La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Pensó en todas las personas a las que Cadrim había masacrado y su desprecio hacia él creció. Si lo hubiera hecho por el bien de su pueblo, lo habría comprendido al menos en parte. Pero matar a otros por un rencor personal era del todo imperdonable.

Avísame en cuanto averigües algo , la voz de Lexor cortó sus cavilaciones. Necesito saber si supone una amenaza para nosotros y cuándo hemos de esperar un ataque.

Pero… , balbuceó Chiara, angustiada. ¿No se suponía que nuestro matrimonio iba a impedir precisamente eso?

Lexor soltó una risa sin alegría. Contigo en su poder, se asegura de que no le ataquemos. Esa limitación, sin embargo, no rige para él.

Ha firmado el tratado y nos ha dado su palabra…

¿Igual que cuando nos aseguró que era el general del príncipe? , se burló Lexor. El tratado quedó sin valor en el instante mismo en que lo firmó.

¿Y entonces para qué todo esto? ¿Por qué la había enviado el rey con él, si sabía que no cambiaría nada?

Porque no puede hacer nada contra nosotros antes de la primavera. Eso te da tiempo para reunirme la información que necesito. Y a mí, tiempo para preparar Arnawal para esta guerra.

¿Guerra? , repitió Chiara, asustada. En sus labios sonaba como algo inevitable. Y ella había creído que su tarea era impedir que las cosas llegaran tan lejos. ¿No hay otra posibilidad?

La voz de Lexor se ablandó. Si tú me muestras una, seré el último en rechazar una solución pacífica.

Chiara asintió con seriedad. Daré lo mejor de mí.

Una vez que el rey se retiró de su mente, Chiara se irguió.

No tenía tiempo para lamentaciones ni para entregarse a su rabia.

Había en juego incontables vidas humanas y, por lo que parecía, ella era la única que podía hacer algo por ellas.

Lexor estaba muy lejos. Si Cadrim se atrevía de veras a lanzar un gran ataque, al rey no le quedaría más remedio que defender Arnawal.

Para que no se llegara a eso, su rey necesitaba información. Y esa información no la obtendría en sus aposentos.

Chiara se detuvo ante uno de los espejos y volvió a mirarse.

Ya no parecía tan descompuesta, pero seguía estando lejos de tener un porte regio.

Había hundido tantas veces las manos en el cabello que el elaborado peinado que Teera le había hecho por la mañana estaba del todo arruinado.

Además, tenía los ojos enrojecidos y unas ojeras oscuras.

Chiara respiró hondo cuando le cruzó la mente una idea descabellada. Su don palpitaba bajo su piel y se preguntó si en verdad sería posible…

Con cuidado fue dando forma en su imaginación a una imagen de sí misma.

Una tez tersa y uniforme, un suave rubor rosado en las mejillas, los ojos brillantes de orgullo.

Murmuró las palabras mientras evocaba la imagen y la entretejía con su magia, hasta que todo su rostro y su cuero cabelludo empezaron a hormiguear.

Con valor, se miró al espejo. Nunca antes se había visto tan hermosa como en ese instante. Movió la cabeza con cuidado para comprobar el efecto. El velo aguantaría sin la menor duda una mirada fugaz.

Esa sería en adelante su máscara: la ilusión tras la que se ocultaba —la princesa radiante, orgullosa e inaccesible, que no se dejaba sorprender por sus sentimientos—.

Solo el cabello desentonaba con esa apariencia. Apresurada, se quitó todas las horquillas y pasadores y se lo cepilló con esmero varias veces, hasta que cayó en ondas sedosas sobre los hombros y la espalda. Chiara se aseguró de que la ilusión se mantuviera en su rostro y se puso en marcha.

No pudo evitar que el corazón —pese a su valeroso propósito— le latiera más rápido. Las preguntas se agolpaban en su mente. ¿Conseguiría sostener la ilusión de tal modo que los demás también la vieran, sin oír su voz? ¿La dejaría salir siquiera el guardia?

Pronto lo sabría. Posó la mano en el picaporte y abrió la puerta.

La hoja giró sin un ruido y el hombre que estaba al lado se cuadró al instante. Recorrió con la mirada la figura de Chiara y tragó saliva. Al menos no había lástima en su semblante; su ilusión parecía surtir efecto.

El guardia era unos diez años mayor que ella, con las mejillas bien afeitadas y una mirada penetrante.

—¿Puedo hacer algo por vos, Alteza? —preguntó, y sonaba como si no se sintiera del todo cómodo.

—Deseo hablar con el príncipe —exigió ella con la mayor firmeza posible.

Él carraspeó.

—Lo lamento. El príncipe está muy ocupado.

Chiara lo midió con la mirada, desafiante.

—¿Eso lo sabéis sin necesidad de preguntar?

—Sí.

—¿Está demasiado ocupado para todos o solo para mí?

—Eso no lo sé, Alteza.

—Quizá deberíamos preguntárselo sin más. —Chiara se puso en marcha.

—¿Adónde vais? —Le cortó el paso y extendió el brazo como si quisiera retenerla, pero retiró la mano asustado antes de tocar a Chiara. Al parecer, él sabía tan poco como ella cuál era en realidad su posición en aquella corte.

Chiara se permitió una sonrisa triunfante.

—Quiero ver al príncipe —repitió.

—Lamentablemente, no puedo permitirlo. —Se retorcía visiblemente—. No se debe molestar al príncipe.

—¿Y Willem? —Hacía un rato lo había despachado porque ya no soportaba sus excusas. Él había tenido otra opción y había decidido no tomarla. Ahora lamentaba su reacción precipitada. Al menos podría haberle dado algunas respuestas.

—Lo siento, no sé dónde se encuentra. —El hombre señaló con gesto de disculpa la puerta de la habitación—. ¿Por qué no esperáis en vuestros aposentos mientras lo hago buscar?

Chiara alzó la barbilla.

—¿Soy una prisionera?

—Por supuesto que no. —Sonrió, nervioso.

—Entonces no esperaré en mis aposentos. —Hizo ademán de rodearlo.

—¿Qué pensáis hacer?

—Voy a echar un vistazo al palacio, ¿o acaso está prohibido?

—No. —Negó con la cabeza, inseguro, y se colocó a su lado.

—No tenéis por qué seguirme —dijo ella, mordaz, mientras aceleraba el paso.

—Sí, debo hacerlo.

Chiara mantuvo un gesto férreo. Ahí tenía la respuesta.

Llegó al final del pasillo y giró al azar a la derecha, sin prestar atención al hombre que no se apartaba de su lado.

Sus pasos resonaban sobre las baldosas color arenisca y reprimió el impulso de pisar más quedo.

No tenía intención de esconderse. Isida, en su lugar, desde luego no lo habría hecho.

—¿Qué hay tras estas puertas? —exigió saber con voz firme. Si el guardia la acompañaba a la fuerza, quería aprovecharlo.

—Habitaciones de invitados —respondió él vacilante—. La mayoría están vacías; algunas las ocupan miembros de la corte.

Otra punzada atravesó el pecho de Chiara. ¡La había alojado en el ala de invitados!

¿Pretendía con ello mostrarle su propia insignificancia, o intuía que ella no tenía la menor intención de instalarse allí? Se detuvo en seco cuando le asaltó un nuevo pensamiento. ¿Acaso desconfiaba de ella? ¿Era esa la razón por la que no quería tener nada que ver con ella?

Por otra parte, él había sabido desde el principio de dónde venía ella, de qué lado estaba. Eso no le había impedido buscar su compañía. Al menos hasta que su curiosidad quedó saciada.

El dolor por sus palabras volvió a recorrerle el cuerpo con violencia. Era como si con ellas le hubiera escupido de lleno en el alma.

Chiara dobló al azar por el siguiente pasillo, apenas distinguible del que acababa de dejar atrás. ¿Por qué no había prestado atención al camino cuando Willem la condujo a sus aposentos?

Sabía por qué: estaba demasiado conmocionada, demasiado aturdida. Una parte de ella aún no podía creerlo. Sobre todo porque, sencillamente, no lo entendía.

Podía aceptar que Cadrim no quisiera tener nada que ver con ella. En las últimas semanas se había hecho a la idea de desposar a un hombre que, en el mejor de los casos, la castigaría con su indiferencia, y, desde luego, tras la abrupta marcha de aquel general Cadrim, ya nada esperaba de él.

Pero el modo en que la trataba iba mucho más allá del desinterés. Quería herirla a propósito, dañarla a conciencia, y le avergonzaba la facilidad con que lo lograba.

Quizá solo quería distraerla, para poder proseguir sus planes de ataque sin trabas. Pero si creía que por eso iba a recluirse en sus aposentos para lamerse las heridas, o que iba a esquivarlo por miedo a un nuevo enfrentamiento, lo llevaba claro.

Tampoco había sido tan doloroso su rechazo. Solo le había herido el orgullo y, con ello, no había hecho sino espolearla aún más.

Dejaba atrás el siguiente cruce cuando su acompañante, de pronto, tomó la palabra.

—Si deseáis ir al jardín, Alteza —empezó con cautela, señalando el corredor lateral—, ahí al fondo hay una escalera.

Por un momento, Chiara sintió la tentación de seguir caminando con terquedad para no tener que admitir que no tenía idea de dónde estaba. Pero la razón se impuso a la cólera que hervía en su interior.

—Muchas gracias —respondió con rigidez y cambió de rumbo.

Una sonrisa divertida asomó a los labios del hombre y le recordó a Chiara que él no era solo parte del mobiliario del palacio, sino un ser humano con pensamientos y sentimientos propios. Un ser humano de cuya buena voluntad quizá dependiera ella algún día.

Recordó a Konrad y cómo le había reprochado no haber prestado nunca verdadera atención a ninguno de los guardias reales, y mucho menos haberles dirigido la palabra. No quería repetir ese error.

—Os llamáis Samir, ¿no es cierto?

La diversión de su rostro dio paso a una leve inquietud.

—Sí.

Chiara sonrió, conciliadora.

—Yo soy Isida. —Aún le costaba pronunciar ese nombre y esperaba que él no notara su renuencia.

—Lo sé, Alteza. —Inclinó la cabeza con respeto.

—¿Esta escalera lleva al jardín, entonces? —preguntó ella, por romper el hielo.

—Sí.

Sus respuestas escuetas no invitaban precisamente a la charla.

—Decíais que las habitaciones del ala de invitados estaban en gran parte vacías. ¿A qué se debe?

Él la observó con extrañeza, pero respondió a la pregunta con diligencia.

—La mayoría de las familias nobles posee sus propias residencias. Y el príncipe… —Se aclaró la garganta—. En fin, no es partidario de mantener además a la nobleza a costa de la corona.

Chiara frunció el ceño.