La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

—Sed sensato, general —le soltó ella entre dientes—. Puede que vuestra herida no sea grave, pero aun así deberíais predicar con el ejemplo. ¿O queréis que Willem, Rowin o Malik desatiendan las suyas y corran peligro sin ninguna necesidad?

Le temblaron los labios. Cómo no, caló su intento de manipulación; pero no podía rebatirlo. Con un quejido, se descolgó el morral de los hombros y sacó un rollo de vendas.

—Parece que estáis preparado para todo —murmuró Chiara mientras le desabrochaba la manga y se la subía con cuidado.

Con el rabillo del ojo vio que Malik negaba con la cabeza cuando Willem quiso mirarle la cara.

—Aquí no hay nada que vendar. Y menos aún que salvar. —La amargura de su voz era el primer sentimiento que Malik dejaba asomar desde el ataque.

—Al menos aprieta ahí el paño, muchacho. —Willem le tendió un trozo de tela—. La sangre aún no se ha restañado del todo. —Malik tenía la mitad izquierda de la cara y el cuello teñidos de rojo.

La compasión se desbordó en Chiara. Era un hombre joven y bien parecido, alegre, nada reacio a un coqueteo. Seguro que las mujeres lo perseguían a docenas. Ahora estaba desfigurado para siempre.

Cadrim soltó un quejido apagado, que devolvió hacia él la atención de ella.

—Bonita estampa, ¿eh?

Una garra se le había hundido sus buenos dos centímetros en la carne y había resbalado a lo largo del hueso, que asomaba blanquecino bajo toda aquella sangre.

—He visto cosas peores —respondió Chiara, imperturbable. Nunca olvidaría la visión de la herida supurante de Richard.

La sorpresa aleteó en la mirada de Cadrim, pero ella no entró en explicaciones. Bastante pobre era ya la opinión que él tenía de Arnawal; no iba a contarle encima que los habían atacado los suyos propios.

Con presteza, juntó los bordes de la herida y le ciñó el vendaje al brazo.

—Ay —se quejó el general—. No sois ni la mitad de delicada de lo que aparentáis. —En su voz, junto a una burla suave, vibraba la curiosidad—. ¿De qué conoce una princesa el arte de vendar heridas?

—Jugué lo mío con muñecas. No es tan distinto. —Chiara se alzó sobre las piernas, desoyendo la protesta de sus músculos, y fue despacio hasta Rowin, que se había sentado en una piedra.

—No me pasa nada —se apresuró él a asegurarle—. Solo son unos rasguños. —La ropa le mostraba sobre el pecho varios desgarrones largos, pero la piel de debajo, en efecto, apenas parecía rozada.

—Habéis tenido suerte —reconoció Chiara, encogida. Unos centímetros más hondo, y no habría habido salvación para él.

—Eso parece. —Se pasó la mano por los rasguños—. No muchos pueden presumir de haber salido indemnes de un ataque de los yonras. Todos hemos tenido suerte.

—Hay que seguir —apremió Cadrim—. El tiempo no aguantará mucho más. Tenemos que alcanzar esas malditas cuevas. Venid. —Le tendió el brazo a Chiara.

Malik y Willem ya se habían puesto en marcha.

—¿Volverán a atacarnos los yonras? —preguntó ella muy bajo mientras se ponía a la altura de Cadrim.

—Solo cazan cuando tienen hambre. La manada que nos ha atacado ya debe de tener bastante, de momento.

—¿Y hay más? —Chiara no logró que el pánico no se le notara en la voz. Sin querer, paseó la vista alrededor. De improviso, todo lo que la rodeaba parecía una amenaza.

—Como os he dicho, tan pronto en el año no suelen bajar. El invierno debe de estar siendo más duro que de costumbre en las cumbres.

—¿Cuánto tardaremos en dejar atrás el peligro?

—¿A este paso? —resopló Cadrim—. Varios días. Lo siento —añadió de pronto—. No quería poneros en peligro. —Sacudió la cabeza—. Jamás fue esa mi intención. Creí que tendríamos tiempo de sobra para cruzar la cordillera sin percances.

—No es culpa vuestra…

—Sí lo es. Podríamos haber esperado a la primavera.

Y ahora Jakon ha pagado mi error. —Calló y de pronto pareció mucho menos altivo, menos inabordable.

Por lo visto no estaba tan encallecido como aparentaba.

Miró rápido en torno, como cerciorándose de que ninguno de sus hombres pudiera oírlo, y bajó la voz—.

Sé que me tenéis por un bárbaro sin conciencia, de los que asesinan a sangre fría a mujeres y niños.

Pero no es verdad. —Las palabras le salían ásperas, a trompicones; no miraba a Chiara: iba concentrado por entero en la subida.

Ella ni siquiera sabía si le hablaba a ella o si solo necesitaba quitarse aquello del alma—.

Siempre hemos procurado respetar a los indefensos.

Nos limitamos a quemar las aldeas y a forzarlos a huir.

Chiara se acordó de los cadáveres alineados junto al camino. Él había negado que aquello hubiera ocurrido por su mano o por orden suya. Y aunque a los muertos les daba lo mismo, ella deseaba creer que decía la verdad.

—Me acuerdo de cada rostro, de todos y cada uno —prosiguió Cadrim, quedo—. De cada mujer a la que eché de su casa, de cada hombre que cayó ante nosotros por querer defender su hogar. No lo hice por gusto; no tenía elección.

—¿Porque os limitabais a cumplir órdenes? —Su voz sonó dura, aunque aquel pesar la conmovía.

Él vaciló.

—Yo di mi aprobación a ese proceder. Era la única manera de ganarnos toda la atención de Arnawal.

—¿Por qué me contáis todo esto? —¿Acaso esperaba perdón? ¿Pretendía que ella diese por buenos sus actos?

—No lo sé. —Trepó por un tramo de lo más empinado y le tendió la mano a Chiara para ayudarla—. Quizá solo quiera que sepáis que matar no me procura ningún placer. Que no soy un miserable sin conciencia.

Ella no lo miró.

—Eso no cambia en nada vuestros actos.

—Lo sé. —La soltó y siguió trepando.

Pronto empezó a caer una nevada fina que dificultaba aún más el avance.

A esas alturas, la ropa de Chiara estaba empapada casi por completo, y ella tenía la sensación de no poder dar un paso más.

Los dedos ya no le obedecían y a duras penas hallaban asidero en las piedras nevadas.

Sin las recias botas de cordones, que le subían casi hasta la pantorrilla, haría rato que se habría torcido los dos tobillos.

—¿Cuánto queda? —preguntó, jadeante, cuando Cadrim se apoyó en un peñasco para tomar resuello.

Tenía el rostro ceniciento, y la venda del brazo se le veía de un rojo oscuro.

Willem y Malik iban un buen trecho más arriba.

Chiara ni siquiera había notado lo mucho que se habían rezagado.

Solo Rowin, que cerraba la marcha, se acompasaba en silencio a su paso.

Cadrim se pasó la mano por la frente y abrió la boca para contestar cuando, con un alarido, Willem perdió pie.

Cayó de costado y bajó deslizándose, imparable, derecho hacia Cadrim.

A la desesperada trataba de aferrarse a piedras y matorrales, pero su propio peso lo arrastraba sin misericordia. Malik se lanzó tras él, espantado.

A Chiara le pareció que el tiempo se espesaba. Vio con una nitidez atroz lo que venía: Willem arrastrándola, todos perdiendo el asidero y rodando ladera abajo hasta que algún peñasco detuviera sus cuerpos molidos.

Cadrim la apartó de un empujón, hincó los pies en el suelo y enlazó el brazo herido a un saliente de roca.

Se inclinó hacia atrás y agarró a Willem del cuello de la ropa en cuanto lo tuvo a su alcance.

Se le escapó un quejido de puro dolor, y la sangre fresca caló el vendaje.

El envión de Willem lo arrastró, y aguantó agarrado al saliente con los dientes al descubierto.

Un instante después, Malik estaba a su lado y atrapaba el brazo de Willem, mientras Rowin lo asía desde abajo.

Jadeando, se sostuvieron unos a otros durante unos latidos, hasta que los pies de Willem hallaron apoyo y este pudo rodar a un lado, resollando.

—Maldita sea. —Cerró los ojos mientras el pulso se le sosegaba. Nadie dijo palabra.

A Chiara le brotó un gimoteo histérico, y se tapó la boca con la mano.

No estaba segura de cuánto más podría soportar.

A lo lejos se alzó un aullido prolongado. Chiara miró a los hombres, descompuesta. Sus posibilidades de resistir otra pelea eran nulas.

—Por favor, decidme que no lo habéis oído vosotros también —gruñó Willem.

—¿Cuánto queda? —preguntó Cadrim por toda respuesta, y se levantó.

—Llegaremos —respondió Malik, y echó mano de la cuerda que le colgaba del cinturón—. Iremos atados, para que esto no se repita. —Se anudó un extremo a la cintura y se volvió hacia Willem. Entretanto, Cadrim ligaba a Chiara a su propio cuerpo con otra cuerda.

—No puedo más. —Sacudió la cabeza, exhausta.

—Podéis, y lo haréis. —Su tono no admitía réplica—. Prometí llevaros indemne a Laran. Y eso haré.

Se ciñó también al cuerpo el extremo de la cuerda de Malik y le arrojó a Rowin el resto de la suya.

El aullido volvió a resonar. Chiara se estremeció.

—¿Estaremos a salvo de ellos en las cuevas?

No obtuvo respuesta. O la había preguntado demasiado bajo, o ni ellos mismos lo sabían.

El mundo entero de Chiara se redujo a aquel sendero de roca, angosto, empinado, sepultado en nieve.

Sus ojos buscaban sin descanso el mejor sitio donde hincar los dedos exangües, la siguiente piedra que diera sostén a sus pies.

El corazón le retumbaba tan fuerte en los oídos que no percibía nada más allá.

Todo su ser estaba puesto en avanzar. De cuando en cuando notaba la mano de Rowin en la cintura o en la cadera, empujándola hacia arriba sin pedir permiso.

Ni siquiera reaccionaba. No le quedaba gratitud ni indignación que ofrecer.

En su cabeza reinaba un vacío total, roto solo a ratos por un miedo que restallaba como un látigo.

Cuando el pie le resbalaba y se quedaba unos segundos colgado en el aire.

Cuando Cadrim trompicaba delante de ella.

O cuando sonaba otro aullido. Este, al menos, no parecía acercarse; hasta donde ella podía juzgar, claro, porque ninguno de los hombres aflojaba la marcha: el peligro, pues, no había pasado.