La tejedora de palabras: Secretos y brasas (La tejedora de palabras 2)
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Capítulo 1
Conmocionada, Chiara se quedó mirando el rostro de Cadrim, tan familiar y, de repente, tan extraño. Sus pensamientos rugían tan alto que habría querido taparse los oídos.
—¿¡Por qué!? —Su grito se quebró en un sollozo.
Le había mentido y la había engañado. Le había hecho creer en un afecto que jamás había existido.
No era un cobarde que hubiera huido de sus sentimientos. Era un cabrón de corazón frío.
Sus palabras resonaban en su cabeza. Lo que tú creas o no, no cambia la verdad.
Y la verdad era esta: él era su enemigo. El despiadado príncipe bárbaro que cargaba sobre su conciencia la muerte de incontables personas. El que se regodeaba en sus actos y exhibía cadáveres mutilados con saña.
El hombre con el que estaba prometida. Y que no la quería en absoluto.
No deberíamos complicarlo más de la cuenta.
Chiara levantó la cabeza temblando. Cadrim seguía allí en pie, impasible, con el rostro convertido en una máscara fría y condescendiente.
Tomó impulso y le estampó la mano en la mejilla con todas sus fuerzas. Quería golpearle el pecho con los puños hasta que la rabia impotente y desesperada se desvaneciera.
La ilusión se disipó. La figura de Cadrim se deshizo. Respirando con dificultad y sin sentir el más mínimo alivio, Chiara se quedó sola en las habitaciones a las que Willem la había llevado.
Despacio, miró a su alrededor. Se sentía tan hueca y consumida como si hubiera vuelto a cruzar la cordillera en un solo día. Y, sin embargo, no había transcurrido ni una hora desde que entró en el palacio de Laran.
El palacio de Cadrim.
Chiara se pasó la mano por la frente y se dejó caer sin fuerzas sobre un sofá tapizado.
Sus aposentos eran, en verdad, dignos de una princesa.
Cojines mullidos y alfombras esponjosas, cuadros con marcos dorados y espejos en las paredes.
Una gran puerta acristalada que daba a un balcón, una bonita mesita de centro, un escritorio y varios sillones.
Además, debía de haber al menos otras dos habitaciones, pues dos puertas salían del salón.
Todo aquel esplendor no significaba nada para ella.
No era solo la traición de Cadrim lo que le dolía. Willem tampoco le había dicho nada.
Chiara negó con la cabeza, cerró los párpados y se esforzó por recomponerse a partir de los pedazos en los que se había quebrado.
En el fondo, debería estar agradecida por aquel giro de los acontecimientos.
Durante las semanas de viaje se había dejado arrullar por los hombres, había empezado a sentir simpatía por ellos, a confiar en ellos. Pero no debía. Si alguna vez descubrían que no era Isida en realidad, acabarían con ella sin pensárselo dos veces. Estaban en bandos enfrentados.
Cadrim era mucho más astuto que ella. Él no lo había olvidado en ningún momento.
Chiara se rodeó con los brazos mientras luchaba por recuperar el control de sus emociones.
¿Cómo se comportaría Isida en su lugar? ¿Qué haría una princesa de verdad? Una mujer con suficiente amor propio para no dejarse hundir por un donnadie recién llegado.
Tenía una misión que cumplir. Ahora que por fin sabía quién era el príncipe, debía averiguar más sobre él y sus planes.
Cadrim podía aparentar amabilidad, pero detrás se ocultaban —como ella había podido comprobar en carne propia— una voluntad de hierro y una mente calculadora.
A la hora de alcanzar sus objetivos, no tendría consideración con nada ni con nadie.
Chiara se levantó y se alisó el vestido.
Su mirada se posó en el espejo que colgaba de la pared de enfrente.
Los cabellos oscuros enmarcaban sus mejillas exangües y la hacían parecer aún más pálida; los ojos los tenía enrojecidos y le brillaban delatores.
De ningún modo podía mostrarse así ante nadie.
Tenía un aspecto lamentable. No era de extrañar que Willem no hubiera dejado de intentar disculparse.
Apretó los labios y se acercó al espejo. Winja seguramente habría podido disimular con maquillaje las huellas en su rostro. Por desgracia, Winja no estaba allí. Y, aparte de que no tenía maquillaje, tampoco habría sabido qué hacer con todos aquellos botes y pinceles.
Unos golpes en la puerta la arrancaron de sus pensamientos.
El corazón de Chiara dio un brinco asustado, en el que enseguida se mezcló la esperanza. ¿Habría cambiado Cadrim de opinión? ¿Habría venido a explicárselo?
—¿Quién es? —exigió saber. Su voz sonó tensa, pero firme.
La puerta se abrió apenas una rendija. Chiara no había oído ningún cerrojo ni ninguna llave. Hasta entonces no se había preocupado por ello, pero le tranquilizó comprobar que no la encerraban.
Una mujer joven, más o menos de su edad, se detuvo, tímida, en el umbral. Era menuda, con grandes ojos almendrados, una nariz respingona y una abundante melena oscura.
—Me llamo Yorrie, Alteza. —Hizo una reverencia—. El príncipe me envía para serviros.
Chiara reprimió su decepción.
—¿Eres doncella?
—Aún no. —Sonrió, cautivadora—. Aun así, soy muy diestra con la ropa y el cabello.
Su aspecto le daba la razón: era muy bonita. Chiara cruzó los brazos.
—Si no eres doncella, ¿cómo es que el príncipe ha pensado precisamente en ti? —¿Acaso le había enviado a una de sus amantes desechadas? La idea le provocó náuseas.
—Yo… eh… —Al parecer, a Yorrie no se le había escapado la aspereza en la voz de Chiara. Cuadró los hombros—. Me ha recomendado la princesa Enora, ella valora mucho mi trabajo. Soy ayudante de la modista de la corte.
Así que no era una amante, sino una espía.
—No necesito tus servicios. —Chiara negó con la cabeza—. Ahora quisiera estar sola.
El añadido no había sonado tan regio como pretendía, pues la compasión cruzó las facciones de Yorrie.
—Como gustéis. —Inclinó la cabeza y retrocedió—. Vendré a veros más tarde. Si necesitáis algo entretanto, Samir me hará llamar. —Volvió la cabeza hacia un lado y, a través de la puerta abierta, Chiara vislumbró la manga de un uniforme.
Puede que su puerta no estuviera cerrada con llave, pero eso no significaba que la dejaran sin vigilancia.
La amargura se alzó en ella al recordar una conversación que había mantenido con Cadrim durante el viaje.
Él le había hecho creer que su rango como esposa del príncipe dependería de ella y de su comportamiento.
Por lo visto, eso también había sido una mentira: hacía tiempo que él lo había determinado.
No era más que una prisionera, un apéndice insignificante con el que él no quería tener nada que ver.
Antes, esa idea la habría tranquilizado. Una vida sin sobresaltos era todo lo que durante mucho tiempo había soñado. Ahora ya no le bastaba. Una jaula seguía siendo una jaula, por bien adornada que estuviera.
Esperó a que la puerta se cerrara tras Yorrie y se puso a explorar sus aposentos.
El dormitorio era casi tan amplio como el salón, con una cama ancha y comodísima, un tocador y un armario bien provisto con grandes espejos.
Chiara no albergaba duda alguna de que todos los vestidos le sentarían tan bien como el que llevaba puesto.
A fin de cuentas, Cadrim había tenido sobradas ocasiones para tomarle las medidas a fondo.
Cerró la puerta del armario con más fuerza de la necesaria y resopló. El breve episodio entre ambos había ocurrido hacía varias semanas; ya era hora de pasar página. A él, desde luego, no le suponía el menor problema.
Y, aun así, para él era algo distinto. Para él, ella no era más que un eslabón en una hilera quién sabe cuán larga. Para ella, en cambio…
Chiara se ciñó los brazos en torno a los hombros. Debía considerarlo un simple desliz, una decisión equivocada que, por fortuna, no había acarreado consecuencia alguna. Ahí lo dejaría.
Salió con decisión del dormitorio, abrió de un tirón la segunda puerta de sus aposentos y se detuvo asombrada. Era un baño. Un baño privado y acogedor, con una bañera grande en la que podía tenderse por completo. Ni siquiera Isida había tenido nada semejante.
Un grifo asomaba sobre la bañera, desde una especie de horno, y cuando Chiara lo giró brotó agua limpia. Estaba fría, pero supuso que el horno servía para calentarla. Abrumada, se llevó la mano a la boca. Tenía libertad para darse un baño caliente cuando le apeteciera.
La tentación de probarlo enseguida era inmensa. Le bastaría con encender el fuego y esperar un poco a que el agua se calentara. En el borde de la bañera había incluso pastillas de jabón perfumadas, y en frascos transparentes se alineaban cristales de sal de colores.
Al mismo tiempo, aquel lujo le oprimía la garganta. Cadrim tenía cuanto el corazón pudiera desear. ¿Por qué llevaba la guerra a un país pacífico? ¿Tan insaciable era?
¿Chiara?
Sintió la presencia del rey Lexor una fracción de segundo antes de que él le dirigiera la palabra. Se rehízo a toda prisa.
¿Has hablado con el príncipe? ¿Sabes quién es? La preocupación y la impaciencia de Lexor no daban lugar a equívoco.
Sí. Se apartó el cabello de la frente y se sentó en el borde de la bañera. Es Cadrim, el general. Nos ha mentido. Era él mismo desde el principio.
Una maniobra arriesgada. Debe de estar muy seguro de que no tomaremos medidas contra él. El rey calló un instante. ¿Cuánto tiempo lleva en el poder?
No estoy segura. Chiara intentó recordar lo que él había contado sobre la muerte de su padre. Unos años.
¿Quién gobernó antes que él?
Su padre , respondió, insegura. ¿Qué importancia tenía eso?
Quiero saberlo todo sobre la historia de ese maldito principado , le ordenó Lexor con dureza. Averigua de dónde sale ese autoproclamado príncipe, cuánto lleva su familia gobernando Laran, cuán fuerte es su ejército… todo, en una palabra.
La urgencia y severidad en su voz hicieron estremecer a Chiara. Recordó el odio con que Cadrim había hablado del rey Lexor, y que se había declarado enemigo mortal suyo. Sonaba como algo personal, y la reacción de su rey reforzaba esa impresión.