La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Parece que ha habido un alud. Espero que las aldeas de arriba, junto al lago Atta, se hayan librado.

Es un lago de glaciar a varias jornadas de aquí —añadió, a modo de explicación, ante la mirada interrogante de Chiara—.

Preguntaré en la próxima aldea. —Suspiró—.

Antes, de todas formas, nada podemos hacer.

—Se llegó al puente—. Cimbrea un poco; será más sencillo si cruzamos de uno en uno.

—Con tiento, posó un pie en la primera tabla y la hizo oscilar, como cerciorándose de que el puente aguantaba, antes de echar a andar despacio.

Chiara lo observaba en tensión. Los postes que sujetaban el puente en la orilla de ella se bamboleaban un poco, y las tablas oscilaban apenas bajo el peso de Cadrim, que avanzaba sin darle importancia. En cuanto alcanzó el otro lado, se volvió hacia ella.

—Ahora tú.

Chiara pisó la primera tabla, vacilante, y se aferró con susto a las cuerdas cuando la madera se le corrió hacia un lado. Un grito sofocado se le escapó de la garganta, y el cuerpo se le agarrotó.

—Con calma. —Cadrim le dedicó una sonrisa de ánimo—. No puede pasarte nada. No mires el agua: tú sigue andando y agárrate fuerte.

Chiara dio un paso más. El puente se mecía mucho más que al paso de Cadrim, y eso la hizo pararse otra vez, amedrentada.

—No sé si voy a poder.

—Claro que puedes. —El regocijo de su voz la picó.

Resuelta, Chiara ganó un trecho. Una ola helada le barrió los pies. Chilló de la impresión, y el pie le patinó sobre la madera mojada y viscosa.

Cadrim ya no pudo disimular la risa. A Chiara le faltó poco para sacarle la lengua. No era culpa suya no estar tan ducha como él en cruzar torrentes de montaña.

—¡Date prisa! —gritó Cadrim de pronto. De su voz se había esfumado la risa.

La corriente había arrancado el tronco encajado, que se precipitaba hacia el puente cada vez más deprisa.

Chiara dio unos pasos atropellados y volvió a resbalar en las planchas.

El pie se le hundió en el agua entre dos tablas, y los hombros le aullaron de dolor al tener que soportar de golpe todo su peso.

A duras penas, roja como la grana, se enderezó sobre el puente oscilante.

De buena gana se habría tragado la tierra de pura vergüenza por su torpeza.

Llevaba apenas algo más de la mitad del camino.

—¡Agárrate! —ladró Cadrim. Tenía las dos manos crispadas sobre las cuerdas, como si así pudiera dar firmeza al puente.

Un instante después, Chiara oyó un estampido y una sacudida brutal le recorrió el cuerpo.

Los pies se le fueron y se asió a las cuerdas con todas sus fuerzas.

Antes de que pudiera recobrar el equilibrio, el puente se desplomó de golpe bajo ella.

Sonó un chasquido. El grito de espanto de Cadrim se fundió con el suyo.

Cayó. El golpe le vació los pulmones, y el agua helada se cerró sobre ella.

Con el impacto, la mano izquierda se le soltó de la cuerda.

La corriente la arrastró; la cadera le golpeó contra algo duro, y el pánico la anegó.

Ya no sabía dónde quedaba arriba y dónde abajo mientras el remolino la volteaba.

El agua de hielo le abrasaba la piel. Con la diestra agarrotada en torno a la cuerda, Chiara pataleó por su vida.

Los pulmones le pedían aire a gritos, y apretó los dientes, desesperada, para vencer el ansia de respirar.

Algo volvió a golpearla, escurridizo y firme, y comprendió que era el puente.

El otro extremo debía de seguir amarrado a la orilla; solo la parte de atrás —por lo que fuera— se había venido al agua.

Con las últimas fuerzas, Chiara clavó los dedos envarados de frío en una tabla y trepó un trecho, como por una escala.

Allá arriba vio relumbrar la luz en la superficie.

La desesperación se desbordó en ella. Quedaba demasiado lejos; no iba a lograrlo. No le restaba aire ni vigor.

El río tiraba de ella, decidido a llevársela a una tumba de hielo.

Un sopor perezoso se fue extendiendo por su cuerpo.

Los músculos se le rindieron. La luz de la superficie se apagó.

Chiara cerró los ojos, entregada a su suerte.

Una sacudida de dolor la atravesó; boqueó, y el agua fría le inundó la boca.

Un fuego de hielo le abrasó los pulmones y le encogió el estómago en calambres.

Una voz murmuraba algo que ella no entendía.

Chiara no quería estar allí, en aquel extraño mundo intermedio hecho solo de dolor.

Así que siguió volando, más y más lejos.

Ligera, desasida, planeó sobre la tierra hasta que una oscuridad completa la envolvió.

El mundo traqueteaba y se estremecía. A Chiara la zarandeaban con tanta fuerza que los dientes le entrechocaban.

Notó en la boca el sabor de la sangre. Tenía frío, un frío espantoso.

De pronto, al frío lo relevó un calor tan abrasador que gritó de dolor.

Sollozó y se revolvió, tratando de escapar de aquel tormento nuevo. Pero algo la sujetaba sin misericordia.

—Chist —le llegó al oído un susurro balsámico—. No pasa nada, estás a salvo. No pasa nada. —Unos labios le rozaron la frente, unas manos le recorrieron el cuerpo con dulzura, y entonces cayó en que no era el mundo lo que tanto temblaba: era ella.

Chiara volvió en sí parpadeando. Estaba en una casa, en el suelo, junto a un fuego.

Sentía frío y calor a un tiempo. Un aliento tibio le rozaba la piel.

Volvió la cabeza y se topó con la mirada intensa de Cadrim.

En sus ojos de un verde oscuro había inquietud, remordimiento y algo más que no supo descifrar. Lo tenía asombrosamente cerca.

Demasiado cerca.

Con un sobresalto, se quedó mirando la piel desnuda de él, amoldada a la suya. Bajó la vista por su propio cuerpo. No llevaba encima más que la muda húmeda, y él parecía igual de desvestido. Chiara se quedó rígida. Las manos de él, que le acariciaban la espalda y los brazos, se detuvieron.

—Mi magia solo puedo gastarla con mucha mesura.

—Tragó saliva—. Esta es la única manera de devolverte el calor.

—Su voz sonaba áspera, sacudida—. Creí que te había perdido —musitó, y la apretó contra sí con tal ímpetu que a ella el aliento se le quedó preso en el pecho—.

Lo siento —susurró sin soltarla—. Tendría que haber estado más atento.

No tenía que haberte dejado sola en ese puente…

—Se interrumpió y negó con la cabeza—. Lo siento.

—¿Qué…? —Chiara carraspeó al oír el graznido informe que le salía de la garganta—. ¿Qué ha pasado? —Tenía la garganta como raspada con piedra de amolar.

—La corriente, de tan fuerte, debió de descalzar los postes. Cuando el tronco golpeó contra uno, este se venció y arrastró consigo al otro. —Tragó saliva—. Has tenido una suerte inaudita de agarrarte tan bien. —Sus labios le rozaron la coronilla—. No quiero ni pintarme lo que habría podido ocurrir…

—Habríais perdido vuestra baza por la corona de Arnawal —murmuró Chiara con un hilo de voz. El calor de él le iba disolviendo el temblor del cuerpo y la arrullaba.

Él exhaló con fuerza.

—¿De veras crees que era eso lo que me importaba? —La separó un poco de sí para atrapar su mirada—. ¿Crees que me habría echado al río detrás de ti por una corona?

—¿Eso hiciste?

—Pues claro. —Le apartó un mechón de la frente y volvió a atraerla hacia sí—.

Oír tu grito… Ver cómo el agua te tragaba…

Creo que es lo peor que he vivido nunca.

—Se interrumpió—. Estuve a punto de saltar detrás de ti en el acto.

Solo me retuvo saber que con eso no te ayudaba.

Busqué dónde amarrar bien mi cuerda para poder sacarnos a los dos; de los postes no quise fiarme.

Y luego temí haber titubeado demasiado. —Se estremeció—.

Estabas como muerta; no había manera de que volvieras en ti.

No me hagas algo así nunca más. —Le apretó la cabeza contra el pecho, protector.

Chiara dejó escapar una risa sollozante para espantar su propia congoja. Había estado cerca de la muerte, tan cerca que daba espanto. El corazón le golpeaba como loco en el pecho.

—Gracias.

Él volvió a besarle la frente.

—Para empezar, nunca debí consentir que se llegara a tanto.

—Me has salvado. Solo eso cuenta.

—Sí. —Notó la sonrisa de él contra la piel—. Descansa; vas a necesitar las fuerzas.

Chiara bajó los párpados y se dejó envolver por su calor y su cobijo. Ya pensaría más adelante en lo que significaban sus palabras. Ahora solo contaba que él estaba ahí, con ella.