Capítulo 16 #6
—¿Te has vuelto loco? —Los dedos de Willem se le cerraron en torno al brazo—. ¿Es que quieres matarte?
—No tenemos elección. ¡Mírala! —Señaló a Chiara, que tiritaba envuelta en su manta. Nada de cuanto hacía lograba espantar el frío glacial.
—Pues yo conozco un remedio mejor —murmuró Willem a media voz.
—Ja, ja —repuso Cadrim sin pizca de humor, antes de sacudirse la mano de su amigo—. Sé lo que me hago.
—Eso espero. Tu salud no es menos importante que la suya.
Por un instante fugaz pareció que Cadrim iba a replicarle. En vez de eso, apretó los dientes y tomó aire.
Chiara miraba, hechizada, cómo la nieve empezaba a fundirse en el caldero.
Parpadeó, atónita, cuando comprendió la verdad: también Cadrim poseía magia mental.
El brazo extendido empezó a temblarle; los tendones se le abultaban bajo la piel tersa.
Cerró los ojos y se concentró en que la respiración le fluyera lo más pareja posible.
La decepción se le acumuló a Chiara en el pecho. ¿Por qué no se lo había dicho? Él había visto su magia; ¿por qué le había escondido la suya?
Unas estúpidas lágrimas le nublaron la vista.
Cadrim se vino abajo, jadeando.
De no haberlo sujetado Willem, se habría desplomado de lado, sin sentido.
—Será posible —rezongó el mayor a media voz—. Ya se lo advertí yo. —Con delicadeza, dejó al general resbalar hasta el suelo.
—¿Qué le ha pasado? —A Chiara se le olvidaron sus propias cuitas. Alarmada, gateó hacia los dos.
—Se ha exigido de más. La herida ya le tenía las fuerzas mermadas. —Le echó a Chiara una mirada sesgada—. Por lo visto, vuestro bienestar le importa más que el propio.
Chiara resistió el impulso de apartarle a Cadrim de la frente el pelo húmedo de sudor.
—Su deber es entregarme a su príncipe. —No cabía pensar otra explicación.
—Ya, claro. —Willem carraspeó—. Casi mejor así. Nunca es plato de gusto que lo cosan a uno. —Sacó aguja e hilo de su morral y midió a Chiara con la mirada—. ¿Sabéis coser?
—Claro, ¿por qué…? —Se interrumpió y negó con la cabeza, espantada—. No puedo. Yo no sé cerrar una herida…
—Entonces, os lo ruego, ocupaos de Malik. —Willem se aplicó al brazo de Cadrim, que soltó un gemido sordo.
—¡No! —se le escapó a Malik, cortante. Volvió la cara hacia un lado, como queriendo escondérsela—. Esto no es espectáculo para una princesa.
La realidad de lo que había perdido parecía haberle dado alcance al fin. Por el camino no había dejado traslucir nada y había velado por la supervivencia de todos; ahora ya no podía huir de sus negros pensamientos.
Chiara se levantó y fue hasta él.
—Es justo el espectáculo que le conviene a una princesa.
—Sus dedos fríos rozaron, leves como plumas, el lado herido de su cara—.
Es el rostro de un hombre de un valor inaudito, que ha arriesgado la vida por mí y lleva las marcas de una lucha honrosa.
Estas heridas jamás os desfigurarán. —Le posó un beso suave en la sien—. Llevadlas con orgullo.
Él apretó un instante los labios antes de mirarla. Le salió la voz quebrada y áspera.
—Pondré empeño.
Chiara sonrió.
—Y ahora, os lo ruego, dejad que os lave esa sangre.
—No hace falta que lo hagáis…
—Pero quiero. Es lo menos que puedo hacer. Hoy nos habéis salvado la vida a todos.
—Tomad, Alteza. —Rowin le habló con una suavidad desacostumbrada. En su semblante había gratitud y respeto. Le tendía un cuenco con el agua que Cadrim había calentado, y un paño limpio.
Chiara lo tomó todo y saboreó un momento el calor que desprendía el cuenco de barro. Metió los dedos en el agua con cautela y a punto estuvo de gritar cuando las manos empezaron a deshelársele. Abrió y cerró los puños unas cuantas veces antes de ponerse a la tarea.
Aunque se esforzaba en ser cuidadosa y delicada, Malik daba respingos a cada poco. Chiara le hablaba con voz sosegadora mientras seguía con su labor. Pronto el agua quedó roja de sangre. Limpió las heridas lo mejor que supo y se volvió, inquisitiva.
—¿Alguien lleva un ungüento sanador o algo parecido?
Willem asintió y le tendió un tarrito.
—Espero que llegue; contábamos con un viaje tranquilo.
—Deberíais descansar —le dijo Chiara a Malik tras terminar. Ella misma se acercó al caldero y se acurrucó junto a él para entrar en calor.
Willem remataba justo entonces el nudo del hilo en el brazo de Cadrim. El general tenía los ojos cerrados, pero el rostro tan tenso que el desmayo no debía de haberle durado mucho.
Como si hubiera notado sobre sí la mirada de Chiara, alzó los párpados. Por un momento pareció no existir para ella nada más que aquellos ojos de un verde profundo, que la encaraban con una intensidad turbadora. Luego él volvió la cabeza y se sentó.
—Con calma —advirtió Willem.
Cadrim no le hizo caso.
—Rowin, aún debe de quedarnos algo de cecina. Alteza, ¿habéis bebido ya? —Señaló el caldero lleno. Chiara negó con la cabeza—. Pues bebed antes de que el agua se enfríe. Y va por todos. —Echó mano de una camisa limpia.
—Deja al menos que te ponga una venda. —Willem lo retuvo con firmeza—. Y luego te vistes como es debido. Sé de sobra lo propenso que eres a la bronquitis.
—Tenía ocho años entonces.
—Y casi te mueres.
Cadrim puso los ojos en blanco, pero no replicó más.
Rowin le dio a Chiara dos tiras de cecina y llenó de agua un cuenco limpio. Ella las puso a remojo para ablandarlas.
—¿Y ahora qué? —preguntó Willem por lo bajo.
Cadrim suspiró.
—Primero salgamos de esta noche.
Chiara apuró su cuenco y se arrebujó en la manta. No es que la cena fuera opípara, pero el estómago le dio tregua por el momento, y entonces notó lo molida que estaba. Entre bostezos, se ovilló en el suelo con el brazo por almohada.
—Así no puede ser. —Hasta que Cadrim no le sacudió el hombro, no supo que se había dormido en el acto—. Por la noche os quedaréis helada.
A Chiara se le volvieron a cerrar los ojos. Tanteó en busca del caldero, ya apenas tibio, y se encogió de hombros. Estaba demasiado cansada para darle vueltas.
—Ni se te ocurra —se coló la voz queda de Willem por el velo de su duermevela—. Si intentas calentar el agua otra vez, lo único que lograrás es matarte. Hay un remedio mucho mejor.
—Te lo estás pasando en grande, ¿verdad? —Cadrim sonaba indignado.
Willem dejó escapar una risa por la nariz.
—No hay nada más eficaz que el calor del cuerpo.
—No me digas.
Callaron, y Chiara volvió a escurrirse hacia el sueño, solo para que Cadrim la despertara una vez más.
Rezongó en protesta cuando él la volvió con cuidado hacia el otro lado y le acomodó algo bajo la espalda.
Un instante después, él se tendió a su lado y la estrechó contra su pecho.
Se estremeció al notar la nariz fría de ella contra la tela de la camisa.
No llevaba encima ni chaleco ni chaqueta.
Desconcertada, Chiara levantó la cabeza.
—Chist, los demás ya duermen —musitó él.
La vela estaba casi consumida; la llama, tan menuda que apenas alumbraba. Aun así, Chiara distinguió al otro lado de la cueva tres bultos apretados entre sí, con las mantas extendidas unas sobre otras.
—Un viejo truco de los mineros —explicó él, y volvió a recostarle la cabeza contra su pecho—. Para conservar el calor. —Se quedó cortado un instante—. Lo suyo sería desnudarse del todo, pero he pensado que así lo preferiríais.
Así era, en efecto.
Chiara se arrimó más a él. Una parte de ella barruntaba que aquello era una imprudencia, pero estaba agotada y él desprendía un calor delicioso.
Mientras se deslizaba de nuevo hacia el sueño, creyó sentir los labios de él en la frente; aunque quizá fueran solo imaginaciones suyas, de lo hermoso que era sentirse abrazada por él.