La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 16 #5
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Capítulo 16 #5

Cuando Cadrim por fin se detuvo, a Chiara la pilló tan de sorpresa que se dio de bruces contra su espalda. Él soltó un quejido sordo y se llevó la mano al brazo en un acto reflejo. La herida le estaba dando guerra.

—¿Hemos llegado? —preguntó Chiara sin resuello, y se hizo a un lado para dejar sitio a Rowin, que venía tras ella. Habían alcanzado un rellano estrecho. El sendero ya no se distinguía bajo tanta nieve. Chiara miró alrededor con atención. Nada indicaba hacia dónde había que seguir desde allí.

Por un momento, incluso Malik pareció desorientado.

Chiara se estremeció. El crepúsculo ganaba terreno deprisa, ayudado por las nubes negras. La nevada arreciaba sin pausa; la temperatura caía. Una noche al raso no la sobreviviría ninguno. Sin querer, se arrimó más a Cadrim, incapaz de decir qué esperaba conseguir con ello.

Por fin se iluminó el semblante de Malik. Señaló ladera arriba, un poco a la derecha. La mirada de Chiara siguió la suya y, en efecto, distinguió una mancha oscura en mitad de la nieve. Podía ser la sombra del peñasco saliente… o la boca pequeña de una cueva.

Malik se puso en marcha gateando. Los demás lo siguieron.

El canto afilado de una piedra escondida bajo la nieve se le hincó a Chiara en la mano, y el dolor la atravesó. Apretó los dientes, parpadeó para espantar las lágrimas y siguió trepando. Malik ya había alcanzado la boca de la cueva y escudriñaba el interior con los ojos entornados.

—No distingo nada ahí dentro. —Resollaba al hablar.

—Lo que quepa por ese agujero, bien podremos con ello —gruñó Willem.

—¿Qué quiere decir con eso? —se le escapó a Chiara, angustiada. ¿Podía estar habitada la cueva? ¿Llevaban todo aquel tiempo corriendo tras una falsa esperanza?

—¡Chist! —Malik ladeó la cabeza y escuchó. Chiara contuvo el aliento, temblando—. Creo que está despejado —resolvió al fin.

—Total, ya no tenemos mucho que perder —murmuró Rowin a su espalda.

El ánimo de los hombres estaba tan al límite como sus fuerzas. Malik se metió en la abertura de cabeza. Era tan angosta que solo pasaba arrastrándose sobre el vientre.

—Maldita sea, aquí dentro está más oscuro que en la tripa de un yonras —llegó su voz amortiguada hasta el exterior.

Willem dejó escapar una risa nerviosa. Chiara observaba angustiada cómo las piernas de Malik desaparecían por la abertura, temiendo a cada instante el grito que anunciara su final. La cuerda se tensó. El túnel por el que reptaba debía de medir varios metros.

—¿Lo logras? —Tampoco Willem parecía aguantar ya la tensión.

—Sí. —La voz de Malik sonaba fatigosa. Soltó un gruñido, y algo golpeó el suelo—. Ya estoy dentro —anunció, aliviado—. Pero que esa panza tuya pase también por aquí, eso ya no te lo aseguro, viejo.

—Pues mira y aprende, mocoso. —Sin pensárselo, Willem se zambulló en el agujero—. ¿No puedes hacer al menos un poco de luz? —se quejó mientras avanzaba palmo a palmo—. Esto está negro de verdad.

—Es lo que yo decía.

—Ya casi estoy. ¡Ay! —se le escapó a Willem un instante después—. ¿No podías avisar de que el techo es tan bajo? Aquí no hay manera ni de ponerse en pie.

—¿Y esa luz? —Cadrim se inclinó hacia la abertura mientras se desanudaba la cuerda del cuerpo. La desazón se le notaba a las claras en la voz.

Una luz débil brotó cuando alguien encendió una cerilla, y se extinguió al poco.

—Aquí no hay leña.

—Mala cosa —gruñó Cadrim, y se volvió hacia Chiara—. Vais vos ahora. —La libró también a ella de la cuerda.

Ella asintió, haciendo de tripas corazón, y apoyó las manos en la roca helada. El agujero se abría ante ella como unas fauces dispuestas a tragársela. Aun sabiendo que eran figuraciones suyas, no conseguía sacudirse la congoja.

—Lo conseguiréis, Alteza —le musitó Cadrim al oído. Por primera vez el título no sonó a burla, sino casi a caricia—. Si queréis, dejaré la mano en vuestra pierna. Así sabréis que no vais sola; y al otro lado os esperan Willem y Malik.

Chiara asintió, vacilante, y se metió en el túnel.

La envolvió un aire viciado. La angostura del túnel apenas le dejaba moverse, y por delante la esperaba una negrura absoluta. El aliento se le atascó en el pecho y el pánico prendió en ella.

—No pasa nada. —La mano de Cadrim se posó, consoladora, en su pantorrilla y la apretó con suavidad—. Ya casi está.

—Estamos aquí —confirmó Willem. Debía de haberse asomado hacia dentro, porque su mano, tanteando, rozó la de ella—. Todo va bien. —Chiara oyó la sonrisa en su voz mientras se arrastraba palmo a palmo.

Por fin, sus dedos palparon el borde del túnel.

—Despacio —advirtió Willem—. El agujero queda más o menos a la altura de la rodilla. —Le guio los brazos hacia abajo, hasta que las manos de ella tocaron el suelo—. Y ojo con la cabeza —añadió mientras Chiara salía a gatas.

Chiara se enderezó con tiento. Lo más seguro es que fuera la única que podía estar de pie en aquella cueva. Cadrim entró por la abertura justo tras ella, y Chiara se corrió a un lado, pegada a la pared. Estaba tan oscuro que no se distinguía nada de nada.

Aunque por fin estaban a cubierto de la intemperie, se moría de frío.

Se despojó de los guantes húmedos y se masajeó los dedos ateridos y arrugados, que en las yemas se notaban despellejados y con grietas.

Despacio, Chiara se escurrió pared abajo y se hizo un ovillo.

Los ojos se le cerraban de agotamiento, pero el estómago vacío le rugía y los dientes le castañeteaban sin gobierno.

En unos segundos, el temblor le ganó el cuerpo entero.

—¿Dónde estáis? —Oyó a Cadrim buscarla a tientas. Una piedra rodó por el suelo y él soltó una maldición. Debía de haber tropezado con ella.

—Aquí —respondió Chiara, sin ánimo. No tenía ni idea de cómo iban a salir vivos de aquella noche.

—¿Por qué está tan oscuro este agujero inmundo? —Ese tenía que ser Rowin.

—Eres muy libre de probar suerte ahí fuera —replicó Malik, mordaz.

—¡Yo tengo una vela! —recordó Chiara de pronto. La había metido en el morral por si acaso.

—No llegaremos muy lejos con eso —comentó Rowin.

—Algo es algo. —La voz de Cadrim sonaba serena y firme. No en vano era él quien acaudillaba a aquellos hombres—. ¿Dónde está el equipaje de la princesa?

—Aquí. —Willem prendió una cerilla. Una luz cálida llenó por unos segundos la cueva de techo bajo.

Chiara gateó deprisa hacia él y cogió su morral. La luz se extinguió. A ciegas, revolvió entre sus cosas hasta dar con la vela. Se la plantó a Willem en la mano.

Por desgracia, la llamita que alumbró entonces la cueva nada podía contra el frío glacial. A Chiara le castañeteaban los dientes con tal fuerza que temió rompérselos.

—Tenéis que mudaros de ropa —dispuso Cadrim—. Y nos hace falta fuego. —A la luz trémula, su rostro se veía blanco como el de un muerto. Tenía sombras oscuras bajo los ojos, y Chiara se preguntó cómo aguantaba derecho.

Rowin negó con la cabeza.

—Cualquier leña que lográramos reunir estará helada. Nos ahogaría el humo.

—Pues entonces trae al menos nieve limpia; necesitamos agua —lo increpó Malik.

Tenía la cabeza recostada en la pared y los ojos cerrados.

Costras de sangre le cubrían la mitad izquierda de la cara.

En otras circunstancias, su estampa habría asustado a Chiara; ahora, en cambio, el corazón le dolía de pura lástima.

Había que atender las heridas de sus acompañantes.

Ella era la única que había quedado intacta, pero no había manera de que sus dedos dejaran de temblar.

Rowin atrapó el caldero y volvió a meterse en el túnel.

—He dicho que os mudéis. —Arrodillado en el suelo, Cadrim la observaba con severidad. Ya se había soltado los cierres de la chaqueta y seguía con la camisa—. Y va por todos —ordenó sin quitarle la vista a Chiara.

Escandalizada, se quedó mirando el pecho desnudo, musculoso y curtido que iba asomando bajo sus dedos. ¿De veras pensaba desvestirse ante sus ojos? ¿Y esperaba acaso lo mismo de ella?

Willem carraspeó con disimulo.

—Igual deberías volverte de espaldas, Cad.

Él dio un respingo, como si anduviera con el pensamiento en otra parte. Ladeó la cabeza y a ella le pareció adivinarle un amago de sonrisa.

—Nosotros nos volvemos hacia esa pared. —Señaló a su espalda—. Y vos hacia aquella. —Señaló al frente—. Avisad cuando estéis. —Le volvió la espalda con gesto ostensible e indicó a Malik y Willem que lo imitaran.

Chiara se volvió hacia la pared que le tocaba. Aunque se fiaba de la palabra de Cadrim, la violentaba desnudarse en presencia de los hombres. La cueva era tan diminuta que ni un movimiento, ni un roce de tela se les escapaba a los demás.

Oyó gemir a Cadrim al pasarse la ropa por el brazo herido. Oyó el leve chasquido de la tela adherida al despegarse de la herida, y el siseo que siguió cuando él tomó aire con brusquedad.

Chiara buscó su muda. Por suerte, se había conservado casi seca del todo. Se cambió a toda prisa y volvió a calzarse las botas.

—Lista —anunció.

—Nosotros también —respondió Cadrim.

—Por fin —llegó desde el otro lado del pasadizo—. Por poco me quedo congelado aquí fuera. —Rowin entró de nuevo en la cueva.

Chiara se volvió y se quedó de piedra. Cadrim estaba de todo menos vestido.

Llevaba solo los calzones, y la carne de gallina le cubría el cuerpo.

La luz arrojaba sombras temblorosas sobre los valles que se abrían entre unos músculos como cincelados.

A Chiara se le secó la boca. Sabía que no debía mirarlo de ese modo, pero no estaba en su mano evitarlo.

—Hay que coser esa herida —la arrancó de su ensimismamiento la voz preocupada de Willem, que se había inclinado sobre el brazo de Cadrim y examinaba el corte.

—Ocupaos primero de Malik. —Su mirada, compadecida, voló hacia el joven, que apretaba las mandíbulas.

—Estoy bien.

—Lo sé. Solo quiero procurar que siga así. ¿Dónde está el caldero? —Cadrim se volvió hacia Rowin.

—Échate al menos algo por encima —riñó Willem—. O te buscarás la muerte. —Le puso a Cadrim una manta sobre los hombros.

Sin hacerle caso, el general posó la mano sobre el caldero.