La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Por desgracia, él no le hizo el favor de dejarla en paz.

—Lo de ayer… —empezó Cadrim, quedo, y se calló, como aguardando una reacción.

Chiara no lo miró. Cosa nada difícil, pues el sendero desigual le acaparaba toda la atención. Una piedra le rodó bajo el pie y a duras penas evitó torcerse el tobillo.

Con toda la naturalidad del mundo, Cadrim la asió del codo para sostenerla, y suspiró cuando ella se zafó de un tirón.

—No te creía de las que prefieren cerrar los ojos a la verdad y acusar de embustero al mensajero antes que plantarle cara —insistió—. ¿Tan mal te he juzgado?

Sin dignarse contestar, Chiara siguió avanzando con paso obstinado.

—¿O es que lo has sabido todo este tiempo y solo finges para desviar la atención de ti? —Exhaló con fuerza—. ¿Qué otra cosa iba a esperar yo de la hija de Lexor? —La amargura de su voz la sorprendió; aun así, Chiara no entró al trapo.

Daba igual lo que él pensara de ella. No era más que un lacayo encargado de recogerla y entregarla sana y salva a su príncipe.

Difícilmente diría o haría nada por cuenta propia, así que no iba a gastar saliva discutiendo con él.

Si algo había que aclarar, lo aclararía con el príncipe en persona.

En el fondo, ni la opinión de este contaba gran cosa.

Se quedaría justo hasta averiguar cuanto el rey Lexor quería saber.

Antes de las primeras nieves del año siguiente emprendería el viaje de vuelta a Arnawal.

En su mente venía trazando desde hacía tiempo un mapa: tejía las imágenes dentro de una ilusión que almacenaba con esmero en la memoria, para poder sacarla cuando hiciera falta.

Dedicaría los doce meses siguientes a prepararse para el viaje mucho mejor que esta vez.

Llegado el caso, cruzaría las montañas incluso sola.

Y los guardias del rey la estarían esperando en la misma frontera.

Pensó en Konrad, en Tomas, en el capitán Geron y en todos los que aquella última semana habían ido quedando en segundo plano.

Sería bonito volver a verlos, mirar sus caras afables y saberse por fin en casa, entre gente que la quería de veras.

Quizá hasta su madre acompañara a los guardias. No la imaginaba renunciando a ir a buscar a su hija para llevarla a casa. La hermana pequeña de Chiara debía de tener ya trece años: edad de sobra para pasar unas semanas sin madre. A ella le había tocado hacerlo con ocho.

—¿Está por debajo de vuestra dignidad concederme una respuesta, princesa ? —le espetó Cadrim, alterado. Su intento de hacerla salir de su reserva le había salido por la culata, a ojos vista, y lo único que había conseguido era irse encolerizando él solo.

—No veo de qué serviría —repuso Chiara, ecuánime.

—Entonces es cierto. —Sonaba decepcionado—. Estáis conchabada con vuestro padre.

—No lo estoy. —Otra piedra salió rodando y Chiara tuvo que sujetarse a la pared—. Porque no existe tal conjura. —Se despegó de la roca con un impulso—. No sé de dónde sacáis vuestras informaciones, general . Pero mientras no tengáis pruebas de lo que afirmáis, no serán más que mentiras.

—Vos sois la mejor prueba, Alteza.

—¿En qué sentido? —Chiara apretó el paso.

—¿No habéis dicho vos misma que ahora os cuesta menos emplear vuestra magia mental? ¿No habrá empezado eso, casualmente, tras la pérdida del cuenco sonoro?

—¿Pérdida? —Chiara soltó una risa áspera—. ¡Me lo arrebatasteis!

—Y por una buena razón. —Se le adelantó medio paso para poder mirarla a la cara—. Deberíais estarme agradecida.

—Sentado podéis esperar. —Lo que más deseaba era echar a correr lejos de él y de sus mentiras, pero ya jadeaba del esfuerzo y el corazón le martilleaba en el pecho. La subida se cobraba su tributo de aquel cuerpo nada hecho a fatigas; ni siquiera ese paso iba a poder sostenerlo mucho rato.

—Pensadlo bien —insistió él, vehemente.

—¿Por qué os importa tanto convencerme?

—Porque debéis saber lo que vuestro padre le está haciendo a la gente, lo que os ha hecho a vos .

—Queréis azuzarme contra él. —Invadida por una amargura súbita, Chiara negó con la cabeza. Para él aquello era un juego de poder, nada más. Otra vez no se trataba de ella, sino de cuál era la mejor manera de utilizarla.

En los ojos de Cadrim leyó la confirmación de ese pensamiento. Al menos tuvo la decencia de mostrarse algo corrido. Aun así no cejó.

—Pensadlo con calma. Aun dejando a un lado vuestro don, tenéis que haber notado lo mucho que la gente de aquí se diferencia de la de Arnawal. Cuánto más despierta es, cuánta más alegría de vivir tiene.

Chiara se concentró en la subida. El sendero se había empinado tanto que tenía que ayudarse con las manos. Por desgracia, a Cadrim no le costaba ni la mitad. Ligero como un maldito macho cabrío, avanzaba a su lado y le sobraba resuello para seguir sermoneándola.

—Eso es porque nuestra gente dispone de su energía a su antojo, sin que nadie se la sorba tres veces al día. Todo ser humano lleva dormido dentro un asomo de magia mental. Ella es la que aviva la inventiva y la intuición, la que infunde ánimo y confianza en uno mismo.

—Sí, claro —masculló Chiara. Ora había sostenido algo parecido, y aun así a ella le sonaba a puro disparate.

La magia mental había estado reservada desde siempre a unos pocos escogidos.

Y ni siquiera ella, que a todas luces pertenecía a ese círculo, había brillado nunca por su ánimo ni por su confianza en sí misma.

Conocía su sitio y sus deberes, y siempre se había esforzado por cumplirlos lo mejor posible.

Por lo demás, solo pedía que la dejaran en paz. Jamás había querido otra cosa.

Él bufó, exasperado.

—¡Pues decidme cómo se supone que voy a convenceros!

—No podéis —replicó ella, seca—. Aunque ese efecto que describís existiera, podría obedecer a mil causas.

Quizá haya algo en las montañas que lo despierte en la gente.

O quizá la gente de aquí sea distinta, sin más.

También en Arnawal había tribus apegadas a tradiciones y creencias de otros tiempos, sobre todo en los confines del reino.

Mientras no estorbaran el bien común, se las dejaba a su aire.

—Como queráis —se rindió Cadrim de pronto—. Quedaos con vuestras mentiras, pues.

Chiara alzó hacia él una mirada recelosa. Tenía los labios prietos y los músculos de la mandíbula le trabajaban. Las aletas de la nariz se le hincharon al tomar aire. Parecía furioso.

Chiara sintió una punzada de pesar, sin acertar a precisar qué le dolía: que él se rindiera tan pronto o haberlo enojado. Quiso decir algo, templar las aguas, explicarle su manera de ver las cosas. En vez de eso, apartó la cara. No le debía cuentas.

Además, él no podía pretender que lo creyera a pie juntillas. Lo había visto cargar con máscaras de sobra. Sabía cuánto se habían afanado él y los suyos en pintar de sí mismos, en Arnawal, una imagen falsa de arriba abajo. ¿Cómo iba a fiarse de que ahora le dijera la verdad?

Aun así, no pudo impedir que una duda se le alojara en la cabeza. ¿Y si él tenía razón? ¿Y si el poder del rey se alzaba a costa del pueblo? La mera posibilidad le cerraba la garganta. ¿Cómo iba a ocurrir tal cosa bajo el ojo vigilante de Dios? Él jamás consentiría semejante injusticia.

Las oraciones de la gente hacían descender Su bendición sobre el país. Ella misma había visto de niña cómo Dios mandaba la lluvia cuando se la pedían en tiempos de sequía.

Poner en duda los actos del rey Lexor equivalía a negar la existencia de Dios.

El miedo se apoderó de Chiara al comprender el alcance de las acusaciones de Cadrim.

Había perdido ya su tierra y su nombre. No iba a dejar que le quitaran también la fe. ¿Qué le quedaría entonces?

Aún se tendría a sí misma.

Chiara tropezó, sorprendida, con aquel pensamiento desacostumbrado.

Sonaba presuntuoso y verdadero a la vez.

Titubeando, lo siguió hacia dentro. Sepultado bajo preocupaciones, miedos y dolores viejos, detrás de cuanto había creído de sí misma durante toda su vida, halló de pronto algo para lo que no tenía palabras.

Era una plantita tierna y luminosa, un brote diminuto que se abría paso hacia la luz. Se le hacía ajeno y a la vez familiar. Algo que vivía en ella al margen de todos los papeles, todas las máscaras y todos los pensamientos.

Conmovida, Chiara se detuvo y se llevó la mano al pecho.

—¿Pasa algo? —Cadrim la tomó del brazo, preocupado, y le recorrió la figura con la mirada—. ¿Necesitáis un alto? ¿Es el camino demasiado para vos?

—No. —Negó con la cabeza, todavía tocada por aquella sensación extraña—. Estoy bien. —Echó a andar mientras una claridad y un sosiego nuevos le crecían por dentro.

Quizá no tuviera todas las respuestas, quizá no supiera dónde estaba la verdad, pero en ese momento no importaba. Lo iría averiguando paso a paso. Se formaría su propio juicio.

Porque había una parte de ella a la que nada de aquello tocaba. Una parte hermosa, entera, que nadie podría herir jamás.

Un bramido atroz rasgó de pronto el aire. Un alud bajó rodando por la ladera y sepultó bajo su masa a Malik y a Jakon.

Chiara dejó escapar un grito. Cadrim la agarró por los hombros y la estampó de espaldas contra la roca, antes de plantarse delante de ella, protegiéndola, con la espada desnuda.

Espantada, comprendió su error. No era un alud, sino una criatura entre hombre y bestia, de garras largas y cubierta de un pelaje blanco sucio.

—¡Yonras! —gritó Willem, y corrió en auxilio de Malik, que se levantaba tambaleante con una daga ensangrentada en la mano. La mitad izquierda de la cara le colgaba en jirones; aun así se arrojó sobre el atacante, que desde el suelo le lanzaba zarpazos descomunales.

Willem tomó impulso y hundió la espada en la nuca de la criatura. Esta soltó un bramido y se revolvió con sus últimas fuerzas. Willem se apartó de un salto cuando el ser empezó a resbalar y rodó sendero abajo por la pendiente, derecho hacia Cadrim y Chiara.