La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

—¿Alteza? —La voz vino acompañada de unos golpes en la puerta.

Chiara abrió los ojos de mala gana. Se había quedado adormilada en el sofá de su salón. Sorprendida, se incorporó y se enjugó las mejillas a toda prisa.

La puerta se abrió y Yorrie asomó la cabeza.

Resignada, Chiara la dejó pasar. A buen seguro, no iba a dejarla en paz de todos modos.

—Lo siento, ¿estabais durmiendo? —Yorrie cerró la puerta tras de sí y se acercó con cautela.

—Sí. —Chiara se obligó a esbozar una sonrisa—. Por lo visto, aún no he superado el cansancio del viaje. —Eso sonaba menos penoso que admitir que había llorado hasta quedarse dormida y que, de todos modos, no tenía nada mejor que hacer.

Yorrie la observó con atención.

—¿Puedo hacer algo por vos? —preguntó con delicadeza.

La compasión de su voz solo podía significar que la ilusión de Chiara se había desmoronado por completo y que tenía un aspecto tan lamentable como se sentía. Solo quería meterse en la cama, taparse la cabeza con la manta y no volver a salir nunca. Pero eso no era lo que se esperaba de una princesa.

—Seguro que mi pelo tiene un aspecto horrible. —Con un gesto afectado, hundió los dedos en él.

A juzgar por la expresión de Yorrie, la joven no se dejó engañar, pero no la contradijo.

—¿Qué tal si os preparo el agua para un baño y, mientras tanto, os peino? Seguro que tampoco habéis comido nada.

Chiara asintió con un suspiro.

—Suena bien.

—Sentaos ya al tocador, por favor, vuelvo enseguida. —Dicho esto, desapareció en el cuarto de baño, y Chiara la oyó trastear con el horno.

Cansada, Chiara se dirigió al dormitorio y se dejó caer en la silla frente al espejo.

—En veinte minutos el agua debería estar lo bastante caliente —anunció Yorrie, y se colocó detrás de ella.

Mientras sus dedos ágiles y finos desenredaban el pelo de Chiara, esta no le quitaba ojo a la joven.

Parecía amable, despreocupada e inocente, pero no debía dejarse engañar por eso.

Sin duda la habían elegido con gran cuidado.

Por la manera en que Cadrim la había recibido, estaba segura de que él no hacía nada por mera amabilidad.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para el príncipe? —comenzó su interrogatorio.

Si la pregunta sorprendió a Yorrie, no lo dejó entrever.

—Llegué a Laran hace tres años —explicó en tono distendido, y tomó el cepillo—. Mi familia tiene una granja a unos dos días de viaje al sur de la ciudad. Sin embargo, nunca fui una buena campesina, y además tengo tres hermanos… —Se encogió de hombros—. Ya sabéis cómo es eso.

—¿Cómo es el qué? —En Arnawal era costumbre que todos los niños echaran una mano en las granjas. Cuantos más, mejor.

—Bueno… —Yorrie pasó el cepillo por el cabello de Chiara con suaves movimientos—. La granja no daba lo suficiente para alimentarnos a todos y pagar los tributos. Así que me marché. —Sonrió—. Siempre había soñado con diseñar mi propia ropa. En casa habría sido impensable.

Pensar en su hogar le oprimió la garganta a Chiara.

—¿Has vuelto a ver a tu familia alguna vez?

—Sí, claro. —Yorrie separó un mechón para peinarlo con cuidado—. Los visito un par de veces al año. —Sonrió—. Mi madre está orgullosísima y le cuenta a todo el mundo, lo quiera oír o no, que su hija vive en el palacio. —Se puso seria—. Espero que mi sueldo siga bastando para sacarlos adelante.

—¿Por qué no iba a bastar? —insistió Chiara—. ¿Tan pequeña es vuestra granja?

—No es por eso… —Yorrie negó con la cabeza—. No quiero aburriros con eso. Y desde luego no quiero quejarme… —Se concentró en su trabajo.

—Por favor, cuéntamelo. —Chiara le tomó la mano y la retuvo—. Sabes que vengo de otro país, no sé casi nada sobre Laran.

Yorrie esquivó su mirada en el espejo.

—Tampoco hay mucho que saber.

—Por favor —insistió Chiara—. ¿Cómo voy a ser una buena princesa si no sé nada de los problemas del pueblo?

—El príncipe hace por nosotros todo lo que está en su mano.

—En la voz de Yorrie había gratitud y admiración—.

Es que hay muy poca tierra fértil. Los tributos sobre los campesinos aumentan.

Incluso ahora, los alimentos apenas alcanzan.

—Sonrió a Chiara en el espejo—. Por eso la alianza con Arnawal es tan importante para nosotros.

Alianza. Chiara estuvo a punto de echarse a reír, pero su curiosidad pudo más. ¿Qué le habría contado Cadrim a su pueblo?

—¿Qué sabes al respecto?

—Solo lo que se oye por los pasillos. —Yorrie peinó otro mechón—. Que vuestra dote consiste en tierras. Tierras que nos hacen mucha falta. —Había confianza en su voz.

Chiara bajó la mirada. No quería arrebatarle la esperanza a Yorrie, pero recordaba bien las palabras del rey Lexor: que ningún extranjero pisaría suelo de Arnawal sin pagarlo.

Cadrim había escogido el camino equivocado si de verdad le importaba el bienestar de su pueblo.

Si se hubiera limitado a pedir ayuda a Arnawal, nadie habría tenido que morir.

Además, las tierras de las que Yorrie hablaba con tanta despreocupación ya estaban habitadas.

Las personas que vivían allí las necesitaban para alimentar a sus familias.

—¿He dicho algo inapropiado? —preguntó Yorrie, preocupada.

—No. —Chiara se apresuró a negar con la cabeza.

Debía tener cuidado con lo que decía delante de la doncella.

Era más que probable que estuviera espiando para Cadrim.

Y aunque no fuera así, cada palabra suya se convertiría seguramente en conversación de pasillo—.

El agua ya debería estar bastante caliente. —Se levantó de la silla.

Yorrie se apresuró hacia el armario y sacó un albornoz de satén azul índigo bordado con coloridos colibríes. Chiara no había visto nunca nada más hermoso.

Al mismo tiempo se preguntó cuán mal andaba en realidad la situación de Laran si Cadrim concedía semejantes lujos a su esposa no deseada. ¿O acaso solo intentaba aparentar fortaleza para que Lexor no se diera cuenta de cómo estaba el principado?

Yorrie dejó el albornoz sobre la cama y se acercó a Chiara para ayudarla con los botones del vestido. Chiara se tensó un instante antes de dejarla hacer.

No debía olvidar que era la princesa heredera de Arnawal y futura princesa de Laran. Tenía que ser algo natural para ella que la sirvieran en todo. Se desnudó con la ayuda de Yorrie, se enfundó el albornoz que la doncella le tendía y entró en el baño.

Yorrie comenzó enseguida a manipular la grifería, y un chorro de agua humeante brotó en la bañera. Tanteó la temperatura con los dedos y giró los grifos para ajustarla.

—¿Están todas las habitaciones de huéspedes equipadas así? —preguntó Chiara, fascinada a su pesar.

—¡Oh, no! —Yorrie hizo un gesto de negación—.

Eso sería demasiado costoso. —Señaló el gran depósito que alimentaba tanto el grifo de agua fría como la caldera para calentarla —.

El agua hay que rellenarla cada cierto tiempo con cubos.

El príncipe ha mandado equipar vuestras estancias con esto a propósito.

—¿Antes o después de su regreso? —Chiara no sabía qué esperaba de la respuesta. Ni siquiera qué papel desempeñaba ella en todo aquello.

Yorrie le lanzó una mirada curiosa.

—Después. Cambió por completo los planos para vuestro alojamiento. En un principio se os iba a asignar el aposento justo al lado del suyo. ¡Pero este es aún más hermoso! —se apresuró a asegurar al ver que la expresión de Chiara se ensombrecía.

Así pues, antes de conocerla había querido tenerla cerca. Después, ya no.

Se sacudió la extraña decepción que se apoderaba de ella.

—Dado que esta unión no es más que política, la ubicación de los aposentos me viene muy bien.

Por supuesto, habría sido más fácil llevar a cabo su misión si hubiera tenido acceso a las estancias de Cadrim, pero lo conseguiría igualmente. Y eso era lo único que importaba.

Chiara sumergió las yemas de los dedos en el agua maravillosamente cálida y sonrió.

—¿Queréis que os ayude con el baño? —se ofreció Yorrie, solícita.

—No. —Princesa o no, necesitaba media hora a solas. Para ordenar sus pensamientos y aplacar el tumulto que llevaba dentro.

—Como deseéis. —Yorrie inclinó la cabeza, sacó una mullida toalla del armario y la dejó en el borde de la bañera—. Mientras tanto os traeré algo de comer. ¿Tenéis alguna petición especial?

—No. —Chiara dudaba que fuera capaz de tragar nada.

De nuevo, la compasión cruzó el rostro de Yorrie, pero fue lo suficientemente lista como para no expresarla.

—Vuelvo enseguida.

Chiara esperó a que la puerta se cerrara tras ella antes de quitarse el albornoz y deslizarse en el agua.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y disipó el frío que ni siquiera sabía que llevaba dentro.

El recuerdo del calor hormigueante de Cadrim le atravesó la mente de improviso.

Con desazón, Chiara apretó los ojos cuando las lágrimas le brotaron, y se hundió más en el agua.

Era del todo comprensible que estuviera tan alterada. Cualquiera lo habría estado en su lugar. Llevaba semanas temiendo ese día, preparándose para él e imaginándolo. Se abrazó las rodillas cuando todo su cuerpo empezó a temblar.

Sin duda no era más que la tensión que se desprendía de ella. El alivio de comprobar que todos sus temores habían sido infundados. No tenía que temer ninguna violencia ni ninguna agresión.

Por desgracia, lo que se agitaba en su interior no acababa de parecerse a un alivio.

Chiara se sumergió hasta que el agua se cerró sobre su cabeza, con la esperanza de que se llevara consigo todos los sentimientos que no quería albergar, que ni siquiera entendía del todo.

Solo cuando los pulmones empezaron a arderle, volvió a incorporarse y se pasó la mano por la cara. Era inútil darle vueltas. Tenía una tarea que cumplir, un objetivo.

Con decisión tomó un trozo de jabón, lo hizo espumar y repartió las escamas perfumadas por su cabello y toda su piel; se dejó envolver por el delicado aroma floral y respiró hondo.

Ahora, en este momento, no podía hacer nada, así que dejaría de atormentarse con los «y si» y los «pero» y los «quizás».