La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

No tenía ni idea de cuántos momentos de paz y seguridad le aguardaban en el futuro. Debía disfrutar de cada uno de ellos.

Yorrie aún no había regresado cuando Chiara salió del baño.

Descalza, se dirigió de puntillas al dormitorio y, por suerte, encontró ropa interior y medias limpias en uno de los cajones.

Después se decidió por un vestido color marrón dorado de un tejido suave y tornasolado, fruncido en las clavículas, la cintura y las muñecas, y que por lo demás acariciaba su cuerpo con suavidad y fluidez.

Las mangas anchas tenían una abertura en la parte superior, desde los hombros hasta los puños, lo que aportaba al atuendo un refinamiento adicional.

Por suerte no llevaba corsé ni enaguas, de modo que no necesitó la ayuda de Yorrie.

Chiara se contempló satisfecha en el espejo antes de ponerse a peinarse el cabello húmedo. Acababa de desenredar los últimos nudos cuando llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo, esperando que fuera Yorrie con la comida, y se apresuró a salir al salón.

En cambio, fue Willem quien entró vacilante. Su cabello, surcado ya por los primeros hilos de plata, estaba un poco revuelto, como si hubiera pasado unas horas agitadas, y en su rostro afable se dibujaba una expresión contrita. Llevaba en las manos una bandeja llena.

La expresión de Chiara se petrificó.

—Podéis dejar la comida sobre esa mesa. —Apartó la cabeza, como si él no fuera más que un ayuda de cámara.

Willem suspiró. Cerró la puerta tras de sí y atravesó la habitación con unos pocos pasos para dejar la bandeja sobre la mesa, tal como se le había indicado. Chiara no se movió. Si no lo animaba a quedarse, seguramente se marcharía.

Por desgracia, no le hizo ese favor. Willem carraspeó.

—Si queréis informar a vuestro padre de vuestra llegada sana y salva, me ocuparé de que le llegue el mensaje.

Chiara levantó la vista, sorprendida. Había contado con muchas cosas, pero no con eso.

Y sin embargo, era de lo más obvio. Por supuesto, tenían que asegurarse de que el rey Lexor estuviera al tanto del avance del trato.

De eso, al fin y al cabo, se trataba. ¿Qué importaba cómo se sintiera ella?

¿Que ellos la hubieran traicionado y le hubieran mentido?

Igual que tú los traicionas y les mientes , intervino una voz en su interior. Una voz que no quería escuchar.

—¿Qué fecha debo comunicarle para la boda? —Se felicitó por lo impasible que sonaba su pregunta.

Willem frunció el ceño.

—Aún no lo sé. Le enviaremos otro mensaje en cuanto esté fijada.

—Bien. —Chiara se encaminó a su escritorio—. ¿Queréis esperar mientras redacto la carta? Supongo que querréis leer su contenido.

—Sí —concedió a regañadientes, y ella no pudo reprimir una mueca amarga—. Lo siento. —Willem extendió el brazo hacia ella en un gesto conciliador y lo dejó caer impotente—. No sabía que terminaría así…

Chiara tomó una hoja de papel del montón que tenía a mano.

—No sé a qué os referís. —Mojó la pluma en el tintero—. Mis estancias son dignas de una princesa.

Willem tomó aire de forma audible.

—He oído lo de vuestra escapada al jardín.

Chiara apretó los dientes. Seguramente no tardarían todos en despellejar a la prometida no deseada por cómo había irrumpido en una cita del príncipe.

—No sabía que tuviera prohibido salir de mi habitación.

—No lo tenéis. —Willem dio unos pasos hacia ella y se detuvo indeciso—. No sé qué mosca le ha picado. Hablaré con Cadrim…

—Quizá podríais aprovechar la ocasión para preguntarle cuándo piensa zanjar el fastidioso asunto de la boda. —No había olvidado cómo había hablado del tema delante de Ora. Aquello debería haberle servido de advertencia ya entonces. Al fin y al cabo, se lo había tomado muy a pecho.

—No deberíais hablar así…

—¿Ah, no? —Chiara lo miró con severidad.

A regañadientes, Willem inclinó la cabeza.

—Me informaré al respecto.

—Gracias —respondió ella con frialdad. Garabateó a toda prisa unas líneas insustanciales para el rey.

Como cada una de sus palabras sería sin duda escrutada al milímetro, no quería correr ningún riesgo.

Sobre todo porque aquel mensaje no era más que una farsa: el rey Lexor estaba ya al corriente desde hacía tiempo.

—¿Cómo pensáis hacer llegar la carta? —Le tendió la hoja a Willem—. Creía que los pasos ya eran intransitables.

—Hemos adiestrado pájaros para que vuelen a ciertos lugares. Y tenemos gente en Arnawal que se ocupará de que llegue a su destino.

—¿No habéis retirado a todos vuestros hombres de allí? —La indignación brotó en Chiara—. Prometisteis que no habría más ataques.

Willem alzó las manos en gesto apaciguador.

—No los habrá. Solo queremos vigilar la situación. —Echó un vistazo al mensaje de Chiara—. Yo mismo me encargaré de que se ponga en camino.

—¿Y qué debo hacer yo? —La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera contenerla.

—¿A qué os referís?

Chiara entrelazó los dedos mientras se esforzaba por controlar su voz.

—¿Debo pasarme las próximas semanas y meses en estas habitaciones? —Cadrim no había dado la impresión de querer tener nada que ver con ella. Y mucho menos de hacerla partícipe de los asuntos de gobierno.

Mi pueblo merece una princesa lo bastante sabia para ver la verdad. Y lo bastante valiente para enfrentarse a ella. Esas habían sido sus propias palabras. Probablemente tuvieran tan poco significado como todo lo demás que le había dicho.

—Por supuesto que no. —Willem carraspeó—. Dentro de tres días habrá una recepción festiva para celebrar vuestra llegada y anunciar vuestro compromiso.

—¿De verdad creéis que con eso me basta?

—En Welzedon había sido tan poco libre como aquí, pero allí al menos había tenido una tarea.

Algo que daba estructura y sentido a sus días.

Además, necesitaba un pretexto para moverse a sus anchas por el palacio y la ciudad.

¿Cómo, si no, iba a obtener la información que Lexor esperaba de ella?

—¿A qué queréis llegar? —preguntó Willem con cautela.

—Quiero saber qué tareas voy a asumir aquí en adelante. No puedo pasarme el día entero ociosa, sin hacer nada.

—Es cierto. —Willem asintió—. Veré qué puedo hacer.

Se volvió para marcharse. Una parte de ella quería retenerlo, pedirle que le hiciera compañía durante la comida, que le contara algo sobre Laran y su príncipe.

Chiara apretó los dientes para no hacerlo.

No iba a suplicar; ella también tenía su orgullo.

Además, no debía olvidar que, en el fondo, también Willem era su enemigo.

Esperó a que él hubiera abandonado la sala y se sentó a la mesa baja para dedicarse a su solitaria comida.

—¿Os habéis enterado? —Yorrie sonrió radiante a Chiara, entusiasmada. La doncella había vuelto poco después de que Chiara terminara de comer—. Se va a celebrar un baile para festejar vuestra llegada y el compromiso.

—Sí. —Para sus adentros se preguntó por qué Cadrim hacía tanto aspaviento. La trascendencia política de aquel enlace era más que incierta. Ni el rey Lexor ni él mismo se fiaban el uno del otro.

—¡Será la fiesta del año! —Yorrie se llevó las manos al pecho, embelesada—.

Se anunció hace apenas una hora y la señora Sarima ya tiene que rechazar encargos porque le es imposible terminar todos los vestidos a tiempo.

No os imagináis cuántas amenazas y cuántas lágrimas se han visto ya en su salón de recepciones.

—¿Es esa la modista de la corte? —preguntó Chiara con aplomo.

—Sí. —Yorrie sonrió—. Incluso me ha preguntado a mí si podía echarle una mano unos días.

—¿Y qué le respondiste?

—Me he negado, por supuesto. —Yorrie, de repente, ya no parecía tan contenta.

—Entonces, ¿todas las damas de la corte se están haciendo confeccionar vestidos nuevos?

—Ya lo creo. —Soltó una risita—. Imagino que en los próximos días no quedará una sola aguja parada.

Chiara cruzó los brazos sobre el pecho. No debería importarle, tenía vestidos suficientes en su armario. Pero se trataba de su propio compromiso .

—Supongo que no se habrá encargado un vestido para mí con antelación.

—Oh. —Los ojos de Yorrie se abrieron con inquietud.

Ahí tenía su respuesta. Le habría encantado saber si Cadrim pretendía exhibirla a propósito o si se trataba de simple descuido por su parte. No sabía qué era preferible.

Quizá lo mejor fuera no ir. Ni siquiera se había molestado en comunicarle el compromiso en persona. Que se las arreglara él solo para celebrar la fiesta sin novia. Si es que se percataba siquiera de su ausencia.

Recordó a la mujer vestida de rojo que se había colgado de su brazo. Sin duda ella sería la primera en engalanarse para la ocasión.

A Chiara nunca le habían importado mucho las apariencias y, sin embargo, no quería exponerse a la humillación de parecer un patito feo al lado de las deslumbrantes damas de la corte.

—Podría coseros algo yo —intervino Yorrie con vacilación.

Chiara miró a la joven con escepticismo.

—¿Alcanzaría el tiempo para eso? —Los vestidos de gala de Isida habían requerido al menos una semana de confección y en ello había trabajado más de una costurera.

—Podríais hablar con el príncipe para que pusiera a la señora Sarima a vuestra disposición en exclusiva.

Con eso se ganaría el odio de todas las damas de la corte. Y, aparte de que no estaba segura de si Cadrim accedería siquiera a semejante petición, no quería rebajarse a pedirle nada. No quería quedar en deuda con él.

—No —decidió—. Puedes intentarlo tú.

Y si no salía bien, no asistiría y punto.

—¿De verdad? —Yorrie parecía a punto de dar saltos de entusiasmo.

—Sí. —La primera sonrisa sincera desde que había puesto un pie en el palacio iluminó el rostro de Chiara.

—¡No os arrepentiréis! —Yorrie se mordió los labios para no soltar un chillido. Se inclinó como si quisiera tomar las manos de Chiara, pero se contuvo y se apresuró hacia la puerta—. Voy a por mi bloc de bocetos. ¡Os crearemos el vestido más bonito que podáis imaginar!

Chiara vio cómo se cerraba la puerta tras ella. Ojalá pudiera compartir la confianza de Yorrie. Ni el vestido más perfecto cambiaría lo más mínimo su situación.