Capítulo 18 #3
—No te apures por eso —dijo, quitándole peso con un gesto—. A mí me ha parecido una maravilla. —Cerró los ojos y tomó aire, como queriendo apurar el recuerdo un poco más.
Chiara se mordió el labio.
—No tanto como a mí. —Se había abierto a él; nadie había llegado nunca tan adentro. Y ahora era ella la que quería estar cerca de él . Se volvió entre sus brazos para verlo mejor. Además, la curiosidad la picaba—. ¿Puedo hacer yo algo… parecido por ti?
Cadrim aspiró tan de golpe que se atragantó.
—¡Por Dios! —Tosió—. Esa pregunta, en tu boca, con ese tono inocente… —Un estremecimiento le recorrió el cuerpo—. No hace falta —recalcó—. No tienes que hacer nada.
—Pero yo quiero. —Chiara no daba crédito a su propia osadía. Claro que estaba tendida, desnuda del todo, entre sus brazos. Ahí no quedaba sitio para pudores fingidos.
A Cadrim le costó tragar.
—Si de verdad lo quieres… —Le tomó la mano con delicadeza y la guio hasta su entrepierna. Los dedos de Chiara palparon algo largo y duro. El cuerpo entero de él se tensó cuando lo acarició.
Ella apretó más la mano, cosa que pareció complacerlo, y se volvió hacia él.
—¿Qué he de hacer?
Cadrim carraspeó y dejó caer despacio la cabeza hacia atrás.
—Lo que tú quieras.
—¿Puedo… verte? —Alargó la mano hacia la pretina de sus calzones.
Cadrim apretó los dientes mientras asentía, tembloroso.
No le quitó los ojos de encima ni un instante mientras ella soltaba los botones; al hacerlo, los dedos de Chiara le rozaban a cada paso el miembro tenso a través de la tela, y a él se le cerraban los puños.
Su mirada recorrió el cuerpo desnudo de ella, y las caderas le dieron una sacudida.
Chiara se mordió el labio, sonriendo. Por experiencia propia sabía qué significaba aquel movimiento. Le gustaba lo que ella hacía. Con la boca seca, le retiró los calzones y miró a Cadrim, expectante.
—Puedes tocarme, si quieres. —Tenía el rostro tan tenso como la voz.
Con timidez, Chiara cerró la mano en torno a su miembro, liso y duro, y lo soltó con susto cuando Cadrim dejó escapar un jadeo.
—No, no pares —pidió con voz ronca, y extendió el brazo hacia ella.
Con algo más de arrojo, Chiara probó de nuevo: deslizó la mano arriba y abajo, saboreando aquella sensación inimitable de seda tersa sobre acero.
La respiración fatigosa de Cadrim era música para sus oídos. Envalentonada, se incorporó y dejó vagar la mano libre por el resto de aquel cuerpo espléndido y musculoso, sin perder el compás con la otra. Del pecho de él brotó un gemido hondo.
—Más deprisa —exigió, y Chiara obedeció.
Fascinada, lo observaba: el vaivén de sus caderas, los jadeos roncos, el temblor de los músculos en su vientre liso.
Con asombro notó que su propio cuerpo respondía a aquellas señales del placer de él: el centro volvía a palpitarle y entre los muslos se le juntaba la humedad.
Apretó las piernas y tensó los músculos en busca de algún alivio.
De pronto, Cadrim soltó un grito ronco y su simiente se derramó, caliente, sobre la mano de ella. Igual que él había hecho antes, Chiara siguió mientras él cabalgaba las olas de su gozo, hasta que al fin él tendió el brazo, la atrajo a su costado y la cubrió con la manta, solícito.
Chiara escuchaba el martilleo de su corazón, le acariciaba el pecho con dedos suaves y trataba de abarcar lo ocurrido. Su mundo se le había vuelto del revés; ya nada era como antes.
Él inclinó la cabeza y le buscó los labios. Aquel beso fue distinto de todos los anteriores: tierno, saciado, leve. Como la confirmación de algo que los dos sabían ya. Como si hubieran sido creados justo para aquello.
Al cabo de un rato, Cadrim se desprendió de ella a regañadientes.
—Mucho me temo que las alubias se habrán deshecho en papilla.
Chiara le recorrió la piel con los dedos, sonriendo.
—Me trae sin cuidado.
Él le rozó la mejilla con ternura.
—A mí también. Aun así, hemos de procurar conservar las fuerzas. —Su voz se tornó grave—. Hace unas horas has estado a punto de morir. Y yo… —cerró con fuerza los ojos un instante— puede que haya gastado algo más de magia de la cuenta para calentarte.
Chiara se incorporó, preocupada.
—No hacía ninguna falta.
—Pero yo quería. Y parecía gustarte. —Sus ojos tomaron un aire soñador.
A Chiara el calor le subió de golpe a las mejillas al recordar lo deliciosas que habían sido aquellas manos sobre su piel. Lo examinó con atención: sabía bien cómo se quedaba una después de semejante esfuerzo.
—Tú no te muevas de ahí —dispuso, y, envuelta en la manta, fue hasta el fuego.
Después de comer, Chiara volvió a ovillarse, lánguida y a gusto, entre sus brazos. La ropa de ella ya estaba seca, pero ninguno de los dos lo mencionó. Lo que hicieron fue arrimarse un poco más a la chimenea.
Pronto la respiración honda y serena de Cadrim llenó la estancia. Tenía que estar agotado de veras, por más que no lo hubiera dejado entrever.
Chiara escuchó el latido acompasado de su corazón, se amoldó a aquel cuerpo duro y a la vez tan flexible, y procuró no pensar en qué iba a ser de los dos. Tenían un día más solo para ellos. Y luego, dos semanas juntos antes de que él la entregara a su esposo. Con eso habría de bastar.