Capítulo 20 #3
El paquete del príncipe descansaba a sus pies como un recordatorio funesto. Con tanto tiento como si dentro pudiera anidar una víbora, Chiara lo abrió.
Asomaron una seda tornasolada de azul celeste y un tul vaporoso. Con delicadeza, Chiara sacó el vestido y se lo puso delante del cuerpo. No precisaba miriñaque ni lazadas. Era sencillo y espléndido a la vez, y el color le sentaba al cabello castaño y a la tez, ya dorada por el sol.
Maravillada, pasó los dedos por la tela susurrante y sintió una pequeña punzada en el corazón. Cadrim debía de haber aconsejado muy bien al príncipe.
Unos golpes en la puerta arrancaron a Chiara del sueño. Desorientada, se incorporó y se frotó los ojos. Era pleno día y, aunque todas las preocupaciones volvieron a caerle encima en el acto, la asombró lo bien que había dormido aquella noche.
—¿Alteza? —sonó la voz de Teera a través de la puerta.
—Pasad.
—Buenos días —la saludó Teera con afabilidad. A Chiara le gustaba que, igual que su marido, la tratara con una cortesía cálida y sin ningún miedo—. ¿Habéis dormido bien?
—Mucho mejor de lo que esperaba. —Chiara entrelazó los dedos.
—Sé que no es fácil para vos, pero estoy segura de que todo saldrá bien. El príncipe es un hombre muy afable.
—¿Lo conocéis?
—Eso no hay forma de evitarlo… Os he traído algo —prosiguió a toda prisa, antes de que Chiara pudiera indagar, y se descolgó del brazo una bata—.
Para el desayuno os resultará más cómoda que la ropa de viaje.
—Su mirada voló al montón de prendas polvorientas a los pies de la cama—.
Mandaré limpiarlas y os las enviaré a palacio.
Chiara se quedó parada, alarmada.
—¿Creéis que habré de quedarme allí desde el primer día? —Había confiado en volver con Willem después de la audiencia. Aquí se sentía segura, bien recibida, al amparo.
Teera le acarició el brazo, dándole ánimos.
—El príncipe os colmará de atenciones, seguro; y además vosotros dos tendréis mucho de qué hablar.
Chiara asintió. Era razonable. Y no sonaba ni la mitad de temible de lo que ella se había pintado.
Permitió que una imagen nueva le creciera en la mente: la de un hombre distinguido, de encanto natural, que la trataba con afabilidad y respeto.
Que no la amedrentaba ni la maltrataba. Un hombre al que, por lo menos, pudiera tener aprecio.
Chiara no sabría decir cómo sobrellevó aquella mañana.
Con cada minuto le crecía el nerviosismo.
Teera le trenzó el pelo en un precioso recogido y la ayudó a ponerse el vestido.
Chiara se contempló en el espejo, maravillada.
El cabello le brillaba casi tanto como recordaba el de Isida, pese a lo descuidado que lo llevaba desde el viaje.
La tela jugaba como una cascada en torno a su cuerpo esbelto, que había ganado a ojos vista en fuerza y en presencia.
El vestido pesaba tan poco que ni le robaba el aliento ni le quitaba la libertad de movimientos a la que tanto se había acostumbrado en las últimas semanas.
A cada gesto, tornasolaba y crujía con suavidad.
Dentro de él se sentía hermosa y ajena a partes iguales.
Willem la guio escaleras abajo, hasta el patio, y la acomodó en un carruaje cerrado que aguardaba allí.
Teera, en efecto, le había cortado el pelo y le había recortado la barba.
Vestía una suerte de uniforme de gala que le sentaba de maravilla y con el que no guardaba parecido alguno con el bárbaro que ella encontró ante las puertas de Vlecha.
Con todo el tiempo que habían pasado juntos, y aun habiendo conocido a su esposa y dormido bajo su techo, jamás habría sospechado que pudiera verse tan elegante, casi señorial.
En cuanto el carruaje arrancó, Willem se dio un tirón del cuello, contrariado.
—Odio estos trastos.
A Chiara se le escapó una risita. Qué bueno era comprobar que ciertas cosas no cambiaban nunca. Willem seguía siendo el de siempre, vistiera de bárbaro o de noble.
—¿Cómo estáis? —preguntó él, tenso.
—Estoy nerviosa —le confesó Chiara.
—Todo saldrá bien. —Sonaba como si intentara convencerse a sí mismo—. Estáis preciosa —añadió, ya con sinceridad plena—. El hombre que no caiga rendido a vuestros pies en el acto será un necio.
—Excepto vos —matizó Chiara, sonriendo.
—Excepto yo —convino él, sonriendo para sí—. Yo sería un necio si lo hiciera.
La ciudad desfilaba por las ventanillas del carruaje. Gente entregada a sus quehaceres, calles anchas y callejones angostos cruzados de cuerdas de tender. Tiendas, mercados, plazas, olores de toda clase y el chillido de las gaviotas. Era tanto que Chiara no alcanzaba a abarcarlo.
El carruaje dobló un recodo y ante los ojos de Chiara se abrió una plaza enorme.
Las flores dibujaban primorosos ornamentos, los árboles de buena sombra invitaban a demorarse y, al fondo, se alzaba el palacio.
Aunque era bastante menor que el de Arnawal, no imponía menos.
Estaba levantado con la misma piedra clara que casi todas las casas de Laran, de planta rectangular, con torres altas en las esquinas, ventanas a cientos y una gran cúpula en el centro del tejado.
El carruaje se detuvo ante la amplia escalinata que conducía al portal principal. Dos hombres de librea se apresuraron a ayudar a Chiara a bajar.
Miró alrededor con atención. El patio estaba vacío, cosa que extrañaba. Chiara había contado con que se agolparan los curiosos por atisbar a la futura princesa.
Willem se colocó a su lado y le ofreció el brazo. Nadie les prestó mucha atención mientras subían juntos la escalera. Chiara contó los peldaños: eran treinta y tres.
Unos cuantos guardias se cuadraron cuando atravesaron el portal y entraron en el vestíbulo.
En los nichos había exuberantes arreglos florales, y las paredes estaban adornadas con cuadros y estatuas.
El suelo estaba cubierto por una alfombra de colores que amortiguaba el ruido de sus pasos. Tampoco aquí había nadie.
—¿Siempre está así? —le susurró Chiara a Willem. Aun hablando quedo, la voz le resonó.
—No. —Él le palmeó la mano, dándole ánimo—. Imagino que el príncipe querrá hablar con vos en privado antes de anunciar oficialmente vuestra llegada.
Parte de la tensión se desprendió de Chiara. Sonaba de lo más considerado.
Malik se les unió desde un corredor lateral y se inclinó ante Chiara. Llevaba el mismo uniforme que Willem, aunque a él le daba un aire algo retador, quizá por la mata de pelo revuelto, de pillo, que ni para la ocasión se había domado. Las cicatrices de la mejilla acentuaban esa estampa temeraria.
—He de llevaros a la sala del trono.
—¿No al gabinete? —se cercioró Willem.
Malik negó con la cabeza.
—Por aquí, Alteza. —La guio a través de una alta puerta de dos hojas.
La sala era luminosa, pero más pequeña de lo que Chiara habría esperado. De pie, y con holgura, no cabrían en ella más de cincuenta personas. En la pared del fondo, tres peldaños subían a un estrado en semicírculo donde se alzaban, lado a lado, dos sitiales de madera mullidos. Los dos vacíos.
Chiara paseó la mirada, desazonada. Entre las ventanas, a tramos iguales, había guardias apostados.
—¿Y ahora qué? —preguntó por lo bajo mientras seguía a sus acompañantes por la sala.
Como obedeciendo a una orden, se abrió una puerta en la pared del fondo del estrado.
Salió un hombre recio y bajo, de unos cuarenta años.
También él vestía uniforme; tenía la mirada afilada y la nariz un punto ganchuda.
Nada le cubría el pelo corto y castaño. Se detuvo en el centro y se inclinó ante Chiara.
Willem y Malik se retiraron unos pasos, hasta quedar tras ella.
—Vuestra Alteza, la princesa Isida de Arnawal —resonó su potente voz—. Es para mí un placer y un honor daros la bienvenida a Laran.
Ella inclinó la cabeza, vacilante. ¿Era aquel el príncipe?
Antes de que pudiera formular esa pregunta, el hombre se volvió hacia la puerta.
Cadrim apareció en el umbral, y el corazón de Chiara dio un brinco que no esperaba. Las últimas semanas se había estado engañando. Quizá lo había arrinconado en la mente, pero olvidado, no.