La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

En los días siguientes, Chiara siguió sin ver a Cadrim.

Si él no hubiera organizado una fiesta para anunciar en público su llegada, habría podido creer que ya ni siquiera se acordaba de ella.

Por extraño que pareciera, eso le importaba menos con cada día que pasaba.

La conmoción por haber descubierto la verdad se fue disipando y concentró todos sus pensamientos en la tarea que tenía por delante.

Solo por eso había abandonado su hogar, solo por eso había emprendido aquel peligroso viaje.

Además, Yorrie y ella estaban tan ocupadas con el vestido de Chiara que no le quedaba tiempo para lamentarse de su destino ni enfadarse por la indiferencia de Cadrim.

Como era imposible que Yorrie pudiera hacer todo el trabajo sola, Chiara se había ofrecido a ayudarla. Puede que no fuera una costurera prodigiosa, pero al menos era capaz de hacer una costura más o menos recta.

Yorrie no preguntó por qué la futura princesa tenía que coser ella misma su vestido, por qué no tenía a su disposición un séquito de sirvientes.

O bien ya sabía de la precaria posición de Chiara, o bien había decidido que aquello no era asunto suyo, sin más.

En cualquier caso, Chiara le agradecía su discreción.

Aun así, no dejaba de darle vueltas a si estaba cometiendo un error, a si debería hacer valer más sus derechos. ¿Tendría que haberle pedido cuentas a Cadrim aquel primer día en el parque? Isida sin duda lo habría hecho, en lugar de retirarse con el rabo entre las piernas.

Por desgracia, no era tan curtida como Isida, por mucho que se esforzara en dar esa impresión. El recuerdo de las gélidas palabras de Cadrim le ardía en el pecho. Había intentado hablar con él y, al cabo de unos segundos, se había quedado sin argumentos.

¿Qué podía decirle a alguien que, sin más, no quería escuchar? ¿A quien le daba igual lo que le pasaba dentro?

—¿Queréis probároslo? —Yorrie levantó el vestido casi terminado.

Era aún más bonito de lo que Chiara había imaginado. Pero ¿bastaría para que el príncipe se ablandara con ella? ¿Era eso siquiera lo que ella quería?

Por supuesto, sabía cuál era su deber. Lo que el rey Lexor y, tal vez, también Cadrim esperaban de ella. Pronto se convertiría en su esposa y, a pesar de todas sus frías palabras, él tenía derecho a cambiar de opinión sobre su relación en cualquier momento.

Chiara se estremeció. La idea de que él volviera a acercársele le resultaba insoportable. Nunca volvería a confiar en él, nunca más podría dejarse caer en sus brazos.

—¿Alteza? —volvió a llamarla Yorrie.

—Sí. —Chiara asintió con amargura—. Me lo pondré.

Yorrie la ayudó alegremente a quitarse el vestido y a ponerse el nuevo.

—Estáis preciosa. —Le levantó el cabello a Chiara—. Si os recogemos los rizos, tendréis un aspecto de lo más regio.

Chiara contempló abatida su reflejo en el espejo. Ojalá nunca hubieran emprendido aquello. Entonces podría haberse escondido en sus aposentos, en lugar de hacer de trofeo que Cadrim presentaba con orgullo a su séquito.

—Eso sí, ayudaría que sonrierais un poco —intervino Yorrie con delicadeza.

Chiara contuvo las lágrimas que de pronto le subieron a los ojos. Estaba harta de sonreír sin descanso para que los demás se sintieran mejor.

—Hoy no. —Respiró hondo—. Estoy cansada.

—En ese caso, deberíais descansar sin falta. —Yorrie le bajó el vestido por los hombros—. Después de todo, hoy es la gran noche. —Sonrió para animarla—. ¿Qué tal si os preparo un baño y después os tumbáis un rato?

—No hace falta —rehusó Chiara, avergonzada. Yorrie había trabajado mucho más que ella en los últimos días—. Te ayudaré a terminar el vestido.

—Yo me las arreglo sola, está casi listo. Además, yo podré descansar toda la noche, a diferencia de vos. —Se detuvo un momento, como si no estuviera segura de si debía seguir hablando—. Esta noche tenéis que estar absolutamente deslumbrante.

—¿Por qué?

Yorrie carraspeó y bajó la voz.

—Porque todos se preguntan si se os tomará en serio en el futuro. Antes de que él os trajera aquí, el favor del príncipe estaba muy disputado; más de una dama de la corte esperaba convertirse en la próxima princesa.

Chiara se encogió de hombros.

—Se casará conmigo de un modo u otro.

Yorrie bajó la cabeza.

—No me dio la impresión de que os bastara un título vacío.

—¿Qué quieres decir? —Chiara la escudriñó.

—Sé que, en el fondo, no es asunto mío, pero vos sois nueva aquí y no estáis familiarizada con las costumbres de la corte. Solo por eso hablo.

—¿Y?

—Antaño, antes de que el padre del príncipe Cadrim llegara al poder, en Laran no había habido ninguna princesa que mereciera ese título.

Su única tarea consistía en dar a luz a un heredero.

Una vez hecho eso, ya nadie se preocupaba por ella.

Muchos recuerdan esa tradición, que solo rompió la princesa Enora. A algunos no les importaría revivirla.

—El padre de Cadrim amaba mucho a su esposa.

—Algo que a ella no le iba a ocurrir—. Gracias por la advertencia.

—Chiara se quitó el vestido, que se ahuecaba alrededor de sus pantorrillas.

No tenía intención alguna de ser la princesa al lado de Cadrim.

Solo necesitaba averiguar lo suficiente sobre sus planes para poder desaparecer de allí de una vez.

—Listo. —Yorrie ajustó la brillante tiara sobre la cabeza de Chiara y cruzó las manos con entusiasmo ante el pecho.

La doncella había hecho un trabajo magnífico.

El rostro de Chiara parecía una obra maestra pintada con esmero.

Su piel relucía suave y aterciopelada, un sutil rubor le teñía las mejillas y le resplandecían los ojos compitiendo con la sombra marrón dorada.

Los rizos que Yorrie había soltado del moño recogido le enmarcaban el rostro, y el vestido era un sueño.

Los dos escotes en forma de gota eran lo bastante pequeños para no revelar demasiado y, aun así, atraían la mirada de forma casi mágica entre los bordados centelleantes.

Aunque solo eran cuentas de cristal, brillaban como auténticas piedras preciosas.

A pesar de cierta sencillez, el vestido cautivaba por su inimitable elegancia.

Con él, Chiara parecía una verdadera princesa.

Por desgracia, debajo seguía siendo ella misma. Sentía cómo el nerviosismo le recorría el cuerpo en frías oleadas y le hacía sudar las palmas. Hacía solo un rato, el rey Lexor le había recordado una vez más lo importante que era captar toda la atención de Cadrim, ganarse su confianza.

Por desgracia, sabía por amarga experiencia que, en su caso, una cosa no tenía nada que ver con la otra. Le era imposible acercarse a él más de lo que se había acercado entonces en aquella cabaña; aun así, no había bastado para que él le revelara la verdad sobre sí mismo y sus planes.

Chiara enderezó los hombros. Al menos no quería que le reprocharan no haberlo intentado todo.

Llamaron a la puerta y, por un instante de locura, esperó que fuera Cadrim, que venía a recogerla en persona. Pero fue Malik quien apareció en el umbral.

Se quedó clavado en el sitio mientras la mirada le recorría la figura, antes de llevarse la mano al corazón de forma teatral y soltar un silbido de admiración.

—Madre mía —murmuró.

La alegría que la embargó al verlo sorprendió a la propia Chiara. Sin pensarlo dio unos pasos hacia él, antes de recordar cuál era su posición y detenerse, rígida.

—Tenéis buen aspecto —comentó, y era cierto.

Llevaba el uniforme de gala, que resaltaba su figura atlética.

Su densa melena ondulada estaba peinada con esmero y los arañazos que le rodeaban el ojo izquierdo le daban un aire de lo más intrépido.

Nada podía afear su atractivo rostro. Para eso irradiaba demasiado encanto y vitalidad.

—Vos más todavía. —Hizo una reverencia impecable—. Espero que me reservéis un baile.

Chiara se sobresaltó, sorprendida; hasta entonces no había pensado en ello.

Dominaba los bailes habituales en Arnawal, ¿y si aquí los pasos eran del todo distintos?

Se obligó a relajarse. De alguna manera se las arreglaría.

De todos modos, no era probable que se viera en ese aprieto demasiado a menudo.

—Lo espero con ilusión. —Le tendió la mano a Malik.

Él le guiñó un ojo a Yorrie con alegría.

—No nos esperes.

La joven doncella puso los ojos en blanco.

—No pensaba hacerlo.

Malik condujo a Chiara al pasillo, fuera del alcance del oído del guardia apostado ante su puerta.

—¿Cómo estáis? —preguntó con una seriedad inusual.

—De maravilla.

—Ya lo veo. —Carraspeó—. Siento que no hayamos podido…

—No pasa nada —lo interrumpió Chiara con sequedad. No quería volver a pensar en ello—. No importa.

—Puede que no —concedió él a regañadientes—. Aun así, quiero que sepáis que ni Willem ni yo lo aprobamos.

—Gracias. —Chiara le apretó el brazo. Sentaba bien tener algo parecido a unos amigos—. ¿Qué me espera esta noche?

—Hay unos trescientos invitados, todos muy expectantes por conoceros.

—Estupendo. —Chiara cerró los párpados un momento.

No podía creer que Cadrim le hiciera eso.

Él sabía lo incómoda que se sentía entre grandes multitudes, lo mal que lo había pasado al llegar al pueblo de las montañas.

Aunque ya soportaba mejor el ruido y las impresiones, la idea de que trescientas personas la miraran fijamente y la juzgaran le revolvió el estómago.

De buena gana habría dado media vuelta allí mismo.

—¿Qué pasa? —preguntó Malik, sorprendido, y Chiara se dio cuenta de que se había detenido.

—¿Hay… hay alguna entrada lateral?

—¿Por qué? —Frunció el ceño.

Chiara se frotó los brazos, incómoda.

—Estoy nerviosa. No me gusta ser el centro de atención.

—Entonces no deberíais haberos puesto ese vestido —murmuró él, antes de mirarla con aire escrutador—. No lo entiendo —admitió, vacilante—. Creía que en Welzedon los bailes eran algo cotidiano.