La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Tumbé a media docena de yonras con mis propias manos —contestó—. Jakon no tuvo tanta suerte. —Las risas que apuntaban se apagaron.

—Algo nos ha llegado. ¿Mereció la pena, al menos? —El hombre dedicó a Chiara una mirada curiosa—. ¿Es ella?

—Sí. —Willem arrimó su caballo a la yegua de Chiara, que escarceaba nerviosa, y le sonrió para darle ánimo—. Mandad un mensajero a palacio; yo llevo primero a la princesa a mi casa.

—Así se hará. —El guardia palmeó el caballo de Willem—. Bienvenido a casa.

—Gracias. —Con una leve presión de los muslos, Willem puso el caballo en marcha e indicó a Chiara que lo siguiera. Malik los seguía de cerca.

Como en trance, Chiara cabalgó por las calles de Laran, incapaz de retener de verdad nada de cuanto veía.

Había alcanzado su meta; había llegado indemne.

Tendría que sentirse aliviada. Tendría que estar empapándose de todo para entregarle al rey Lexor el retrato más fiel posible de la ciudad y de su gente.

Tendría que alegrarse de lo bien que marchaba su plan.

Pero lo único en lo que podía pensar era en el futuro incierto que le esperaba. Y en el hombre que lo decidiría.

No volvió en sí hasta que la yegua se detuvo en un patio bien empedrado.

En grandes tiestos abrían las flores, y unos cuantos árboles se mecían al viento.

Ante ella se alzaba una casa de dos plantas con ventanas de arco, iluminadas.

Un perro acudió a la carrera meneando el rabo.

Willem saltó de la silla y le rascó un momento el lomo antes de apartarlo y volverse hacia Chiara.

—Bienvenida a mi hogar, Alteza. —Le tendió la mano para ayudarla a desmontar.

La puerta se abrió de golpe.

—¿Willem? —Una mujer apareció en el umbral—. ¿De verdad eres tú?

Chiara apenas había tocado el suelo cuando él ya se había vuelto hacia la mujer con una amplia sonrisa y los brazos abiertos, mientras ella se recogía la falda y corría hacia él.

Ella se arrojó con ímpetu a su pecho y él la volteó media vuelta en el aire antes de estrecharla con fuerza, y los dos se hundieron en un beso largo y hondo.

Chiara bajó la vista; se sentía una intrusa en aquel reencuentro de esposos. Willem llevaba meses fuera. Aun así, no podía negar la curiosidad. Con el rabillo del ojo estudió a la mujer.

Teera vestía una túnica azul oscuro de mangas amplias que acariciaba su figura, alta y esbelta. Un prendedor refulgente sujetaba el moño en que llevaba recogido el cabello negro sobre la nuca, y aros de plata le tintineaban en muñecas y orejas.

—¿Seguro que no me llevo a la princesa a mi casa? —preguntó Malik con una sonrisa pícara, cuando al fin los dos se soltaron y Willem rodeó con el brazo la cintura de Teera—. Puede que esta noche haya aquí demasiado ruido para ella.

Chiara se sonrojó sin querer, mientras Willem lo fulminaba con la mirada.

—A ti no hay quien te deje cerca de una dama. Si ni siquiera sabes deletrear «decoro».

—¡Está bien, ya me voy! —Malik alzó los brazos, riendo, antes de hacer girar su caballo—. Será que nos vemos mañana.

Muy pegada a Willem, Teera miró a Chiara con interés.

Willem carraspeó.

—Alteza, ¿puedo presentaros a mi esposa, Teera? Teera, ella es la princesa Isida de Arnawal.

Teera inclinó la cabeza con tanta gracia como si ella misma fuera una reina.

—Es un honor, Alteza.

—Gracias por acogerme bajo vuestro techo. —Chiara le dedicó una sonrisa tímida.

—¿Dónde están los chicos? —preguntó Willem.

—Están ayudando a Enro a construir su granero.

—Vaya. —Willem se quedó parado, sorprendido—. ¿Desde cuándo hacen esas cosas?

—Has estado fuera mucho tiempo. Los dos han crecido mucho en el último año.

—¿Tenéis hijos? —Willem no los había mencionado nunca.

—Sí, dos chicos. Gemelos. Ya tienen quince años. —Willem sonaba como si no acabara de creérselo—. Ha sido un viaje muy largo. —Sacudió la cabeza—. Acompaña dentro a nuestra invitada, por favor, mientras yo me encargo de los caballos.

—Claro. —Teera se desprendió de Willem—. Seguidme, Alteza, os lo ruego.

A Chiara le gustó la casa desde el primer instante.

Baldosas claras cubrían el suelo, velones grandes daban luz, y unos espejitos de colores, prendidos de los candeleros, obraban efectos de filigrana.

Teera la condujo a una estancia espaciosa, abierta al jardín.

A lo largo del ventanal había una mesa con seis sillas.

Un estante grande repleto de libros corría por una pared, y por la otra, una vitrina de fina porcelana.

—Por favor. —Teera acomodó a Chiara en una de las sillas, tomó asiento enfrente y escanció agua de una jarra grande en dos vasos—. ¿Cuánto ha durado el viaje? —preguntó mientras Chiara bebía con sed.

—Unos dos meses. —Dicho así no parecía tanto; a ella, sin embargo, se le antojaba una eternidad entera.

En los ojos de Teera brillaba la compasión.

—Debéis de ser muy valiente.

—Lo hago por mi pueblo.

—Seguro que no fue fácil, siendo una mujer sola con cinco hombres.

Chiara posó el vaso con cuidado. La advertencia sobre los celos de Teera le resonaba en los oídos, y estaba demasiado cansada para vérselas con algo así.

—El príncipe eligió bien a sus hombres.

Teera sonrió con malicia.

—En el caso de Malik, me permito dudarlo.

Chiara se sorprendió a sí misma devolviéndole la sonrisa.

— Sabe comportarse cuando se lo propone de veras. —En el último tramo del viaje no le había dado motivo de queja.

—Al menos teníais a Willem para cuidaros.

Chiara la miró, desconcertada: a Teera aquello no parecía importarle lo más mínimo.

—¿Qué pasa? —preguntó esta, sorprendida.

—Nada. —Chiara negó con la cabeza—. Es solo que… sois distinta de como os esperaba.

—¿Ah, sí? —Curiosa, Teera se inclinó hacia delante—. ¿Y qué ha ido contando Willem de mí?

—No mucho —admitió Chiara, azorada—. Pero lo que he oído daba a entender…

—¿Que lo tengo bajo la férula? —preguntó Teera, regocijada.

—Eh, sí.

La mayor de las dos se echó a reír.

—Recién casados nosotros, un amigo suyo engañó a su esposa con una jovencita cualquiera. Es posible que entonces yo le prometiera a Willem que un buen día amanecería sin sus joyas de la corona si algo semejante me llegaba alguna vez a los oídos.

—Yo sabía de sobra que era una amenaza sin pies ni cabeza, claro.

—Willem entró en la estancia y fue derecho a Teera para abrazarla por la espalda—.

Como si yo pudiera querer a otra. —Le plantó un beso sonoro en la mejilla—.

Pero viajo mucho, y esa amenaza es una respuesta estupenda cuando alguien me tienta.

—Se dejó caer en la silla de al lado—. ¿Qué hay de cenar? Me muero de hambre.

—Como los chicos duermen fuera y no sabía que llegabas hoy, he dejado marchar antes a Taischa. —Se levantó con un suspiro—. Dadme veinte minutos y os preparo algo. Tú, entretanto, date un baño, por favor. —Le pasó la mano por el pelo apelmazado—. Mañana sin falta te libro yo de esta pelambrera.

Willem le guiñó un ojo a Chiara, encantado.

—Caray, qué bien sienta volver a casa. —Se levantó—. Venid, Alteza, os enseño dónde podéis asearos.

Tras la cena —melón con jamón ahumado, pan tierno, queso curado y té dulce de hierbabuena—, Chiara tenía la sensación de que podía quedarse dormida allí mismo. Había comido hasta no caberle nada más, y ahora le pesaba encima todo el cansancio del viaje.

Willem no soltó en ningún momento la mano de Teera. Era hermoso verlo tan feliz. Y reconfortaba el corazón saber que existían de verdad matrimonios en los que ni el tiempo ni la distancia hacían mella.

Se disponía a retirarse para dejar a los dos su intimidad cuando unos golpes recios en la puerta los sobresaltaron a todos.

Willem se levantó con el ceño fruncido.

—Ahora mismo vuelvo.

Teera se puso en pie de un salto, alarmada, la mano apretada contra el pecho.

—Ojalá no les haya pasado nada a los chicos. —Salió tras su marido.

Como no quería quedarse sola atrás, Chiara fue tras ellos.

Ante la puerta había un mensajero.

—El príncipe recibirá a la princesa mañana a las diez. —Le entregó a Willem un paquete plano—. Le envía esto en señal de su aprecio y le ruega que lo vista mañana. Tiene entendido que hubo de dejar atrás la mayor parte de su guardarropa.

—Gracias. —Willem no parecía nada entusiasmado—. Allí estaremos. —Cerró la puerta y se volvió hacia Chiara. En su semblante había pesar y disgusto. Le tendió el paquete—. Esto os lo manda el príncipe…

—Sí, lo he oído. —Chiara se forzó a sonreír—. Es una gran atención por su parte.

—Lo es. —Willem torció el gesto—. ¿Necesitáis algo más, Alteza?

—No. —Chiara apretó el paquete contra el pecho.

—Entonces os acompañaré a vuestra habitación.

—¿No será mejor que lo haga yo? —preguntó Teera, extrañada—. Podría echarle una mano a la princesa para desvestirse.

—No —decidió Willem antes de que Chiara pudiera reaccionar—. Lleva semanas de viaje, seguro que prefiere estar sola —añadió a modo de explicación.

Aunque la salida de Willem sorprendió a Chiara, no le faltaba razón. Y menos cuando su ropa de viaje no pedía, ni de lejos, ayuda de doncella. Sonrió con afecto a Teera.

—Quizá mañana recurra a vuestro ofrecimiento, si este vestido resulta demasiado enrevesado.

—Como queráis. —Teera inclinó la cabeza, conforme—. Os deseo una noche placentera.

—Gracias. Yo también os la deseo.

Willem cogió para ella una jarra de agua y un vaso antes de acompañarla escaleras arriba hasta el cuarto de invitados. Su morral polvoriento ya descansaba dentro, junto a la puerta. Sobre la mesa ardía una lámpara de aceite.

—¿Os traigo algo más?

—No. —Cediendo a un impulso, Chiara le dio un abrazo fugaz—. Gracias. Gracias por todo.

Un músculo le tembló en la cara.

—Que descanséis, Alteza. —Salió del cuarto casi a la fuga y cerró la puerta tras de sí.

Chiara fue despacio hasta la cama y se sentó. La luz débil de la lámpara de aceite parpadeaba. Por el cuarto había velas dispuestas, pero decidió no encenderlas. Solo quería dormir. Sacó el camisón arrugado que Willem le había comprado por el camino en una de las posadas y se cambió.