Capítulo 1 #3
—¿Tan mal andan las finanzas de Laran? —Si fuera así, sería una información valiosa.
—Por supuesto que no. —Torció el gesto, como si se arrepintiera de su comentario.
—¿Qué es entonces?
Él sacudió la cabeza con pesar.
—Lo lamento. No me corresponde hablar de eso.
—Entiendo. —Chiara dejó el tema. No quería presionar a Samir y, menos aún, despertar en él la sospecha de una curiosidad excesiva.
—Ya hemos llegado. —Aliviado, señaló una puerta doble de cristal inundada de luz que daba a un jardín espléndido.
Parterres de coloridas flores bordeaban los senderos cubiertos de grava; árboles altos susurraban con la brisa y daban sombra.
El jardín se parecía más a un parque. Bancos invitaban aquí y allá a detenerse, y pequeñas pérgolas se alzaban entre los arbustos verdes.
Los pájaros trinaban en los árboles; por lo demás, reinaba un silencio asombroso.
—¿Siempre está así de vacío esto? —preguntó Chiara sorprendida. El parque era precioso y el tiempo, de ensueño.
—En esta zona, sí —explicó Samir—. La parte principal queda un poco más allá.
—Me gustaría verla. ¿Me mostráis el camino? —Se volvió hacia él con expectación.
—Con mucho gusto. —Su alegría sincera no pareció dejarlo indiferente—. Por aquí. —Señaló uno de los senderos.
Chiara se puso en marcha, paseando con calma.
Mil preguntas le rondaban por la cabeza, pero no estaba segura de cómo entablar una charla que pareciera casual.
La estatua erosionada de una figura femenina semidesnuda le llamó la atención y Chiara se detuvo asombrada.
En Arnawal habría sido impensable semejante exhibición de un cuerpo femenino.
—¿Quién es esa?
La mirada de Samir siguió la suya.
—Ah, eso. —Frunció el ceño—. Creo que es una de las trece formas de Ewea.
—¿Ewea? —El nombre le resultaba conocido. Así se llamaba la bruja de uno de sus cuentos favoritos sobre Welzelin. Él se había enamorado de ella, le había enseñado todo lo que sabía sobre magia mental, y ella lo había traicionado e intentado matarlo.
—Algunos la veneran como la Madre Primigenia de la humanidad. Creo que en las montañas la creencia en ella está bastante extendida.
Chiara había oído hablar de ello. Valessa, que había maldecido el valle fronterizo con su magia, descendía, según la leyenda, de aquella Madre Primigenia. Era posible que a la amante de Welzelin le hubieran puesto el nombre de la diosa.
A Chiara le llamó la atención que Samir hablara de esa creencia con la misma indiferencia que Willem o Cadrim.
—¿No hay religión en Laran? —preguntó con curiosidad.
—Tenemos muchas. Cada uno puede decidir por sí mismo en qué quiere creer.
Chiara parpadeó, escandalizada. Aquello no era cuestión de preferencia personal.
No podía uno escoger un dios como si fuera un manjar en un bufé.
Sintió compasión por todas aquellas personas que servían a falsos ídolos.
No alcanzaba a imaginar cómo sería vivir sin la verdadera fe.
Sin ser consciente de la guía y la protección de Dios.
—Deberíamos seguir. —Samir prosiguió el camino y Chiara se tragó la indignación.
No era el momento adecuado para tal discusión, y el guardia no era el interlocutor adecuado.
Ese asunto tendría que aclararlo directamente con Cadrim.
Era irresponsable dejar a toda aquella gente en la oscuridad y privar así a sus almas de la posibilidad de alcanzar alguna vez el paraíso.
Pasaron junto a otra estatua, que al menos estaba vestida de pies a cabeza. Chiara no se atrevió a preguntarle a su acompañante. Si se trataba de otra diosa, no habría podido contener la lengua.
Durante algunos minutos solo el crujir de sus pasos llenó el silencio, hasta que el viento le trajo retazos de voces y risas.
Rodearon un seto alto y un cuidado césped se abrió a la vista de Chiara.
Unas dos docenas de mujeres y hombres formaban pequeños grupos.
Las mujeres habían desplegado sombrillas para protegerse el rostro; los criados iban de un lado a otro con bebidas y aperitivos.
Más al fondo, algunas parejas jugaban a un juego en el que lanzaban bolas al suelo, una tras otra.
Todos parecían divertirse de lo lindo. Nadie miraba en dirección a Chiara.
No le costó distinguir la alta figura de Cadrim entre la gente. Aunque le daba la espalda, sus ojos lo encontraron de inmediato. Una mujer con un vestido rojo encendido poco menos que le colgaba del brazo. Él inclinó la cabeza y le susurró algo en tono confidencial y ella soltó una risa cristalina.
—Teníais razón. Por lo que veo, está ocupadísimo —siseó Chiara con frialdad. Después de cuanto habían superado juntos, de cuanto habían compartido, Cadrim no había tenido ni cinco minutos para darle la bienvenida; ni tiempo para una sola palabra amable.
Una parte de ella quería correr hacia él en ese mismo instante y pedirle cuentas. Pero, con eso, a lo sumo se pondría en ridículo a sí misma. Ya lo había intentado a su llegada y no le había servido para nada.
Chiara tragó saliva. En aquella corte no valía más que en Arnawal. Su palabra, sus deseos, no tenían peso alguno. Tan solo debía desempeñar el papel que le habían impuesto.
—Lo siento. —Samir carraspeó, inseguro—. No sabía que él estaba aquí…
—No tiene importancia. —Chiara cuadró los hombros—. El príncipe y yo… —Respiró hondo con esfuerzo—. Es un mero pacto político, los dos lo sabemos. —Se obligó a esbozar una sonrisa.
—¿Deseáis uniros a ellos? —preguntó el guardia con vacilación.
—No. —Negó con la cabeza. Nunca se había sentido cómoda entre desconocidos. Y mucho menos cuando estos no la querían cerca—. Estoy cansada —dijo Chiara en voz baja—. Quisiera regresar a mis aposentos.
—Por supuesto. —Samir se volvió hacia el lado por el que habían venido.
Chiara lo siguió en silencio. Le costó todas sus fuerzas no romper a llorar.
No quería que el guardia lo malinterpretara.
Su tristeza no tenía nada que ver con Cadrim ni con aquella mujer colgada de su brazo, sino con la certeza de que para ella nada había cambiado.
Había creído que, cruzando la tierra de nadie, llegaría a una orilla nueva; en vez de eso, solo había recorrido un trecho río abajo.
El paisaje tenía otro aspecto, pero seguía sin haber nadie que la viera de verdad a ella.
Samir se detuvo ante la puerta y señaló pasillo abajo.
—Ahí al fondo hay otra salida, Alteza —dijo con compasión—. Lleva derecho al jardín que queda bajo vuestra ventana. Allí podréis estar tranquila si os apetece tomar el aire.
—Gracias. —Chiara no lo miró mientras abría la puerta de un tirón y se refugiaba en sus aposentos.