La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Chiara tiritaba cuando alzó los párpados. En el primer momento no supo qué la incomodaba; luego cayó en que Cadrim ya no estaba a su lado. Aunque el fuego ardía en la chimenea, notaba un frío desagradable en el costado.

—Buenos días. —Estaba sentado a la mesa, ya vestido del todo—. ¿Has dormido bien? —La sonrisa que le dedicó no le llegó a los ojos.

Despacio, Chiara se incorporó hasta quedar sentada.

—Sí. ¿Por qué estás ya en pie? —Fuera apenas clareaba el día.

—Ya no podía dormir. —Bajó la vista a sus manos—. He estado pensando.

Chiara se envolvió en la manta y fue hasta él.

—Yo también. Quizá haya una salida… —empezó, insegura—. Puede que al príncipe le baste un matrimonio de pura apariencia; a fin de cuentas, no tiene verdadero interés en mí. Si ni siquiera me conoce… —Se calló cuando Cadrim negó con la cabeza.

—Ojalá fuera tan sencillo. —Apretó los labios antes de mirarla, resuelto—. Lo de ayer fue un error.

Chiara lo miró en silencio. Ella misma lo sabía. Aunque no lo habría expresado así.

Él le tomó la mano, como queriendo amortiguar el golpe de sus palabras.

—Un error hermoso del que no sé arrepentirme. Aun así, no debe repetirse.

Chiara peleó por que no se le notara la decepción.

—¿Así que te rindes, sin más? ¿Ni siquiera vas a intentar buscar una salida?

—¡Sé que no la hay! —Se pasó la mano por el pelo, exasperado—. Y cada intento de negarlo no hace más que empeorarlo. Lo siento. —Su voz se ablandó—. Lo siento tanto. Tú no te mereces nada de esto. Pero las cosas son como son.

—Sí. —Chiara se abrazó los hombros—. Pertenezco a tu príncipe. —Se estremeció con solo pensarlo.

Cadrim tomó aire, trémulo.

—No es lo que crees. Él no te importunará. Tendrás una buena vida entre nosotros.

Ella lo miró sin entender. Si tan seguro estaba de que su príncipe no iba a reclamar ningún derecho sobre ella, ¿dónde estaba el problema?

—¡Es que no puedo! —Cadrim se levantó de un salto—. No sé cómo voy a estar cerca de ti y a la vez guardar las distancias. Menos aún ahora que sé lo que es sentirte. Lo que es tenerte en los brazos, sentirte con cada fibra de mi cuerpo.

Chiara entendía de sobra de qué hablaba.

Es más fácil renunciar a lo que no se conoce.

Sin la última noche, su vida habría seguido su curso de siempre.

Habría cargado por dentro con un callado anhelo de algo más, y eso no era ninguna novedad para ella.

Ahora, en cambio, se le hacía francamente antinatural no tocar a Cadrim, no refugiarse en sus brazos como la cosa más obvia del mundo.

Se encogió de hombros, tragándose las lágrimas.

—¿Y cómo va a seguir esto, según tú? —Estaba claro que él no pensaba luchar por ella.

—Me adelantaré en cuanto lleguen Willem y los demás.

—¿Qué? —Lo miró, atónita.

—Entiéndelo —imploró él—. Es mejor así, para los dos.

Ella asintió despacio mientras retrocedía un paso. Tenía razón. La separación les daría tiempo a los dos para rehacerse. Para olvidar la cercanía nacida entre ambos. Para poder encontrarse de nuevo como dos extraños.

Desde el principio había sabido que aquello no tenía esperanza. Y aun así era como si él la hubiera traicionado.

Algo debió de asomarle a la cara, porque él volvió a tender el brazo hacia ella.

—Isida…

Chiara parpadeó y retrocedió otro paso, mientras el dolor del pecho le robaba por un instante el aliento. Él la había llamado tan pocas veces por ese nombre que olvidarlo había sido fácil.

Pero solo se había engañado a sí misma. Nunca había habido verdadera cercanía entre ellos. Él ni siquiera sabía quién era ella en realidad.

Las lágrimas le quemaban al rodar por las mejillas. Alzó la mano en gesto de rechazo para frenar a Cadrim, que quería atraerla hacia sí.

—Tienes razón —dijo con voz apagada—. Quedémonos ahí. —Lo plantó donde estaba, recogió su ropa, ya seca, y le volvió la espalda.

Oyó que él abandonaba en silencio la cabaña y se desplomó de rodillas, deshecha. Lo había hecho todo mal. Se había perdido en una ilusión mucho más pérfida que las que ella tejía con palabras. Porque esta había anidado en su corazón.

Su mirada cayó sobre el anillo de su dedo, y tiró de él, poseída por una rabia súbita.

Ojalá el rey no la hubiera mandado nunca a aquel viaje. Ojalá Isida hubiera dado más la cara por ella. Ojalá se hubiera negado, o hubiera huido cuando aún estaba a tiempo. Toda la vida la habían dejado en la estacada.

Y lo peor era esto: ella misma lo había hecho una vez tras otra.

Con ojos ciegos, Chiara contempló el anillo en su mano. El rey Lexor quería información. El príncipe de Laran, la corona de Lexor. Qué quería Cadrim, no lo sabía.

Solo una cosa estaba clara: ella no le importaba a ninguno lo bastante para renunciar a sus fines.

Chiara evocó los sueños con que había partido. La esperanza de volver a ver a su familia. De veras había creído que con eso bastaría. Que con eso sería feliz.

Pero eso no bastaba. Quería más.

Sin advertirlo siquiera, había empezado a soñar un sueño enteramente nuevo, que otra vez se había hecho añicos, sin piedad.

Se sentía perdida; no sabía hacia dónde tirar.

El anillo pesaba en su mano.

¿Por qué sus informes al rey se le antojaban cada vez más una traición a Cadrim? Y sus sentimientos por el general, a su vez, eran una traición a su pueblo.

Le hubiera gustado saber a cuál de los dos podía creer.

Lo más triste de todo era que, seguramente, ninguno de los dos le contaba la verdad entera.

Con un suspiro, Chiara volvió a calzarse el anillo en el dedo.

No había emprendido aquella misión por Lexor, sino por la gente de Arnawal, a la que Cadrim y sus hombres atacaban.

Y aunque de Laran aún conocía poco, había visto que también allí vivía gente corriente, a la que las fronteras y las ambiciones de poder le traían sin cuidado.

Si estallaba la guerra, el sufrimiento sería grande en los dos bandos.

Por eso estaba resuelta a hacer cuanto estuviera en su mano por impedirlo.

Le representaría al príncipe el papel de esposa obediente hasta averiguar qué buscaba en realidad.

A Lexor le facilitaría información escogida para proteger su tierra de nuevos ataques.

No le quedaba sino creer que podía impedir una guerra.

Y después…

Ahí su fantasía se rendía. Era más seguro no soñar demasiado alto. Tanto podía torcerse, tanto podía cambiar, que era ocioso quebrarse la cabeza con un futuro sin forma.

Cadrim tardaba tanto en volver que Chiara se preguntó si habría salido al encuentro de Willem. Cuando le entró hambre, se sirvió un poco de guiso en el cuenco. La magia, que llevaba demasiado tiempo sin usar, le hormigueaba bajo la piel, y decidió aventurarse a una prueba.

Desde la travesía del valle fronterizo había pensado muchas veces en el poder de Valessa, tan semejante al suyo y a la vez tan distinto.

Y cuando menos desde que Cadrim contempló las imágenes de sus sueños, no la soltaba la pregunta de si también ella sabría tejer imágenes sin palabras que se oyeran.

Mientras masticaba sin prisa, Chiara cerró los ojos e imaginó un cuenco de postre cremoso, adornado con bayas y salpicado de chocolate.

Para ella aquello era la culminación de todo banquete y, cómo no, siempre se las había arreglado para estar en la cocina, como por casualidad, cuando llegaban las sobras de la mesa real.

Se trajo el sabor a la memoria con tal viveza que creyó notar en el paladar su aroma delicado.

Despacio, alzó los párpados. El cuenco estaba ante ella, sobre la mesa, justo donde lo había imaginado. A primera vista la ilusión parecía casi de verdad; solo al mirar mejor se advertía que el oscuro tablero se traslucía por debajo. Jamás le había salido a Chiara una imagen tan viva.

No; eso no era cierto del todo. De pronto le vinieron a la mente las llamas con que había ahuyentado a los asaltantes del bosque, y Chiara se quedó suspensa, maravillada.

Entonces había estado demasiado asustada, demasiado dispersa, para prestar verdadera atención.

Pero ahora recordaba que las llamas habían parecido tanto más reales cuantos más hombres las advertían, cuanto más las temían.

Como si la atención de ellos, su fe en la realidad de lo que veían, hubiera dado fuerza a la ilusión.

Sin dar crédito, se llevó la mano a la boca. Si aquello era verdad…

La puerta se abrió y Chiara dio un respingo. Cadrim ocupaba el umbral, y al verlo el corazón se le aceleró sin remedio.

—¿Ocurre algo? —Se esforzó por componer un semblante sereno.

Él negó con la cabeza.

—¿Qué tienes ahí? —Se acercó, curioso.

—Nada de particular. —Chiara barrió a toda prisa la imagen con la mano, y esta se deshizo en la nada. El pulso le galopaba como loco. La había visto de verdad, sin haber estado delante cuando ella tejió la imagen.

—Lástima. —Cadrim se arrancó una sonrisa a duras penas—. Tenía muy buena pinta.

—Puede que sea lo que más eche de menos del palacio.

—No sabía que fueras tan golosa.

Eran muchas, muchísimas, las cosas que él no sabía de ella. Chiara irguió los hombros.

—¿Cuándo partes?

Un gesto dolido le cruzó la cara; y eso que era él quien se daba a la fuga.

—Por favor, no nos despidamos así —rogó, áspero—. Querría que al menos… quedáramos como amigos.

—Claro. —Apretó los labios. Un amigo en Laran era, al cabo, mucho más de lo que había creído posible al partir—. ¿Te veré a menudo en la corte?

Cadrim tragó saliva.

—Doy por hecho que sí. —Arrancó la mirada de ella y se volvió hacia el caldero—. Lo más difícil del viaje ya quedó atrás. Pronto llegaréis a tierras pobladas.

Vosotros , no nosotros. Chiara apretó los dientes. De verdad pensaba irse. El muy cobarde.

—Willem te cuidará bien.

—De eso estoy segura.

—Estarán aquí en unas horas.

Chiara no sabía a qué venía aquello ni qué contestar. Lo más seguro es que él solo intentara llenar aquel silencio de plomo.

—Si quieres aprovechar la luz desde ya, lo entiendo. No hace falta que los esperes conmigo.

Le destellaron los ojos.

—Yo no te dejo en la estacada.