Capítulo 17
Un aullido estridente hizo a Chiara incorporarse de golpe.
—No pasa nada —murmuró Cadrim medio dormido—. Es el viento.
Ella sabía que no era verdad. Aquel sonido no lo olvidaría en toda su vida.
—Vienen los yonras. —Sacudió a Cadrim por el hombro.
—Aquí no pueden hacernos nada —llegó la voz perezosa de Willem a través de la oscuridad.
—Aquí estáis a salvo. —Cadrim tiró de ella hacia abajo, sin demasiada convicción. Los ronquidos de los hombres llenaban la cueva.
Ninguno de ellos parecía inquieto. Chiara, en cambio, no hallaba sosiego. Daba un respingo al menor ruido. Cada ráfaga que azotaba la roca ahí fuera la hacía estremecerse. Creía oír un raspar de garras y un entrechocar de dientes en el túnel que llevaba a la cueva.
Aterrada, abrió los ojos de par en par y vio una bestia descomunal alzándose ante ella.
A Chiara se le escapó un grito agudo. La bestia se deshizo en la nada, y ella comprendió demasiado tarde que solo eran imaginaciones suyas. Había caído en la trampa de su propia fantasía desbocada.
—¿Qué pasa? —Cadrim volvió en sí, alarmado. En el lado opuesto, unas espadas rasparon contra la piedra. Alguien encendió una cerilla.
—Lo siento —se excusó Chiara, encogida—. Creí haber visto algo.
—Ah, ya. —Willem apagó la cerilla y los tres hombres volvieron a tumbarse.
—Lo siento —repitió Chiara, ahora vuelta hacia Cadrim.
—No pasa nada. —Le acarició el brazo, sosegador—. Es admirable lo valerosa que os mantenéis.
—¿Tú crees? —Ahora era ella la que pasaba al tuteo. La noche tenía sus propias reglas: borraba diferencias y ceremonias—. A mí no me lo parece. Me siento desbordada sin remedio. —Sorbió por la nariz—. Hoy, sola, no habría sobrevivido ni media hora.
Él la atrajo hacia sí, hasta que ella volvió a descansar segura contra su pecho.
Ella se preguntó cómo podía ser tan cálido y tan fuerte. ¿Se lo daba la magia que le corría por las venas, o se debía, sencillamente, a que él era él?
—Solo y en invierno, aquí fuera no sobrevive casi nadie —repuso él, quedo—. Yo, desde luego, no cometería la insensatez de intentarlo. Y el día de hoy ha sido espantoso para todos.
—Lo sé. —Comprendió, avergonzada, lo egoísta que sonaba. A Malik le quedarían cicatrices. La herida de Cadrim había tenido que coserse. Un hombre que estaba a su cargo había muerto. Y ella venía a lloriquearle—. Lo siento.
—No tienes por qué sentirlo. —Su mano le recorrió despacio el hombro—. Lo que le dijiste a Malik… Gracias.
—¿Lo oíste? —No sabía bien por qué, de pronto, le daba apuro.
—Sí. En cuanto Willem dio la primera puntada, mi piadoso desmayo se acabó. —El pecho le subió y le bajó con una honda bocanada—. Solo habría querido que una cosa fuera distinta.
—¿El qué?
Él vaciló.
—Que no le hubieras regalado ese beso a él.
A Chiara el corazón le saltó un latido. Era imposible que quisiera decir lo que ella creía oír.
—¿Porque ahora tendrás que castigarlo? —Procuró dar a su voz un tono ligero—. Te aseguro que él no tuvo ninguna culpa. Fue un gesto del todo inocente, de pura amistad.
Cadrim volvió a vacilar.
—Entonces, bien —respondió al cabo, y ella creyó oír pesar en sus palabras—. En ese caso, por esta vez, haré la vista gorda.
Chiara sonrió y se dejó envolver por el calor que él desprendía. Su mano le recorría despacio la espalda, dejando una estela de bienestar. Se envaró al caer en que estaba empleando su magia con ella.
—No deberías hacer eso.
—¿El qué? —preguntó él, con fingida inocencia.
—Hace nada te has venido abajo por calentar el caldero. Tienes que ahorrar fuerzas.
—Ay. —El tono dolido sonaba fingido solo a medias—. ¿En tan poco tienes mis facultades?
—No sé qué he de pensar de ellas. ¿Por qué no me habías dicho nada? —Aunque no tuviera ningún derecho, se sentía al descubierto, engañada—. Tú sí viste mi magia.
Él se encogió de hombros.
—No me pareció importante. Mi don es poca cosa. Solo sé templar un poco lo que toco. —Resopló sin alegría—. Resulta muy cómodo para el baño, pero no llega ni para cocinar, no digamos ya para una pelea.
—¿Qué quieres decir?
—No estaría mal poder abrasarle la piel a un adversario, pero mi fuerza obra demasiado despacio para eso. Es un mero entretenimiento, nada más.
—Como el mío —convino Chiara. No era la primera vez que se preguntaba para qué lo había recibido siquiera.
Quizá fuera, sin más, una muestra de la variedad de la vida, sin mayor sentido oculto.
A diferencia de ella, eso sí, a Cadrim parecía pesarle no haber sido agraciado con un don más fuerte—. Puede que tu fuerza aún crezca.
—No. —Negó con la cabeza—. A diferencia de la tuya, la mía ha podido desplegarse a sus anchas todos estos años.
—Otra vez no, por favor. —Chiara suspiró. ¿Por qué tenía que sacar eso ahora? De no hacer un frío tan atroz en la cueva, se habría apartado de él.
—¿Por qué te niegas a reconocer la verdad?
—Porque no es la verdad. —Odiaba la semilla de duda que las palabras de él sembraban en ella. ¿Había visto alguna vez rezar a Isida?
—Entiendo que te cueste creerlo…
—¿Ah, sí? —lo interrumpió, alterada—. Pretendes hacerme creer que todo cuanto conozco y creo es mentira. Que el rey… que mi padre se ha pasado la vida utilizándome, que me ha robado mi magia mental … —Se calló—. ¿Para qué iba a hacer algo así? —Era el vicario de Dios en la tierra.
—Porque Lexor tiene un reino que gobernar —repuso Cadrim, ecuánime—.
Y, por lo que he oído, su talento natural apenas asomaba, como el de muchos de sus antepasados.
Ni uno solo de los descendientes de Welzelin fue jamás ni de lejos tan poderoso como él.
—Dejó escapar aire por la nariz—. Ni siquiera el propio Welzelin era tan poderoso como se cree.
Fue el primero en emplear los cuencos sonoros a lo grande.
Chiara no quiso detenerse a pensar que tampoco Isida, hasta la fecha, había dado muestra alguna de magia.
—Para alguien cuyo reino lleva siglos cortado del resto del mundo, qué bien informado estás.
—Tan cortados no estamos. Que vosotros no os atreváis con la ruta del mar no quiere decir que a nosotros nos pase lo mismo. Sabemos de Arnawal más que la mayoría de los que viven allí. Nuestro país es tan pequeño que el mar es nuestro aliado natural.
—Eso no prueba lo que dices.
—Con el tiempo lo comprobarás.
Aludía a su magia. La idea de que sus poderes pudieran seguir creciendo era fascinante y aterradora a un tiempo. No estaba segura de quererlo siquiera. Menos aún si eso suponía que, al final, Cadrim decía la verdad.
—¿Por qué te importa tanto lo que yo crea?
—Porque… —Se interrumpió, tomó aire y empezó de nuevo—. Porque pronto serás la princesa de Laran. Y mi pueblo merece una soberana con la sabiduría de reconocer la verdad y el valor de soportarla.
—Yo conozco mi verdad —se obstinó Chiara. La acusación de Cadrim era atroz.
—¿Estás muy unida a tu padre? —quiso saber él, a bocajarro.
Chiara no sabía qué responder. No tenía ni idea de qué sentía Isida por el rey. Ni siquiera cuando la princesa era pequeña había jugado él con ella ni la había perseguido entre risas, como hacía el padre de Chiara por agotador que hubiera sido su día.
—Es el rey —contestó, esquivando una respuesta directa—.
Tiene muchos deberes. Aun así, se hacía un hueco con regularidad para verme.
—Casi siempre, esas visitas consistían en hacerse mostrar los progresos de Isida en las distintas materias—.
Sé que me quiere. —Al menos eso suponía ella.
El amor era el vínculo natural de toda familia.
Además, había enviado a Chiara a Laran en lugar de a su hija.
Y era importante que el príncipe y sus hombres creyeran en ello.
El valor de Chiara para ellos residía tan solo en su lazo con el rey.
—¿Y tú? —cambió de tema—. ¿Estabas muy unido a tu padre?
—Sí. —La respuesta llegó sin titubeos—. Casi todo lo que sé lo aprendí de él. Me enseñó honor, lealtad y responsabilidad, y me inculcó que uno no abandona a medio camino solo porque la cosa se ponga difícil.
Chiara bostezó.
—Lo consiguió de sobra.
Notó la sonrisa de Cadrim contra su coronilla. Aún sintió un rato la caricia tibia y sosegadora en la espalda; luego, por fin, se deslizó en un sueño profundo.
—Estamos de suerte —anunció Malik, aliviado, a la mañana siguiente, tras echar un vistazo afuera.
Los verdugones de su cara tenían un aspecto horrible, hinchados y amoratados, pero la costra que los cubría parecía sana y, cuando Chiara los había examinado un rato antes, no había hallado ni rastro de pus.
—Las nubes se han disipado, brilla el sol, parece que empieza el deshielo.
—¿No crece con eso el peligro de aludes? —preguntó Chiara, preocupada.
—No en este tramo —dijo él, restándole importancia con la mano—. Muchos más quebraderos de cabeza me daban los yonras. Pero ahora aquí empieza a hacer demasiado calor para ellos. Tendrán que retirarse a las alturas.
Aquellas sí que eran buenas noticias. Chiara cobró ánimos nuevos. La víspera, la situación le había parecido poco menos que sin salida. Por mucho que confiara en Cadrim y sus hombres, ellos estaban tan a merced de las circunstancias como ella.
Cadrim recogía ya sus cosas.
—Del desayuno, por desgracia, habrá que prescindir. —Miró a Chiara como disculpándose.
Ella asintió, aunque el estómago le rugía y ella tiritaba desde el momento mismo en que se había levantado del lecho que Cadrim caldeaba.
Él llenó un cuenco de agua y lo retuvo un momento entre las dos manos antes de tendérselo a Chiara.
Ella aceptó, agradecida, la bebida caliente. La mirada de él retuvo la suya un instante más de lo preciso antes de desviarse. Agitada por dentro, Chiara se llevó el cuenco a los labios.
No podía negar que le gustaba. Que en algunos puntos pensara de forma bien distinta a la suya no le quitaba ni un ápice al atractivo que él ejercía sobre ella. Y que a él, por lo visto, le ocurriera otro tanto no ayudaba en nada.