Capítulo 17 #2
—Hasta la cabaña son solo unas horas —prosiguió Cadrim, ecuánime. Quizá la presencia de ella no lo distraía a él de la misma manera—. Allí descansaremos, y mañana o pasado seguiremos viaje.
Los hombres gruñeron su asentimiento y fueron saliendo de la cueva uno tras otro. Chiara cayó en que llevaba ya demasiado tiempo sin rendir informe al rey Lexor.
—Necesito unos minutos —pidió en cuanto también ella hubo salido a gatas—. La naturaleza me reclama.
—Claro. —Cadrim buscó alrededor con la mirada y señaló unos arbustos pelados.
Para lo que se proponía habría preferido un rincón menos a la vista, pero confiaba en el pundonor de los hombres, que respetaban su intimidad con férrea disciplina. Ni uno solo miraría hacia ella.
De camino a los arbustos, sopesó qué iba a contarle a Lexor.
Lo que de verdad le habría gustado era ponerle delante las afirmaciones de Cadrim para oírle confirmar que eran falsas.
Por desgracia, no tenía sentido. Si Lexor era en verdad tan retorcido, no iba a admitírselo a ella: lo negaría en cualquiera de los casos.
Y el simple hecho de mentarlo quebrantaría la confianza del rey en ella.
La decisión de qué creer no se la iba a quitar nadie de las manos.
Por suerte, eso podía esperar. Y, en realidad, lo que ella pensara no contaba. Ningún ascendiente tenía sobre el rey Lexor, ni imaginaba que el príncipe fuera a escucharla. No era más que un peón insignificante en la partida de dos reyes.
Su informe fue parco. Mencionó el peligro de los yonras y dejó que Lexor viera el camino que habían seguido.
De Cadrim y de su magia no dijo palabra: el asunto se le antojaba demasiado espinoso.
Si la magia mental era una gracia singular de Dios, ¿cómo podía poseerla el general de sus enemigos?
En la gente sencilla aún cabía explicarlo: Dios amaba a todos los hombres, naciesen en el lado de la frontera que naciesen, para su suerte o su desgracia.
Pero Cadrim era, sin lugar a dudas, un enemigo de Arnawal.
No sabía qué pensar de todo aquello.
En cuanto se reunió con los hombres, partieron.
Durante un rato el sendero siguió subiendo, empinado.
Luego trazó un arco casi llano por el flanco de la montaña, y ante Chiara se desplegó una vista que cortaba el aliento.
El aire era limpio y frío. El sol lucía en un cielo azul profundo y rebotaba, cegador, en las laderas nevadas.
Allá abajo serpenteaban valles angostos que la nieve había respetado hasta entonces.
Oscuras puntas de abeto despuntaban entre frondas de un rojo dorado.
En una ladera vio incluso una cascada despeñándose al vacío.
Sobre sus cabezas trazaba círculos un águila.
Chiara tragó saliva. Sobrecogida por tanta belleza, apenas se atrevía a parpadear mientras se empapaba del panorama y, sin proponérselo, iba buscando las palabras justas para poder conjurar aquel esplendor cuando hiciera falta.
Cadrim se le acercó por detrás sin hacer ruido y le posó la mano en el hombro.
—Este es uno de los lugares que más quiero en el mundo entero.
—Es precioso —convino ella—. Lástima que haya que jugarse la vida para llegar.
—¿Y no es eso parte de su encanto? —Ella oyó la sonrisa en su voz—. Si este rincón no quedara tan apartado, herviría de gente. Y el hechizo se perdería. —Señaló hacia abajo, por delante de ella—. Allá al fondo, por cierto, está la cabaña. Ya casi lo hemos logrado.
La mirada de Chiara siguió su dedo. En efecto, aguzando la vista se distinguía algo oscuro en la lejanía. Pero por delante se abría en la nieve un ancho tajo que centelleaba al sol como el agua.
—¿Cómo cruzamos al otro lado?
—Hay un puente. —Cadrim sonrió de oreja a oreja. Lo más arduo del camino parecía quedar ya a sus espaldas—. Venid. —Por un momento dio la impresión de que iba a tomarle la mano. En vez de eso, cerró el puño y echó a andar.
Chiara se dio prisa para no rezagarse. El sendero por fin era lo bastante ancho para volver a caminar a la par. Una piedra suelta le falló bajo el pie y ella trastabilló.
—Cuidado. —Cadrim la sujetó—. No tan deprisa. —Le tendió la mano, servicial—. La bajada es traicionera. Quien se deja arrastrar por la velocidad, resbala en un suspiro. —Se acompasó a su ritmo, sin adelantarse más de lo que daban de sí sus brazos extendidos, y la ayudó a salvar cada piedra grande.
A Chiara le dio la impresión de que él alargaba el camino adrede. Malik, Willem y Rowin les llevaban ya una buena delantera. De buen humor, entre bromas, bajaban la ladera casi al trote.
—Desde la cabaña hay solo tres jornadas hasta la aldea más próxima —explicó Cadrim de pronto, con un tono que era todo menos alegre—. Allí nos haremos con caballos. Si todo va bien, en unas dos semanas estaremos en Laran.
Chiara se arrancó a duras penas una sonrisa.
Apenas dos semanas hasta plantarse ante el príncipe.
Solo dos semanas más en que sería dueña de sí misma.
Aunque ya no creía que fueran a entregarla a un bárbaro brutal, la idea de que un desconocido la tocara, le besara los labios, tomara posesión de su cuerpo sin que a ella le cupiera siquiera protestar, seguía siendo inconcebible.
Cadrim siguió tirando de ella, imperturbable. Su rostro no dejaba traslucir nada.
Chiara hizo retroceder la congoja. Sabía desde el principio dónde se metía.
Y ya no estaba tan desesperada como la vez anterior.
El rubor de la vergüenza le encendió la cara al recordar cómo se había arrojado al cuello de Konrad.
Tan agradecida estaba entonces por una pizca de afabilidad que confundió sus propios sentimientos, y los de él, con un cariño verdadero.
Aquello parecía cosa de otra vida. Un error semejante no lo repetiría jamás.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cadrim. Debía de llevar un rato atento al juego de su semblante.
Chiara alzó el mentón.
—Querría saber qué me espera en Laran. Ayer dijiste que tu pueblo merece una soberana sabia y valiente; y, sin embargo, dudo que mi parecer vaya a contar algo entre vosotros.
Él sopesó un instante sus palabras.
—Me figuro que eso dependerá en buena parte de ti misma. —Iba con la vista en el suelo, buscando el mejor paso y llevándola consigo—. El influjo de los pueblos de las montañas en Laran es grande. Habrás notado que no tenemos a nuestras mujeres por inferiores.
Chiara pensó en Ora, a quien nadie osaba llevar la contraria, y sonrió para sí.
—¿Y quizá hasta al revés?
Él torció el gesto.
—Yo no iría tan lejos, al menos no en lo que respecta a las llanuras.
—¿Así que es cierto? —se le escapó a Chiara, alborozada—. ¿En las montañas mandan las mujeres? —Le costaba imaginarlo.
Él asintió, divertido.
—¿Cómo es posible? —Para ella era impensable que un hombre consintiera en público que una mujer le dijera lo que había de hacer.
Cadrim se encogió de hombros.
—Allí cada cual sirve a la comunidad lo mejor que sabe.
—¿Como entre los yonras? —Lo miró con curiosidad. No había olvidado que él había hablado de una madre de la manada.
La sonrisa de Cadrim se ensanchó aún más.
—No es una comparación muy halagüeña, pero en el fondo tienes razón. Los hombres pelean y cazan; las mujeres velan por el bien común. —Bajó la voz, confidencial—. Y esto, por favor, que no te lo oiga nadie en la corte. Allí son muchos los que tienen muy alto concepto de su instrucción y su finura.
—¿De veras? —Chiara enarcó una ceja. Aunque a esas alturas conocía bien a Cadrim y a sus acompañantes, le costaba creerlo—. Ante nosotros os presentasteis como salvajes. —Sin querer, su pensamiento regresó a la región fronteriza devastada.
El buen humor se esfumó de las facciones de Cadrim.
—Ya dije que lo lamento —declaró—. Y en cuanto al engaño…, ¿qué mejor escudo frente a un vecino tan poderoso que dejarle creer que en nuestra tierra no hay nada que rapiñar?
Antes de que Chiara pudiera replicar, unos gritos exaltados le llegaron al oído. Cadrim y ella alzaron la vista a la vez y vieron a Willem agitando los brazos.
—¿Qué ocurre ahí? —se le escapó a Chiara, inquieta.
—No lo sé. —Cadrim apretó el paso mientras su mirada barría los alrededores. No había señal alguna de peligro.
Rowin corrió a su encuentro.
—Hemos encontrado rastros de gerkai. Hace poco ha pasado por aquí un rebaño entero.
—¿Queréis ir de caza? —Cadrim frunció el ceño.
—Una ocasión así de hacernos con carne fresca no se repetirá tan pronto. Y ya que pensábamos quedarnos un tiempo en la cabaña… —Lo miró, expectante.
—Por mí, de acuerdo. —Cadrim asintió—. Pero no corráis riesgos. No lo vale.
—Descuida. —Rowin le palmeó el hombro—. Para la caída de la noche, a más tardar, estaremos de vuelta con un buen asado jugoso. ¿O te vienes? Podríamos dejar a la princesa en la cabaña y salir todos.
Chiara abrió los ojos de par en par, alarmada. Le daba igual lo apacible que se viera el paisaje en ese instante: podía cambiar en cualquier momento.
—No pienso dejarla sola por nada del mundo —respondió Cadrim—. Además, más me vale dar aún algo de descanso al brazo.
—Como quieras. —Rowin asintió—. Nos vemos al anochecer.
—Cenaremos como reyes —prometió Cadrim con una sonrisa.
Chiara se llevó la mano al estómago, que protestaba.
—Con tal de que se pueda comer, a mí me vale todo.
Cuanto más bajaban, más fuerte sonaba el fragor del río.
Aun así tardaron casi una hora en alcanzar la orilla.
El agua bajaba revuelta y parda; hervía y espumaba en torno a los peñascos mientras pasaba de largo a una velocidad pasmosa.
En ella daban vueltas ramas y restos de madera, y un trecho río arriba había incluso un tronco encajado entre dos piedras.
Un puente de tablas atadas entre sí, con cuerdas por pasamanos, salvaba el río, que medía sus buenos seis metros de ancho. Para el gusto de Chiara, aquella agua furiosa pasaba demasiado cerca de la madera. El puente estaba húmedo de la espuma que saltaba de la corriente.
Cadrim contempló con inquietud la madera arrastrada.