La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Deja que te sorprenda. —Sus labios descendieron por el cuello de ella, y su mano se cerró sobre un pecho.

Chiara jadeó, vencida, cuando el pulgar de él halló la punta sensible a través de la delgada banda de tela.

Él alzó la vista sin dejar de acariciarla, despacio.

—¿Me dejas?

Ella asintió, aturdida y con un punto de nervios. No tenía ni idea de lo que la esperaba, pero confiaba en él. No haría nada que los comprometiera a los dos ante el príncipe.

—Si quieres que pare, no tienes más que decirlo.

—Alzó la mirada, ascua viva—. Aunque espero de corazón que no lo digas.

—Se humedeció los labios como ante un banquete de gala.

Sus dedos recorrieron con suavidad la parte baja del pecho de ella antes de asir el borde de la banda de tela y tirar muy despacio hacia abajo.

Las pupilas se le dilataron de deseo al descubrirle los pechos, y la vergüenza que de pronto había prendido en Chiara se apagó.

—Eres preciosa. —Casi con reverencia, Cadrim posó las manos en ellos y los oprimió con suavidad.

Un gemido de placer escapó de los labios de Chiara; echó la cabeza hacia atrás y arqueó el torso hacia él. Él le masajeó y acarició los pechos con ternura, mientras los cubría de besos.

Jamás había sentido nada tan celestial. Era hermoso, prohibido, excitante y embriagador, todo a la vez. La lengua de él le recorrió la piel, rodeó la punta del pecho; luego sus labios la envolvieron entera y, dentro de la boca, la lengua se puso a jugar con ella.

Chiara hincó las manos en la manta mientras las piernas se le frotaban una contra otra cada vez con más fuerza. A punto estuvo de llevarse allí la propia mano cuando el tirón se hizo casi insufrible. Gemía y se retorcía bajo él, que la acariciaba sin tregua con manos, labios y lengua.

No había sospechado que su cuerpo fuera capaz de sentir así.

—Por favor —jadeó, sin saber siquiera qué pedía. Todo su ser estaba pendiente de dos cosas: del punto exacto que Cadrim tocara en cada instante y de aquel otro punto que le palpitaba de deseo entre las piernas y que estaba a nada de hacerle perder el juicio.

Con una sonrisa satisfecha, Cadrim alzó un instante la vista hacia ella. Los ojos le ardían, y su respiración iba apenas más sosegada que la de ella. Despacio, se irguió sobre las rodillas y siguió bajando con los labios por su cuerpo, mientras una mano continuaba acariciándole el pecho.

Chiara contuvo el aliento cuando él le pasó por el arco de las costillas, sopló un beso sobre su ombligo y aun así no se detuvo. Sus nudillos resiguieron el borde de la prenda íntima. Sus labios quedaron suspendidos a unos centímetros escasos de su centro palpitante.

Los músculos del interior de Chiara se contrajeron, exigentes.

—¿Me dejas? —Le temblaba la voz.

A Chiara le costó tragar saliva. El pudor y el deseo libraban dentro de ella una batalla encarnizada. Nunca se había mostrado así ante un hombre. Siempre había creído que esas cosas ocurrían a oscuras y bajo las mantas. ¿Y si al verla sentía rechazo?

—Por favor —dejó escapar Cadrim, ronco. Sus manos se deslizaron bajo el trasero de ella, acariciándole muslos y nalgas. Los hombros le temblaban de pura tensión, y las aletas de la nariz se le hincharon al aspirar hondo.

La inseguridad de Chiara creció. Él estaba oliendo su aroma más íntimo. Aquello no podía resultarle agradable.

Los labios de él se prendieron de la cara interna de su muslo, como si ya no pudiera dominarse. Su gemido sordo vibró hasta el centro de ella. Sus dedos se colaron bajo el borde de la tela.

—No quiero… —Chiara se interrumpió con un suspiro cuando él alcanzó un punto de lo más sensible.

Alarmado, Cadrim alzó la vista.

—¿Qué? —Volvió a humedecerse los labios.

Chiara se removió.

—No quiero que te resulte… desagradable…

Él soltó una risotada y se estiró hasta posar la mano en la mejilla de ella y alcanzarle los labios con un beso.

—¿ Eso es lo que te inquieta? Pues nada más lejos de la verdad. Me muero por saborearte. Deja que lo haga por ti, te lo ruego. —La miró, suplicante.

Ella asintió, insegura, y él la besó con ardor antes de trazarle con la boca un reguero veloz, encendido, cuerpo abajo.

Sus manos se demoraron apenas un instante en los pechos y le recorrieron los flancos con fuerza, posesivas, firmes, hasta las caderas.

Ya sin detenerse, le retiró la última prenda, le separó los muslos y hundió el rostro entre ellos.

Chiara gritó de pura sorpresa cuando él empezó a besarla allí igual que antes le había besado la boca. El grito se fundió en un gemido de gozo; sensaciones nunca sospechadas le corrían como oro líquido por el cuerpo, que se alzaba hacia él por voluntad propia.

Cadrim le separó aún más los muslos, se arrodilló entre ellos y le alzó apenas el trasero.

—Confía en mí —susurró. Su lengua recorrió, caliente y pesada, su centro hinchado y húmedo.

Temblorosa, Chiara tomó aire, esforzándose por no pensar en qué hacía él allí abajo, en dónde estaban su cabeza, sus labios.

—Déjate ir.

—¿El qué? —Se mordió un dedo para ahogar un gemido y se llevó la mano libre al pecho, que se consumía por una caricia.

—Todo. —Le lamió el punto más sensible—. Yo te sostengo. —Como para probarlo, le acercó un poco más las caderas hacia sí—. Confía en mí y déjate caer.

Tampoco es que pudiera hacer ya otra cosa. Chiara cerró los ojos y se rindió al torbellino de luz crepitante, de ansia y de dicha que él desataba en ella. Los oídos le rugían, y gritó su placer mientras todo su ser parecía condensarse en aquel único punto que Cadrim acariciaba con la lengua.

Un relámpago la atravesó y estalló tras sus párpados cerrados, mientras las caderas se le sacudían sin gobierno y una ola de liberación rompía sobre ella.

Cadrim siguió sujetándola, acompañando cada movimiento, cada temblor con caricias de lengua cada vez más lentas, hasta que el último latido en su centro se desvaneció.

Chiara se sentía como flotando, desprendida de todo. Como si la hubieran deshecho pieza a pieza y vuelto a componer en un mundo enteramente nuevo. Una parte de ella no podía creerse lo que acababa de vivir; el resto estaba tan lánguido, tan saciado y satisfecho, que ni moverse podía.

Cadrim extendió la manta sobre su cuerpo desnudo, se tumbó a su lado y la atrajo a sus brazos.

Agradecida, se acurrucó contra él. Jamás en la vida se había sentido tan al abrigo, tan segura.

Sonriendo, Cadrim le besó la frente y le dio el tiempo que necesitaba para recuperarse.

—Eso ha sido… —A Chiara le faltaban las palabras para nombrar lo que él había despertado en ella, lo que acababa de regalarle. Sobrecogida, alzó la vista hacia él.

—No hay de qué. —Su sonrisa se ensanchó—. Estoy a tu disposición siempre que gustes.

—Pero… —Chiara titubeó—. Eso no ha sido todo, ¿verdad?… ¿Y tú? —Había oído en las cocinas de palacio conversaciones de sobra para saber que lo que Cadrim había hecho no era lo corriente. No era eso lo que buscaban la mayoría de los hombres.