Capítulo 18
La siguiente vez que volvió en sí, tras la ventana ya declinaba la tarde.
El sitio de al lado, en el suelo, estaba vacío.
Chiara recorrió la cabaña con la mirada.
Constaba de una sola estancia, y Cadrim no estaba en ella.
Su ropa colgaba a secar ante el fuego, pero no lograba reunir fuerzas para levantarse.
Lo más seguro era que las prendas siguieran húmedas, de todas formas.
Justo cuando empezaba a inquietarse, la puerta se abrió y entró Cadrim. Llevaba puestos los calzones, que debía de haber secado con su magia, igual que la muda de ella. En torno al torso se había echado una manta.
—Vaya, estás despierta. —Sonrió—. ¿Cómo te encuentras?
—Bastante bien, supongo. —Pese a haber dormido, se sentía rara, sin fuerzas; sería por haber peleado contra la muerte. Al menos ya no le dolía nada, y los temblores se habían ido—. ¿Y tu herida? —Reparó en que no llevaba venda.
—Ah, eso. —Echó un vistazo rápido a su brazo—.
Me he quitado la venda porque estaba calada del agua del río.
Pero la costura aguanta. No te apures. ¿Tienes hambre?
—añadió, y fue hacia la chimenea. Chiara distinguió un caldero colgado sobre el fuego.
Cadrim alzó la tapa y un aroma a especias llenó la estancia.
Le rugió el estómago. Él sonrió de oreja a oreja—.
Lo tomaré por un sí. Mucho no puedo ofrecerte, por desgracia: solo he encontrado un saquito de alubias secas y los restos de un jamón en salazón.
Los cazadores se han vuelto bastante dejados.
—¿Qué quieres decir? —Bien ceñida la manta al cuerpo, Chiara se incorporó.
La mirada de Cadrim resbaló por los hombros desnudos de ella hasta el nacimiento del pecho, antes de apartarse con brusquedad. Se puso a remover el caldero, hacendoso.
—Es costumbre que quien para aquí en verano, de caza, deje algo de su botín: carne en salazón, harina de huesos o setas secas.
Para que el viajero no pase hambre en invierno.
—Probó el guiso y le espolvoreó unas hierbas—.
A las alubias aún les quedan unos minutos.
—Dicho esto, Cadrim se volvió y se puso en cuclillas a su lado—.
¿Seguro que no tienes frío? —Su mano quedó suspendida, expectante, sobre el hombro de ella.
Chiara era consciente con toda nitidez de la intimidad del momento. Y a la vez no podía negar que anhelaba su calor, su tacto.
—Un poco de frío sí que tengo. —Apenas se atrevía a mirarlo.
Él se arrimó y la atrajo hacia sí antes de extender su manta sobre los dos y tenderse.
La mejilla de Chiara se amoldó a su pecho.
Escuchaba los latidos de su corazón, preguntándose adónde iría a parar todo aquello.
Él era el general de su futuro esposo, devoto de su príncipe.
Y sin embargo la estrechaba como si no quisiera soltarla nunca más.
Y ella tampoco quería que lo hiciera.
Chiara se mordió el labio para no rendirse a cuanto le subía por dentro. Percibía cada palmo de la piel de él contra la suya, respiraba su olor, ya tan familiar. Saboreaba el calor cosquilleante que le regalaba la magia de él y que poco a poco iba mudando en algo más hondo, más primario.
Quería sentir los labios de Cadrim sobre los suyos; quería sus manos no solo en los hombros y la espalda, sino por todo el cuerpo. Quería que él le despertara los sentidos, que atizara el fuego que su contacto iba prendiendo en ella.
—¿Qué va a ser de Willem y los demás? —preguntó ella, por apartarse de aquellos pensamientos peligrosos.
—¿Mmm? —Sonaba como si también él tuviera la cabeza en otra parte.
—Tus hombres —le recordó ella—. ¿Cómo van a pasar el río? —¿Y cuánto iba a llevarles? Chiara tuvo un sobresalto. ¿Qué pensarían si los encontraban a Cadrim y a ella así?
—No te preocupes por eso. —Su mano seguía trazando círculos sin cesar—. Hace un rato he hablado con Willem, por eso estaba fuera. Bramaba tan fuerte que temía que te despertara.
—¿Entonces sabe lo que ha pasado?
—Cuando vieron el puente roto, ya se temían lo peor. Les he asegurado que todo va bien. —Suspiró—. Por desgracia, el puente más próximo queda a un buen trecho. Tú y yo tendremos que resistir aquí un par de días.
Dos días. Con Cadrim. A solas en esta cabaña.
La idea era embriagadora y temible a la vez.
—No me mires así —pidió él de pronto, con voz ronca.
—¿Así cómo? —preguntó ella sin aliento. Ni siquiera había advertido que tenía los ojos clavados en él.
La mirada de él le recorrió el rostro mientras las palabras le salían a trompicones de los labios.
—Como si yo te importara… Como si no fuera un vil bárbaro que te arrancó de tu tierra contra tu voluntad.
Chiara sintió un nudo en la garganta.
—Sabes que no pienso eso de ti. Ya no.
Él apoyó la frente en la de ella y tomó aire, tembloroso.
—Pues deberías. Todo sería mucho más sencillo.
—¿Y qué ha sido sencillo alguna vez? —Le posó la mano en la mejilla, y a él se le agrandaron los ojos.
— Quería ponérmelo fácil. —Las palabras le salían rotas, muy bajas—. Intenté verte como a una princesa consentida y arisca. Lo intenté de veras. —Su aliento le abrasaba la boca y, sin querer, Chiara entreabrió los labios y se inclinó hacia él como una flor que busca el sol.
Él se echó atrás, pero en su mirada encendida no había rechazo: peleaba por dominarse.
—No sabes las ganas que tengo de besarte ahora mismo.
—Le tomó la mano y se la apretó contra el pecho—.
Lo que haces con mi corazón, casi desde el instante en que nos vimos por primera vez.
Eres tan distinta de lo que esperaba: compasiva y dulce.
Afable y hermosa. Y a la vez valiente y fuerte, a tu manera propia, inimitable.
A Chiara se le llenaron los ojos de lágrimas. Jamás se había sentido mirada tan adentro.
—No. —Se inclinó y le besó la lágrima salada del rabillo del ojo—. No quiero ser nunca el motivo de tu llanto. —Le besó la frente—. De haber sabido en qué acabaría esto, jamás me habría prestado a esta misión.
Chiara sorbió por la nariz, sin alegría.
—Entonces otro me habría llevado ante tu príncipe. —Para ella nada habría cambiado.
—No me refiero a eso. —Apretó los labios y cerró un momento los ojos—. Esto no era lo que estaba previsto.
Sabía que estaba mal, que era insensato, quizá incluso peligroso. Pero estaba harta de ser sensata. De hacer siempre lo que era seguro, lo que los demás esperaban de ella. Quería saborear por fin la vida en toda su plenitud, tal y como Ora le había aconsejado. Además, solo sería un beso.
Un beso inocente y sencillo.
Isida ya había besado a unos cuantos hombres sin que nadie se inmutara.
Chiara enlazó los brazos al cuello de Cadrim y lo atrajo despacio hacia sí, desoyendo la voz que le susurraba, terca, que en aquel beso no iba a haber nada inocente ni sencillo.
Los labios de Cadrim rozaron con dulzura los suyos, y la voz calló. Todo pensamiento se borró de la cabeza de Chiara. Él la estrechó más, mientras su boca recorría la de ella, primero vacilante, tanteando, luego con una firmeza creciente.
Un temblor recorrió el cuerpo de él, como si un muro interior se hubiera venido abajo.
Un sonido a medias suspiro, a medias gemido, le escapó de la garganta y vibró dentro del cuerpo de Chiara.
Su lengua se deslizó entre los dientes de ella, encontró la suya, y Chiara se estremeció.
El contacto le lanzó una corriente que la atravesó entera hasta el vientre, donde prendió un tirón de pura ansia.
Los pechos empezaron a hormiguearle, como reclamando también su parte.
Pero aunque Cadrim la besaba con tanta intensidad como si la vida le fuera en ello, seguía refrenándose. Chiara se apretó más contra él, y él retiró un poco las caderas.
—No —rogó, enronquecido. Su pulgar le acarició la mejilla; los ojos, de aquel verde hermosísimo, se le veían empañados. El pecho le subía y le bajaba con la respiración agitada.
—Lo siento. —Chiara tragó saliva y retiró los brazos. Los labios le cosquilleaban de sus besos y el cuerpo le pedía más, pero el gesto atormentado de él la mantenía a raya. Para él aquello era aún más difícil que para ella. Era un hombre de honor. Su príncipe confiaba en él.
—No —la contradijo él, alterado, negando con la cabeza.
Le atrapó la muñeca y le apretó la palma contra la boca.
Su lengua la recorrió, húmeda y ardiente, y a Chiara la sacudió otro escalofrío—.
Ni se te ocurra disculparte —exigió, áspero—.
No has hecho nada malo; tú menos que nadie tienes la culpa de ello.
—Su mirada encendida descansaba en ella con una intensidad que quemaba.
Su mano reanudó el viaje por el hombro y la espalda de ella, como si le resultara imposible dejar de tocarla—.
Por esto iré a todos los infiernos que haya, pero, bien lo sabe Dios, lo vale.
La atrajo hacia sí y la besó con una pasión que la embriagó, antes de tenderla con suavidad de espaldas. Sus labios bajaron de la boca al cuello. Su mano rozó el costado de un pecho y, aunque la sensación era una maravilla, Chiara dio un respingo de susto. La niebla de su mente se despejó un poco.
—No podemos —jadeó, desesperada. Un dolor agridulce le bullía entre las piernas y crecía con cada beso que Cadrim le sembraba en la piel. Tendría que haberse andado con más tiento con sus deseos. Porque él sabía atizarle el fuego por dentro con mano maestra.
—¿Por qué? —Cadrim alzó la vista.
—Lo sabes de sobra. —Las lágrimas le rodaban a Chiara de los ojos mientras frotaba un muslo contra el otro, impotente. No quería decir en voz alta que pertenecía a otro hombre. Que lo que más deseaba en este mundo no podría ser jamás.
Él le besó las sienes, las comisuras de la boca, los labios.
—Confía en mí —musitó, ronco—. Sé lo que hago. —Su aliento le abrasaba la piel—. Tu inocencia no corre peligro. —Aspiró con un temblor—. Pero ya que no puedo tenerte, al menos quiero saborearte una vez.
Chiara no supo bien a qué se refería. Él debió de leérselo en la cara, porque dejó escapar una risa grave.