La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Malik era un bailarín casi tan bueno como su príncipe y, además, un compañero bastante más agradable.

Cuidaba de no acercarse demasiado a Chiara y la entretenía con pequeñas anécdotas sobre las otras parejas.

Con tantos nombres, a Chiara pronto le dio vueltas la cabeza; aun así, disfrutaba de poder asomarse un poco a la vida en Laran.

Tras el tercer baile, Willem le dio una palmada a Malik en el hombro para relevarlo.

—¿Estás seguro de que Teera no te va a arrancar la cabeza por esto? —preguntó Malik con sorna, sin soltar la mano de Chiara.

—Al contrario, me ha mandado ella. —La sonrisa de Willem tenía algo malicioso—. Rina acaba de llegar.

Malik se puso tenso.

—No sabía que estuviera en la ciudad.

—¿De verdad que no? —Willem arqueó una ceja—. El baile de hoy abre la temporada de invierno.

Chiara frunció el ceño, inquieta. ¿Quería eso decir que habría fiestas como esa con regularidad? ¿Veladas en las que Cadrim bailaría con otras mujeres y ella se sentiría terriblemente de más?

—En fin. —Malik se encogió de hombros—. Dile a Rina de mi parte que se divierta mucho.

—Sería mejor que se lo dijeras tú mismo. —Con firmeza, Willem retiró los dedos de Chiara de la mano de Malik—. ¿O es que tú también quieres ser tan idiota como Cadrim?

Malik resopló.

—Eso no lo iguala nadie. —Aun así, las palabras de Willem no parecieron caer en saco roto. Hizo una breve reverencia ante Chiara antes de dar una palmada en el hombro a Willem—. Procura no pisarle los dedos de los pies, ya ha pasado por bastante.

—Lárgate —protestó Willem con buen humor y ocupó su lugar—. Aunque en una cosa Malik tiene razón. —Carraspeó, contrito—. No soy muy buen bailarín. Si apreciáis vuestros dedos de los pies, mejor nos quedamos con el paso básico.

Chiara se rio.

—No me importa en absoluto; lo que cuenta es la compañía.

—Pues entonces. —Empezó a mecerse con ella al compás de la música.

—¿Habrá a menudo bailes como este? —Chiara puso en palabras su preocupación.

—¿Mmm? —Willem la miró con extrañeza.

—Habéis hablado de la temporada de invierno.

—Ah, eso. —Negó con la cabeza, sonriendo—. Todas las familias de cierto rango y nombre organizan los bailes por turnos. Aquí, en el palacio, solo se celebran el de apertura y el de Año Nuevo.

—¿Y tengo que… tengo que ir a los demás bailes?

La miró sorprendido.

—No, si no queréis. Por costumbre se invita a la casa principesca, pero Cadrim suele estar demasiado ocupado. Y su madre… —Frunció los labios—. Desde la muerte de su esposo, evita este tipo de festividades.

—Bien. —Chiara suspiró aliviada.

—Debo admitir que eso me sorprende. No habría pensado que rehuyerais la vida pública.

Chiara se removió.

—No conozco a nadie aquí.

Él le sonrió para animarla.

—Estamos aquí para cambiar eso. En realidad, habría sido tarea de Cadrim, pero yo también puedo presentaros.

Chiara bajó los párpados un instante.

—¿No podemos seguir bailando un poco más?

—Willem —igual que Malik antes que él— era para ella como una isla apacible en medio de territorio enemigo.

Con ellos dos se sentía segura. La habían protegido durante el viaje, habían sangrado por ella y arriesgado su vida; ella misma les había curado las heridas.

La conocían como nadie. Al margen por completo de nombres o títulos, sabían cómo era ella en realidad.

—Por supuesto. —Willem le dio una palmadita en la espalda, como si intuyera lo que le pasaba por la cabeza—. Lo siento. —Miró a Cadrim, que al menos había cambiado entretanto de pareja de baile—. No sé por qué se comporta así.

Chiara se arrancó una risa apagada.

—Habláis como si en este compromiso hubiera algo auténtico.

Como si entre él y yo hubiera algo. —Sacudió la cabeza—.

Estuvisteis allí desde el principio. Sabéis cómo me recibió.

—La voz le tembló al recordar lo intolerable de su comportamiento—.

Lo único que cuenta es esta alianza. Y eso desde luego no depende de con quién baile. —Ni de a quién se llevara a su cama.

Willem entrecerró los ojos.

—Vuestro padre no va a dejar pasar esta provocación. Cad debería tener claro que con esto no solo os ofende a vos, sino también al rey.

En eso Chiara no había pensado. ¿Sería que el comportamiento de Cadrim no tenía nada que ver con ella? ¿Intentaba provocar a Arnawal? ¿Manifestar su desprecio por el rey Lexor? ¿Era ella, sin más, quien se llevaba el golpe?

Endureció el gesto.

—Mi padre no se enterará. ¿Cómo iba a hacerlo? Mi mensaje se envió hace tiempo.

—Sois libre de escribirle más cartas cuando queráis —explicó Willem, sorprendido.

—¿De verdad?

—Por supuesto. No sois una prisionera.

—Aun así, no se lo escribiré. Estoy aquí para mantener la paz, no para avivar el conflicto. —Además, ella no era tan mezquina como Cadrim. Si él creía que podía herirla con eso, se equivocaba de medio a medio.

Willem sonrió.

—Eso es muy generoso por vuestra parte. Pero seguro que no sois la única fuente de información de Lexor.

—¿Qué queréis decir?

Su rostro se volvió neutro a propósito.

—No quiero poneros en el aprieto de tener que delatar a vuestros compatriotas, pero, cómo no, somos conscientes de que vuestro padre debe de tener espías en Laran. Igual que nosotros tenemos gente en Arnawal.

—¿Qué? —Chiara lo miró, incrédula—. Puedo aseguraros que, al menos por nuestra parte, no es así. Antes de que comenzarais con vuestras brutales incursiones, nadie en Arnawal se interesaba por vuestro país.

—Ay. —A Willem le brillaron los ojos, divertido.

—No quería decir…

—No pasa nada. —Soltó una risa—. Sé que Laran es más pequeño que cualquiera de vuestras numerosas provincias.

—¿De verdad a Cadrim solo le importa conseguir más tierras?

—Es el objetivo prioritario, sí. Nuestros recursos se están agotando. La población crece a un ritmo vertiginoso. Esta tierra nunca estuvo pensada para alimentar a tanta gente.

—No lo entiendo.

Willem vaciló, como si no estuviera seguro de si debía explicárselo.

—Una de las razones por las que Arnawal nos ha prestado tan poca atención hasta ahora es probablemente el hecho de que, hace treinta años, Laran ni siquiera existía, al menos no tal y como lo veis ahora.

Tiempo atrás, el principado era una ciudad-estado.

Medianamente bien abastecida gracias al acceso a un puerto natural que permitía la pesca a gran escala.

El resto del territorio se lo habían repartido entre sí bandas y clanes belicosos.

Fuera de las murallas, una vida pacífica era casi imposible.

Las aldeas de las zonas periféricas eran asaltadas e incendiadas con regularidad.

Muchas personas morían en los ataques o de hambre.

—Carraspeó—. Esta región estaba aniquilándose a sí misma.

Chiara no podía siquiera imaginarse una vida así.

—¿Y qué pasó entonces?

—El padre de Cadrim ascendió en el favor del viejo príncipe.

Con estrategia, astucia y —cuando era necesario— violencia, garantizó la paz, desbarató las estructuras de las bandas y amplió la esfera de influencia de Laran.

Pronto todos reconocieron las ventajas de la paz.

Se extendió la prosperidad, porque las cosechas ya no se destruían para perjudicar a los rivales, y la planificación a largo plazo sustituyó a los asaltos improvisados.

Nadie protestó cuando el viejo príncipe nombró sucesor al padre de Cadrim.

De todos modos, ya venía dirigiendo de manera oficiosa los asuntos de Laran.

La paz, sin embargo, trajo una consecuencia imprevista.

Morían menos personas y nacían más. —Willem suspiró—.

Cadrim hace todo lo posible por optimizar el rendimiento de los campos y asegurar el sustento de la gente, pero todos los eruditos coinciden en que Laran se encamina a una catástrofe en los próximos cinco a diez años.

—¿No se puede atajar?

—La única posibilidad sería un estricto control de la natalidad. Cadrim, sin embargo, no quiere ir por ese camino. Solo funcionaría si hubiera consecuencias lo bastante duras. —Willem se estremeció—. Ninguno de nosotros quiere convertirse en un asesino de niños.

A Chiara se le encogió el corazón. Sería espantoso de veras.

—¿Entendéis, entonces, por qué esta alianza es tan importante para nosotros? Necesitamos esas tierras adicionales para alimentar a nuestro pueblo.

—Yo pensaba que a Cadrim le importaba ante todo la corona de Arnawal.

La mirada de Willem vaciló, pero no dijo nada.

La pieza se apagó. Aliviado, Willem la soltó.

—Hemos salido de esta más o menos enteros.

Chiara sonrió.

—No ha sido tan terrible.

—Sí, porque no nos hemos movido del sitio. ¿Queréis tomar algo o picar alguna cosa?

—Un vaso de ponche de frutas estaría bien. —Por lo visto, a Willem ya no le apetecía bailar y Chiara no quería quedarse sola en mitad del salón.

Él la condujo hasta el bufé y, con galantería, le tendió un vaso.

Sedienta, Chiara bebió unos sorbos. Pensaba en ese instante en cómo llevar la conversación, de la forma más discreta posible, hacia los planes futuros de Cadrim, cuando una pareja de personas mayores se acercó a ellos.

Tenían un porte muy distinguido y, a pesar de la curiosidad en sus rostros, sus sonrisas no eran impostadas.

—Qué alegría volver a veros sano y salvo, lord Seron. —El hombre le tendió la mano a Willem, y este se la estrechó con calidez.

Chiara lo miró sorprendida. Hasta entonces no se le había ocurrido que Willem tuviera no solo un apellido, sino también un título. Como hombre de confianza del príncipe, era, por supuesto, más que lógico.

—Queremos dar la bienvenida a Su Alteza y felicitarla por su compromiso. —La mujer miró a Willem con expectación.

—Sí, por supuesto. —Carraspeó—. Princesa Isida de Arnawal, estos son lord y lady Bartell. Su familia es una de las más antiguas de Laran. Lord Bartell es el responsable de Cultura y Educación en el Consejo.

—Es un honor. —El hombre le rozó la mano a Chiara con un beso.

—Bienvenida a Laran, Alteza. —La mujer le apretó los dedos a Chiara con algo cercano al afecto.