La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Cadrim se echó a un lado y apretó a Chiara contra la roca con su propio cuerpo para que no los arrastrara. En cuanto pasó el peligro, giró en redondo, presto a pelear.

Más criaturas saltaron al sendero. Eran tan grandes, y sus cuerpos peludos se movían tan deprisa, que Chiara no conseguía contarlas, más aún cuando la espalda de Cadrim le tapaba buena parte de la vista. Su espada zumbaba en el aire, y a Chiara le salpicaron gotas de sangre la mejilla.

Los gritos de combate, los aullidos de rabia y los lamentos de dolor se fundían en una cruel melodía.

El pánico inundó a Chiara, peor que el del asalto en el bosque.

Aquellas bestias peleaban con violencia ciega y no tendrían piedad.

No portaban armas ni se les oía lengua alguna: no eran criaturas de razón.

Y eso la volvía del todo inerme e inútil en aquella pelea.

Ni siquiera podía tejer una ilusión, pues para eso las bestias tendrían que entender sus palabras.

Cadrim encajó un zarpazo en el brazo que le desgarró la ropa y le abrió un tajo sangriento. Trastabilló hacia atrás y cayó a medias sobre Chiara, que estaba hecha un ovillo en el suelo.

Ella soltó un grito de espanto cuando la bestia lanzó un golpe a la cabeza de él.

La criatura se quedó petrificada a mitad del gesto: una hoja ensangrentada le asomaba por el pecho.

La hoja se retiró y la bestia se desplomó.

Detrás apareció el rostro sudoroso de Willem.

Un arañazo largo le cruzaba la mejilla, y respiraba con esfuerzo.

Cadrim le dedicó un asentimiento escueto y se irguió para hacer frente a la siguiente.

Chiara paseó la mirada alrededor. Cinco de aquellos engendros yacían inertes en el suelo. Otros cuatro seguían haciendo estragos entre bramidos. Malik, Willem y Rowin parecían al cabo de sus fuerzas; de Jakon, ni rastro.

Un zarpazo barrió del suelo a Rowin. Malik se lanzó al frente para cubrir a su compañero.

Si aquella lucha no acababa pronto, no saldrían vivos de allí.

Un ladrido seco resonó en algún punto por encima de ellos, penetrante y nítido como una orden.

Una sacudida recorrió los cuerpos de las bestias, como si alguien hubiera tirado de sus hilos.

—¡Quietos! —gritó Malik, jadeante, y de un golpe le hizo saltar la espada de la mano a Rowin, que pretendía aprovechar el respiro inesperado para atacar.

Cadrim obedeció, vacilante, pero sus músculos siguieron en tensión, prontos a reanudar la pelea en cualquier instante.

El ladrido sonó de nuevo. Como movidas por un resorte, las bestias se pusieron en marcha, treparon ladera arriba de un salto y se alejaron a la carrera.

—Ha faltado poco. —A Malik le fallaron las piernas y se desplomó en el suelo entre quejidos.

Cadrim tomó aire, tembloroso, y se volvió hacia Chiara. Regueros de sangre le surcaban la cara y la ropa. Hasta donde ella alcanzaba a juzgar, muy poca era de él.

—¿Estáis bien? —preguntó con voz áspera.

Ella asintió, porque no se fiaba de su voz.

—¿Estáis herida? —Su mano le buscó la mejilla.

Chiara se restregó la cara a toda prisa.

—No… No es… mía. —El miedo, la lástima y el asco le anudaban la garganta—.

¿Qué eran esas criaturas? —Tiritando, alzó la vista hacia la ladera nevada, empinadísima.

No concebía que nadie pudiera sostenerse allí.

Pero las huellas enormes, con hondas marcas de garras, daban fe de que a las bestias el terreno no parecía estorbarles—. ¿Volverán?

—No lo sé. —Cadrim jadeaba. Que no tuviera a punto ninguna réplica mordaz, y que tampoco tratara de endulzárselo, le hizo ver lo seria que era la situación… y lo mucho que la pelea lo había dejado exhausto.

—Hay que seguir. —Malik se acercó a ella, tambaleante.

Tenía un aspecto espantoso. Cuatro cortes hondos y sangrantes le bajaban de la sien a la barbilla.

Dos centímetros más adentro y habría perdido el ojo.

Que se tuviera en pie era un milagro. Los demás parecían haber salido algo mejor parados. Aunque ileso no había quedado ninguno.

—¿Dónde está Jakon? —quiso saber Cadrim, alarmado.

—Él ha sido el primero en caer. —Malik señaló una de las bestias muertas.

A Chiara se le revolvió el estómago al acercarse. El cuerpo de Jakon yacía medio sepultado bajo la bestia, en un charco enorme de sangre, con la garganta desgarrada y los ojos vidriosos, vacíos.

Cadrim se acuclilló a su lado y le bajó los párpados.

—Que tu alma halle descanso —murmuró antes de incorporarse.

—¿Vais a dejarlo ahí tirado, sin más? —se le escapó a Chiara, horrorizada. Apenas había tratado a aquel hombre; aun así, no se merecía ese final.

—Hay que seguir. —La voz de Willem raspaba de pena y agotamiento. Se inclinó a recoger su morral, caído en el suelo—. A saber cuándo vuelven esas alimañas. No honraríamos la muerte de Jakon dejándonos aquí también el pellejo.

Chiara se rodeó con los brazos el cuerpo tembloroso. Ahí no podía llevarle la contraria.

—¿Y por qué se han ido? —No es que pensara quejarse, pero las bestias llevaban las de ganar.

Malik se palpó la cara con tiento y aspiró con un gesto de dolor. Resignado, dejó caer la mano.

—Era una partida de caza. Tan pronto en el año no suelen bajar; el hambre ha debido de empujarlos hasta aquí.

—Se volvió despacio hacia el sendero y echó a andar—.

La madre de la manada los ha hecho volver con ese silbido.

El porqué, solo cabe adivinarlo. Estos no estaban del todo crecidos; a lo mejor habían salido de caza sin permiso.

O ella ha decidido que, como presa, no valemos las bajas.

O puede que acaben de dar con otra fuente de alimento.

—¿Otra fuente de alimento? —Chiara notó que el pánico volvía a hacer presa en ella.

La idea de que de verdad hubieran querido devorarlos era, por algún motivo, más turbadora que la muerte a secas.

De golpe cayó en todo lo que implicaban esas palabras—.

¿Queréis decir que han asaltado a otro grupo de personas?

—No tiene por qué. —Cadrim la tomó del brazo y tiró de ella—. Lo más seguro es que hayan dado con un rebaño de gerkais; de esos hay aquí de sobra.

—¿Qué eran esas criaturas? —repitió Chiara la pregunta que seguía sin respuesta. La prisa con que los hombres dejaban atrás el lugar de la refriega no hacía sino acrecentar su desazón.

—Yonras —respondió Cadrim, lacónico.

—¿Son… animales? —Esa impresión daban, pero por la manera en que Malik hablaba de ellos, se diría que razonaban.

—Nadie sabe a ciencia cierta qué son. —Cadrim soltó a Chiara sin dejar de andar y se apretó la mano contra la herida del brazo. Los dedos se le tiñeron de rojo.

—Hay que curar esas heridas —observó Chiara, asustada.

—Lo haremos en cuanto alcancemos un lugar seguro.

—Siguió con su relato, como para no darle ocasión de replicar—.

Cuenta una leyenda que un pueblo de las montañas atrajo sobre sí la ira de la Madre Primigenia por asaltar una y otra vez a sus pacíficos vecinos.

Ese habría sido su castigo. Quedaron condenados para siempre: ni hombres ni animales, sino algo a medio camino.

—¿La Madre Primigenia?

—Los pueblos de las montañas veneran a una diosa que creó toda la vida sobre la tierra.

—¿Y vos en qué creéis? —Hablaba de la fe de aquellas tierras con el mismo desapego que del Dios Verdadero.

Una sonrisa ladeada le asomó a los labios.

—Creo en mí y en lo que soy capaz de lograr.

Chiara estaba demasiado cansada para discutírselo. Además, dudaba de poder convencerlo de que Dios guiaba los destinos de todos los hombres, de que cuanto un hombre lograba era obra de Su sola gracia.

Anduvieron un rato en silencio. Aunque la marcha se había vuelto mucho más lenta, a Chiara le costaba mantener el paso. El espanto sufrido le hacía temblar los músculos, y sentía los miembros pesados como piedras.

El camino se empinaba más y más. Serpenteaba entre arbustos bajos y grandes piedras.

Chiara, que hacía rato había renunciado a todo orgullo, gateaba encorvada, ayudándose con las manos.

Pese a los guantes gruesos, pronto dejó de sentirse los dedos de frío, sobre todo porque la nieve fundida se colaba por las costuras del cuero y le empapaba la piel.

Los pies se le iban una vez tras otra, y cada vez le costaba más no perder del todo el equilibrio.

Ni siquiera Cadrim parecía ya tan seguro de pie.

Trastabillaba y soltaba juramentos. De pronto se le fue el pie en una losa lisa; estiró los brazos para frenar la caída y jadeó de dolor al forzar el brazo herido.

El codo se le venció, y rodó de costado justo a tiempo de no dar con la cara en el suelo.

—A ver, enseñadme eso. —Sin atender a sus protestas, Chiara se inclinó sobre la herida. La manga estaba empapada en sangre. No había reparado en ello hasta entonces, por lo oscura que era la chaqueta.

—¿Qué ha pasado? —Willem llegó hasta ellos medio patinando.

—¡No me pasa nada! —Cadrim apartó el brazo de un tirón e hizo ademán de levantarse.

—¿Cuánto falta para el alto? —preguntó Chiara con firmeza. Cadrim no era el único herido. Seguramente todos eran demasiado tercos u orgullosos para dejarse curar.

Malik miró al cielo. Había dejado de nevar, pero las nubes colgaban bajas y cargadas. Podía volver a empezar en cualquier momento.

—Al cobijo que pretendíamos alcanzar no llegaremos ya con luz. La pelea nos ha costado tiempo, y también buena parte del paso. —Suspiró—. Hay unas cuevas pequeñas a cosa de una hora. Allí podremos descansar.

—Antes deberíais vendaros, al menos, las heridas que aún sangran.

—Chiara recorrió a los cuatro hombres con una mirada de mando.

De las posibles infecciones se ocuparían más tarde: habría que limpiar y lavar bien las heridas.

Había leído lo peligrosos que podían ser los zarpazos de las fieras, y dudaba que con los yonras fuera distinto.

Cadrim se incorporó con expresión de protesta.