La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Chiara se volvió hacia la ventana sin decir nada. Sí: eso era justo lo que él pensaba hacer. Pero no iba a llorar. Otra vez no.

Lo oyó situarse a su espalda y se envaró cuando él le posó las manos en los hombros. Resignado, la soltó.

—Lo siento. —Suspiró—. No te imaginas cuánto. —Antes de que ella pudiera responder, le rozó la mejilla con los labios.

Chiara no osó moverse mientras él aspiraba hondo, pegado a su piel. Apretó los puños para no volverse, echarle los brazos al cuello y suplicarle que se quedara con ella al menos las semanas que faltaban.

Las manos de Cadrim se cerraron en torno a su cintura, y quién sabe qué habría ocurrido si de fuera no hubieran llegado voces. Él la soltó tan de golpe como si se hubiera quemado.

—Llegan pronto. —Se abalanzó a la puerta y la abrió de par en par.

Chiara se volvió, vacilante.

—Son ellos, en efecto. —Parecía aliviado y decepcionado a un tiempo. Alzó el brazo y saludó a los hombres—. No os esperábamos tan pronto.

—¿Acaso molestamos? —le llegó a Chiara la voz amortiguada de Willem.

—No. —Cadrim sacudió la cabeza a toda prisa—. Pasad.

Chiara ya se había repuesto lo bastante para regalar una sonrisa a los recién llegados.

Aun así, a Willem no se le escapó la tristeza de su rostro. Frunció el ceño.

—¿Estáis bien?

—Claro. —Chiara señaló el caldero—. ¿Tenéis hambre? Del guiso no queda mucho, pero para ir empezando debería alcanzar.

—Una lástima que hayamos tenido que abandonar la presa —se quejó Malik—. Alguien nos ha metido tanta prisa que apenas nos ha dejado resollar. —Le lanzó a Willem una mirada acusadora.

—Como si no os hubierais preocupado por la princesa.

—A mí no me ha pasado nada —subrayó Chiara—. Solo me he mojado un poco.

—A otro con ese cuento —gruñó Willem—. Cad estaba fuera de sí.

—No exageres —protestó este—. Ya te dije que estaba bien. Tú te pusiste como una clueca.

Una sonrisa menuda asomó a los labios de Chiara mientras escuchaba aquel rifirrafe de amigos. Qué bueno era tener otra vez cerca a Willem y a los demás: la distraían de Cadrim y de la tensión casi insufrible que se había trabado entre los dos. Su plazo de gracia, eso sí, duró poco.

Cadrim le palmeó la espalda a Willem, amistoso.

—Ahora que estáis aquí, puedo partir tranquilo.

Willem se quedó inmóvil a mitad del gesto.

—¿Adónde?

—A Laran, quiero prepararlo todo para la llegada de la princesa.

La mirada recelosa de Willem saltó de Cadrim a Chiara, y de vuelta.

—¿A qué viene tanta prisa?

Cadrim no dejó traslucir nada.

—Llevo tiempo pensándolo. El camino por este lado del río es mucho menos peligroso. Os las arreglaréis sin mí.

—¿Ha pasado algo que deba saber?

—No.

Willem miró a Chiara, quien se encogió de hombros en silencio. Lo que había pasado entre Cadrim y ella no era asunto de nadie y, de todos modos, no tenía importancia.

—Cad. —Willem estiró el nombre en tono de advertencia mientras lo escrutaba.

—Así es mejor —respondió Cadrim, escueto.

—Entiendo —murmuró Willem, y a Chiara la rondó la sensación de que entendía de veras. Tampoco era tan difícil atar cabos y ver qué empujaba a Cadrim a aquella fuga.

—Disculpadme, os lo ruego. —De pronto la cabaña se le quedó demasiado llena. Se abrió paso entre los hombres y salió.

El aire frío la golpeó, y ella ofreció la cara al viento.

El corazón le dolía tanto que las lágrimas le anegaron los ojos.

Echó a andar despacio, peleando por serenarse.

Solo se detuvo en la orilla del río, ante el agua espumeante.

Allí se había lanzado Cadrim tras ella para salvarle la vida; y allí, después, le había enseñado lo que era estar viva de verdad.

No acababa de entender su proceder, pero sabía que algo significaba para él. Con ella no había fingido. Y con eso tendría que bastarle para el resto de su vida.

Soltó una risa sin alegría al caer en la ironía de todo aquello.

Cadrim le había dado justo lo que ella había esperado de Konrad: un recuerdo con el que sobrellevar los tiempos difíciles.

Solo que eso no volvía nada más llevadero.

Quizá tendría que haber apuntado un poco más alto desde el principio.

Unos pasos silenciosos se acercaron a ella. Chiara no se dio la vuelta.

—He venido a despedirme, Alteza. —Cadrim se puso a su lado—. Os deseo un viaje sin contratiempos.

—Lo mismo os deseo, general. —Chiara se enorgulleció de lo firme que sonó su voz—. Nos vemos en Laran.

Él inclinó la cabeza, y ella devolvió el saludo antes de volverse. Willem aguardaba unos pasos por detrás. Cómo no: los hombres no la habían dejado salir sin escolta.

—¿Estás seguro del todo? —Willem no parecía nada entusiasmado—. ¿No quieres esperar al menos a mañana?

Cadrim miró a Chiara.

—No.

Willem suspiró.

—Al menos llévate a Rowin.

—Vosotros debéis proteger a la princesa, yo me las arreglaré solo.

—O viene Rowin contigo o voy yo.

Los ojos de Cadrim relampaguearon en advertencia. Willem le sostuvo la mirada sin pestañear.

Cadrim dio un paso hacia él.

—Me respondes tú, en persona, de su seguridad.

—Te doy mi palabra. —Willem le tendió la mano, y Cadrim, tras un titubeo, se la estrechó.

Se agachó a recoger su equipaje y se alejó a zancadas, sin volver la vista ni una vez.

—¡Rowin! —llamó, cortante, al llegar a la cabaña—. Tú te vienes conmigo.

Chiara contaba con una protesta, pero el tono tenía un deje tan de mando que Rowin se plegó sin decir palabra.

—¿No podía concederle siquiera un descanso? —preguntó ella, preocupada.

—Perded cuidado. —Willem suspiró—. Me imagino que acamparán justo pasado el primer recodo.

—¿Y entonces para qué todo esto?

—Decídmelo vos.

Chiara se abrazó el cuerpo.

—Mejor entramos; tengo frío.

—Un momento. —Willem la retuvo, violento—. ¿Cad…? ¿Os ha hecho algo? —Se retorcía por dentro, y se le notaba—. ¿Os ha… importunado de algún modo?

—No. —Chiara negó con la cabeza. No le había hecho ninguna falta.

—Bien. —Willem asintió, aliviado—. Vamos adentro, al calor.

Sin Cadrim, la cabaña no parecía ni la mitad de acogedora.

Chiara se hizo un ovillo en una silla y dejó hacer a Willem y Malik.

Las últimas horas habían sido tan extenuantes, tan intensas, que se sentía como apaleada.

Había escapado de la muerte por un suspiro y, justo después, había conocido la dicha más alta que le había sido dada hasta entonces.

Una dicha cortada en seco. Iba a necesitar tiempo para digerirlo todo.

Menos mal que tenía tiempo de sobra.

Se abrazó las rodillas y miró por la ventana, mientras las nubes desfilaban y el cielo, poco a poco, iba mudando de color.

Willem y Malik la dejaron en paz. Solo una vez Malik le puso delante un cuenco humeante y ella lo vació a cucharadas sin saborear nada.

En cuanto oscureció lo suficiente, Chiara se acurrucó en un rincón y se cubrió con la manta.

—Cad es un zoquete —gruñó Willem al cabo de un rato. Debía de creer que ella ya dormía.

—Qué novedad. —Malik resopló—. Yo, en su lugar, me habría reído de las reglas.

—Es su decisión, no la tuya —le reprendió Willem.

—Estoy deseando ver cuánto aguanta. —Malik se levantó.

—Ya conoces a Cad. El deber y el honor están para él por encima de todo. Si hace falta, lo llevará hasta el amargo final.

—Él se lo ha buscado. —Malik desapareció por la puerta.

Chiara aguardó su regreso en vilo, confiando en que los dos retomaran la conversación. Por desgracia, pasaron a ocuparse de la ruta del día siguiente y, al cabo, ella se quedó traspuesta.