Capítulo 20
Los días siguientes discurrieron siempre por el mismo cauce.
Aunque Willem y Malik trataban de entretenerla, Chiara pasaba la mayor parte del tiempo sumida en sus pensamientos.
Unos pensamientos que, por desgracia, giraban en redondo, pues no le llegaba nada nuevo a lo que agarrarse.
Procuraba desterrar a Cadrim de su cabeza.
Él le había vuelto la espalda: ni siquiera había querido ser su amigo y compañero, ya que no podía obtener más.
Eso era lo que más dolía de todo. Con él se había sentido preciosa, amada incluso; por fin mirada de verdad. Y seguro que, pese a todo lo que él le había dicho, no había sido para él más que una distracción pasajera, una aventura.
Desde niña le habían enseñado que su valor como mujer, su derecho a existir, dependían de un hombre y de unos hijos. Que necesitaba un esposo para estar completa. Que ese era el orden de las cosas.
No era la primera vez que se preguntaba cómo iba a completarla un fulano al que no conocía de nada, que la había exigido y adquirido como a una vaca en el mercado. ¿Cómo podía la mera existencia de un marido fijar el valor de ella?
En Chiara se removió el orgullo. En palacio siempre se había sentido invisible y sin peso.
Pero ya no era la muchacha que partió hacía tantas semanas.
Había puesto en fuga a una horda de salteadores.
Había curado heridas y había visto morir hombres.
Había dado consuelo, y ella misma había escapado de la muerte por un suspiro.
No era una mujer sin valor, ni incompleta, ni débil.
No volvería a dejar que nadie se lo metiera en la cabeza. Ni los demás. Y menos que nadie, ella misma.
Cadrim no la había dejado atrás porque ella no fuera bastante buena, bastante digna. Sino porque él —por lo que fuera— así lo había decidido. Quizá fuera de verdad un cobarde. O no se creyera con fuerzas. Puede incluso que fuera, sin más, un miserable. Fuera cual fuese su problema, era suyo .
Al menos en eso él había acertado: el viaje se volvía menos penoso cada día.
Tras la tormenta de nieve imprevista, casi no volvió a helar, y hasta el sol se dejaba ver de cuando en cuando.
Tal y como habían anunciado, a los pocos días llegaron a una aldea donde se hicieron con monturas.
Aunque Malik se ofreció varias veces a llevar a Chiara en su silla, Willem le buscó una yegua dócil y mansa, que ató con una soga a su propio caballo.
Siempre que había ocasión, enseñaba a Chiara los rudimentos de montar, de modo que al cabo de una semana ya se sostenía en la silla con bastante aplomo y hasta sabía guiar ella sola a Bena, su yegüita, en terreno llano.
En cuanto dejaron atrás las montañas, el tiempo se templó a ojos vistas; para la estación, a Chiara casi le sobraba calor. Los árboles, de un verde jugoso, competían en brillo con el azul del cielo.
Laran era una preciosidad, y estaba poblado como pocos lugares. Aldeas y campos fértiles se sucedían casi sin hueco entre medias. Ora no había exagerado al decir que a los laranos se les iba acabando la tierra.
La gente era de natural mucho más fogosa y a menudo más irascible que en Arnawal.
Más de una vez presenció Chiara discusiones a voz en grito en posadas y calles.
Las ropas eran en la llanura tan coloridas como las de los montañeses, solo que de corte mucho más vaporoso y suelto.
Las mujeres lucían bonitas cadenillas al cuello y a las muñecas, y se trenzaban flores u hojas en el pelo.
Todo era ruidoso, colorido y vivo.
Las casas eran, casi sin excepción, de piedra clara, con ángulos rectos, entradas en forma de arco y tejados planos. Las más grandes y bonitas de ellas estaban además adornadas con cúpulas.
En las posadas donde pararon desde entonces, nadie prestaba a Chiara mayor atención. No había guardias acordonando la sala, ni miedo en las caras de los posaderos. La gente la tomaba —por la ropa, seguro— por una visitante de las montañas, y Willem ponía de su parte para afianzar esa impresión.
—¿La gente no sabe nada de la boda? —acabó por preguntar Chiara, asombrada, una noche durante la cena.
Willem mojó un pedazo de pan tierno en la salsa especiada.
—El príncipe no quiso pregonarlo a los cuatro vientos mientras la respuesta de vuestro padre estuviera en el aire.
—¿Cadrim no ha pasado por aquí? —El nombre le salió a trompicones de los labios, porque seguía sin saber qué pensar de él.
A veces el corazón le daba un saltito cuando miraba alrededor en el camino, como si en cualquier momento fuera a aparecer su figura familiar.
Luego se avergonzaba de esos pensamientos y los desterraba adonde pertenecían: al reino del recuerdo.
—Él… —A Willem le tembló el gesto, lo que —Chiara ya lo sabía— era señal de apuro—. Si he de seros sincero, Alteza, no tengo ni idea de dónde para ni de qué anda haciendo.
La inquietud se removió en Chiara.
—¿Qué queréis decir?
Willem carraspeó.
—Solo puede llevarnos unos días de ventaja, pero, pregunte a quien pregunte, nadie parece haberlo visto.
Chiara lo agarró del brazo.
—¿Creéis que le ha ocurrido algo?
—No. —Sonrió, sosegador—. Cad sabe cuidar de sí mismo. Lo más seguro es que haya esquivado toda demora para plantarse en la capital cuanto antes.
—Seguro que el príncipe se alegrará de saber del éxito de las negociaciones.
La sonrisa de Willem se volvió más cálida.
—Sobre todo, estará encantado de veros, Alteza.
Chiara inclinó la cabeza en muda aquiescencia, mientras Malik ponía los ojos en blanco.
—¿Cuánto queda hasta la capital? —preguntó ella a media voz.
—Si todo va bien, en dos días descansaremos en mi casa.
—¿Seguro que no te la juegas? —Malik meneó las cejas—. Yo me llevo encantado a la princesa a mi casa, no vaya a ser que en la tuya te busques un disgusto.
—No sé qué os traéis todos. —Willem sacudió la cabeza, ofendido—. Teera es el encanto y la hospitalidad en persona.
—Pues yo lo recuerdo de otra manera.
—¡Le contaste que yo había estado contigo en un burdel! —Willem enmudeció, cazado, al notar cuánto había alzado la voz, y le dirigió a Chiara una mirada compungida—. Disculpad el vocabulario, os lo ruego.
—Es que estuviste —replicó Malik con una sonrisa de oreja a oreja.
Chiara miró a Willem con curiosidad.
—Ahora tenéis que contarme la historia entera. —Seguro que él no era de los que engañan a su esposa en un burdel.
Willem se pasó la mano por la cara, suspirando.
—Hubo abusos en cierto establecimiento . Y nadie podía, o quería, ponerles freno. Así que el encargo cayó en nosotros. —El rostro se le ensombreció con el recuerdo—. Os ahorro los pormenores. Lo que importa es que dimos caza al malnacido.
Malik negó con la cabeza.
—Hasta el final creyó que su alta posición lo ampararía. Pero con Cad eso no vale. Él…
—El general llevó el caso directo ante el príncipe —prosiguió Willem en lugar de Malik—.
El juicio fue de lo más sumario. —Calló, y Chiara no quiso preguntar—.
El caso —retomó Willem, buscando un tono más ligero— es que a Teera no le conté todos los detalles.
De eso ya se encargó por mí mi querido amigo.
—Le echó a Malik una mirada torva, que este recibió con cara de no haber roto un plato.
—¿Cómo iba yo a sospechar que no le dirías toda la verdad?
—Sí. Los dos sabemos que solo querías desviar la atención para tirarle los tejos a Rina sin estorbos. La sobrina de Teera estaba entonces de visita en casa —añadió, a modo de explicación, vuelto hacia Chiara.
—¿Lo sabías? —Las mejillas de Malik enrojecieron de verdad.
—¿De verdad crees que se me escapa algo de lo que ocurre bajo mi techo?
—Hemos estado fuera mucho tiempo. —De pronto, Malik se puso serio. Se pasó los dedos por la mejilla cosida de cicatrices.
—Rina ya no vive en la ciudad —repuso Willem con una delicadeza inesperada—. No hace falta que te plantes ante ella.
Malik irguió los hombros, la mirada vuelta hacia dentro.
—Bien. —No sonaba a que fuera a hacerlo jamás.
Chiara lo observó, pensativa. Se había arrojado sin titubear contra yonras descomunales; había peleado y vencido. Pero no le alcanzaba el valor para enfrentarse a una simple muchacha.
El sol se inclinaba ya hacia el horizonte cuando, al segundo día, asomaron ante ellos los contornos de la capital. La rodeaba una muralla alta, tras la que se alzaban cúpulas y torres. Las gaviotas chillaban en vuelo sobre la ciudad, y la gente les venía de frente con carros y bestias de carga.
—Hoy ha debido de ser el mercado grande —explicó Willem, que cabalgaba a su lado sin perder de vista el gentío—. Se celebra cada dos semanas y atrae a gente de toda la comarca. Quien tiene algo que comprar o vender, allí se deja ver.
Chiara observaba con curiosidad a la gente que pasaba de largo y trataba de imaginar cómo sería vivir entre ellos. Llevar aquellas alhajas y aquellos ropajes, reír a carcajadas o ponerse a cantar cuando le viniera en gana.
Divertida consigo misma, sacudió la cabeza.
Su vida en palacio no iba a parecerse a la de esa gente.
Para las princesas regían en todas partes reglas distintas que para el pueblo llano.
Ni siquiera Isida había sido libre de veras.
Tan solo había procurado exprimir el margen que tenía, emperrándose, caprichosa, en que se le cumplieran antojos menudos.
De cerca, la muralla imponía aún más. En la base tendría sus buenos cinco metros de grosor, y se alzaba al menos otros seis. Sin querer, Chiara se preguntó de quién podía guardarse tanto el príncipe, contando ya con la barrera mágica que separaba su reino del resto del mundo.
Los guardias de la puerta saludaron a Willem y a Malik por sus nombres.
—Veo que por fin te has ganado unas cicatrices para esa cara de crío —añadió, campechano, un hombre ya mayor vuelto hacia Malik. A él mismo le cruzaba la frente un costurón abultado—. En cuanto haya ocasión, me tienes que contar esa historia sin falta.
A Chiara se le antojó una falta de tacto, pero a Malik no pareció molestarle. Entre hombres, por lo visto, regían otras normas.