gesto con la mano… y se quedó paralizada. Willem había dado unos pasos hacia delante para que ella pudiera verlo mejor, pero detrás de él también se movía algo. Una hebilla destelló al reflejar la luz plateada de la luna.

La ira de Chiara, que hasta hacía un instante creía extinguida, se reavivó. No tenía ninguna duda de quién era el acompañante de Willem. ¿No le bastaba con humillarla? ¿Tenía además que regodearse?

Se giró indignada, atravesó a toda prisa sus estancias, descorrió el cerrojo, abrió la puerta de un tirón y salió corriendo al pasillo.

—¿Adónde vais, Alteza? —sonó tras ella la voz alarmada del guardia. Unos pasos la siguieron.

—¡Al jardín! —Según Samir, tenía que haber otra escalera en alguna parte—. ¡Y no os atreváis a seguirme! —Era una princesa, maldita sea. Deberían empezar a tratarla como tal. Dobló la esquina, bajó corriendo las escaleras y salió al exterior por la estrecha puerta.

Willem ya no estaba allí. Chiara apretó los puños y miró a su alrededor, buscándolo.

Cadrim se desprendió sin prisa de la sombra de los árboles. Llevaba la misma ropa que en el baile. ¿Había venido aquí derecho desde la fiesta o había hecho antes una parada en la cama de Jenna?

—Déjanos solos. —Su mirada pasó por encima de Chiara.

Ella se dio la vuelta y vio al guardia alejarse al trote. Claro, a él todos le obedecían al instante, al pie de la letra.

—¿Qué haces aquí? —le espetó. Aquella noche habían dejado atrás las formalidades hacía rato.

Él dio un paso hacia ella. Tenía el pelo revuelto, el cuello de la camisa blanca abierto y el rostro alterado.

—Quería verte.

—¿Por qué? —Cruzó los brazos sobre el pecho. Había algo salvaje en él, algo que jamás había percibido antes.

—¿Por qué? —Él soltó una risa seca—. ¿Me lo preguntas en serio? —Salvó la distancia que los separaba. Sus manos se cerraron como tenazas en torno a sus hombros.

Chiara olió el alcohol en su aliento.

—Suéltame.

—Eres mi prometida, ¿lo has olvidado? —La atrajo más cerca de sí.

El miedo se encendió en Chiara. No debería haber venido hasta allí. A esta parte oscura y apartada del jardín, junto a un Cadrim que estaba fuera de sí.

Luchó contra su agarre.

—Suéltame —repitió con un tono glacial.

—¿Y si no quiero? —Le acercó tanto el rostro que sus narices se rozaron. Sus labios se deslizaron por su mejilla—. Eres tan hermosa. Y no puedo olvidar cómo se siente tu piel, a qué sabes… —Sus manos empezaron a recorrerle el cuerpo mientras le besaba el cuello.

Chiara se tensó. ¿Cómo se atrevía, después de todo lo que le había echado en cara? Sin importarle las consecuencias, levantó la rodilla y se la clavó en la entrepierna. Con un jadeo de dolor y sobresalto, Cadrim se dobló sobre el césped y ella retrocedió varios pasos.

—Isida… —Extendió el brazo hacia ella en señal de súplica.

Temblando, clavó los ojos en él.

—No te atrevas a acercarte a mí nunca más. Hay camas de sobra donde puedes dormir la borrachera. —Con la mirada velada por las lágrimas, dio media vuelta y huyó de regreso al edificio.